Raúl Falcó: Cajas chinas

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La literatura en el reverso del espejo

La literatura está plagada de cuentos, novelas, obras teatrales y poemas que hablan de la misma literatura, y en particular del escritor enfrentado a sus demonios. En estos escritos sus autores intentan describir sus propios procesos creativos o los de personajes que, sin duda alguna, resultan ser autobiográficos. La aventura literaria será descrita, según el autor, con dramatismo, sentido trágico de la vida, sentimentalismo, meditación filosófica o miras apologéticas hacia el arte y su significación.

Pensamos, por ejemplo, en el Marcel casi no ficticio de En busca del tiempo perdido, de Proust, o en William de Baskerville, en El nombre de la Rosa, de Umberto Eco, o hasta en el personaje de The Shining, Jack Torrance; Gil Pensder, el personaje de Midnight in Paris, de Woody Allen, que se remonta a los años gloriosos de la literatura que él admira para tratar de inspirarse, varios de los personajes de Nabokov, como el narrador en La verdadera vida de Sebastian Knight, o incluso, K. en El Proceso de Kafka, cuyo periplo puede leerse como la metáfora de la ardua búsqueda de la literatura. Cada uno de ellos tiene una relación particular con la escritura, que intenta explorar las motivaciones de la creación, la dificultad del escritor para entregarse a ella, la aridez de todos tan temida. Pero en todos estos ejemplos, la nobleza del acto literario es un ideal intocable e inexpresable.

Raúl Falcó aborda también aquí esta temática. Pero en vez de erigir a la literatura como un grial inalcanzable, convierte su práctica en un laberinto mental en el que intenta confundir nuestro entendimiento, o tal vez nos invita a jugar un juego intelectual, en el que se conjugan las historias personales de varios escritores, de los que no sabemos si son reales o ficticios (incluyendo al narrador, que en principio es él mismo) para, a fin de cuentas, mostrar la literatura bajo un ángulo, o varios ángulos, muy poco halagadores.

Es difícil describir la trama del libro, porque, como su título indica, es un juego de elementos imbricados unos en otros, que incluso él llega a describir como una cinta de Moebio, que nos hace perder la noción de lo que está dentro y lo que está fuera de esas cajas chinas.

En los primeros capítulos, nos muestra las pequeñas miserias de un escritor medianamente exitoso, mediocremente obsesivo y metódico, que lleva una vida tan común como cualquier otra, lejos de los heroísmos cervantinos, dostoievskianos o hugolianos. La descripción de la vida llena de obsesiva cotidianeidad de Emilio Trueba hace manifiesto un mundillo en el que el éxito (un éxito mediocre, se nos dice) se convierte en estatus, la creación en rutina y las amistades literarias en un nido de víboras.

Resumiendo mucho, Emilio, en su mundo maniáticamente ordenado en el que él es el centro absoluto, parece temer a una sola amenaza: la vena creativa de su colega y rival César Monteblanco. De hecho, tras recibir una copia del último libro de éste, en vez de colocarlo en su biblioteca con el orden meticuloso con el que jerarquiza a sus inofensivos competidores, ha ocultado el libro y, al parecer, no se decide aún a leerlo. Su mujer, que sabe todo de su marido, le da a entender que ella sabe lo que significa ese acto, e incluso ha comprado el libro por su cuenta para saber qué es lo que inquieta a su pareja. Ante esta revelación, algo se desbloquea en Emilio Trueba y se decide por fin a leer ese temido libro. (Aquí interviene el humor vitriólico de Falcó, al conjugar en una misma acción el destrabe de los temores y el del intestino del escritor, ya que el libro está escondido en su retrete, y es allí donde se instala a leerlo y a descargar su trabazón orgánica.)

Aquí interviene un cambio de escenografía, y estamos de pronto en otro relato. Leyendo la historia que arranca a partir de ese momento, todo nos lleva a pensar que es ése el libro que está leyendo Emilio Trueba, es decir la segunda caja china, inserta en la caja inicial. Y así, nos embarcamos en la historia de un joven escritor, Epigmenio Talamontes, cuyo talento juvenil le hace esperar convertirse en una figura prominente del mundo literario. Para ello, siendo un chico de provincia, se muda a la capital, donde consigue hacerse parte de los círculos intelectuales a base de adulación y servilismo, lo que le permite publicar una primera obra y conquistar un primer escalón de prestigio. Sin embargo, el engreimiento por un lado y el enamoramiento por otro lo llevan a la desidia y lo enfrentan a una esterilidad precoz, justo en el momento en que su fecundidad biológica está a punto de hacerlo padre.

Aquí el relato se interrumpe, para hacer aparecer otra caja china: resulta que el texto que estamos leyendo (que pensábamos era el de César Monteblanco en la lectura de Emilio Trueba) es, en realidad, un “manuscrito encontrado”, ese recurso tan frecuente usado por los novelistas románticos y algunos modernos, como marco para presentar una historia propia como ajena. Y quien se ocupa de transcribir ese manuscrito no es otro que el “verdadero” autor del libro que tenemos entre manos, es decir Raúl Falcó.

Falcó nos explica que sólo tiene entre manos la mitad del libro escrito por un tal Eduardo Torres, y que ese manuscrito ha pasado por una serie de peripecias casi inverosímiles, que Falcó inserta en una realidad —ahora sí— “real”. Trae a cuenta su propia historia, en la que aparece su relación con Juan García Ponce, y a otros dos escritores reales e históricos, con la siguiente trama fantástica:

La primera filiación del manuscrito encontrado es que ha aparecido entre los archivos de Augusto Monterroso, incompleto, tal y como lo ha presentado hasta ese momento Falcó. Entonces aparece la providencia: el hijo de García Ponce lo llama para entregarle unas cartas que él había escrito a su padre años antes. Falcó, motivado por una intuición y su desesperación por encontrar el manuscrito, cuenta al hijo de García Ponce sus tribulaciones, con lo que la intriga se dispara en una nueva dirección: resulta que Eduardo Torres fue alguna vez alumno de García Ponce por breve tiempo, y es posible que algo suyo se encuentre entre los papeles del difunto escritor. Y en efecto, el texto pasa ahí por peripecias que debería omitir para no “vender trama”, pero que no resisto a las ganas de contar: resulta que, en una de sus travesuras literarias, García Ponce ha enviado una copia del relato de su alumno (incompleta por el simpe hecho de no caber completa en el sobre), poniendo como remitente a Augusto Monterroso, a Salvador Elizondo, quien obviamente sintiéndose aludido, enfurece y le “devuelve” el manuscrito a Monterroso envuelto en una piedra que tira a través de su ventana. He ahí como apareció el texto en el archivo del difunto Monterroso —y así es como ahora aparece la segunda parte perdida, en el archivo del difunto García Ponce… En esa segunda parte se revela que la historia de Emilio Trueba es en realidad la que Epigmenio Talamontes ha decidido inventar para expresar su visión corrosiva del mundo literario. Aquí, nuevamente, las cajas chinas dan un vuelco, y las que contenían son ahora las contenidas y viceversa. Nos encontramos en un laberinto, o más bien, en una telaraña caleidoscópica en la que nuestro sentido de realidad empieza a perder pie.

Porque, en efecto, cuando pensamos que ya hemos colocado la mayoría de las piezas del rompecabezas en su lugar, reaparece nuestro primer personaje, Emilio Trueba, que termina de leer el manuscrito de su rival, juzgándolo una basura diseñada para humillarlo, y habla con su mujer de su deseo de responder escribiendo un libro igual. Sólo que de pronto descubrimos que ya no se llama Emilio Trueba, sino Eugenio Tola, y su rival ya no es César Monteblanco sino Octavio Montenegro. Hemos vuelto al laberinto. Y en esta cámara del mismo, nuestro escritor Trueba ha leído el texto de su rival y lo ha interpretado como una afrenta a la que debe responder. Pero en el siguiente capítulo, con el que culmina esta historia, ha vuelto a ser Emilio y en cambio, entiende que su amigo César Monteblanco no lo ha retratado a él, sino a sí mismo, y que merece su admiración más que su animadversión. Así, la novela termina en un tono apacible e idílico de buenos sentimientos.

Sólo queda la duda de saber en cuál de las historias estamos. ¿Es este el “manuscrito encontrado” que reconstruía Raúl Falcó, la historia que quería contar Epigmenio Talamontes, la que leyó Eugenio o Emilio Trueba en el inodoro? Algo de incertidumbre nos seguirá inquietando y, tal vez, será necesario leer este libro al derecho y al revés, para desentrañar todos los hilos narrativos y las conexiones subterráneas que lo constituyen.

No es casual que la figura subterránea que recorre la novela sea la de Edmond Teste, el personaje de Valéry, figurado bajo las iniciales de Epigmenio Talamontes, alias Eduardo Torres y Emilio Trueba, alias Eugenio Trueba. Al igual que Teste, tenemos que admitir que nuestra mente no puede ejercer el control absoluto sobre el pensamiento, como aquí no podemos tener un control total de los niveles de realidad y ficción que se entretejen el texto.

Pero, volviendo al tema verdadero de esta novela, ¿cuál es la visión de la literatura, o al menos del literato, que quiere transmitirnos Falcó/Talamontes/Torres? (Excluyo del pastel de identidades a Trueba, puesto que es el modelo final, el único creado que, a final de cuentas, no crea ninguna trama, sino que la vive como ficción.) En un plano aparente del relato, el literato es una especie humana poco digna de ejercer la literatura. Aquí no me queda sino citar al autor, quien, en boca de Talamontes define así a esos literatos a los que ha cortejado y complacido en su sueño de convertirse en uno de ellos:

¿Quién podría creer que pertenecen a la ficción de un lejano mundo de fantasía la constante y desfachatada piratería que practican para realizar sus obras ciertos autores y artistas exitosos, amparados en la ignorancia y hasta en la indiferencia generales; o la dictadura que ejercen al mando de sus grupos y revistas los poetas y escritores que los fundaron para oponerse a ese mismo caciquismo que ahora le imponen a su vez a quienes no piensan como ellos; o la censura y el silenciamiento al que suelen verse reducidos por colegas mediocres pero influyentes los pocos artistas de valor que se empeñan en no venderse al mejor postor; o las manipulaciones, contubernios y traiciones de los que se valen muchos supuestos artistas con tal de hacerse acreedores a los premios, encargos, puestos, embajadas o prebendas que los habrán de consagrar como figuras de primer plano; o los sabotajes, calumnias y campañas de ninguneo que ellos mismos instrumentan en contra de sus iguales con tal de no soltar ni compartir la presa que ha caído entre sus garras; o las pactadas controversias públicas entre destacados intelectuales, tan sólo desatadas con el fin de acaparar a lo largo de varias semanas o hasta meses las marquesinas de diarios y revistas; o el golpe de estado de una burocracia creciente contra el florecimiento de un grupo de artistas del que se ha nutrido, desatando contra algunos una verdadera cacería de brujas, con tal de pasar a controlar todo lo que habían logrado edificar sin ella; o las jugosas negociaciones editoriales a las que se prestan ciertos escritores dispuestos a seguir escribiendo más versiones del mismo libro, con tal de que le sigan publicando y difundiendo cada uno de sus avatares; o las cambiantes tomas de posición política y personal de los intelectuales más destacados según los humores del mandatario en turno (…)

Estos escritores no son los héroes de una aventura literaria, sino los confusos tejedores de una urdimbre tan insubstancial como un sueño, a final de cuentas, trágica, que, llevados por la ambición y la sed de prestigio olvidan su humilde condición de seres mortales y sus pensamientos estrechamente humanos para internarse en el laberinto de las falsas identidades.

Pero, si consideramos cómo funciona el juego caleidoscópico de la novela, deberíamos admitir que existe un plano en modo negativo, en el que las cosas se dicen por contraposición. En realidad, si el autor (sea cual sea) describe el oficio literario con tan vitriólica perspectiva, es para mostrar todo lo que no es la literatura, que de alguna manera permanece impoluta, como el oro que incita a las más bajas acciones sin dejar nunca de ser el elemento más puro.

Cajas chinas, de Raúl Falcó, Cubos de Arnaldo Coen, Ediciones Odradek, Morelos, 2026, 172 pp.