Aquí no cantan los gallos

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Ganador del Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2021, Aquí no cantan los gallos, de Moisés Lozada Díaz, es un conjunto de seis relatos en el que se aprecia un buen dominio del oficio de narrar por parte de su autor. Las historias juveniles de este compendio abordan temas como el desamor, la búsqueda por convertirse en individuo, así como las fantasías que de pronto se vuelven realidad.

Basket Case” cuenta la obsesión de un joven por jugar básquetbol y, de ese modo, transgredir el deseo paterno de que practique futbol y le vaya al Cruz Azul. La narración fluye con una aparente sencillez, pero deja ver la violencia a la que se ve expuesto el hijo. Por ejemplo, cuando con tal de molestar al padre le cuenta que le va al equipo América y recibe una reprimenda, el personaje acota: “Yo sabía que no era puto, pero uno no discute con un hombre acostumbrado a solucionar todo a chingadazos”. Este drama que apenas asoma en el texto es contrarrestado por una desfachatez del hijo narrador, lo que permite salir del cuento con un regusto agridulce, a pesar de cuanto se ha intuido como lector.

Laberinto” es la historia del reencuentro soñado por Sergio con la joven que fue el amor de su juventud. Él va de viaje y su compañera de asiento es la muchacha por quien se obsesionó al final de la preparatoria. Aquel amor frustrado que sólo le atraería una golpiza de parte del novio de Ariadna, es rememorado por el narrador mientras que va sentado al lado de ella en el avión sin aparentemente ser reconocido. “Qué vergüenza estar vestido de esta manera y no tener el valor de acercarme y hablarte, porque sigues hermosa con el cabello tan negro como las noches que he pasado imaginándote”. La nostalgia del enamoramiento provoca que el protagonista reviva los sentimientos que Ariadna le provocaban, cayendo casi en una cursilería que rompe debido al desenfado con que narra: “Te vi como quien mira el amanecer, quería salir de la reunión para preguntar tu nombre. Por más que le rogué al arqui, por más que le juré que me estaba cagando no me dejó salir del cubículo”. Esta estrategia es continuamente usada por Lozada, quien muestra una acidez en la manera como trata a sus personajes y con ello rompe el dramatismo de cuanto relata. Por ejemplo, más adelante hace decir a Sergio: “Entonces creí entender que eso era el amor: no poder masturbarte pensando en la persona que te gusta, porque no la quieres para eso, la quieres para algo bonito. Para ir a casa de los padres los fines de semana, llevarle serenata. Tenía diecisiete años”. Este final de frase es la muestra de que justo lo que acaba de decir Sergio es ridículo debido a la inocencia/ignorancia de su edad.

Este relato, además, permite apreciar una constante escritural de Lozada: el cambio de voz o de perspectiva de sus narradores de acuerdo con la cercanía o lejanía con que quiere mostrarlos. Por ejemplo, en este cuento una segunda persona narrativa crea una mayor cercanía con Ariadna, pero la voz cambia a un narrador omnisciente que evoca y se mantiene distante. En función de la historia, va y viene intercalando este tipo de voces: un presente inmediato: “Pienso en rozar tu brazo con el mío, pienso en disculparme, pero las palabras no salen”, a un presente en que rehúye a Ariadna: “[…] sus ronquidos me ponen a pensar que no podría ni siquiera cerrar los ojos en la misma cama”.

Esta forma de narrar resulta aún más efectiva en “La tercera caída”, cuento en el que el protagonista asiste a una función de lucha libre para practicar la fotografía (se intuye que éste es su oficio) y descubre entre el público a la mujer con quien mantuvo una relación y con quien iba a tener un hijo: Gloria. “Gloria me dijo que no había problema si quería que nos fuéramos, pero no quise. Alentado por un valor que no conocía pasamos a sentarnos en la barra. Ahí me besaste, según tú para encelar a mi ex. Pero no nos separamos hasta que el mesero llegó con nuestras cervezas”. Entre un lenguaje doloroso por lo que cuenta de su fracasada relación, se cuela el humor de la oralidad y de las situaciones que de confusas resultan graciosas. Un ejemplo de ello es cuando el protagonista se corta el dedo y, frustrado, grita en los sanitarios: “Grito, no de dolor, sino de coraje. Alguien en uno de los inodoros grita: ‘No mame joven, ¿no quiere una loperamida?’”. El juego lingüístico resulta eficaz por discreto.

En “Aquí no cantan los gallos” se atestigua una de las mayores tragedias de los últimos años en Hidalgo: la explosión de ductos de combustible en Tlahuelilpan. A través de los ojos del chofer de un político se puede notar la falta de empatía de los poderosos ya sea hacia las personas que les facilitan sus vidas (choferes, sirvientes, secretarios), así como por el dolor de quienes votaron por ellos. En este caso, el chofer se da cuenta de que su vida está consagrada a un hombre a quien ni siquiera le importa si come, si tiene una familia o si está en peligro. La servicia con que se comporta el chofer es proporcional a la culpa que siente por no ser un buen padre con su hijo, pero si con el del político; por no estar presente en su casa, pero sí en la del patrón; por querer ayudar a quien está muriendo, pero no poder hacerlo porque su jefe le pide llevarlo a seguir la borrachera. Hay en este texto una muestra de los sinsabores que contrastan con la vida glamorosa, de despilfarro, de esos personajes poderosos que aparecen en las noticias.

Sin embargo, en Aquí no cantan los gallos existen dos problemas no atribuibles al autor: uno es el cuidado editorial del libro, pues hay espacios en blanco en una misma palabra (“S alón”), algunas tildes mal colocadas, uso de cursivas sin una justificación e incluso una puesta en página deficiente, que con un simple espacio de interlineado entre dos párrafos hubiera facilitado la lectura. El segundo inconveniente es que el ejemplar no está disponible para su compra, pues las autoridades culturales del estado consideran que una mejor forma de distribuir el ejemplar ganador de su concurso estatal es regalándolo en las presentaciones de éste. (Ni qué decir de la extraña Fe de erratas incluida en el ejemplar en el que se hace constar que el tiraje no fue de mil ejemplares, sino de 800. ¿Era necesaria esta actitud administrativa?). Sin duda, libros como Aquí no cantan los gallos, de Moisés Lozada Díaz, merecerían un mejor trato por parte de las autoridades.

Por fortuna, los relatos se sobreponen a las cuestiones extraliterarias del ejemplar, y se convierten en una lectura que, de llegar a los lectores, obtendrá un merecido reconocimiento. El libro de Moisés Lozada muestra a un joven narrador quien en sus relatos brinda fluidez y potencia a partir de los puntos de vista de sus protagonistas. Además, hay una exploración de temas que le permiten combinar la oralidad con el humor y el drama, en una tragicomedia que resulta efectiva.

Lozada Díaz, Moisés (2022). Aquí no cantan los gallos. México: Secretaría de Cultura del Estado de Hidalgo/Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo. 68 pp.