Un corazón en triunfo y en la cumbre

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Para el Comité en Defensa de la Casa

del Poeta Ramón López Velarde

Pablo Sol Mora, La sabiduría del Corazón, Debate, México, 2026, 592p.

 

Al hilo de una frase de procedencia bíblica muy popular (“los tiempos de Dios son perfectos”, que no consta en el Libro de los libros), la reciente aparición de La sabiduría del corazón. Biografía de Ramón López Velarde (Debate, 2026), de Pablo Sol Mora, podría justificar la acuñación de una similar que establezca que “los tiempos de la literatura” también lo son.

Tuve esa discutible ocurrencia al conocer —lo cuenta Pablo Sol en el prólogo— el largo y muy intrincado recorrido que la figura y la obra de López Velarde debieron de cumplir en su experiencia de lector para pasar de ser un señor muerto que había escrito unos poemas al objeto monotemático de sus reflexiones y conversaciones de muchos años y, al fin, convertirse en el protagonista de la espléndida —por comprensiva y detallada: tiene 590 páginas y 853 notas— biografía que se reseña.

Descrito de manera sintética, ese recorrido se inició, sin Pablo Sol saberlo, a sus 12 años, con la visita que en 1988 hizo al lado de sus padres a la casa natal del poeta en Jerez; continuó a sus 18, cuando la primera lectura seria de la obra del zacatecano —como al de Tarso el encuentro con Cristo— lo “tiró del caballo” y causó en él “una conmoción verbal sólo comparable a la que había sentido hacía poco con Borges” (14); siguió, por ahí de sus 40, cuando en una casa de Coatepec hizo durante meses una lectura atenta, ‘demorada y progresivamente deslumbrante’ de la poesía y de la prosa de Ramón; tuvo su primer efecto creativo en 2019, cuando escribió el monólogo dramático “Los minutos”, puesto en escena y publicado en 2021, año del centenario fúnebre; y por esos mismos meses conmemorativos cristalizó en la decisión de “emprender una nueva biografía del poeta, lo más completa, documentada y rigurosa posible” (15), empeño en el que se ocupó cosa de tres años, pues la concluyó en la Epifanía de 2024.

En pocas palabras, un trayecto que para ir del primer encuentro a su consumación cubrió 36 años de la vida del biógrafo, tres más que los 33 de la vida del biografiado, y que logró la perfección temporal referida gracias al azar de que su publicación coincidiera a la vez con su quincuagésimo aniversario y con los meses y semanas de la intentona ominosa de desaparecer la Casa del Poeta Ramón López Velarde, cuyas reverberaciones aún no resueltas dan a la biografía de Sol Mora una necesaria actualidad y el valor de una sacudida a la memoria de México.

Partiendo de la muy sensata consideración de que la escritura y la lectura de la biografía de un artista tiene como fin esencial la mejor comprensión de su obra, y tras observar que López Velarde es “uno de los poetas más personales, íntimos y autobiográficos de la poesía en lengua española”, Pablo Sol justifica de inicio la decisión de componer su libro como “un híbrido de biografía y crítica literaria” (17), a la vez eludiendo y acatando el famoso dicho de Octavio Paz de que “la biografía de un poeta está en sus poemas”.

Al respecto, conviene decir que Sol Mora no es el primer biógrafo parcial o total de López Velarde que ha usado sus poemas como testimonios atípicos para esclarecer e ilustrar los hechos de su vida y, en dirección contraria, que se ha servido de las circunstancias externas y documentadas de su vida pública para explicar y comprender su obra literaria, procedimientos ambos juzgados como poco confiables o de plano ilegítimos por la historiografía científica y la crítica literaria académica, atentas a evitar la contaminación que el análisis biográfico podría imprimir a sus pretensiones de objetividad. En realidad, no hay estudioso del poeta que no haya cedido a la tentación de considerar sus poemas como cifras e incluso transposiciones exactas de sus avatares amorosos, corporales, ideológicos y políticos, desde que tuvo uso de razón y hasta su muerte, como en diversa medida se constata en los escritos velardianos de Villaurrutia, Phillips, Paz, Martínez, Arreola, Zaid, Del Hoyo, Noyola Vázquez, Pacheco, Campos, Sheridan, Canfield, García Morales, Fernández, Lumbreras y De Aguinaga (omito aquí los nombres de Elena Molina, Guadalupe Appendini, Elisa García Barragán y Luis Mario Schneider, cuyas impagables aportaciones son más recopilatorias que interpretativas).

La diferencia en ese punto con respecto a sus antecesores radica en que Pablo Sol practica una lectura ordenada y minuciosa, a la vez aislada (uno a uno), cruzada (uno a la luz de otro) y transversal (varios a la vez), de cada poema en verso y en prosa de López Velarde, aunque también de las crónicas, los artículos de combate y las cartas, la mayor parte de las veces estableciendo una correspondencia directa entre el momento de su composición y lo que podríamos llamar las fases netas, por un lado de su progresión vital (Jerez, el seminario, Aguascalientes, San Luis, Venado, Ciudad de México), y por otro de su evolución artística (los primeros poemas, el periodismo político, los dos libros poéticos, la etapa estética y espiritual que truncó la muerte), organizando para ese fin los 33 años de la estancia en el mundo del poeta en diecisiete apartados, de los cuales sólo el sexto, dedicado a Fuensanta, escapa a la rigurosa reconstrucción cronológica, por la comprensible razón de que su presencia atraviesa la vida entera de Ramón, así sea —desde la muerte física de Josefa en 1917 y hasta la suya en 1921— en calidad de deseada esposa mística, fantasma fúnebre y luz en sus tinieblas.

Eso, en cuanto al carácter y el procedimiento de la biografía. Si de ese núcleo pasamos a establecer sus contribuciones a la tradición de los estudios sobre López Velarde, lo primero que debe decirse es que, por fortuna, aquéllas no se ajustan a las declaradas por la modestia del biógrafo, quien en un pasaje del prólogo enlista las “zonas oscuras o mal comprendidas” que espera haber ayudado a iluminar con su libro. Ese registro de sus aportaciones objetivamente observadas (de sus satisfacciones, también) contiene, en efecto, asuntos de gran calado: “su genealogía documentada, su estancia en los seminarios (…), la figura de su padre, su papel en el juicio a Madero, su frustrada candidatura al Congreso, sus pleitos políticos, sus avatares laborales (…), su relación con María Nevares, su devoción a las prostitutas, las circunstancias de su enfermedad y su muerte, y el significado personal de no pocos poemas” (16).

Puestos a juzgar el valor de la biografía únicamente con respecto a esos puntos, el balance sería bueno a secas. Sobre los seminarios, sus vínculos con Madero, el padre abogado y con “las distribuidoras de experiencia”, el fraude electoral que padeció y sobre su muerte, aunque Sol Mora (lo que no es poca cosa) consigue aumentar notablemente la documentación conocida hasta ahora, gracias a una paciente revisión de periódicos y testimonios de época, obtenidos sobre todo en la Hemeroteca Nacional Digital, la realidad es que terminamos sabiendo lo ya sabido o, por lo menos, ya intuido: que en los colegios religiosos de Zacatecas y Aguascalientes obtuvo la sólida instrucción en letras clásicas y sagradas que dio pie seguro a sus atrevidas exploraciones formales; que idolatró por igual a don Guadalupe y al prócer de Parras y que sus muertes determinaron, en el primer caso, una liberación espiritual, y en el segundo la adopción de un definitivo pesimismo político; que halló en las “náyades arteras” su fuente primordial de gozo y celebración corporal, no tanto porque fueran su única opción, dada la condición recatada (o reprimida, si se quiere) de Fuensanta, Margarita Quijano y otros amores, sino por elección de su voluptuosidad; y, en fin, que murió de una muerte que se habría evitado si el descubrimiento de la penicilina se hubiera adelantado una década.

El juicio favorable se ensancha al evaluar las aportaciones de Sol Mora —aquí sí muy significativas— a propósito de la genealogía del poeta y sobre su relación con María Nevares, la novia de tierra adentro poseedora de los inolvidables “ojos inusitados de sulfato de cobre”. Sobre el primer asunto, la prolija indagación del biógrafo en las seis generaciones precedentes del poeta por el lado paterno, lo lleva a establecer la identidad del antepasado más remoto “del que se tenga noticia segura” (38), un tal Domingo López, casado en Teocaltiche en 1740 con María de Moya, españoles ambos, y a desprender de ahí dos revelaciones (se justifica el adjetivo) inusitadas. Una es que el “Velarde” que lo adorna y no le correspondía llevar (en estricto orden civil y religioso, el poeta se llama Ramón López Berumen) fue una incorporación arbitraria de su tatarabuelo Juan Antonio López Moya, a quien le dio por identificarse a veces como “López de Velarde”, heredando ese hábito a su clan; y la otra es que el propio apellido “López” lo llevó a su genealogía el citado Domingo, mas no porque fuera suyo, sino porque se lo dieron al nacer “de padres no conocidos”, como consta en su acta matrimonial, todo lo cual nos deja una hermosa lección: que su gloria y la de sus apellidos la forjó a solas Ramón y no tiene descendientes.

Caso un tanto distinto es el de María Nevarez (escríbase con “z” final), sobre quien Pablo Sol demuestra que no era menor en edad al poeta cuando se conocieron, trataron, fueron novios y rompieron su relación, según ella lo había asegurado siendo ancianita y todos creíamos. La revelación de haber nacido María cuatro años antes que Ramón, con el efecto de rectificación de muchos ensayos que el dato conlleva, cualquiera lo dirá, es extraordinaria. Sin negarlo, en justicia debe decirse que se anticipó veinte meses en revelarlo Alfredo Castro Escudero, en el artículo “Algunas precisiones sobre María Nevarez y otras minucias de las musas velardianas” (La Gualdra, núm. 630, 15 de julio de 2024), que no tuvo la repercusión que merecía y Sol leyó cuando había puesto punto final a su libro, no pudiendo por eso otorgar el crédito de primacía al investigador independiente.

El asunto —a más de los indicios que aporta sobre la lenta conversión en libro de un manuscrito, aun tratándose de un emporio como Random House— remite a una novedad en los estudios literarios de componente histórico, no sé si viciosa o afortunada, que debe registrarse: tanto Castro Escudero como Sol Mora documentaron el caso de María Nevarez sin salir de sus casas, mediante la consulta de los acervos genealógicos ancestry.com y familysearch.org reunidos por la comunidad mormona. De hecho, familysearch es la fuente más explotada y referida en notas y de ella procede íntegramente el “Apéndice documental” (el cual, de paso hay que decirlo, aunque contiene media docena de ítems ilegibles, vale mucho y, entre otras cosas, nos deja descubrir que Josefa y Ramón nacieron ambos a la 1 de la mañana). De nuevo acudo a la fórmula: cualquiera dirá que esos recursos son extraordinarios. El problema, a mi ver, reside en su carácter: como la IA, son instrumentos que se fundan en la explotación comercial de archivos públicos, civiles y parroquiales, con, entre otros, dos efectos: su acceso se restringe a quien paga una cuota y el hecho de aportar la dirección electrónica específica de cada documento exhumado como referencia no garantiza su contrastación ni el aprovechamiento por parte de otros investigadores (y eso sin mencionar el incordio de teclear la ristra kilométrica de signos raros que las forman).

Con todo lo dicho hasta aquí, creo, sin embargo, que la valoración del libro de Pablo Sol no puede ni debe reducirse al elogio y a la objeción que se haga de aspectos particulares, sino remitirse a sus logros globales, que en mi opinión son muchos y sustantivos, y en buena medida se desprenden de dos rasgos que ya señalé (la atenta y perceptiva lectura que hace el biógrafo de los poemas y las prosas, y el aumento de la documentación velardiana) y de uno más que ordena la investigación y termina por conferirle un mérito no sólo interpretativo sino literario.

Me refiero al hecho de ser la suya una biografía de tesis, entendido el término “tesis” no en su sentido de proposición estricta establecida para demostrarse mediante procedimientos lógicos, sino de idea (creencia, intuición) que, por un lado, otorga coherencia a la exposición, y por el otro, espesor humano al personaje que toda biografía, inevitablemente, elige o inventa. Sintetizada en el título del libro (La sabiduría del corazón) y en una frase del prólogo (“El corazón, para él, era el verdadero órgano de conocimiento”), la tesis de Sol Mora, sin proponerse ser absolutamente original, hace residir su potencia y se vuelve memorable gracias a su capacidad para, simultáneamente, acoger con naturalidad y articular de modo convincente ideas, obsesiones, declaraciones y conductas pertenecientes a las diferentes etapas de la vida de López Velarde, al lado de observaciones críticas bien asentadas y de los testimonios de quienes lo han estudiado o convivieron con él, sin rechazarlas sino integrándolas (el catolicismo determinante cruzado de maniqueísmo; la moral de la simetría; la transición del sistema poético hacia un modelo crítico; la dualidad funesta, no sólo ética sino espacial, de sus inclinaciones, etc.).

Concebida, pues, como una propuesta de lectura integral, la tesis “corazonista” de Sol Mora —expuesta con detalle en los apartados “El poeta y el monte”, del capítulo 13, y “Hacia una sabiduría del corazón”, del 15— tiene el efecto singular y digno de celebrar de entregarnos un López Velarde de trazos nítidos en los terrenos espiritual, ideológico y estético; reconocible pero mejor perfilado y por tanto más complejo; más transparente y no por eso despojado de misterios; observado con minucia en sus formidables virtudes idiomáticas y en su laberíntica mecánica mental y, al fin, “no histórico ni político, sino íntimo” (432), como se lee en la frase de cierre de la “Nota final”.

Curiosamente, justo esa condición de familiaridad atribuible al López Velarde que perfila la biografía de Pablo Sol ha sido criticada en sendas reseñas, la de un amigo en una conversación privada y la que hizo Pedro Derrant para Milenio (“RLV en el umbral crítico”, 12 de junio de 2026), quien habló de “una imagen consabida del poeta (…) que todos se sentirán cómodos de suscribir, pero que carece de la electricidad de lo nuevo”, con las cuales disiento por dos razones: porque no creo que —por sólo aducir dos ejemplos— las observaciones de Villaurrutia y Paz, pese a los cien y los sesenta años cumplidos de haberse elaborado, hayan perdido un átomo de su novedad; y porque creo que se inspiran en el discutible hábito de esperar de una biografía revelaciones tremebundas o revoluciones interpretativas aptas para convertirse en encabezados llamativos. En cuanto a Sol Mora, lo más cerca que llega a situarse de ese terreno es cuando aborda el asunto de la enfermedad venérea que padeció el poeta y cuando lee “El minuto cobarde” como “una alambicada representación de un episodio de impotencia” (350). Declarada sin embozo alguno por el propio poeta y por tanto establecida de origen, sin espacio para la duda ni la alarma moral, Sol Mora parece creer que “la flor punitiva” sí influyó en la muerte López Velarde al fungir como una comorbilidad que agravó la pleuresía fatal y, en esa dirección, cita con intención una frase de la nota necrológica publicada por El Demócrata: “falleció (…) víctima de la cruel y dolorosa enfermedad de la pleuresía, que se complicó con una tan dolorosa como la anterior” (425 y nota 26). Con todo, ni siquiera al declarar esa creencia suya abandona Sol Mora la disciplina de quien somete las propias suposiciones a las pruebas existentes o a la mera factibilidad, y como efecto de ese rigor se limita a concluir que la nota periodística aducida —aunque muestre la temprana sospecha de haber padecido el poeta un mal adicional al pulmonar— no alcanza “valor de prueba”.

En un pasaje del texto que escribió para México Moderno meses después de la muerte del poeta, Enrique Fernández Ledesma anotó lo siguiente: “Su obra acogió (…) materiales tan íntimos, tan personales, tan ocultos, del ser y de la vida de Ramón, que no bastarán una inteligencia sagaz y un decidido temperamento de crítica para desentrañar el tumulto de enigmas que trepidan en sus poemas” (pp. 329-330, donde se lee “túmulo” por “tumulto”, una de las más-menos cuarenta erratas observadas en el libro, siendo de lamentar —aparte de sintomático de la necesidad de editar críticamente a Ramón— que la mayoría de ellas correspondan a poemas, y no por descuido de Sol, sino porque así constan en las ediciones disponibles).

Sin pretender que la integridad de los enigmas cifrados en la obra de López Velarde hayan sido develados de forma definitiva por la biografía de Pablo Sol, ni mucho menos que sus esclarecimientos (los suyos y los de quien sea) priven a nadie de la necesidad, el deseo y el placer de seguir interrogándolos, me atrevo a afirmar que su sagacidad investigadora y su temperamento crítico, sumados a la íntima identificación establecida con el poeta de Jerez, le han bastado para trazar de éste en su libro un retrato memorable y matizado, hondo y conmovedor. El retrato de un poeta vivo que es a la vez el retrato del país que hoy, de nuevo, “se calla / en la mutilación de la metralla”.