Manual para no llegar

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Alonso Tolsá, Manual para no llegar,1.ª ed. México: Universidad Autónoma Metropolitana, [En línea]. Disponible en:

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Hay libros que no ofrecen respuestas ni prometen un destino; apenas enseñan a demorarse en el camino. Manual para no llegar, ópera prima del escritor oaxaqueño Alonso Tolsá, pertenece a esa rara estirpe de obras que hacen de la lentitud, la observación y el desvío no sólo sus temas, sino también su método. Desde sus primeras páginas, el libro invita al lector a abandonar la lógica de la eficacia para internarse en un territorio donde lo sencillo se vuelve una forma de habitar el mundo.

Pocas veces un título resume con tanta precisión el espíritu de un libro. Desde él, uno advierte un matiz irónico que atravesará toda la obra. Y aunque se nos presenta bajo la etiqueta de ensayo, su arquitectura y las ambiciones creativas que lo sostienen sobrepasan esta clasificación. Nos hallamos frente a una obra multifacética que, por su constitución, recuerda libros como El arte de la fuga, de Sergio Pitol.

Entre sus páginas conviven múltiples géneros y artificios literarios. En Hambre y zapatos, nos encontramos, por ejemplo, con una veta ensayística y reflexiva puesta al servicio de una genealogía de escritores famélicos, excéntricos y errabundos cobijados bajo un mismo signo. En Prolegómenos a la Gran enciclopedia universal del caminar, “taxonomía rigurosa que distingue entre modelos y tipos de caminantes según sus distintos patrones locomotores”. El autor despliega, con humor y elegancia, una imaginación taxonómica fruto de una perspicaz capacidad de observación. En La reconstrucción de San Petersburgo, texto que puede leerse como un relato, se narra el intento del personaje por reconstruir un mapa de la ciudad rusa a partir de las lecturas que sobre ella conserva. El resultado es una ciudad acaso ficticia, pero precisamente por ello más real que la que puede ofrecer cualquier mapa. Aquí la reflexión se encamina hacia un territorio donde memoria, literatura y geografía terminan por confundirse.

Pero un libro como este no podría agotarse en unos cuantos motivos. Los temas y las obsesiones que a su autor atraviesan se esparcen paulatinamente a lo largo de los doce textos que componen el volumen y uno sólo tiene que permanecer atento para poder reconocerlos.

Resulta grato encontrarse en primera instancia con el Alonso Tolsá, autor del Panfleto nómada, enemigo declarado del automóvil y de la maquinaria moderna y defensor empedernido del milenario acto de mover las piernas, del paisaje y de la lentitud como ritmo natural del mundo. Esta defensa del caminar y del paseo, en la que resuenan los pasos del suizo Robert Walser, caminador por excelencia, no obedece a una nostalgia romántica, sino a una crítica frontal del modelo de ciudad contemporáneo. Basta leer el siguiente pasaje para comprenderlo: “El motor de combustión interna apareció a finales del siglo XIX, desde entonces los índices de contaminación se han profundizado por este y otros motivos relacionados. Las consecuencias están a la vista puesto que el paisaje se altera cada tanto en función de las necesidades del automóvil: el concreto asfáltico esteriliza la vida del suelo y al impedir la captación pluvial empobrece la del subsuelo; la violenta sustitución del aire limpio por el humo, el silencio por el ruido y el reposo por la velocidad, impactan de manera directa en la salud pública”.

Si uno se pone un poco más pesimista, no le resultará difícil imaginar una sociedad en la que caminar sin prisa por alguna acera resulte un acto que despierte sospechas en los otros, al mero estilo de una distopía bradburiana.

La memoria es otro de los temas a los que el autor vuelve una y otra vez en este libro. Su tratamiento se da a través de cartas, páginas de diarios, y un puñado de textos de corte autobiográfico marcados por un registro más íntimo. ¿Cómo es que se llega a los libros? ¿Por qué? ¿Por qué uno decide quedarse? Imagino que todo aquel que ha hecho una vida en torno a los libros termina preguntándose, tarde o temprano, cómo llegó hasta ellos y qué ha ganado con esa elección. En De no haber sido lector, Tolsá se hace la misma pregunta, y a través de un breve repaso por las lecturas de una vida, concluye: “Sin embargo, aun reconociendo que la lectura no servía para nada o que no la había comprendido, no había visto ni conocido a nadie que me enseñara mejor que ella. Entre escombros ideológicos y veranos irrepetibles, persistió como un ámbito lleno de sentido que, a su manera, me hizo saltar a otras aguas con coraje.”

Estos textos, lejos de ser meramente anecdóticos, traslucen un pensamiento bien afianzado que, a su vez refleja una postura existencial: una actitud frente al mundo y sus cambios. En Cartas encontradas durante un día estival, a propósito de la correspondencia, escribe: “El logro de la comunicación debería definirse por la fuerza de su efecto de acompañamiento antes que por su inmediatez. La carta en contraste con el mail y el mensaje de texto, cura la soledad”.

Y con respecto a la experiencia personal: “Existen muchas maneras de vivir, pero cada una desemboca necesariamente en el olvido de las anteriores. La paz que produce el distanciamiento respecto a hábitos del pasado es una elección que se edifica en silencio en nuestro interior, poco a poco”.

Si bien la memoria —personal y colectiva—, la imaginación, la observación y la incesante reflexión en torno a la literatura constituyen algunos de los nervios que articulan estos textos, no habría que pasar por alto que el humor es una de las virtudes más sobresalientes del libro, acaso la principal. Su expresión más lograda aparece en Una humilde propuesta, sátira de corte swiftiano que empuja hasta el absurdo la lógica utilitarista que signa nuestro tiempo. El resultado confronta inevitablemente al lector consigo mismo, pues obliga a preguntarse de qué somos capaces de reír y por qué.

Visto en conjunto, Manual para no llegar termina por revelar una misma intuición bajo la diversidad de sus formas: caminar, leer, recordar, escribir una carta o reír ante lo intolerable son maneras de sustraerse, aunque sea por un instante, a la lógica de la prisa que lacera nuestros días. Quizá por eso este libro aparece en un momento particularmente oportuno. Cuando el horizonte parece reducirse al vértigo y la incertidumbre, recordar que también existe la posibilidad de demorarse constituye, en sí mismo, un acto de resistencia. Manual para no llegar nos recuerda que “para algunos, Ítaca es una invención de la verdad en medio del mar, el auténtico hogar es el camino”.