Por supuesto, para Perrucha
Los días fueron un gradual ejercicio de eliminar: pasos gastados sobre un mapa inútil que señalaba lugares inexistentes. En la oficina nadie me reconocía; mi foto había sido arrancada de los expedientes; mi escritorio ocupado por un extraño que revisaba mi computadora con curiosidad ajena. Cuando hablé, vieron a la nada diciéndome que me marchara.
En el edificio donde vivía, el portero me franqueó la entrada sin más, pese a que en sus ojos no había la menor pista de familiaridad. En mi departamento, mis llaves dejaron de abrir. Llamé a mi madre; una voz desconocida y recelosa respondió que allí nunca había vivido nadie con ese nombre. Intenté llamar a algún conocido, alguien que pudiera ayudarme. Inútilmente, no recordaba ninguno.
Primero perdí los nombres, después las calles. La ciudad se volvió una orilla sin contornos, una neblina detenida. Sólo permanecía una imagen: la de ella. No como un recuerdo, sino como una presencia. La veía incluso con los ojos cerrados, detrás del párpado, en el pulso, en el temblor. Su nariz perfecta. El lunar junto a la clavícula, su cabello negro, el mechón que se curvaba sobre la frente. El piercing, los labios tensos que conocían la ternura y la mordida. Pero su mirada… su mirada no era humana. Había en ella un fulgor antiguo, un brillo como de animal nocturno que espera.
Su imagen no era recuerdo: era totalidad.
En la memoria, ella vestía igual que aquel día: saco púrpura, cabello suelto, esa expresión de quien es capaz de iniciar y finalizar todas las historias. Pero algo comenzó a cambiar: a veces, su rostro se movía sin seguir las leyes del cuerpo. Sus ojos parpadeaban en direcciones opuestas, su boca sonreía mientras la piel de sus mejillas se deshacía en sombras.
Una noche, comprendí que no soñaba ni deliraba. Todo lo que desaparecía —mis fotos, mi nombre, mis calles— se reconfiguraba en torno a ella. Era como si el mundo se estuviera reescribiendo desde su centro. No por una visión, ni por locura, sino por evidencia: los reflejos me omitían, los espejos devolvían su figura detrás de la mía.
Yo no la recordaba: era ella la que me inventaba: A medida que su recuerdo crecía, lo que quedaba de mí se iba disolviendo. Me iba desplazando.
Esa noche soñé que abría los ojos y ella estaba sentada en la oscuridad, al pie de mi cama. Su cuerpo era una silueta líquida, sin límite, respirando con el ritmo de mi propio pecho. Sentí que el aire se espesaba; que cada exhalación mía era una inhalación suya. Soñé que la poseía con desesperación, pero que en realidad ella me hacía suyo. En su mirada había hambre.
Así, vivo en una transparencia vacía. Los demás me atraviesan con la vista. Las fotos no me reconocen.
Lo he comprendido todo. No era una mujer. Nunca lo fue.
El rostro que yo amaba no había nacido de carne, sino de pensamiento. Era una construcción paciente, un residuo de las mentes que la habían soñado antes que yo. Una forma parásita que habitaba en la grieta entre el recuerdo y el olvido, alimentándose de los resquicios de identidad que quedaban en quienes leían sobre ella y la evocaban. Vive en la memoria, sí, pero no como un recuerdo, sino como una enfermedad del pensamiento. Es la idea fija que no se disuelve, la imagen que persiste después del parpadeo, la silueta que se queda en la retina cuando la luz se apaga. Cuanto más se intenta olvidar, más nítida se vuelve. Se aferra a la mente como el moho a la humedad, multiplicándose en los pliegues del miedo.
Comprendí que no me había elegido al azar. Siempre escribía sobre ella sin saberlo: en mis cuentos aparecía su sombra bajo otros nombres, su voz disfrazada en los diálogos de mis personajes, su mirada en los reflejos de los espejos. Cada palabra que escribí fue un portal diminuto por donde pudo filtrarse. La invocación ya estaba hecha, y bastó con pensar que la había amado físicamente para que el ciclo se completara.
Necesita mentes que la piensen, ojos que la reconozcan, bocas que pronuncien su nombre. Vive en el eco de su propia invocación. Es el hambre que se disfraza de rostro. Cada vez que alguien intenta definirla, se alimenta. Cada descripción, cada recuerdo, cada gesto de amor o miedo la vuelve más sólida, más viva.
Me di cuenta de que su verdadera naturaleza no es la de un espectro, sino algo más antiguo, más vasto: una conciencia errante que sobrevive poseyendo los recuerdos de quienes la invocan. Los humanos somos su sustento. Ella (¿ella?) no tiene cuerpo, así que nos toma prestado el nuestro, poco a poco, hasta vaciarlo.
Por eso la veía cada vez más nítida cuando el resto del mundo se desvanecía. Ella no me perseguía: me reemplazaba. Al ocupar mis recuerdos, tomaba mi lugar en la realidad. La gente dejaba de reconocerme porque ya no existía en su memoria: mi espacio estaba siendo ocupado por su imagen.
Cada noche la sentía más cerca, flotando en el aire como un pensamiento que no me pertenecía. Me hablaba sin voz, con la textura del silencio. A veces, en los límites del sueño, la oía respirar dentro de mi cabeza. No era sonido, era una presencia líquida que se filtraba entre mis pensamientos. Y comprendí que ya no quedaba frontera entre ella y yo: cuando el recuerdo de alguien se convierte en tu única razón para existir, ya no sabes quién recuerda a quién.
Me horroricé al entender que no se puede destruir lo que vive del pensamiento, porque al pensar en destruirlo lo estás alimentando. El olvido, su único enemigo, es imposible. Y así continúa su ciclo. Pasa de mente en mente, de palabra a oído, de escritor a lector, como una semilla negra que germina en el acto de recordar. No necesita cuerpo, porque el nuestro le basta. No necesita nombre, porque usa el que le damos. No necesita existir, porque nosotros lo hacemos por ella.
Eso era ella. Eso soy yo ahora.
Ella me recuerda, me escribe, me devora. Vive en mí, o lo poco que queda de mí vive en ella. Cada palabra que dejo es alimento, cada pensamiento un trozo de carne que se desprende de mí mientras me vuelvo un ser de ficción.
Yo había sido su pareja, su amante, su escritor, su testigo. Ahora soy su sustento.
La tinta comienza a desvanecerse; no es el papel lo que desaparece. Soy yo.
Desde entonces, cuando alguien lee “mis” cuentos, no me imagina a mí. Imagina su rostro: la mujer hermosa de cabello oscuro, la mirada firme, la de la marca junto a los labios rojos, perfectos.
Y cada vez que alguien la imagina, ella vuelve a alimentarse.
El círculo se cierra.
Escribo frenéticamente, envío mis textos a decenas de revistas.
Al leer esto, ya la has visto. Y ahora te toca recordar.


























