Traducción de Pedro Santander
El Diario de París, que el abate Mugnier llevó durante sesenta años (1879-1939), fue publicado por el Mercure de France en 1985 y, desafortunadamente, aún no ha sido traducido y publicado aquí. Es el registro excepcional de un sacerdote que trató y confesó a la crema de la vieja aristocracia del Faubourg Saint Germain y que fue también amigo-en ocasiones íntimo- de muchas de las principales luminarias artísticas y literarias de su tiempo.
Las cualidades más admirables del abate han sido eclipsadas, hasta cierto punto, por su reputación de guía espiritual del gratín y por sus muy recordadas salidas ingeniosas, como, por ejemplo, su respuesta a la envejecida actriz que le preguntó si era un pecado que admirara su propia belleza cuando se miraba en el espejo: “No, querida, sólo es un error.” O al codicioso trepador social que encontraba que cada nuevo nivel que alcanzaba no era el “verdadero” Faubourg, y quien, con imраciencia, le preguntó si no estaría sencillamente donde él no estaba: “No quería ser yo el que te lo dijera.”
Es absolutamente cierto, reconoce el abate en su diario, que amaba el “gran mundo”, con sus “títulos, bellas mansiones, páneles dorados, candelabros colgantes, agudezas y celebridades,” pero él esperaba, como Proust, de quien se hace buen amigo, que su atracción residiera en las asociaciones históricas y románticas que le suministraban a su intensa y activa imaginación. Y ciertamente nunca se permitió pasar por alto los aspectos despreciables de la sociedad.
“Esta gente convierte sus malos hábitos en principios”, escribió. “La vaciedad y el aburrimiento se subliman como sagradas etiquetas… Ningún aristócrata es capaz de tener un talento original y verdadero para la escritura. Es demasiado comme il faut. Hay demasiados sirvientes entre él y la realidad. Los nobles no fraternizan. El talento tutea.”
Desaprueba con cordialidad a la dama que hacía alarde, durante la Primera Guerra mundial, de haber estrechado en verdad la mano de uno de sus lacayos, el cual había ganado la Croix d Guerre. “¡Pero no le habrá pedido que se sentara a la mesa con usted!”, exclamó uno de los acompañantes que la escuchó. Para esta gente la preservación de las distinciones sociales era tan vital como ganar la guerra.
Arthur Mugnier nació en 1853 en Lubersac, donde su padre supervisó la restauración del castillo y, después de su muerte temprana, dejó a su familia con limitados recursos para sobrevivir; su abnegada madre lo llevó a París y utilizó toda su influencia para inducirlo a tomar las sagradas órdenes. En ese entonces él era un joven ingenuo y tímido, muy espiritual y temeroso del pecado. Con una madre diferente nunca hubiera entrado a la Iglesia. Pero ella estaba motivada no sólo por el deseo de proporcionarle paz mental a su hijo, sino por su noción de que lo estaba impulsando a una carrera en la que los niveles sociales podían ser escalados con facilidad. En esto tuvo más éxito del que hubiera imaginado. Cuando murió, en 1903, su hijo escribió: “La pobre mujer joven que llegó de Lorraine a París con tan pocas perspectivas tuvo a príncipes y duques en su funeral.”
No le tomó mucho tiempo a una sociedad sofisticada descubrir que en el vecindario había un sacerdote que entendía las tentaciones de la vida y no vociferaba tediosamente sobre los lapsos humanos. Para Mugnier las almas eran almas y su trabajo era salvarlas y no sacudir la cabeza y fulminar condenas. La tolerancia y sabiduría que desarrolló con rapidez, una vez que se liberó de lo que consideraba sofocantes estrecheces mentales del seminario, junto con su ingenio y gran corazón, lo hizo bienvenido tanto en la sala como en el confesionario. El anfitrión acostumbraba instruir a sus sirvientes para que limpiaran o repararan su gastado sombrero, guantes o paraguas cuando los dejaba en el guardarropa, pues Mugnier nunca pareció prestar atención a su apariencia. Por supuesto, algunas personas se reían de esto. La poeta Anna de Noailles sugirió que vestirse con andrajos era una forma de coquetería. Podía estar en lo cierto.
Su relación con la Iglesia y su jerarquía nunca fue fácil. Siempre fue crítico del establecimiento clerical. En esta entrada de 1895, pergeña una protesta en forma de un imaginario discurso a sus superiores.
Hablan ustedes sólo de asociaciones parroquiales y culturales. Emplean toda su energía en ello. La fe interior es relegada al fondo de la pila. ¿Qué sucede con la justicia, la caridad, la resignación, el coraje y todo lo que enaltece el alma humana? El asunto de la Iglesia sustituye al de la religión. La religión es un movimiento del espíritu. Del corazón. Ustedes han hecho de ella un poder, una sociedad, una fuerza exterior, algo en conflicto con otros poderes de la sociedad. Para amar a Dios y a nuestros semejantes, ¿es necesario tanto materialismo? ¡Qué lejos estamos de lo que quería Jesucristo! Él jamás hubiera tolerado el templo.
Y cuando llegó el Armagedón en 1914, escribió que en todos los años de su sacerdocio nunca escuchó lo que debió haber sido la gran voz de la iglesia denunciando el odio: odio a la República, odio a los judíos, odio a Dreyfus, odio a los alemanes. El mundo se ha vuelto loco. “Sólo me queda retraerme a mi concha… debemos hacer la paz, y nadie la quiere. Por el contrario, masacran a una generación de franceses en nombre de Francia. ¡Asesinamos en nombre de Dios!”
Durante la primera mitad de su carrera eclesiástica el abate fue vicario en la iglesia de Santa Clotilde en el Faubourg Saint Germain, pero en 1919 su amistad, y su hospitalidad, con un sacerdote renegado que había tomado esposa causó tal escándalo que sus superiores le aconsejaron que renunciara y se retirara temporalmente. Un año más tarde fue asignado al ínfimo puesto de limosnero en el convento de las hermanas de San José de Cluny, a una distancia incómoda, pero no insalvable, de las veladas en el viejo Faubourg, donde conservó su lugar hasta su retiro final. Sin duda sus poderosos amigos le evitaron un castigo disciplinario más riguroso.
Afortunadamente, nunca tuvo ambiciones clericales. En 1900, nueve años antes de sus problemas con la Iglesia, había escrito:
Supongamos que se me nombre obispo y se me mande a Saint Florin o a Limoges. Después de la excitación inicial por mi coronación y mi mitra enjoyada me enterraría vivo en un pequeño lugar apartado, sin una sociedad de la cual platicar. Los sacerdotes serían mi diaria compañía, ¡el mismo tipo de personas con las que no he conversado desde los depresivos días del seminario!
Pero si no deseaba promociones eclesiásticas, podría haber vendido su alma para convertirse en un gran escritor. La literatura fue el amor de su vida, lo compensó por una esposa, por una familia, por todo en realidad, y con sabiduría, reconociendo su carencia de talento creativo, se resignó a los placeres menores de la lectura y el cultivo de los autores que admiraba.
Su primer amigo cercano entre estos últimos fue J.-K. Huysmans, el escritor naturalista, amigo y seguidor de Zola, y autor de la exquisita novela decadente A Rebours, cuyo protagonista fue modelado a partir del extravagante epicureo Robert de Montesquieu. Huysmans fue agraciado con una enfebrecіda imaginación y una fascinación escolástica por lo oculto. Le gustaba explorar el oscuro mundo de los cultos satánicos y las misas negras, aunque al mismo tiempo fue atormentado por una conciencia puritana que lo hizo acallar sus propias tendencias sexuales. Fue el abate quien lo condujo a los brazos de la Iglesia y lo convirtió en un reformado y casto penitente.
La conversión comenzó con el retiro temporal de Huysmans a un monasterio en 1892.
Anoche Huysmans, en su balcón, entre dos vasos de cerveza, habló de las impresiones de su visita a La Trappe. Fue acosado por fantasías obscenas. Comulgó dos veces, pero las presiones e influencias eran tales que incluso pensó en suicidarse. El padre que lo confesó no se mostró sorprendido y un monje le dijo francamente que estar obsesionado por visiones sexuales y tentaciones era una experiencia común de los internos. Huysmans replicó entonces: “¡De modo que no tenemos paz, ni siquiera aquí!” El único comentario de Zola sobre su visita al monasterio fue que debía estar mentalmente agotado.
El abate ganó fama considerable por atraer a estos heréticos talentosos, tanto escritores como creyentes, al redil romano. Era solicitado no sólo como predicador sino como conferenciante de temas literarios. Huysmans lo presentó con sus colegas escritores, quienes, si al principio vieron con sospecha que hubiera un sacerdote en sus reuniones, pronto apreciaron a este gentil y encantador entusiasta que apreciaba su trabajo, disfrutaba de los chistes sucios sin espantarse y jamás pretendió convertirlos. Como Bernard Berenson diría más tarde al abate: “Usted es el hombre con menos prejuicios que he conocido.” La bohemia, tanto como el viejo Faubourg, podía apreciar un huésped perfecto.
Se habrían sentido aún más complacidos si hubieran sabido que el abate tomaba nota de todo.
20 de noviembre de 1986. Huysmans habló de los placeres porcinos de Guy de Maupassant. Cierta tarde, en una reunión de 14 hombres (Huysmans era uno de ellos), Maupassant presumió de que podía agotar a una mujer haciéndole el amor. La reunión en pleno se trasladó a un burdel donde Mauppasant puesto a prueba se desnudó ante todos y se vino cinco veces con la mujer elegida. Flaubert, extático, gritaba: “¡Qué reconfortante!” Huysmans asegura que no hay nadie más desvergonzado que Maupassant. En otra осаsión, después de que él, Huysmans y Paul Bourget habían cenado juntos y Bourget sugiriera que aprovecharan la noche, se dirigieron a un burdel. Maupassant, en el salón donde se encontraron con las muchachas, le bajó de un tirón los pantalones a Bourget y gritó: “¿Esto es todo lo que tienes que mostrarle a las damas?” Bourget escapó.
Décadas más tarde, en 1935, durante una visita a Chartres, el abate piensa en Huysmans, muerto hace mucho, y en la hermosa novela que había escrito sobre su catedral y se lamenta de la intransigencia de los clérigos que nunca fueron afectados por la sublime arquitectura que se erguía frente a sus ojos.
Me disgusta recordar la ceguera de los clérigos de la región cuando Huysmans publicó La cathédrale. Ninguno de los sacerdotes, curas, canónigos, profesores del seminario, arzobispos de la diócesis de Chartres que han vivido bajo la sombra de este magnífico monumento le ha consagrado a su gloria una página perdurable. Tuvimos que esperar hasta finales del siglo diecinueve a que un discípulo de Zola, emergiendo de las cloacas del naturalismo, descubriera, sobresaliendo de los sembradíos de La Bauce, “a la rubia de ojos azules”. ¡Ay, esterilidad eclesiástica!
Casi la mitad del diario es de retratos de los escritores que el abate conoció. Vemos a Anatole France “con el artificioso aire de un viejo conde del Faubourg Saint Germain o, mejor tal vez, de un oficial retirado”. Escuchamos a Cocteau comparando una obra de Henri Berstein, quien intentaba obtener ventajas de la fiebre de patriotismo provocada por la guerra de 1917, con “un transeúnte con ropas de viuda”. Y aquí tenemos a la poeta Anna de Noailles:
Ella quisiera ser la cruz, el Arco del Triunfo, Napoleón. Es la hipertrofia del yo. No conoce límites. Debió haber vivido en Alejandría, en Bizancio. Es el extremo final de una raza. Quisiera ser amada por todos y cada uno de los hombres que están enamorados de otra mujer. Se habría apareado con el sol, el viento, los elementos.
Su primer encuentro con Proust fue en 1917:
Marcel Proust tiene un aspecto muy distinguido. Citó a Oscar Wilde: “El acontecimiento más grande de mi vida fue la muerte de Lucien de Rubempré, de Balzac.” Me dijo que aún seguía escribiendo libros, pero no creía que hubiera alguien que los leyera. Habló de catedrales. Chartres y Reims. Reims luce como una mujer a cuyo rostro se hubiera arrojado vitriolo. Los alemanes lo hicieron, según él, por celos; no tenían algo como Reims en su propio país. Los ángeles de Reims tienen la sonrisa de Da Vinci. Proust pasa la mayor parte del tiempo en cama. Citó al Conde Greffulhe cuando le pidió que firmara el libro de visitas: “Sólo la firma, por favor. Nada de comentarios.”
El abate recordó luego la sorpresa de Madame de Noailles cuando Proust, en el mismo cuarto donde su madre yacía, la felicitó por su último libro de versos. También que Madame de Polignac no se había sentido muy halagada cuando ofreció dedicarle uno de los libros de À la Recherche… a su difunto marido. Era Sodoma y Gomorra. Mugnier nunca conoció a Oscar Wilde, pero de aquellos que sí lo conocieron coleccionó algunos dichos de sus últimos tristes años en París:
Wilde sugirió que los padres del hijo pródigo eran abominables. Descuartizaron un becerro para él sabiendo que aborrecía la carne de becerro. Y que cuando la mujer acusada de adulterio fue soltada por sus acusadores, su marido fue el que arrojó la primera piedra. Judas regateó desde diez hasta treinta monedas, sólo para descubrir que las monedas eran falsas.
Paul Valéry, como Wilde, leía el Nuevo Testamento como una novela.
25 de mayo de 1922. Valéry me confesó que no era cristiano y que le tenía sin cuidado el Nuevo Testamento, lo encontraba falaz. No podía entender la mezcla de Dios y sufrimientos y consideraba los milagros indignos de una deidad. El cambio de agua por vino era un vulgar truco de prestidigitación. Y si Jesús sintió que perdía su virtud cuando alguien lo tocó, fue porque no se dio cuenta de que sufría de hemorroides. No soportaba la visión de los cerdos precipitándose al lago. Sostiene que hay diferentes Cristos en los evangelios. Define la fe como el poder de fabricar verdades; un asunto de volición intelectual. EI auténtico deber es la duda.
He aquí un vistazo a Colette, en 1922:
Cena en el Girods con Segonzac, Colette, Paul Morand, Marie Laurencin. Colette, con los brazos desnudos en un vestido rojo, examina todos los objetos de la habitación, toca esto y aquello, con los dedos recorre con admiración los collares de las damas y parece disfrutar de todo. Habla como una niña, à gamine, que odia las restricciones y la disciplina. Alega que no nació para ser escritora, que fue hecha para no hacer nada, cabalgar, nadar, asolearse. Le gusta dar recetas con detalles pintorescos: “Un consomé no debe ser demasiado personal.”
Y otra vez Valéry, en 1925:
Me topé con Paul Valéryvard Saint Germain. Habló del amor carnal. La voluptuosidad, la carne, no existen en realidad. El amor carnal está más relacionado con el intelecto, con la parte más profunda del intelecto. Es una de las cosas curiosas del hombre. Compara el sexo con una trufa a la que los padres del desierto y los fundadores de la Iglesia convirtieron en asunto de Estado. Al inventar el concepto de castidad convirtieron a un ratón en una montaña.
En esta entrada de 1933, el abate yuxtapone graciosamente los dos extremos de los mundos en que vive:
Ayer almorzé con los Descoves. Céline y su madre. El pintor Vlaminck. En la mesa la conversación explotó como fuegos artificiales. Céline habla rápida y ruidosamente, es del tipo gamin; uno siente las masas, imita bien al pueblo, con muchas repeticiones e interjecciones, su lenguaje era muy crudo; mis oídos de sacerdote no fueron perdonados. Ha estado en Berlín y dice que el pueblo está al borde de la anarquía. Tal vez no está en condiciones de hacer ahora la guerra; tiene demasiado miedo del comunismo. Nos pintó un cuadro terrible de la ciudad carbonera de Breslau: la edad media rediviva. Vlaminck le preguntó si iba a seguir escribiendo sobre los mismos temas y aseguró que lo haría, con todos sus horrores. Que cualquier otra cosa sería deserción. Vlaminck, por su parte, declaró sin ambages que ya no había pintores, ya fuera en Francia, España, Alemania o Italia. “Yo soy un pintor”, añadió con ingenuidad. “Si no estuviera convencido de eso no pintaría. Voy al museo como al burdel, para divertirme, pero no subo las escaleras. No me acuesto con Delacroix y los otros.”
Después me fui a casa y encontré a la reina de Portugal esperándome en la entrada. Me ayudó a subir las escaleras y tuvimos una larga plática.
Pero el escritor cuyo trabajo el abate prefería, a quien más había ansiado conocer y a cuyo castillo en Bretaña hacía reverentes y periódicas peregrinaciones, era François-René, visconde de Chateaubriand. Cuando Mugnier murió, se escuchó a su viejo sirviente murmurar: “¡Oh, qué feliz ha de estar ahora monsieur l’Abbé! Por fin va a conocer a monsieur le Vicomte.” Aquí lo tenemos en 1917, escribiendo con la máxima exageración:
Con Chateaubriand hay amor en todas sus formas: agudeza, voluptuosidad, intensidad, insaciabilidad, orgullo, celos, deseo, un abismo, un remolino, el amor devorando y devorado. La canción de las canciones de la pasión, cuya última estrofa es la muerte prevista, buscada, la muerte de todo lo que limita al amor, la muerte de Dios, el fin del mundo. Amor en la conflagración de Valhalla. Amor como la cúspide, el nadir, la anarquía que destruye el objeto del amor, que destruye toda la existencia. ¿Hay alguien que haya sido más radical, más lógico, más loco con los sentimientos?
Como sacerdote, el abate siempre fue compasivo, lo cual, a los ojos de sus colegas, era una falta. Una vez, después de oír una confesión particularmente odiosa, dejó el confesionario y corrió hacia el pecador que se alejaba para abrazarlo. “¡El perdón no es suficiente, necesitamos amar!”, exclamó. Tenía que creer en el infierno -era un dogma-, le dijo a sus feligreses, pero no tenía que creer que hubiera alguien en él. Aquellos que gustaban de imaginar al infierno repleto de condenados concebían a Dios a su propia imagen.
Prefería suspirar antes que tronar sobre los pecados que le confesaban. “Una mujer puede ser joven, bella, una condesa, incluso piadosa y aun así abortar dos veces los productos de su marido sin confesárselo.”
Y otra dama encantadora le hizo llegar la historia de su adulterio, a través de la rejilla del confesionario, «por medio de un céfiro de dulce perfume». “¡Oh, la vaciedad de mi vida! -exclamó—. Es en vano que me agobie con tareas piadosas o que corra de salón en salón por el Faubourg Saint Germain. Todo me deja con la sensación de un alma furiosa, titubeante, muerta.”
En 1911, después de una sombría visita a su oculista, escribió una plegaria desesperada: “¡Señor, no permitas que me quede ciego! Es lo único que te pido.” La plegaría fue parcialmente atendida. Sus ojos continuaron siendo más o menos útiles hasta 1932, cuando escribió: “Mi vida fue leer. Ahora estoy muerto.”
Sobrevivió hasta 1944. Murió en París, todavía lúcido, a los 91 años. No conocemos sus reflexiones durante la ocupación alemana pues interrumpió su diario poco después del estallido de la guerra. Una de sus últimas entradas registra su encuentro con el duque y la duquesa de Windsor:
Mis ojos no me permitieron distinguir los rasgos de esta pareja más o menos real, pero percibí su cordialidad. Puede haber sido una ilusión, pero tuve la sensación de simpatía, en particular de la duquesa. Араrentemente le preguntó a la princesa Bibesco, cuando partían: “¿Cree usted que el abate quiera cenar con nosotros una noche de éstas?”
El duque le había preguntado si recordaba los terribles sucesos de París de 1871. Los recordaba, por supuesto. De la Comuna a la señora Simpson, iqué periodo tan largo!























