Diarios

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Traducción de Armando pinto

 

Julian Green (1900-1998), ciudadano norteamericano, vivió la mayor parte de su vida en Francia y, aun cuando escribió también en inglés, es considerado, bajo el nombre de Julien Green, uno de los mejores escritores franceses del siglo XX. Entre sus obras, sus diarios constituyen una parte sumamente importante de las mismas. Comenzó a escribirlos desde muy joven y casi hasta el final de su vida. En total doce tomos. Hemos hecho una selección del tomo que corresponde a los años 1946-1949, justo el que escribió al regresar a Francia una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la cual pasó en los EU. El lector encontrará que las entradas del diario aparecen algunas veces inmediatamente después de la fecha y otras están precedidas por un asterisco. Esto se debe a que, en el primer caso, el fragmento seleccionado inicia la entrada del día respectivo, y en el segundo está entresacado de los apuntes del día que no hemos recogido en su totalidad por falta de espacio, y porque nos han parecido menos interesantes para el lector en español del siglo xxi. Publicamos ahora los años 1946-48, el año 1949 aparecerá en una segunda entrega.

 

 

1946

 

14 de enero.

+Un diario es una larga carta que el autor se escribe a sí mismo, lo más sorprendente es que se da a sí mismo sus propias noticias.

 

8 de febrero. Traduje un poema breve de Donne, otro de Herbert y un tercero de Hopkins. Releí una parte de mi Malfaiteur lamentándome de no haberlo publicado jamás; hay un capítulo en ese libro que aún me parece bueno.

 

26 de febrero. Ayer en la noche, un poco antes de acostarme, saqué de mi secreter un sobre lleno de papeles a los que me había aferrado a un grado apenas concebible si lo contase. Sabía bien lo que quería hacer, pero durante un buen cuarto de hora me quedé cerca de la estufa con el sobre en las rodillas. Por fin, abrí la estufa y lo deslicé al fuego.

+ Ayer el director de una revista me pidió un artículo, y para halagarme me dijo: “Es encantador lo que escribió usted sobre la Jeune Fille aux Joues Roses.” Evidentemente sólo había leído el título. Faltó poco para reírme en sus narices preguntándole se le había gustado el pasaje sobre los hornos crematorios.

 

10 de mayo. Los franceses no saben cuánto los quieren algunos; creo que les da igual. Ayer hablaba con un americano, Eddie W., quien vuelve a París después de una ausencia de cinco años, sobre los viajes en metro, y le pregunté si llevaba un libro para pasar el tiempo. Me respondió: “¿para qué leer en el metro si puedo ver franceses?

 

22 de mayo. Visita a Gide. Me recibió como de costumbre en su biblioteca, en un rincón cerca de la ventana, sentado en la pequeña mesa de madera pulida. Su cráneo está a medias cubierto por la boina negra a la que es afecto. Me habló de su viaje a Egipto y a Líbano… Un poco después llegó Jef Last, un muchacho alto, holandés, de ojos claros. Hablamos de Browning, quien les gusta a los dos, y de la forma en que yo pronuncio el nombre de Hopkins, me sorprendió que no lo conocieran, que nunca hubieran oído hablar de él. La conversación indecisa rozaba un tema y otro. En cierto momento, Jef Last citó a Rilke y dijo, dirigiéndose a Gide: “Él cree, como tú, que son los hombres los que han creado a Dios (en ese instante pensé en el “Dios será” de Renan). Él, con cierta vivacidad, negó haber tomado algo de Rilke. Un poco antes de la llegada de Jef Last, le había dicho que Mencken en su diccionario de citas, atribuía a Verlaine en su lecho de muerte el dicho: “¡Victor Hugo, qué desgracia!” “Es una respuesta que yo di hace mucho y que tal vez no hubiera sido recordada si Remy (él pronunciaba Reumy) de Gourmont no la hubiera citado diciendo que resumía todo. Y es “¡Hugo, qué desgracia!”, que no es lo mismo (resoplido de impaciencia). Además no es algo que Verlaine hubiera dicho. Verlaine apreciaba mucho a Lamartine…” Todavía en presencia de Last, me habló larga y, me pareció, afectuosamente. A propósito de Mark Rutherford, me dijo que Bennett lo había hecho leer ese libro admirable y totalmente desconocido en Francia.

 

11 de junio. Para ciertos seres no hay via media. La paz, sus espíritus la encuentran en un extremo y sus cuerpos en otro. Helos ahí, descuartizados, porque el milagroso equilibrio no se hace realidad nunca.

 

19 de junio. Domingo, al Français para ver Esther. Siempre he preferido leer a Racine que verlo interpretado, pues por más dotados que sean los actores me parece que se quedan un poco por debajo de lo que, por el texto, se podría esperar. Se trata tal vez de una música muy difícil de cantar de forma exacta. Sólo la voz y entonación de Yonnel me pareció que le daba el tono que requería.

 

Sin fecha. Las partes más inconvenientes de un diario íntimo son mucho menos los pasajes eróticos que los pasajes piadosos. ¡Un general cartujo me comprendería! El exhibicionismo del alma es más difícil de admitir que el del cuerpo. Tengo ese sentimiento cada vez que cruzo el umbral de una librería religiosa, y siento tal disgusto, no sólo de todos esos libros, sino de mí, que el término nausea no me parece lo suficientemente fuerte para describirlo.

 

9 de julio. Hay en mí una tendencia a desconfiar de todo lo que escribo, sea una carta o una novela. Esta tendencia es la causa de que jamás continuara les Pays Lointains uno de cuyos fragmentos apareció en uno de los volúmenes de mi diario. En las horas de desánimo por las que atravieso actualmente, me agarró a la idea de que mi novela pueda ser mejor de lo que creo. Otra tendencia aún más misteriosa es la que me empuja a comprometer el éxito de lo que emprendo. Por razones que no alcanzo a descubrir, pero que pueden ser de origen religioso, le tengo desconfianza al éxito. Cuando vi que Léviathan era mejor recibido que mis otros libros, hice a propósito una novela en la que no pasaba nada y que no podía tener éxito: Epaves. ¿Por qué? No lo sé. El fracaso de Epaves me hizo muy sensible. Me hicieron falta años para comprender que, de todos mis libros, ese era el más difícil de escribir y en el que más había reflexionado. Como sea, era necesario escribirlo si quería pasar al siguiente.

+ Quisiera encontrar esta frase que a menudo he oído citar y que está tomada de un libro de cocina de la época victoriana: “Lo que sea totalmente incomible (totally uneatable) podrá dársele a los pobres.” Nada qué decir. La guerra se ha encargado de la respuesta.

 

11 de julio. Alguien me dijo: “Hay un artículo sobre ti en tal diario.” Compré el diario, encontré el artículo y la primera frase me disgustó. Había una alcantarilla cerca. Deslicé suavemente el diario como si lo metiera en el buzón. No fue del todo un gesto de mal humor. Por el contrario, quise detener de golpe cualquier acceso de mal humor.

 

15 de julio. R. me pregunta si leí un artículo que alguien escribió sobre mí en tal diario. Era el del otro día. Le respondí que había leído la primera frase. “Deberías leerlo hasta el final. Es excelente.” La verdad me obliga a decir que es totalmente cierto. No puede uno escribir con mucho tacto sobre temas difíciles. Envié por la tarde una carta al autor, quien ignorará siempre la primera impresión que tuve de su artículo.

 

21 de julio. Leí a Auden, primero con admiración, después con cierta fatiga. Su extraordinaria facilidad de expresión provoca el efecto de alguien que siempre gana a la lotería. Hay algo que irrita y acaba por exasperar. Evidentemente está orgulloso de su agilidad verbal; dice todo lo que quiere sin balbucear jamás, incluso dice lo que tú piensas, lo que estás a punto de decir y de decirlo mucho menos bien que él. La emoción en él es rara pero exquisita (por ejemplo en el poema sobre los dos refugiados).

 

3 de agosto. No recuerdo con qué propósito hablábamos de Fanny Hill. Esta novela libertina de Cleland entra en la categoría de libros “inmorales porque no son reales” según la afirmación de Flaubert. Me trae a la memoria una historia que puedo contar ahora sin perjudicar a nadie. A los 25 años yo era extraordinariamente guasón y nada me divertía más que jugarles malas pasadas a mis amigos. A menudo iba a visitar a una joven americana que me pedía que le aconsejara lecturas. Un día, el demonio me inspiró a recomendarle calurosamente Fanny Hill de la que ella no había oído hablar. Elogié sobre todo el estilo, que es, en efecto, excelente, pero me mostré mucho más discreto sobre el tema de ese libro, que no es nombrado en las buenas compañías. Mi víctima escribió el título en un papel y a la primera oportunidad se dirigió a una librería inglesa que los dos conocíamos muy bien. Buscó al librero que por lo general se ocupaba de ella, un viejo inglés de lentes y aspecto venerable. Era lo que yo había previsto. Vio el papel y se sobresaltó. Gran asombro. “¡Pero fue Mr. Green quien me recomendó ese libro!” “¡Mr. Green!, no ha vuelto por aquí.” Por fin él le explicó a mi amiga americana que el libro en cuestión no se encontraba en la tienda, pero que él tenía un ejemplar que podía darle. “Mi ejemplar”, agregó él un poco sonrojado. Unos días después regresó a la tienda y el vendedor le deslizó un libro cuidadosamente envuelto (y copiosamente anotado por el lector, como me pude dar cuenta más tarde). Es así como la famosa hipocresía anglo-sajona se mostraba por completo. Al momento de pasar a la caja con su cliente, el vendedor la miró y le dijo: “me es difícil anotar un libro así en mis registros. Si está de acuerdo pondré Jane Eyre en lugar de Fanny Hill (We’ll put it down as Jane Eyre…) Y lo que los ingleses llaman a wintry smile, una sonrisa invernal, apareció en sus labios, tenía la idea de estarle jugando una broma a Charlotte Brontë.

 

22 de agosto. Trabajé esta mañana, como de costumbre, pero sin ánimos. ¿A quién le gustará este libro? Pensé que la única cosa de la que puedo enorgullecerme es jamás haber escrito una línea por dinero ni haber hecho la mínima reverencia para obtener un premio.

 

27 de agosto. Releí el Narcisse de Valéry, Casi todo el tiempo pensé en Marlowe al leer estos versos deliciosos. ¡Qué no hubiera hecho él con un tema tan de acuerdo con su naturaleza! Me asombra que no lo haya intentado, ni Shakespeare, todavía más indicado tal vez, pues él hubiera podido llevar más lejos el refinamiento cerebral, el concepto.

 

30 de agosto. Leí en Ovidio la historia de Eco y de Narciso. Ahí están estas palabras patéticas: sed tamen haeret amor. Conocía bien este pasaje, pero ahora me ha emocionado. Imposible recordar un tiempo en el que no hubiera estado enamorado, imposible concebir la vida sin el amor; desde la infancia hasta el momento en que escribo estas palabras ha estado ahí, dándole sentido a todo.

 

12 de septiembre. Inquietud por el tema de mi libro y nada seguro de que pueda gustar en un país donde nunca ha gustado lo fantástico. Sin embargo, no puedo escribir lo que no está en mí. Esa es mi debilidad y mi fuerza.

+ Matar el deseo no es posible. Podemos burlarlo con oraciones, adormecerlo, anestesiarlo, eso es todo. Pensé en mi conversación el otro día con el joven escandinavo. Me dijo que no sabía lo que era el amor de Dios, pero conocía muy bien el miedo al infierno. Yo podría decir exactamente lo contrario.

 

15 de septiembre. “La brillante vanagloria de su peluca rubia”. Ese simpático verso de Molière. Y este otro: “En un pequeño rincón sombrío con mi negra pesadumbre…” Pero no puedo dejar de pensar que le Misanthrope pierde en escena. Alcestes es interpretado por un viejo hombre joven. Un verdadero hombre joven no sabría, no tendría la experiencia necesaria. Es exactamente el mismo problema que con Hamlet, al que vi interpretado, un poco someramente, por L. O en Londres, en 1937. Un actor tan bueno no fue suficiente. En les Fourberies de Scapin, Denis d’Inès exagera a placer las desgracias de la edad y parece el decano de los ancianos. Cuando entra en escena, uno cree ver a Louis XI cubierto con un sombrero alto de una condición tal que podía haberlo encontrado en un bote de basura. Pero la tradición pide que con Molière los hijos tengan veinte años y los padres noventa.

 

23 de septiembre. Contra el hombre que soy protestará siempre el hombre que hubiera querido ser, y los dos coexistirán hasta el fin, pero será el hombre que yo hubiera querido ser el que será juzgado.

 

30 de septiembre. Me pregunto si no se encontrarán en ciertos escritores las huellas de dones místicos que hubieren recibido y que fueron transpuestos a un nivel inferior, al nivel literario. No se puede explicar de otro modo el don de la visión intelectual, el don del místico. Resulta cierto para muchos poetas.

 

1 de octubre. Pasé a ver a Gide al final del día. Le dije en substancia: “Estoy lejos de compartir las opiniones que expresa en su Thésée, creo sin embargo que no hay nada suyo que me haya parecido más bello en relación a la forma.” Me dijo que escribió ese libro en dos meses y con alegría. La simplicidad con la que me habla me parece muy concreta y me permito decirle que el último monólogo de Thésée me ha dejado una sensación de melancolía porque no he podido dejar de verlo como una suerte de despedida comparable al de Prospero en la Tempestad. “Por supuesto, me dice, es un adiós.” Sin embargo de inmediato agrega que podría escribir “aún otro libro” y pronuncia esas palabras con una especie de arrebato que le quita cuarenta años de encima. Enseguida se declara harto del mundo en el que vivimos y de la marea creciente de autoritarismo, que él aborrece. Un poco más tarde me confía que saldrá en enero. “¿Para Egipto? .—Mucho más lejos.—¿Para América?” Me mira un instante. “Para Tahiti”, responde por fin separando las sílabas de la palabra. “Y puede ser que ya no regrese.” Me habla de mi diario, donde “muchas cosas pasan en silencio”, le pregunto si se refiere a las cosas carnales. “Si, esas”, dice. “¿Pero, le pregunto, conoce usted un diario, uno solo, que se haya publicado y que no pase en silencio por esas cuestiones?”

 

11 de octubre. Alguien me llama por teléfono para hablarme de mi libro. Después de un momento, cuelgo y me digo: “Si no tuviera esa voz que me habla y me dice exactamente esas cosas, no valdría la pena escribir.”

 

23 de octubre. “La belleza, ese don injusto…” ¿De quién son esas palabras? Pensé en eso el otro día, al ver un rostro cuyo poder sería terrible si la belleza no pasara, en general, desapercibida. Larvatus prodeo, podríamos decir.

 

3 de diciembre. Vi a Laurence Olivier en el Rey Lear. Me parece pleno de inteligencia y autoridad en ese papel que se le parece tan poco. Dijo “O fool, I shall go mad” de un modo y con una exaltación que se le oía muy lejos de la escena, así de profundo era el silencio que había sabido lograr. Pero el lado melodramático de esta obra es mucho más evidente que en la lectura, y por desgracia la belleza práctica de ciertas escenas, como la de la tormenta, está muy disminuida por la óptica deformante del teatro. Me pregunto si Charles Lamb no tenía razón cuando desaconsejaba la representación de Shakespeare.

+ El domingo anterior, en el convento de Latour-Maubourg para escuchar a Camus. Había mucha gente y los dos salones del primer piso estaban llenos. Nos pusieron en la primera fila. Camus estaba sentado a dos metros, frente a nosotros, detrás de una pequeña mesa. Junto a él, el padre Maydieu vestido de blanco. En la pieza vecina, un dominico parado sobre la chimenea fumaba tranquilamente su pipa. Camus, visiblemente enfermo, habló, sin embargo, de una forma que me pareció muy conmovedora de lo que uno espera de los católicos en 1946. Es conmovedor a pesar de él, sin ninguna pretensión de elocuencia; es su honestidad lo que produce esa sensación. Habla con sencillez, rápidamente, con la ayuda de algunas notas. En su rostro un poco lívido, la mirada es triste, e igualmente triste su sonrisa. Al terminar la conferencia, el padre Maydieu me pregunta si tengo alguna cosa que decir, le hago señas de que no, no puedo responder sin tener antes algunos minutos para reflexionar. Ni Jean Wahl, ni Beuve-Méry, ni Pierre Leyris, ni Marcel Moré, todos presentes, tomaron la palabra. Algunos oyentes tomaron la palabra, pero tan mal que hubiera sido mejor que guardaran silencio. Uno de ellos, un revolucionario de mirada cándida, dice algo que a todos nos provoca un sobresalto: “Yo tengo la gracia, y usted, Monsieur Camus, se lo digo con toda humildad, no la tiene.” La única respuesta de Camus es esa sonrisa de la que hablé hace poco, pero un poco más tarde dice: “Yo soy vuestro Agustín antes de la conversión. Me debato con el problema del mal y no logro salir.” Agustín, en efecto, pensamos en él frente a este latino de África del norte que busca descubrir cómo nos comportaremos en presencia de los vándalos. Otro oyente que lo ha escuchado con atención se levanta y dice: “Monsieur, no puedo decidir en cuarenta segundos la conducta que adoptaría si la iglesia fuera perseguida. Meditaría en eso toda mi vida.” “Monsieur, responde Camus, tiene usted cinco años.”

 

13 de diciembre. Regreso fatigado y desmoralizado de una reunión de hombres de letras. Una vez más constato hasta que punto me siento ajeno a ellos.

 

19 de diciembre. Cita en Deux Magots con un escritor, autor de un libro sobre sus años de cautividad en Alemania. Me dice: “Al principio, la idea de que usted no se mezclaba en política, de que se aislaba usted, me parecía indignante, me atrevo a decírselo. Pero ahora comprendo, veo que tenía usted razón…” Ese furor que algunos tienen de “hacer política”, a la que, por otra parte, no entienden… Pero la lectura de sus dos libros me ha conmocionado. Esta realidad del sufrimiento tiene como efecto el de hacer aparecer irreal la vida que llamamos normal, la vida en tiempos de paz, la tranquilidad, las diversiones, el estudio. Lo que parece verdadero, lo que parece sólido, es la pesadilla del trabajo forzado, de las brutalidades, de la injusticia; lo que parece falso y frágil es el orden, la libertad, la felicidad.

 

1947

 

8 de enero. Cocteau desayuna con nosotros. La continuidad de su largo monólogo es admirable (no hablo de su inteligencia: ni qué decir tiene)… le hace falta un Boswell. A propósito del teatro, dice que siempre es curioso observar la sala, sobre todo en “el momento de la hipnosis” que llega tarde o temprano. Es el momento en que todo mundo está prendido, momento muy breve, “porque, en Francia, la sala siempre está vacía. Todo el mundo está en el escenario. Todo el mundo es la reina”. Sentimos ganas de aplaudir cuando habla así. Impresionados por lo que nos dice de “la conspiración del plural contra el singular” cuyos signos él ve por todas partes. Los extremistas le han dicho que su obra es insultante porque no se ajustaba a los modelos recibidos por ellos. “Tus libros son insultantes, me dice. Minuit es un libro insultante. (Me felicito por ello.) Nos habla de su mansión de Milly, la llamada mansión del bailli, y que él ya adora, nos dice que quiere que se le entierre en el jardín, “¡y que los perros vengan aquí a levantar su pata sobre mí si les place!” Habla con tristeza de la Francia que ve toda cambiada, de los jóvenes desdichados y sin ambición…de nuestros días no queda nada, cree que la santidad es un ideal valedero. Los monasterios han recibido lo que hay de mejor… Su pesimismo me impresiona. “Somos como aquellos que antes decían: “¡Ah, si hubieran conocido a Rachel!” Nosotros decimos: “¡Ah, si hubieran visto 1920!” Y tenemos razón.

 

9 de enero. Creo que hoy escribí una buena página (Élise et André). Como rara vez tengo esta impresión me tomo la molestia de anotarlo.

+ El hombre carnal vive con el hombre espiritual. Cada uno intenta rebanarle la garganta al otro. Renunciar al placer es lanzar al hombre carnal al calabozo, pero él, atado, amordazado lo más fuertemente que uno quiera, no deja de vivir; sin embargo, lo que es curioso, es que cambia, sigue una evolución muy personal. Lo que desea ahora no es lo que deseaba a los veinte años, ni a los treinta, ni incluso a los cuarenta. Un determinismo inexorable fuerza a esos apetitos furiosos a desarrollarse en la insatisfacción. Pensé en todo esto con tristeza. ¿De dónde viene aquello que hace que seamos como somos? Nunca lo sabremos. Yo ignoro poco más o menos todo de mis bisabuelos; mis abuelos tampoco han entregado sus secretos (los tenían, todos tenemos secretos.) Entre esos desconocidos y yo, mis padres que eran de una bondad excepcional forman una especie de barrera moral, pero detrás de ellos, muy detrás de ellos, qué de neurastenias amuralladas en sus ideas fijas, hablando francamente ¡qué de locos! A menudo pienso que he conservado mi equilibrio escribiendo mis historias.

 

20 de enero. Novelas, etapas de un largo viaje interior.

 

Sin fecha. Hablé con Robert del irritante problema de las traducciones. Apegarse al sentido literal es a menudo un error, pues el escritor que traducimos seguramente habría empleado otras palabras y dicho cosas diferentes si hubiera escrito en la lengua del traductor. Es necesario por lo tanto tratar de descubrir el libro que él habría escrito en esta lengua. Con la rapidez e inteligencia que siempre admiro en él, Robert resumió la cuestión con una sola frase: “Una buena traducción no es un guante de revés: es otro guante.” No se podría decir mejor.

 

9 de febrero. Esta mañana escribí varias páginas de mi novela. Mi mano corría más rápido que de ordinario y trabajé con el mismo placer de otros tiempos, pues ni los años ni los acontecimientos han matado en mi lo que Goethe llamaba die Lust zu fabulieren, este placer de contarme historias que se remonta tan lejos en mi infancia que no sabría decir cuando no lo he tenido.

 

20 de febrero. Ayer, a media noche, terminé mi libro. Tres largas páginas escritas en dos horas, lo que no es mi paso ordinario, pero había decidido terminarlo esta noche. Hacia la 11 sentí que comenzaba a hacer frío en mi recamara y agregue un tarugo al fuego. No sé porque anoto estos detalles ¡pero la última hora consagrada a un libro que se termina adquiere a los ojos del autor una importancia particular! El fin de la novela no fue como había previsto. La idea de Fabien envolviéndose en una cobija para ver quien tocaba a la puerta es sin duda un recuerdo inconsciente del episodio de Juan Marcos envuelto en su sábana y que es aprendido al huir desnudo (Marcos, XIV, 52).

 

21 de julio.

+ Fui a ver a Gide. Me había escrito un pequeño recado muy cordial, pero, por primera vez, yo no auguraba nada bueno de esa visita. Me recibe en su pequeña recamara donde está escribiendo. Arriba de su cama una máscara de Goethe. Viste camisa gruesa de lana verde a cuadros. Casi de inmediato me habla de mi novela de la que no tenía buena opinión. “¡Usted quería salvar su alma, pero vea lo que le ha costado!” Le respondo entonces: “Me obliga usted a citar el Evangelio: “Qué aprovechara al hombre si ganare todo el mundo…” “Si, dice rápidamente, pero considérelo a pesar de todo.” Y desarrolla la idea de que un converso pierde su talento y que la iglesia es la responsable. De pronto parece furioso contra mí, como si fuera yo culpable de una mala acción. “Espere a que actúe mal para juzgarme. –¡pero usted nunca actuará mal Green!, exclama. Usted es muy honesto para hacerlo y porque es honesto lo quiero”. Entonces es la iglesia quien tiene la culpa. De nuevo arremete contra ella. Vio a C. en Alemania, y ahora es “más protestante que nunca después de haber visto el mal que le hizo la iglesia.” Reconozco que ese argumento no me subleva, pero él dice algo que me parece más grave: “He constatado que los conversos jamás son mejores que antes de la conversión. El orgulloso sigue siendo orgulloso, etc. No hay bonificación.” Y me pregunta a boca de jarro: “Usted mismo, ¿se siente mejor?” ¡Como si pudiera uno responder sí a semejante pregunta! –Copeau ha seguido siendo el mismo de antes de su conversión, y de una forma más acusada.” Se extiende largamente sobre este punto y siguiendo el juicio a los católicos, les reprocha tener, como los comunistas, respuestas para todo bajo cualquier circunstancia. (Yo les he hecho siempre el mismo reproche, pero no rechisté nada esa mañana. Yo creo que las respuestas que ellos suministran para todos los problemas los hace perder la sensación de misterio, pero no es de esto de lo que hablaba Gide.)… Hacia el final de nuestra entrevista, pone frente a mis ojos un futuro literario magnífico: “Usted puede hacer grandes cosas. Ya tiene detrás de sí una serie de libros notables… Vuestra responsabilidad es grande. Sera usted causa de que muchos se aparten de la iglesia al ver el mal que le ha hecho a un hombre como usted.” (¿De dónde viene esa preocupación por la iglesia?) Me hacer ver el lugar que yo podría ocupar y bruscamente lanza esta frase: “¿Por qué no da usted un bandazo al lado del demonio?” Le digo que jamás me pondré al lado del demonio: “Fingiría usted estarlo…” Le digo una vez más que no. Volviendo a mi diario, que él mencionó junto a mi novela, me dice que está lleno de reticencias, que no he puesto más que “cosas convenientes”. “Si, le digo, pero he indicado claramente las omisiones y la naturaleza de aquello que omito. ¿Pero, usted mismo, no ha publicado un diario en el que hay muchos silencios? ¡Qué de cosas no dice usted! “Pondré orden en esas lagunas”, contesta simplemente. Había pasado una hora y media. Creí que nos habíamos dicho todo lo que teníamos que decirnos y me levanto para partir. En ese momento Gide hace algo que siento en el corazón profundamente: se levanta también y me abraza.

 

22 de julio. La conversación con Gide me conmovió tanto que al regresar a mi casa tuve que acostarme. Durante casi una hora el corazón me latió fuertemente. Me pregunto ahora si al abrazarme no me estaría diciendo adiós. Me confió que “pensaba sin cesar en la muerte” y que la veía venir “con serenidad”. Una frase en particular me vuelve a la mente: “Pienso en la muerte con perfecta indiferencia, si es eso lo que entiende uno por serenidad.” A propósito de la fe católica, dice que no puede ver en ella más que un fenómeno de autosugestión o de herencia. Olvidaba decir que en cierto momento me preguntó por qué no escribía un libro sin firmarlo, como había hecho el autor de De l’Abjection. (Eso, pensé, habría sido dar el bandazo al lado del demonio, pero un bandazo sin demasiados riesgos.) No es posible, le respondí. “Escribo libros de un carácter muy particular como para que el autor no sea reconocido.” En este punto me dio la razón. Igualmente he olvidado decir que al principio también me preguntó: “¿Por qué no toma usted las órdenes? ¿Cómo es que no ha dejado el siglo?” Le digo que no se entra a las órdenes sin vocación. “Precisamente, dice entonces, no comprendo cómo con su vocación cristiana no esté usted en un monasterio. –Pero una vocación es una cosa muy precisa. Uno puede ser un católico muy convencido y no tenerla.”

 

25 de julio: Neurastenia. ¿Qué otro nombre darle a estas crisis espantosas? Tengo la tentación de dormirme para olvidar, ¿pero para olvidar qué? ¿que estoy vivo? No me atrevo a decir más que eso. Me pregunto cómo hacen los demás.

+ Para luchar contra la nada, escribo cartas, ocupación que detesto porque me roba tiempo y fuerzas que podría dedicar a un libro y porque, por otra parte, jamás llego a decir en una carta lo que quiero. Es un don que no tengo. Desde el momento en que soy llamado a cubrir de signos una de esas odiosas pequeñas hojas cuyo formato mismo tiene algo que me choca, invariablemente constato que digo demasiado o demasiado poco; tan pronto me inclino a la indiscreción y digo cosas que nadie me ha preguntado como me atrinchero en la sequedad, y la brevedad de mis frases no está lejos de la descortesía.

 

3 de agosto.

+Cuando un hombre rebasa los 40 años, descubre que su mundo ha desaparecido y que él sobrevive en las ruinas.

 

6 de octubre.

+Guerra o revolución, es lo que nos ofrece el futuro según los rumores que circulan sin descanso y que apunto sin saber si creerlos o no. Hay una sombra sobre todos nosotros. Emprender un nuevo libro, en este momento, es otorgarle al mañana una confianza que tal vez no merezca.

 

3 de noviembre. Un joven escritor me manda el texto de una obra que escribió sobre mí en la que piensa demostrar ¡que todas mis novelas han sido escritas bajo la influencia del demonio! Este punto de vista parece demasiado sistemático… Pero hay algo de cierto, que mis novelas dejan entrever en grandes remolinos lo que yo creo que es el fondo del alma, la región secreta donde Dios trabaja y que escapa siempre a la observación psicológica. Estos libros no podrían ser otra cosa que lo que son. No puedo rescribirlos y cambiarlos. Creo que cada uno de ellos es un capítulo de un libro que jamás terminaré de escribir. Si se me quiere juzgar, es necesario juzgarme por el conjunto.

 

8 de diciembre.

+ Ayer, en la Comédie-Française, dieron l’Avare. Un actor muy conocido interpretó el papel de Harpagon, al cual sobrecargó demasiado, me pareció, en el famoso monólogo. Exprimió el texto de una manera general y lo hizo dar hasta la última gota, no de sangre, sino de significado. Nada se dejó a la imaginación del espectador, jamás un margen en el que pudiera uno bosquejar mentalmente algo: el actor quiere decir todo y explicarlo todo con sus gestos, sus suspiros, sus parpadeos y estertores; a fuerza de literalidad casi mata ese texto admirable. Composición escrupulosa y además al gusto de un público que descubre, sin duda, no tener nada que proporcionar ni que inventar. Y además, este Harpagon es repugnantemente viejo y sucio: parece que uno lo pudiera oler.

 

15 de diciembre. Se cuenta que Charles Lamb amaba tanto a sus libros que después de terminar una lectura rozaba ligeramente el volumen con sus labios antes de devolverlo al estante. No sé por qué recuerdo hoy esta historia, pero yo amo a mis libros un poco de esa forma.

 

1948

 

5 de enero. Esta mañana pasé dos horas batallando con una página sobre París. No tenía ganas de escribirla y sólo lo hacía por una falsa concepción del deber. En un caso parecido, el deber hubiera sido salir a pasear. Desde hace unas semanas quisiera tener ganas de escribir una novela, sentir en mí ese irresistible impulso de hacerlo, pero no lo he sentido todavía y sufro por no tenerlo. Podría, sin duda, recomenzar Adrienne Mesurat o Léviathan; no lo haré, espero tener el valor de no escribir cuando el deseo de hacerlo me abandone. He visto, en efecto, a muchos escritores deshonrar su talento al hacer imitaciones de sí mismos. Me recuerdan a las personas que fingen estar enamoradas y que aburren porque no engañan a nadie pero siguen haciéndolo a pesar de todo porque creen que es lo que se espera de ellas.

 

10 de enero. Llega el momento en que uno se pregunta si tiene la vida que quería tener. A los 20 años soñaba con una vida de escritor en un decorado de biblioteca. He tenido eso. La tengo en este momento. Leo y escribo. Es lo que quería. A decir verdad, no esperaba tener lo que la vida me ha dado, este estudio desde donde veo árboles y viejas mansiones, estos muros cubiertos por hileras de libros y este silencio extraordinario. En cierta forma, la habitación en la que escribo corresponde casi exactamente al sueño de mis 20 años. ¿Pero entonces, qué pasa? ¿Por qué no estoy contento? ¿Será que llega un poco tarde? ¿El que escribe estas palabras está demasiado desencantado para creer en la realidad del decorado donde vive? No es un público tan bueno como el muchacho de veinte años que escribía sus relatos en un cuarto demasiado sombrío, sobre una mesa demasiado estrecha y que hubiera aplaudido al ver el estudio de su… sucesor.

 

3 de febrero. Le Maître de Santiago. “Las grandes aventuras son interiores.” Esta obra maestra extraña, escuchada con el más profundo silencio por un público que durante varios segundos de estupefacción se olvidó de aplaudir cuando bajó el telón. Yo mismo estaba aturdido…

 

4 de febrero. Escuché decir muchas tonterías sobre Montherlant y en particular sobre esta obra. ¿Qué necesitan, pues? No comprendo que no sepan guardar más o menos silencio frente a una obra de tal belleza, belleza irritante, puede ser, exasperante incluso, porque el autor, con todo su genio, toca cosas muy graves con una especie de insolencia que da miedo, juega con la electricidad, dirige su mano hacia el arco que no necesita sino rozar. Dudaría en publicar esto, pero lo puedo decir en este diario: él juega con la Gracia, juego terrible. A él le compete. Por mi parte, considero sólo al artista, que es muy grande y solitario, me parece.

 

9 de febrero. El silencio de esta habitación donde escribo es una de las más grandes riquezas de mi vida; es también un lujo en los tiempos que corren, y me pregunto si no seré uno de los últimos hombres en disfrutarlo. En un cuarto de siglo, una vida de escritor como la mía, ¿será posible? A veces me siento ya de otra época.

 

20 de febrero. Desayuno en un restaurante con una veintena de personas. Camus estaba sentado frente a mí e intenté conversar. Su semblante tan sensible y humano me impresionó vivamente. Hay en este hombre una probidad tan evidente que inspira respeto casi de inmediato; no es como los demás, sencillamente. Hablamos de Malaparte y de su libro Kaputt. Mme. X cuenta que cuando vio al autor, le dijo: “Leí su libro. Me hubiera gustado leer el otro.” (Es decir, él que hubiera escrito si Alemania hubiese ganado la guerra.) A lo que Malaparte no replicó, parece. Sobre esto, Camus exclamó: “¡Madame, si usted me hubiera dicho eso yo habría abandonado el lugar!” “Oh, los franceses son tan sensibles, dijo Madame X. Los italianos no son así.”

 

Sin fecha. Al Français para ver Andromaque. En el intermedio, Mauriac se acercó a platicar con nosotros, nos dijo que le admiraba que la sala estuviera llena y el público estuviese atento. “Los franceses sólo comprenden la poesía en la tragedia”, dijo. La obra tuvo un efecto en mí que yo no esperaba, me quedé aturdido como si una gran tormenta hubiera pasado sobre mi cabeza. Se trata, en efecto, de una tormenta, una tormenta de deseo y de cólera que te estremece. Andrómaca era bella y conmovedora, como debía (en realidad era una tigresa que había hecho asesinar a un niño en lugar de su hijo). Hermione, no sé por qué, se había hecho una cabeza de águila americana. Orestes, el mejor de todos, junto con Annie Ducaux, parecía un viejo león a quien la fantasía le hubiera hecho disfrazarse de echador de cartas, pero él temblaba y hacía temblar. Había en su actuación algo que me pareció más cerca del alma griega que de la majestad convencional de tantos actores del teatro clásico. Perturbado por esta obra atemorizante, por esos gritos, por ese furor que lanza a unos en persecución de los otros. Conozco eso, sé lo que es, lo he sufrido.

 

3 de marzo. Releí hace poco, en Resurrección, la historia de los dos jóvenes revolucionarios colgados. Es un pasaje que me horrorizó cuando lo leí la primera vez (en Italia en 1917), y hoy todavía hace que me palpite el corazón de indignación. Es lo que logran las palabras bajo la pluma de un gran escritor: la emoción del escritor es tan verdadera que se reproduce tal cual en el lector.

 

4 de marzo. Perdí la paciencia (interiormente al menos) al escuchar a alguien hablar de la revolución que él cree próxima y que, según él, pondrá a Francia en llamas al mismo tiempo que señalará el principio de la tercera guerra mundial. Siempre me disgusta oír hablar al miedo, y él habla mucho en estos tiempos.

 

10 de marzo. Impresionado por una carta de Keats en la que describe un viaje de excursión a Escocia y, curiosamente, a la gruta de Fingal, de la que habla a las mil maravillas: “Imaginad que los gigantes que se alzaron contra Zeus hubieran tomado un montón de columna negras, las hubiesen atado como un rollo de fósforos y en seguida, con hachas enormes, hubieran esculpido una gruta en la masa de esas columnas…” Uno ve lo que quiere decir… es esta precisión particular de los poetas, y que los novelistas no tienen, lo que indica la medida en que son poetas. Al leer estas páginas, me siento invadido de un renovado amor por Keats al que considero el poeta por excelencia y que, con Hölderlin, pongo a la cabeza de todos los demás. Pero no es sólo el poeta, es el hombre el que me seduce. Me gusta que este hombre joven, que está lejos de ser un alfeñique y que en ocasiones se muestra luchador y bastante rudo le haya escrito a la mujer que amaba: “El mundo es demasiado brutal para mí –me alegra que el sepulcro exista.” Durante su enfermedad final, dijo que oía a las flores crecer encima de él. “I hear the flowers growing over me.”

 

4 de abril.

+Hojee un viejo libro impreso a la muerte de mi abuelo materno. Murió en el 79 mientras era miembro del Congreso de los Estados Unidos. Lo curioso es que, 15 años antes, formaba parte del Congreso de los Estados del Sur y trabajaba, como dice el autor, “al ruido del cañón”. Era un hombre taciturno, algo arrogante pero muy valiente.

 

17 de abril. André Breton, a quien le pregunté por qué no había aprendido inglés en Norteamérica, ha dado esta respuesta que lo pinta tal cual es, y por lo que lo admiro: “Para no empañar mi francés.”

+ Trabajé con ahínco en mi traducción de la Charité de Jeanne d’Arc, mi mano corrió sobre el papel varias horas seguidas. Me produce placer buscar el equivalente en inglés de esos largos monólogos discutidores, pero hay momentos en que sofocan.

 

30 de mayo. Ayer en la mañana, llamé a Gide por teléfono. “Por supuesto, venga, usted siempre será bienvenido.” Le propongo el día de mañana. “Falta mucho. Venga hoy.” Primero quería visitarme él, verme en mi nuevo departamento, pero los cuatro pisos lo asustaron. Pasé a su casa hacia las 6. Está en su rincón habitual, entre la ventana y el piano, y cada vez que lo veo de este modo me viene a la mente la idea de un gran pájaro en su nido. Hoy está vestido con un batín de franela blanca y en la cabeza la boina negra tan graciosamente descrita por Guth (“una foto en la que lo vemos con la boina de remero y tocando alegremente el piano”). Le llevo un regalo que pongo sobre la mesa y que él contempla, me dice, “con atención y devoción”. Es, de hecho, un molde de la mano de Chopin. Mira atentamente esta mano de yeso, le da vuelta cuidadosamente, lamenta que no tenga líneas en la palma, admira la extrema finura de los dedos y la fuerza del ligamento: mientras la mano es de una delicadeza femenina, la muñeca es una muñeca de hombre; toda la fuerza se ha refugiado ahí. Además, me dice Gide, no es una mano de pianista: no hay diferencia entre los dedos. Al oírlo tengo conciencia de su palidez, pero él se mantiene muy derecho, sus ojos brillan, y su palabra, como su pensamiento, es de una claridad admirable. La conversación se desliza de un tema a otro y no sé con qué propósito me pregunta si conozco el Informe Kinsey. Le iba a decir que no estaba al corriente de la política (algo que él sabe, por lo demás), pero algo me retuvo y contesté simplemente: “no”. Gran sorpresa, sorpresa algo escandalizada. “¡Cómo! Se la voy a buscar.” Deja el cuarto por unos minutos y regresa con un grueso volumen repleto de notas y me hace leer algunos pasajes, en particular una serie de preguntas planteadas a doce mil americanos por tres profesores. Me maravilla que hayan podido obtener las respuestas porque las preguntas se refieren a actos que castigan las leyes del país, y el norteamericano tal como lo conozco es refractario a las confidencias de ese género, teme por encima todo lo que sabemos, pero tal parece que los profesores en cuestión las han planteado como era preciso. Según el autor, me dice Gide, el sesentaicinco de los norteamericanos debería estar en prisión si les aplicaran las leyes. En cuanto a las norteamericanas, pues en el primer volumen no se trata más que de hombres, tendrán también su reporte Kinsey y creo que ellas nada pierden con esperar. Lo que me irrita más de ese grueso libro, debo decirlo, es la locura de las estadísticas. Me niego a creer que doce mil norteamericanos, por bien que hayan sido elegidos, nos informen de una forma precisa de la mentalidad de toda la población masculina. “Los números no mienten”, es una expresión corriente en estados Unidos. (Figures don’t lie). Ya veremos.

 

13 de junio. Hay una curiosa carta de Voltaire a propósito del instinto. La siguiente frase echa una luz admirable sobre un gran problema: “Es necesario reconocer que, en las artes de genio, todo es obra del instinto. Corneille construye la escena de Horace y de Curiac como un pájaro que construye su nido, salvo que un pájaro construye siempre bien su nido, lo que no sucede siempre entre nosotros.” Muchos escritores de nuestro tiempo hacen sus libros con su cerebro, en detrimento y a despecho de su instinto, ahora bien, el instinto en muchos casos es el genio, pero no se atreven a reconocerlo. Miedo al ridículo.

 

15 de junio. Hojee hace poco en una librería la reedición del Diario de Gide que nunca leí entero, pero la lectura de algunas páginas me convenció, una vez más, de que jamás podré llegar hasta el final. ¿Por qué? No lo sé muy bien. Está escrito a las mil maravillas y cada página está llena hasta los bordes de una gran riqueza intelectual, pero al mismo tiempo que da todo lo que tiene que dar, hiela el corazón, y conforme avanza uno en la lectura menos se cree, menos se espera y lo digo con pena, menos lo ama.

 

Sin fecha. Una frase maligna y lúcida de Stendhal; me viene a la mente de tanto en tanto: “En el seminario existe una forma de comer un huevo pasado por agua que indica el progreso conseguido en la vida devota.” Este hombre, que me gusta tan poco y cuyos libros no puedo abrir sin devorar de inmediato algunas páginas, cómo me disgusta y cómo lo admiro.

 

21 de junio. Vi a Gide hace un rato, en su pequeño estudio. Me hace sentar en un sofá desfundado sobre el que ha puesto una colcha doblada en cuatro. Me muestra quitando la colcha como el sofá ha perdido crin. “Me digo algunas veces que debo hacer que lo reparen, y luego pienso que durará más que yo, así que ¿para qué?” Lo dice alegremente, No creo haberlo visto abatido nunca…

 

25 de junio. Decepcionado por las “Feuillets d’Automne” que Gide le dio a la Table Ronde. “Dios viene.” Si a eso llega una larga vida de reflexión… Renan ha dicho antes que él: “Dios será.”

 

26 de junio. ¿Volveré a escribir libros? ¿Tendré el tiempo? Me planteo estas cuestiones sin angustia, y eso es lo que más me sorprende.

 

3 de julio. Pensando en Bloy me digo que sus enemigos harían que lo leyera si no me gustara ya. No solamente exaspera a los imbéciles, como es su deseo más caro, irrita también a lo que hay de menos bueno en los mejores.

 

12 de julio.

+ Supe con mucha tristeza de la muerte de Bernanos. Él conocía todas esas cosas que nos hacen sufrir. De eso mismo estaba hecha su grandeza. Le gustaba presentarse a nosotros con un saco, era el hombre de lo invisible.

 

16 de julio.

+ Los libros responden a veces con una curiosa pertinencia a nuestras preocupaciones secretas. Esta noche releía Otelo cuando encontré esto en el Tercer acto, escena tres:

                 Who has a breast so pure,

But some uncleanly apprehensions

Keep leets, and law days, and in sessions sit

Whit meditations lawful?

 

27 de Julio. Zurich. De nuevo, esa pesadilla de la neurastenia. En Nápoles, una vez, y en Estocolmo. Casi una hora en un banco en un estado muy parecido a la desesperanza. Lo sentí también en 1925, en Montfort l’Amaury y de ahí salió Adrienne Mesurat. Me pregunto cómo hacen los demás.

+Releí aquí el Journal de l’Année de la Peste. No se ha contado una historia de una forma más creíble. Al mirarlo con más detenimiento, el resultado es el fruto de una acumulación de detalles reportados en un tono de extrema simplicidad y con una ingenuidad que creemos voluntaria. Los hechos que relata el autor se producen cuando él tenía cinco años, pero uno ve de una forma inolvidable todo lo que nos describe. No conozco ningún otro escritor francés o inglés que haya poseído hasta tal grado ese don extraordinario. Lo más notable de esta historia es que Defoe es sin duda uno de los más grandes embusteros que han tomado la pluma.

 

6 de agosto. Esta mañana recomencé mi novela, o más bien, reescribí la primera página. Creo que la llamaré Celina [finalmente, Moïra]. Será la historia de una mulata.

 

9 de agosto.

+ Yo creo que no resolvemos los problemas carnales suprimiéndolos, hacemos como mi sobrino Patrick, quien al prenderle fuego a su recámara sin darse cuenta, cuando tenía diez años, sencillamente se salió y cerró la puerta tras de sí.

+ En Baudelaire, excelentes consejos sobre el trabajo diario: “La inspiración es el sudor del trabajo diario.” Escribir solamente cuando tenemos ganas es la mejor forma de no escribir nada, de pasar al lado de la obra. Hay de hecho interrupciones del contacto que son irreparables.

+ Ayer, en la radio, escuché a un escritor francés hablar de su viaje a los Balcanes. Decía que en Bulgaria quitan los focos de los vagones del tren para que los pasajeros no los roben.” El mismo giro se encuentra en el prefacio de una edición reciente de Pascal. Escucho todos los días si bien y aunque seguido del indicativo. Dentro de veinte años, si alguien lee estas páginas se asombrará de estos comentarios; el subjuntivo habrá muerto, y pour ne pas que se encontrará en la pluma de buenos autores. Siempre me ha parecido curioso notar el debilitamiento de la lengua. En un diario de ayer leí: “… el relajamiento juvenil…” Sería más fácil culpar a la ignorancia (lo cual no me interesa). La ignorancia de hoy es el buen uso de mañana.

 

20 de agosto. Escribir libros consuela al escritor de todo lo que la vida le niega. Una vida plena puede ser para él una vida estéril. El hombre satisfecho no escribe.

 

23 de agosto. Esta mañana, me desperté en la madrugada y vi a mi libro de comienzo a fin. Me arrancó de mi sueño. Frente a mí, en la penumbra, ese personaje inmóvil. Como si todo me hubiera sido dado, como si todo me estuviera permitido. Mucho más relacionado con la historia de Celina, tal como me había propuesto escribirla. Repentinamente le había cogido nuevamente el gusto al trabajo, a la vida, y sentía la pluma correr en la punta de mis dedos. Feliz, a pesar de los problemas que ensombrecen mi vida, pero eso también pasará a mis libros.

 

29 de agosto. Claudel, en una carta a Rivière (29 de mayo de 1913) habla de las exigencias del cuerpo y del alma embrollando la cuestión como a capricho. Dice del alma que “es una realidad exigente”, pero se burla enseguida de la “vanidad romántica del amor puramente carnal” y agrega algo que es por lo menos sorprendente: “El amor humano no tiene nada de bello cuando es acompañado por la satisfacción. La voluptuosidad del amor satisfecho… no existe.

 

9 de septiembre. He pensado mucho en mi libro. Creo que el personaje al que le confié la narración (Joseph) no es capaz de escribir un libro. Si lo fuera, no sería el que yo vi en la madrugada del 23 de agosto, no sería el muchacho que se me apareció, algo rudo y fanático, obsesionado a la vez por la religión y por los deseos. Imposible suponer, por ejemplo, que pueda superarse a sí mismo al punto de describir una recamara, de observar los gestos de un amigo. Por lo tanto volveré a comenzar mañana, esta vez en tercera persona.

 

11 de septiembre. Trabajé en mi libro con el deseo de hacer bien lo que veo tan distintamente, pero no quiero explicar nada. Se verá a los personajes como en un escenario. Serán ellos los que digan lo que pasa en sus cabezas y en sus corazones.

 

15 de septiembre. Releí The Winter’s Tale. El primer acto es una maravilla, pero comprendemos bien la irritación de un lector francés que lo lee en traducción y no encuentra más que lugares comunes como hay tantos en Shakespeare. Lo que él dice ha sido dicho antes que él y lo será sin duda hasta el final de los tiempos, pero nunca de esta forma que es la suya, pues es en verdad el mago que transfigura todo lo que toca. La desgracia es que esas cosas transfiguradas vuelven a ser lo que eran cuando son transportadas a otra lengua, y particularmente al francés (pero no, parece, al alemán). Así, cuando Polixenes le dice a Hermione:

 

                               We were, fair queen,

Two lads that though there was no more behind

But such a day to-morrow as to-day, and to be boy eternal…

 

Shakespeare no nos dice nada nuevo sobre la infancia, pero sería necesario ser muy frío para no sentirse conmovido por tales versos. Qué decir también de las peroratas del rey celoso (1,2). Nada lo salva de la banalidad sino una extraordinaria felicidad de expresión.

 

20 de septiembre. Creo que hace veinte años comencé a llevar este diario, casi día por día, de una forma regular, pero no será leído integralmente sino después de mi muerte.

 

25 de septiembre. Escribir es mi razón de ser. No escribir me mataría lentamente. Este libro me ayuda a vivir, a respirar, por decirlo así.

 

27 de septiembre. Ayer en el Odéon para ver Lucrèce Borgia de la que tenía un viejo recuerdo, un recuerdo del liceo. Pensábamos reír, pero no tanto. Evidentemente, sin embargo, trataron de atenuar los efectos involuntariamente cómicos. Se han saltado finales de frases. En la última escena Lucrecia dice rápidamente y muy bien: “Vosotros estáis envenenados.” No es el sorprendente: ¡Mis señores, vosotros estáis envenenados! De la bella época. Lo mismo, Genaro le dice a Lucrecia: “Decid vuestras plegarias y decidlas rápido.” No agrega esta reflexión deliciosa: “¡Estoy envenenado, no tengo tiempo para oírlas! La obra me pareció mediocremente representada por actores que no creían en sus papeles y que, tengo la impresión, se avergonzaban de ese texto, hoy imposible. Dichas estas reservas, resulta divertido ver este melodrama.

+ Esta mañana, en la madrugada, reflexioné en mi novela. Debo evitar que se incline al erotismo Le Maître de Santiago —tiene la tendencia a hacerlo por sí misma—porque el contrapeso espiritual no es lo suficientemente fuerte para asegurar el equilibrio. No será necesario expresar que todo mundo está enamorado del héroe. Tengo contra el erotismo su facilidad. No es audacia, es incluso una suerte de tópico, y es suficiente para mí que esté de moda para que lo deteste.

 

28 de septiembre.

+ Noto en el William Shakespeare de Hugo esta burrada de talla excepcional: “Considera esta cosa profunda, Otelo es la noche. Y en tanto noche, y queriendo matar ¿qué elige para hacerlo? ¿El veneno? ¿La porra? ¿El hacha? ¿El cuchillo? No, la almohada…” Pero como, a pesar de todo, es Hugo quien escribe, lleva un poco más lejos lo que me parece una crítica excelente: “Lear, es la ocasión de Cordelia. La maternidad de la hija sobre el padre.”

+ Releyendo esta mañana una escena de Romeo y Julieta en la edición Rolfe, percibí con indignación que había sido expurgada (Acto II, fin de la primera escena). Un dicho particularmente grosero [[an open arse]] ha sido reemplazado por etcétera, lo que lo convierte en un verso falso y en un extraño eufemismo que el poeta norteamericano Cummings ha imitado de una forma muy divertida.

 

1 de octubre. Hace poco R. me hablaba de la Reine Morte y me decía: “Cómo me molesta oír a la gente decir que en esta obra hay demasiado verbalismo. Hay un análisis admirable del personaje de Ferrante, sin contar el infante y el curioso Egas Coelho. No hablamos sólo de belleza verbal. Hay también psicología. En Hugo hay verbalismo y nada detrás. –Pero, le dije, el verbalismo puede ser de una gran calidad. Hay cierto verbalismo en Valéry.” Sin duda. Y además tenemos el verbalismo de Rabelais, pero quieren reducir el talento de Montherlant a poca cosa y la más poca cosa posible. Son muy injustos. Hablando de Egas Coelho, que me interesa por todo lo que el autor no dice, me pregunto si la clave del personaje no nos es proporcionada en su primer diálogo con el rey. Coelho dice en esencia: “Hay dos culpables: el abad que ha casado a Don Pedro y Doña Inés.” A lo que el rey responde: “Por qué no nombráis a todos los culpables. También lo es Don Pedro.” Pero Coelho se guarda muy bien de incluir a Don Pedro entre los culpables. El rey no adivina todo pero presiente algo y lo dice brutalmente. Figura biliosa e inteligente la de Coelho, de ojos huidizos, boca despiadada, máscara terrible colocada sobre un cuello duro que le da el aspecto de una dama envenenadora de provincia. Tiene una forma casi púdica de decirle al rey: “Yo nací para castigar.”

+ Treinta y cinco líneas esta mañana. Es mucho.

 

3 de octubre. Esta mañana comencé a copiar mi diario manuscrito, tarea inmensa que no sé si podre terminar. No le quiero dedicar mucho tiempo; necesito un cuarto de hora para copiar una página de los grandes cuadernos y no tengo ganas de consagrarle más de un cuarto de hora por día a la tarea de desencallarlo, pues de eso se trata. Para llevarlo a término, es necesario 1. Que yo viva mucho tiempo; 2. Que no cambie de opinión en el camino y que no lance al fuego todos estos papeles.

 

4 de octubre. Trabajé bien. Hay días en que los personajes actúan por sí mismos, sobre todo cuando se ponen en marcha, después de las primeras veinte páginas. Entonces parecen apropiarse de la narración, algunas veces dicen cosas que me sorprenden.

 

7 de octubre. Esta mañana, extraño descubrimiento, casi perturbador. La mañana del 23 de agosto, tuve la impresión de que mi libro me había sido dado de cabo a rabo, personajes, intrigas, circunstancias. Lo había visto todo de un solo golpe mediante una suerte de revelación interior, cuando Joseph Day se me presentó (no lo veía con los ojos del cuerpo y sin embargo él estaba ahí y al mirarlo podía describirlo; es imposible explicarlo, pues ni siquiera yo lo comprendo; y algunas horas más tarde me senté en mi mesa de trabajo para escribir lo que acababa de ver, pero lo más singular de la historia no fue eso, y cierro el paréntesis para concluir): de pronto, al recopilar mi diario para el editor, topé con esto: “10 de octubre de 1944. Retomé mi novela fantástica a la que llamaré Baphomet (que se convirtió en Si j’étais vous…). La otra, la historia del fanático con una mujer a la que estrangula porque lo estorba para alcanzar su salvación, la escribiré más tarde, tal vez en Francia.” Es el tema de mi libro, lo había olvidado profundamente, digo bien, profundamente. En qué profundidades, en efecto, sin que yo lo supiera, se había construido con toda su frescura y novedad. Me faltaba esa frescura y esa novedad para retomarlo, y quizás si no lo hubiera olvidado no habría emprendido su elaboración. Le hablé de esto a Robert, quien, como yo, se sintió impresionado.

 

10 de octubre. Hay muchas puerilidades en ciertas comedias de Shakespeare, como la elección de sus temas. Esas historias fastidiosas de mujeres vestidas de hombres (“No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá traje de mujer; porque abominación es a Jehová…), dice el Deuteronomio; en cualquier caso es ridículo, y no me puedo interesar en esos anillos intercambiados a destiempo y en esas identidades mantenidas en secreto hasta el final. Uno siente más de una vez el cansancio del autor en presencia de temas tan apagados, pero hay momentos en que su genio retoma las alturas con una gracia que salva todo. Por ejemplo, en A buen fin no hay mal principio, en medio del acto de los reconocimientos (V,3), el rey dice esto que voy a copiar:

 

Our rash faults

Make trivial Price of serious things we have,

Not knowing them until we know their grave:

Oft our displeasures, to ourselves unjust,

Destroy our friends and after weep their dust:

Our own love waking cries to see what’s done,

While shameful hate sleeps out the afternoon.

 

Es exquisita la belleza de estos versos, pero traducidos ¿qué transmiten? Un lector francés estaría en su derecho al decirme. “¿Esto es todo? ¿Qué es lo que admira usted?” Sin embargo son versos como esos los que hacían palpitar mi corazón a los 20 años, y veo que también hoy.

 

12 de octubre. La Biblia sería citada con menos inexactitud en Francia si las traducciones fueran más bellas. En Inglaterra, el texto de la traducción se aloja más fácilmente en la memoria de sus lectores porque es bella; literalmente memorable. La traducción de Crampon no lo es, es aburrida. Esto es lo que sobre todo reprocho a los traductores modernos; esparcen el tedio sobre las Escrituras. Me decía todo esto esta mañana mientras leía esta frase sorprendente de Bernanos: “Uno encuentra en el Evangelio una voz muy singular: “¿Cuando regrese, encontraré en tu casa a mis amigos?” (Dans l’amitié de Léon Bloy, p. xii). Infinitamente menos seria pero curiosa a pesar de la falta de atención de M. Claudel, gran amante de las Escrituras: “No hay monos en la Biblia.” (Interroge les animaux. Figaro Littéraire del 9 de octubre de 1948). ¿Qué hacen entonces los monos que los vasallos de Tarsis le llevan al rey Salomón cada tres años, con marfil y pavorreales? (Reyes, 1,10,22). Si hubiese escrito esta frase en un diario inglés más de una voz se habría levantado para responderle: “Ivory, apes and peacocks!” Todo el pasaje en cuestión parece hecho, además, para agradar al gran poeta por su tono y magnificencia, y me gusta imaginar el relajo de los monos alrededor del rey sol judío, pero me consolaría más fácilmente de la ausencia de los monos en la Biblia que de los gatos, de los que no hay rastros del génesis al apocalipsis.

+ Atrapado por la lectura de un volumen de relatos de Ambrose Bierce (In the midst of death). Sus cuentos californianos no me parecen buenos; su pesada ironía los estropea a mis ojos, pero todas sus historias de la guerra de secesión lo ponen en la primera fila de los escritores de su país. Por la fuerza, el tono, la elocuencia, no de la frase, sino de la manera de presentar los hechos y sobre todo por ese don excepcional que tiene de sorprender, no conozco más que un libro que puedo colocar a su lado —un poco arriba sin embargo— es Sueur de Sang, de Léon Bloy. Impresionado por la historia del capitán que tiembla sobre el campo de batalla y que, por miedo a morir, muere por no haber entrado al combate. Igualmente el del saboteador que atrapan y tiene un largo sueño de evasión en el instante de su muerte. Un poco por todas partes, los detalles que le hubieran encantado a Bloy —o a Hugo—: por ejemplo, el cañón que mojan para enfriarlo en el fragor de la batalla, a falta de agua, con sangre.

 

13 de octubre.

+Trabajé en mi novela. Mi héroe tiene locura homicida, es seguro. Quiere matar todo lo que desea. ¡La claridad que arroja su cuerpo a cuerpo con Praileau! Pero él no lo sabe. Praileau, en cambio, lo sabe perfectamente.

 

16 de octubre.

+ Releí de nuevo a Balzac, no sin una gran admiración, pero lo que ha envejecido en él ha envejecido mal. Hay en l’Auberge Rouge un joven que llora a lágrima viva porque ha perdido “la virginidad del alma”. Y ese vocabulario: “inexpériente”. “Intususpection”. Todos los paréntesis filosóficos me han parecido fastidiosos. El papel del novelista es el de ver y decir lo que ha visto. Si quiere “pensar” que lo haga en otra parte, no en la novela. Ese alarde intelectual vuelve pesada y fatigosa la narración.

+ Copiar mi diario entero, tarea gigantesca. Me pregunto si el papel del que me sirvo durará lo suficiente para que pueda leerse este libro extraño. Le dije al padre B.: “Decir la verdad es difícil, casi imposible. Intenté hacerlo y no he acabado de intentarlo.”

 

19 de octubre.

Mucho trabajo con mi libro, pero debo evitar sin descanso que se transforme en delirio psíquico.

 

27 de octubre. El placer de la relectura. Salammbô. Las frases del principio son de una resonancia maravillosa. Me divierte encontrarme a viejos conocidos. Matho. Nos hace felices volver a ver al sufete Hannon con sus colleras y su espátula de áloe que le sirve para rascar su lepra. No lo había visto desde el liceo; “¡Cómo!, ¿todavía te rascas?” La descripción de los ricos, o más bien, de los ricos de Cartago me encanta al grado de que no resisto copiarlo aquí: “En tres ocasiones, durante cada luna, hacían subir sus lechos a la terraza que bordeaba el muro del patio, y desde abajo se les podía ver sentados  como en el aire, sin coturnos y sin mantos, pero con los diamantes de sus dedos paseando por las carnes y sus grandes aretes inclinados sobre las jarras. Todos ellos fuertes y obesos, medio desnudos, felices, riendo y comiendo a pleno cielo, como tiburones retozando en el mar.” Qué bien maneja el efecto final, ¡la imagen de los tiburones! Todo el coraje de Flaubert se encuentra en esta imagen magnífica, todo su talento. Jamás se entrega al vértigo de la palabrería que hace zozobrar a ciertas narraciones de Balzac.

+ No conozco un diario de escritor que diga toda la verdad. El contexto, que echaría luz sobre esas páginas sabiamente obscuras, siempre falta. Peor todavía, las confesiones, pues es el cuerpo el que habla, el que ocupa todo el lugar, o es el alma la que amordaza al cuerpo y “habla por él”. ¿Sería difícil escribir un libro en el que ambos tengan voz y voto? Hay vidas en las que el asceta se bate con el juerguista. ¡Que hablen los dos! ¡Que se expliquen por fin! Pero no, no lo soportaríamos. Lo que más temor me da es la dosificación; en general, el asceta se encarga de hacerlo con una deshonestidad de la que no tiene conciencia. Él encuentra que lo que hace está bien. Los hombres más sinceros sólo dicen verdades a medias.

 

6 de noviembre. El equilibrio, la paz, la ataraxia, cualquiera que sea el nombre que quiera dársele, es lo que tengo miedo de no encontrar nunca. Escribir me libera en cierta medida, pero entre libros hay días en los que quisiera morir si eso fuera permitido. Antier, al atravesar la rue du Bac, experimenté durante uno o dos segundos, no más, esta indescriptible sensación de felicidad de la que hablo. El mundo a mi alrededor desapareció, y junto con el mundo, el tiempo, esa pesadilla. Me pregunto a veces si no se trata de una suerte de anticipo de la vida eterna, una suerte de irrupción de la eternidad en el tiempo, si estas palabras pueden tener algún sentido.

 

9 de noviembre.

+ Leí algunos cuentos de O. Henry. Están escritos por un semi bárbaro a quien le fascinan las palabras y las manipula como un salvaje le daría vuelta con sus dedos a pedazos de vidrios de colores. Sus narraciones son muy ingeniosas, pero como invariablemente son escritas para preparar la sorpresa final, es necesario esperar hasta las últimas líneas para juzgar el mérito de lo que la precede y este género es muy discutible por lo que tiene de mecánico. Ha tenido una influencia enorme sobre los cuentistas norteamericanos y parece haber fijado, en sus grandes líneas, el modelo de sus narraciones. Su imaginación es admirable.

 

12 de noviembre. Estas líneas extraordinarias en le Chef-d’Ouvre Inconnu: “El dibujo no existe…no hay dibujos en la naturaleza, donde todo es compacto… Los escultores pueden acercarse a la verdad más que los pintores por esa causa… La naturaleza comprende una serie de armonías que se envuelven las unas en las otras.

 

13 de noviembre. Esta rabia por decir la verdad, honestamente, sin elegir, sin ordenar, me pregunto de dónde puede venir. En general no dice uno todo, trata uno de lograr una suerte de unidad del personaje, ¿pero sobre qué plano se logrará la unidad? ¿Sobre el carnal o el espiritual? Sea cual sea el que uno escoja hará trampa: querrá uno decir la verdad del alma pero no la del cuerpo; o la del cuerpo, pero no, etc.

+ Todo es improvisado en mis libros. Es bajo esta condición que mis personajes pueden vivir. Flaubert jamás lo admitiría, pero, por otra parte, yo jamás he podido llevar a cabo un plan.

 

20 de noviembre. Llamo al número de Gide. Muchos problemas para lograrlo. La persona que contesta por fin es ininteligible y para colmo no comprende. Voy a colgar cuando llega Gide. “¡Me dijeron que era M. Scribe quien me llamaba y dudé en responder! Me dice que está demasiado enfermo para recibirme, que sólo dejó la cama para contestar cuando comprendió que se trataba de mí, pero que va a acostarse otra vez, que espera “tener cuerda” en dos o tres días.

 

27 de noviembre. En The Story of my Heart, de Jeffries, hay un pasaje muy curioso sobre el sentimiento de adoración (Worship) que la visión de un cuerpo bello despierta en el autor, lo cual es profundamente pagano. Muchas veces he sentido eso, le digo. Algo religioso. Y creo que Jeffries tiene razón al decir que los impuros verdaderos son los ascetas, pero hubiera preferido que dijera: los puritanos.

+ “La mayoría de los hombres mueren de tristeza,” escribe Buffon. Pero el corazón de un hombre no se quiebra de un solo golpe; hacen falta veinte, treinta años para eso.

 

14 de diciembre. En un desayuno, Mauriac nos habla de Jammes quien le dijo un día: “Conozco el lugar que ocupo en la literatura francesa: ¡el primero!” Después, de Doumic. El día en que Mauriac recibió el gran premio de novela, Doumic le dijo: “Ahora, François Mauriac, usted está en la gran vía, la vía real: la de Bazin, Bordeaux y Bourget.” Y, dice Mauriac, bajé la cabeza y respondí: “¡Si, señor!” Sólo él puede contar eso con esa mezcla de gracia y juventud.

 

19 de diciembre. Esta mañana, una amistosa llamada telefónica de Gide. Me recibe un rato después en la pequeña recámara donde trabaja. Un gran cojín de cuero sobre el sillón que ya no tiene sentido reparar. Sobre la chimenea, una cabeza de bronce de Gide sobre la que se ha echado, no, sobre la que se ha puesto cuidadosamente una bella boina de terciopelo verde. Gide tiene un sombrero de pescador de línea bajo el cual su rostro me ha parecido de una palidez extrema y su mirada tras sus lentes un poco cansada; su voz más dulce, más baja que de ordinario, pero distinta y clara como si tuviera 20 años. Le doy a leer las páginas sobre él que deben figurar en el cuarto tomo de mi diario, lee la primera y se dice conmovido de que no le encuentre la mirada aguda que le atribuyen los fotógrafos, sino una mirada atenta. Como me pide la siguiente, le digo que prefiero dejárselas. “Ya me las devolverá más tarde. Si las lee ahora me sentiré robado: prefiero hablar más con usted.” Él accede con una sonrisa. Le pregunto si tiene alguna objeción a que hable de nuestra entrevista a propósito de la carta atribuida a Baudelaire, y reacciona con cierta perplejidad. Lo pensará, me dice, y me repite que Proust creía en la autenticidad de esa carta. Le digo por qué yo no… Sartre tampoco la cree auténtica. Me dice que va a publicar su correspondencia con Claudel… Como me pregunta lo que pienso de Partage de Midi, no le oculto la admiración que tengo por esa obra. “Pero, me dice, el texto fue modificado en nombre de la ortodoxia…” Poco después me retiro.

 

20 de diciembre. Dos frases cuyo contenido es inagotable. Pensamos en ellas indefinidamente. Por ejemplo la de Claudel, sobre el grito del ganso en la extensa humedad (Connaisance de l’Est) o la de Cocteau sobre la casa de Keats en Roma (la compara a un molino bajo dos caídas de agua).

+ Gide me dice: “Claudel es un señor que cree que al cielo se va en pulman.”