Re-cuento Al vuelo

0
76

Domingo: las cenizas

 

Porque si tú existieras

Tendría que existir yo también…

Rosario Castellanos

 

Lunes: hoy amanecí sin ti. Me sentía desnudo pero no por ello ligero. Desayuné si apetito, mirando a cada rato la puerta, esperando que entraras con esa sonrisa tan especial. Después me puse a revolver papeles buscando cualquier cosa. Quise ponerme a trabajar y no lo logré, tú estabas presente en todas las cosas, sobre los papeles, los libros, la pared estaba tu nombre; tus frases, tus gestos, tu perfume, inundaban la habitación.

 

Martes: el día parece tranquilo. Salgo a caminar sin rumbo fijo, me pierdo entre las calles tristes, con gente triste y pensativa. Entro en un bar, lejos de apagarlo, las cervezas avivan el fuego, la inquietud, pero no puedo evitar el escalofrío que recorre mi piel.

 

Miércoles: saco un pie de entre las sábanas y lo miro. Qué raro, nunca había observado a mi pie; es un solitario y anómalo pie. Saco el otro, los uno y aún así, ambos lucen desamparados. Me pongo los calcetines y los zapatos para no verlos más. Mis pobres pies.

 

Jueves: la barba me ha crecido en estos cuatro días y no tengo ganas de rasurarme. Está bien así. El espejo, para no reflejarme, se empaña con el vapor del agua caliente. Abro toda la llave para borrar mi cuerpo, para disolverme, para esfumarme. El ruido de la regadera hace eco en la casa vacía.

 

Viernes: parecía que no llegaba, no sé ni cómo transcurrió. La palabra me suena a viejo, tal vez a ausencia, o desolación. Trataré de pasarlo rápido, de no sentirlo. Si pudiera arrancarlo como la hoja del calendario lo haría.

 

Sábado: tu nombre acude a mis labios al despertar, como continuación de mi sueño. Pero de inmediato caigo en la cuenta de que la pesadilla se prologa y la opresión es cada vez más fuerte. Enciendo un cigarro para trastocar mi realidad, para evadirme como el humo. Me tranquilizo poco a poco. De esta manera te veo entrar radiante de luz, casi de fuego y me envuelves suavemente con tus brazos. Tu calor es todo lo que necesito, lo demás ya no existe.

 

Domingo: las cenizas.

 

 

El vuelo

 

La paloma sobrevuela el derruido edificio, se aleja un poco para tomar perspectiva y después regresa. (Como que tienes miedo de irte, estás indecisa de dejar ese sitio donde has habitado prisionera por tantos años). Se posa en la cornisa, picotea algunas migas, basurilla que el viento depositó hasta aquí. Vislumbra el nido, recuerda exactamente su volumen y calidez. Entrecierra los ojos, se adormece ladeando la cabeza a izquierda y derecha, arrullándose con su propio piar.

A lo lejos, se escucha el golpeteo de las metralletas, con intervalos de tregua. Empieza a enfriar la tarde, a soplar viento fresco del norte que anuncia la próxima llegada del invierno. Busca, a lo largo del tejado, un lugar donde todavía permanezcan los rayos del sol ya pálidos, y se acurruca en el alero. Su plumaje es tibio al roce de las manos.

          Desde ese sitio se observa mejor todo el panorama. El viento ha despejado el humo negro que cubría la atmósfera. Desde aquí se pueden contemplar las montañas, coronadas con las primeras nieves. ¡Qué ganas de remontar el vuelo hacia allá!, atravesar los bosques, las praderas y llegar hasta el mar, sacudir las alas al calor del ambiente originario que le dio vida.

Le faltan fuerzas, se siente débil, cuesta trabajo respirar. El oxígeno es insuficiente en la ciudad, contaminada con el humo de la pólvora y el polvo, que desprenden casas y edificios, al ser convertidos en ruinas ante el ataque de obuses y granadas.

          Siempre disfrutó los espacios abiertos, los amplios horizontes, la contemplación del infinito desde cualquier ángulo, volando sin parar durante horas enteras. En el pasado, aún sin experiencia, los huracanes, tan frecuentes en el Atlántico, le hicieron perder el rumbo, o la desorientaron las tormentas, capaces de confundir a cualquiera, pero siempre logró salir adelante gracias a su instinto.

          “El vuelo es el último espacio que nos resta para acceder a la esperanza”, repite como un mensaje aprendido, codificado en sus células. (Tienes el impulso de la naturaleza desde que naciste, pero lo has amurallado tú misma).

          La paloma, colocada en una esquina de la construcción mira nerviosa lo que pasa allá abajo. Dos bandos se enfrentan en lucha violenta por alcanzar algún fin, que no logra dilucidar.

Su antes blanco plumaje ahora está gris por el humo del combate, pero no importa, recuperará su tono original al sumergirse en las aguas profundas y saladas del océano. Percibe la humedad, se imagina volando en picada para atrapar un delicioso bocado marino, después de haber cumplido su cometido.

El aire sopla con fuerza acá arriba y casi derriba la asta donde está desplegada la bandera. El vigía observa a la paloma acurrucada en una esquina, esperando. El ave al reconocerlo se acerca, extendiendo las alas. El hombre se aproxima, deja a un lado su rifle, la toma con cuidado y le coloca en la pata izquierda un trozo de papel doblado minuciosamente y lo adhiere con firmeza con el cordón. Ella emprenderá un largo viaje osado y peligroso, para llegar a su destino. Aunque sus extremidades son pequeñas y frágiles, lleva encima una gran responsabilidad.

Se apresta al vuelo: es hora de sacudir la modorra y dejar libres los sueños. Agita las alas y se eleva majestuosa, da una vuelta alrededor del inmueble, regresa y se posa otra vez en la orilla, en una pequeña práctica de vuelo.

          Parece tan sencillo después de todo, lo difícil es perder el miedo.

El soldado, toma nuevamente a la paloma en sus manos, siente cómo late su pequeño corazón; en esa frágil figura se cifran las esperanzas de la tropa. Camina hasta la cornisa del edificio, mira más allá del horizonte cubierto de nubes y la suelta, aprovechando el impulso del viento. Ella agita las alas y emprende el vuelo con ímpetu, a sus anchas, en el espacio vacío donde su cuerpo es tan volátil, ligero, que parece flotar sobre suaves algodones, hasta perderse en el horizonte, en dirección al mar.

El soldado la observa hasta que la pierde de vista. El viento trae buenos augurios, como húmeda brisa que apaga la sed. “Ve con cuidado paloma, sigue tu instinto para llegar segura a tu destino, así ningún cazador podrá atraparte de nuevo”.

 

Colofón:

Londres, 26/12/2012, Agencia AFP. Expertos británicos buscan descifradores que puedan traducir el contenido de un mensaje codificado, encontrado en la pata del esqueleto de una paloma mensajera muerta.

Según la BBC, un deshollinador encontró el cadáver de la paloma cuando limpiaba una chimenea en Surrey (sureste de Inglaterra) con un estuche rojo todavía atado a una pata. En el interior, un pedazo de papel enrollado con la inscripción «Servicio de Paloma», con 27 bloques de letras redactadas a mano.

 

 

 

Turbiedades

 

Estaba ahí, agazapado tras sus lentes, como lo hubiera estado hace treinta años en su primera cita amorosa. Las manos le temblaban, y al verla, los cristales se empañaron y el rubor afloró en su rostro.

La vio vestida de verde, como la esperanza que aleteaba en su corazón. Ella lo encontró demasiado paternal vestido de gris Oxford y quiso retroceder, quería o llegar, pero él jaló del hilo con que la tenía atada de un brazo y lo enredó hasta tenerla junto a sí. Le dio un beso en la frente y le sonrió.

Pidieron dos capuchinos y charlaron de cosas nimias. Él no pudo disimular su ansiedad, derramándose el café en las barbas.

Pagó la cuenta y salieron a las miradas curiosas de la calle. Abordaron un taxi al hotel más cercano. El recepcionista lo siguió con los ojos hasta que cerró el elevador, entramado turbiedades en su mente.

Al entrar a la habitación, él desenredó el cordón y lo ató a la pata de la cama para tener más libertad de movimiento, enseguida apagó las luces.

Hubo revuelo de plumas durante largo rato, cuando terminaron fumaron cigarrillos y se vistieron en silencio.

Bajaron por las escaleras para entregar la llave. Entonces el recepcionista pudo percatarse de que la muchacha tiraba de un cordón que el viejo llevaba atado a la cintura.

 

 

Afuera se escuchan risas

 

Mamá se ha esmerado en preparar la cena porque espera que papá venga hoy. Hace ya varios días que hemos arreglado el árbol, le pusimos muchas esferas y foquitos de colores, de los que traen del otro lado. Yo no sé dónde será eso, pero ha de ser muy lejos, porque se tiene uno qué ir en avión y atravesar las nubes. Cuando sea grande voy a llevar a mi mamita y le voy a comprar todo lo que quiera.

Bajo el árbol están dos regalos envueltos en papel brillante y con un moñote cada uno; el mío es el más grande, el otro es para la abuela. Los estuve tocando y haciendo sonar, tratando de saber qué es, pero no se siente más que la pura caja. Ha de ser un carro de carreras, porque eso es lo que le pedí a Santa Claus y mi mamá, previendo que no me lo traiga –porque dice que me he portado mal–, de seguro me compró uno; mejor, porque así tendré doble. Le pregunté y molesta me dijo que esperara que ya falta poco para abrirlos, al tiempo que veía su reloj.

Ella está en la cocina picando el betabel para la ensalada de Nochebuena. Del horno sale un delicioso olor a pavo relleno. Le ofrecí ayudarle, pero no aceptó. Entonces encendí la tele, para ver las caricaturas.

Afuera se escuchan risas, música, gritos: “dale, dale, dale, no pierdas el tino…” Me asomo por la ventana y veo a muchos niños alrededor de una figura de papel en forma de Bob Esponja. Qué bonita, quisiera salir y golpearla duro, hasta que se caigan todos los dulces y cacahuates que tiene dentro, pero mamá no me deja, dice que hace mucho frío, que me voy a enfermar, que me pueden pegar con el palo y ella no puede salir a cuidarme. No se da cuenta que yo ya soy un niño mediano y me sé cuidar solo.

Ya tengo mucho sueño, pero no me quisiera dormir, me gustaría estar despierto cuando venga Santa, para ver por dónde entra, aunque hasta ahora ninguno de mis amigos lo ha visto, y los más grandes, para molestarnos, dicen que no existe, que los papás nos engañan, ¿será cierto?

Miro el reloj que está en la pared y que papá compró hace mucho tiempo, cuando vivía con nosotros. Todavía no sé la hora, pero me sé un truco: espero a que las manecillas estén bien derechitas, encimadas, y se vean como una sola apuntando al número doce.

Mamá ha terminado de preparar la cena y coloca en la mesa los cubiertos para tres personas, una botella de esa bebida que tiene mucha espuma y bota el tapón al abrirla, y los vasos. Entra a su recámara para mirarse en el espejo, se arregla un poco, se pinta los labios y se sienta junto a mí. Mamá-bonita-mamá-ansiosa-mamá-callada-

-¿Mami, puedo abrir ya mi regalo?

No me contesta. Está pensativa y seria. Voy hasta mi recámara y saco una bolsita donde guardé unos chocolates que compré en la tienda, le pongo un moño y se la entrego. Ella emocionada, me abraza y a cambio me da mi regalo. ¡Sí, es un carro de carreras de los que se transforman! También me compró un suéter muy bonito y calientito.

La abuela no llegó. Mientras empezamos a cenar, escuchamos voces que cantan la letanía pidiendo posada en la casa de junto. El espagueti está rico, mi mamá es una excelente cocinera, pero guardaré un huequito para el postre.

 

Ya es hora: las manecillas del reloj marcan la medianoche y despacio, el cucú inicia el concierto de campanas, tin…, tin…, tin…

–¡Feliz Navidad, mamá!

En ese momento tocan el timbre. Me suelto de los brazos de mamá y voy corriendo a abrir la puerta. A través del cristal opaco me parece ver que… ¡Sí, es un señor con chaqueta roja y parece que trae una bolsa con regalos!

 

 

 

Janis se cuela por las rendijas

 

Tu voz chirría en la médula

Ósea, cocinada en el inmenso

lupanar del masoquismo

en que nadamos…

(Marge Piercy)

 

Mientras Janis canta con su ronca voz, hermosamente, como sólo ella supo hacerlo, Kena está sentada en la sala de su departamento fumando; saborea despacio su cigarro mirando ascender las volutas de humo, con la mirada perdida. Se levanta y va derecho a la mesita que sirve de bar. Vacía un poco de ron en un vaso y vuelve a sentarse. Su gato siamés, se le acerca restregando afanosamente el lomo en su pierna y le ronronea cariñoso. Ella lo acaricia como al descuido.

El trago no logra animarla, siente frío. Si cuando menos tuviera una chimenea o un radiador. Va hasta la recámara a sacar un chal para ponerse encima, después quita el disco, Janis siempre la pone melancólica. Enciende la televisión para distraerse un poco, intenta dos canales y en el tercero le deja; están las noticias: “Continúa la guerra en el Medio Oriente… los precios del petróleo siguen bajando…” Su mente se aleja de lo que no quiere oír, se pierde en laberintos infinitos que la conducen a la nada.

Se ubica de nuevo en la habitación, la recorre con la vista, buscando algo que la motive a estar, a permanecer. Se pone de pie, deja que la televisión continúe su soliloquio. Se asoma por la ventana. Si cuando menos viniera alguien… Fastidiada apaga la tele. Decide poner de nuevo el disco y de pasada se sirve otro vaso de ron. Le da leche al gato que la mira entrecerrando los ojos y sin hacer el menor caso al plato, se le sube a las piernas de un salto.

Es tarde, se le ocurre tomar un baño bien caliente para después irse a la cama, a ver si esta vez logra conciliar el sueño sin recurrir a las pastillas.

Va por una toalla y las sandalias, se mete al baño y cierra la puerta. Janis se cuela por las rendijas

                              Like the air I breathe,

                              One lovin’ man

 

          Se deshace de la ropa y abre la regadera, deja que salga primero toda el agua fría y cuando el cuarto de baño se cubre de vapor, se coloca debajo del chorro. Se queda inmóvil, dejando correr el agua por su cuerpo, viendo cómo saltan las gotas que van a estrellarse en el piso y en las paredes.

Toma el frasco de shampoo y vacía un poco en su cabeza, suficiente para que haga mucha espuma. Se enjabona con fuerza las piernas, los codos, las rodillas, los pies, las axilas, suavemente los pechos, el vientre, bajando despacio, delicadamente a su centro. Su rostro se conmueve con una exclamación de placer. La música en el otro cuarto, acompañándola

 

Can’t be now, can’t be…

                              Just loneliness Baby surroundin’ me

 

El agua está deliciosamente caliente, quisiera seguir debajo del chorro mucho tiempo. Ahora se siente mejor, la bebida surtió un efecto mágico, sedante

 

That some day and somehow

It’s bound to come along

Because all muy dreams and all my plans

Just cannot turn out wrong

 

Afuera, el gato maúlla y empieza a rasguñar la puerta. Kena abre y lo deja entrar. Lo carga. Hasta ahora se da cuenta que tiene unos bellos ojos azules y que su pelaje es una invitación a la caricia…

El disco sigue y Janis parece cantar para sí misma

 

Honey, just close your eyes,

                              Wo, wo, wo

                              Won’t you let me hold you, dear?

                              I wanna just put my arms around you

 

 

Otra vez el bosque

 

Después del incidente con el lobo, Caperucita vino a vivir a la ciudad con sus padres, quienes, temerosos de que se repitiera la historia, no la volvieron a dejar salir sola.

Pero Caperucita no pudo soportar demasiado tiempo su encierro y decidió salir en pos de una nueva aventura. Se puso su mejor vestido rojo, se maquilló como veía hacerlo a su mamá, y después de echar una última mirada al espejo, para comprobar que estaba atractiva en sus mínimos catorce años, salió de su casa.

Sabía que ahora no iba a visitar a su abuelita, pues había muerto aquella vez, del susto; tampoco iba a ver a una tía, a ningún familiar, ni siquiera a una amiga.

Empezó a caminar sin rumbo fijo, por una avenida muy transitada. Se mareó con el ir y venir de la gente, de los automóviles y con los edificios altísimos que no alcanzaba a abarcar con la mirada.

Caperucita se detuvo un instante, agobiada por el smog y suspiró al evocar el bosque.

Tuvo el impulso de ir a Chapultepec, pero al recordar que era domingo y habría mucho escuincle baboso, paseando con sus papás, con su globito de colores y su helado, siguió deambulando.

Así llegó a Ciudad Universitaria.

El estadio de fútbol estaba atestado de gente, viendo el partido de americano y ella, aunque no entendía ni pizca, se quedó un rato admirando la rudeza del juego; el cuerpo atlético de los jugadores (para cubrirte mejor); los fuertes brazos (para abrazarte mejor); las manos enormes (para acariciarte mejor); y se imaginó casada, con un vestido largo y rojo, al lado de un muchacho de aquellos (para hacerte feliz, como en los cuentos…)

 

Cansada de tanto caminar, la chiquilla observó los árboles que rodeaban el lugar, y una sonrisa pícara apareció en sus labios. La tarde era apacible y el sol empezaba a ocultarse.

Se recostó sobre el pasto, adoptando una postura que había visto en las revistas y que le pareció muy sexy.

Se hizo de noche, Caperucita se había quedado dormida soñando con el lobo.

Despertó de pronto, al sentir una mano que la movía con suavidad, pero con insistencia. El lobo –pensó.

Era el vigilante, quien la reprendió por estar ahí a esa hora, que cómo era posible que se quedara dormida así, exponiéndose al peligro.

Caperucita no respondió, las palabras se le hacían nudo en la garganta. Se levantó de inmediato, enojada, y antes de que se alejara el vigilante, alcanzó a gritar:

–¡Maldito leñador, cuándo dejarás de meterte en donde no te importa!, y echó a correr pensando que los bosques ya no son como antes.

 

 

Trazos

 

En verdad la infancia

Se te puede escapar

Detrás de un tren o un auto

Detrás de otros recuerdos,

sueños o nostalgias…

Ramón Oviero

 

Me gusta jugar con las letras, poner mi nombre, el de papá, el de la señora Furia y el de Paquito. Me paso las horas acomodándolas, inventando frases con la sopa de letras. Luego viene mamá y me regaña, porque no como.

También me reprende porque no me gusta usar los cubiertos, y agarro todo con los dedos, hasta me los chupo. No entiende cuando le digo que así me sabe más sabroso. Ahora, para no hacer más corajes conmigo me sirve la comida en la cocina, según ella para castigarme, pero para mí es mejor, así no oigo sus gritos.

Estoy en tercer año de primaria y mi hermano en segundo. Yo voy muy adelantada con los verbos y se los enseño a él que no los sabe.

Conjugación del verbo COMER.

Yo como (con los dedos en la cocina);

Tú comes (con cubiertos, en el comedor, con mamá);

Ella come (muy correctamente, como debe de ser);

Nosotros comemos (separados, cada quien por su lado);

Vosotros coméis (de todo, sin dejar nada);

Ellos comen (como toda la gente, menos yo).

 

Voy a la cocina y saco del refrigerador un mango; me lo como allí, escondida, porque me gusta que me escurra por los brazos el juguito dulce, amarillo como miel, lo chupo hasta dejar el hueso bien blanco.

Mamá Furia, como le he puesto, aunque ella no lo sabe, no me deja salir a la calle a jugar, así que casi no tengo amigas; con Paco no juego, pues a él le emocionan las luchas y a mí no me gustan porque siempre me hace llorar cuando me patea. Mejor me pongo a leer los libros que me ha traído papá. Hace poco me trajo una versión para niños de Don Quijote, el caballero de la triste figura, ¿por qué le pondrían así? Creo que porque estaba muy flaco, tan flaco que daba tristeza verlo. El Paco dice que así me voy a poner, como Don Quijote. No le hace que me ponga así, con que no me pegue la loquera que tenía el pobre viendo cosas bonitas donde había feas.

Yo lo hago al revés: cuando Furia compra alguna muñeca que dice que es de porcelana, y que está muy bonita, voy yo y le rompo una mano, un pie, o la despostillo. Sus muñecos de peluche se los mojo para que se vean todos lacios, y corto las flores de su jardín para deshojarlas. Claro que después de eso no me puedo sentar en varios días.

La señora Furia ya no ha hecho sopa de letras para que yo no juegue; está muy enojada porque desbaraté su tejido de crochet. Pero no importa, yo recorto las muñecas de sus revistas de modas y juego sola con ellas cambiándoles de vestido.

En las mañanas me da mucha flojera levantarme para ir a la escuela pero ni modo, me pongo el uniforme y me voy corriendo, porque siempre se me hace tarde. El recreo es lo que más me gusta porque entonces sí puedo correr y jugar, bueno, hasta que tocan la campana.

El maestro está apuntando en el pizarrón los verbos y cada quien le dice uno. Yo le digo “odiar” y me dice que ese no, que le diga otro, entonces digo dibujar, porque es algo que me gusta hacer.

Después dibujo en mi cuaderno una muñeca con cara furiosa y me voy a casa. Al llegar busco las tijeras para recortarla, pero no las encuentro, entonces me dispongo a borrarla totalmente de la libreta con la goma.

 

 

Identidad

 

Acomodó los papeles en una esquina de su escritorio para tener las manos libres y así dar caza a la mosca que se había parado sobre su nariz unos momentos antes.

Más que ese hecho, le molestó que la mosca interrumpiera su propósito de arrojar el montón de papeles al cesto de basura y ahora vería cómo iba a aplastarla con todo el peso de su enojo.

Después de varios fallidos intentos decidió continuar con su trabajo. Miró su reloj, calendario, automático, de fayuca, y notando que faltaban 20 minutos para salir, optó por platicar con su vecino de escritorio.

Entonces, la mosca se hizo presente otra vez ante sus narices, y se impuso la tarea de matarla, aunque en ello le fueran los 18 minutos que le restaban para salir. La persiguió por toda la oficina ante la mirada curiosa de sus compañeros, quienes después de un momento de seguir con atención la cacería, la interrumpieron con un “hasta mañana”, exactamente en el momento en que la tenía en la mira de la revista que pretendía utilizar como arma letal.

Decidió descansar un momento, fatigado como estaba por su desaforada carrera, se sentó a contemplar a su enemiga en su paseo por caminos harto recorridos por ambos. El insecto, con alegres piruetas pasaba zumbando en pleno rostro de su hambriento perseguidor, quien después de consultar con su estómago, optó por cerrar el escritorio, ponerse el suéter y dirigirse hacia el reloj checador.

-Después de todo –se dijo-, tal vez valió la pena el retraso de una hora veinticinco minutos; podría alegar que se había quedado a terminar un trabajo y cobrar tiempo extra. El día quince vería si se lo autorizaba el calvo de su jefe, a quien le auguraba una muerte hidrópica, reventado de tanto wiski que tragaba a solas, cuando creía que nadie lo miraba.

Al día siguiente, con puntualidad casi insólita, llegó a la oficina, faltando dos minutos para las ocho. Estuvo revisando los oficios con metódica precisión, leyéndolos línea por línea, colocando al extremo izquierdo del escritorio los destinados a la sección B, y en el extremo derecho los destinados a la sección A.

A las 10 se levantó de su asiento, pasó entre el escritorio de López, el de Chelita y llegó hasta la cafetera. Se sirvió una taza (una nada más, pues el médico prohibió tomar más de una tacita al día). Había tratado de seguir al pie de la letra las indicaciones del doctor, pues no era para menos la úlcera tan avanzada que sufría.

Realizada la ceremonia del café, con intercambio de galletas entre los compañeros, volvió a su escritorio. Recordó hacer una llamada a su esposa para ver qué iba a preparar para la comida y después de escuchar “albóndigas” colgó sonriente, llenándosele la boca de saliva.

Con la intención de que el tiempo pasara volando, se dispuso a continuar con sus tareas. Se fue a su lugar y se sentó ante el escritorio, pero de reojo se percató a través del ventanal que el paisaje había cambiado. Infirió que era otoño, al ver los árboles sin hojas y la luz amarillenta del sol. Después de permanecer un largo rato ensimismado, reaccionó acordándose de quitar la hoja del calendario. Al dar el jalón al papel, voló la mosca y se fue a posar en el escritorio.

Aturdido, se sentó despacio en su silla para no espantarla y la observó detenidamente. Se imaginó volando por toda la oficina y experimentó un gran placer al poner las patitas sobre la redonda calva de su jefe.

 

 

Arriba el telón

 

La primera llamada fue cuando la respetable familia de él cumplió con las formalidades necesarias para conocer a tus padres y ponerse de acuerdo con la fecha y circunstancias en que se realizaría en ti el sueño dorado de toda mujer (cómo atrapar a su hombre en 29 lecciones), y te dejaste llevar inercialmente a esa unión, más por desidia que por deseo, más por ya te estás quedando que por voluntad. Aceptaste ser la protagonista desde el instante en que te diste a la tarea de elegir el blanquísimo vestuario adecuado a tu posición, siguiendo los dictados de la moda y de la costumbre: acudir a la estética para escoger peinado, tal vez un corte de pelo o un tinte, probar un maquillaje para el día y otro para la noche, en fin, todo lo que a decoración de exteriores se refiere. Ensayar la coreografía: entrada a la iglesia con la cara levantada y radiante de felicidad, para las fotos, los momentos apropiados de arrodillarte, sentarte, ponerte de pie y la modulación de la voz al pronunciar el “sí, acepto”.

Te daba vueltas en la cabeza la letanía: no comas demasiado, camina erguida, compórtate con seriedad, no te desveles. Sólo en sueños te atrevías a contradecir al director.

No faltó la despedida de soltera que te organizaron tus amigas (segunda llamada), en la que te daban pelos y señales sobre el matrimonio, las bromas y los chistes repetidos hasta el cansancio.

Cuando llegó el día del estreno (tercera, empezamos), virgen inmaculada, interpretaste tu papel a la perfección, recreándote en los acordes del himno a la castidad. A la salida sentiste los aplausos en plena cara (debut o despedida) y preguntaste a qué hora entraría en acción el villano invitado, poniendo la cara de paloma asustada que de acuerdo al libreto debías reservar para la noche de bodas.

El brindis fue maratónico. El champán desbordaba las copas y los cuerpos en un mar de burbujas con las que te evadías. Al final bailaste el vals como si fuera la danza de las horas, hasta que emprendiste la graciosa huida con tu galán joven.

Esa noche lograste tu consagración definitiva y disfrutaste el éxito a medias.

La obra fue aclamada como la mejor del año y en las páginas de sociales de los periódicos se habló con detalle hasta de la cantidad de arroz que les arrojaron al terminar el segundo acto.

Al final (toda actriz se debe a su público), apareciste con la cara de esposa satisfecha que todos esperaban.

 

 

Nota: estos cuentos forman parte del libro Re-cuento Al vuelo, publicado por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Puebla en la Colección Puertas Abiertas.