Charcos para Lucila

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Está el cielo en el tono de los malos presagios, está el vidrio mugroso cicatrizado de gotas que lo golpearon ayer. Está Salvador rezándole a un dios en quien ya no cree. Necesita que llueva. Y no una lluvia mediocre. Necesita un diluvio, un aguacero que descalabre. Mira el cielo suplicándole llanto. Regresa a la pieza. Ahí su mujer sueña que jamás envejeció. Abrazados a ella sus dos hijos duermen desinflándose. Recorre el pequeño pasillo que lo lleva hasta la ventana. Mira el cielo, gris aún. Faltan pocas horas para el partido de fut.

              Camina de puntitas. No abre la ventana. Así evita cualquier rechinido. Sabe que, si despierta a su mujer, el domicilio se llenará de reclamos y aquellas peleas con que los niños recordarán a mamá el resto de sus días. Sin embargo huele a tierra mojada. Y ese perfume le da fuerzas a Salvador para volver al único cuarto que aún puede pagar y ahí embobarse mirando lo que queda de su mujer coronada entre dos Salvadores.

              Regresa a echar un vistazo a través de la ventana. El cielo permanece amargado. Baja la mirada y repasa los restos de la lluvia de anoche: macetas satisfechas, lodo endurecido, agua de lluvia que encontró cubil en ciertas cuencas. Todo ayer se trató de un aguacero. Salvador no quiere pensar que el cielo se quedó sin agua anoche. Mira el sagrado corazón clavado en el muro de la entrada. Qué más quisiera.

              Hoy, como no ha pasado en diez años, el equipo Cruz Azul se juega la calificación a cuartos de final.

Harto de vigilar el buen sueño de su familia, Salvador decide salir de ahí. Lo hace sin calzarse. Abre la puerta como no queriendo. Abandona la casa. En las escaleras se pone los zapatos aún mojados de ayer, duros y acartonados. El frío le empapa los calcetines. Avanza rápido entre los departamentos evitando ser descubierto por la casera. Por primera vez desde que se hizo de día entre él y el cielo no hay un vidrio. Camina bajo una animosa escala de grises. Hambreado le pide a su dios: Por favor que llueva.

Al director técnico del equipo local le preocupa que la cancha siga encharcada y esté resbalosa, que eso impida el buen desarrollo del encuentro.

Salvador decide irse caminando hasta el estadio. Antes debe pasar por las capas. Aún es temprano pero nunca falta quien entra desde antes asegurando así el mejor asiento del graderío. Camina entre rápido y lento por las calles. Lo hace con la cabeza gacha atento a la banqueta pero no al color en los semáforos. Ahora mismo lo único que desea es que de pronto un pequeñito redondel de agua caiga coloreando la calle. Y luego que caiga otro. Que poco a poco sean círculos más ostentosos, grandes, enormes, que se apoderen uno a uno y velozmente de la calle. Estrellando sus distintas sílabas empapadas en el pavimento.

Las primeras banderas combaten el aire, se agitan en el cielo apagado. Tibios rayos de luz quieren atravesar las nubes de algodón puerco. Los boletos se venden al triple de su precio. En casa, los hijos de Salvador se despiertan con antojo de todo. Él se gasta el dinero ahorrado en una sola cosa: el doble de capas. Cruza los dedos mientras recibe la mercancía. Que hoy llueva, Padre mío.

La primera gota cae adentro de la portería. Aún no salen a calentar ni los del equipo visitante. Falta mucho para que principie aquel partido de vuelta. Algunos aficionados se dejan espantar por el murmullo de la lluvia.

Aparece, de pronto, un bello lunar de agua en su brazo.

Lo que cae aún no se llama lluvia. Apenas si son dos o tres esfuercitos a regañadientes. Levanta la mirada: una gota se aplasta en la mica de sus lentes quebrados. Al mismo tiempo el Sol da a luz sus primeras niñas.

El cuerpo de Salvador se transforma en un tapiz de piel chinita. Nunca tanta hambre intentó derrumbarlo con tal saña, nunca los espasmos insoportables de su mujer, nunca las cartas a Los Reyes de sus gemelos. El Sol le escupe brillos a todo lo que abajo existe. El ligero chipi chipi desaparece. El precio de las capas que Salvador vende sigue siendo de diez pesos.

Si tan sólo lloviera las vendería al doble. O más. Si tan sólo lloviera podría comprar suéteres para los niños y tranquilizar a la casera, aligerar en pequeños traguitos su necesidad de estar ebrio. Tal vez hasta le sobren unas monedas y las regale a alguno más desafortunado que él. Hay tantos sentados en el suelo y con la mano extendida. Si tan sólo lloviera podría vender sus impermeables hasta en treinta pesos, o dos por cincuenta; es decir una goliza. Salvador recorre las calles que rodean el estadio con sus capas fosforescentes en la mano. Sus inútiles capas contra la lluvia que en ese momento se debate el cielo contra el Sol.

Salvador camina entre aficionados con la cara pintada, le ruega a un dios cuyo nombre ya olvidó. Grita fuerte: capas, capas, cómprelas antes de que llueva. Se vende así la primera. Si tan sólo se hubiese persignado. A dos pasos de él una señora con más fuerza en la voz, vende capas. Todos venden capas. La gente entra al estadio.

El sol sale, se va. El chispeo comanda. Alguien busca un arco iris. Llueve ligero con todo y sol. Salvador ofrece sus impermeables gastándose la voz. Cada golpecito de agua que le atina en la nuca o en el cuello es un grito bien parido. Vende dos capas más. Una gota, de las más valientes que entrega el cielo, le cae dentro del ojo. Baja la mirada, se limpia con la mano sucia. Levanta el rostro y observa a un aficionado usando una bandera para cubrirse, mira a otros dos con capas que él no vendió. El cielo se postra indefinido y mala copa. Dios es un antipático.

              El encargado del equipo entrega a los jugadores zapatos de futbol con tachuelas especiales para evitar accidentes en el pasto empapado. La mascota baila, edecanes con chamarras dan la bienvenida al quizá futuro campeón. Capas, capas, grita Salvador, ya dentro del estadio, caminando cuando se lo permite el gentío azul hacinado en las diferentes tribunas. Capas, capas. Vende tres más. Y eso que aquella lluvia no exige ni mangas largas. Diez pesos todavía. Sus capas aún son un regalo, aún no son siquiera un adelanto con la casera, sí un aguardiente del que tumba. Calientan los dos bandos. Los capitanes se toman las fotos pertinentes. Los árbitros menos importantes revisan que las redes no estén sueltas, que sus agujetas estén bien atadas. Dios amaneció sordo, el cielo no pierde desdicha. Salvador avanza entre mentadas de madre y gente abrazada o con ambas manos en la oración del aplauso. El frío no vende capas. Hace falta una lluvia que mate, su aguacero antológico no aparece. La patada inicial es un grito de mil voces.

              El sol sale, vence. Cruz Azul va perdiendo por un gol tempranero. La voz de Salvador se pierde entre el gentío: Capas, capas. De a diez el impermeable. Ya ha vendido una buena cantidad, pero no la suficiente. Una lágrima suya moja el suelo. La gente atiende al partido. Y el partido es un bostezo. Frío, Cruz Azul llega sin concretar. La gente se quita los sombreritos, coloca las capas de estadio en sus asientos para secar el concreto. Ha cesado de briznar con una contundencia lapidaria.

              Salvador olvida por un momento su aburrido grito, mira el cielo y nota un cañón abriéndose paso entre las nubes opacas. ¿Será dios burlándose? Cae un gol celeste. Rodeado de una muchedumbre en júbilo, Salvador consigue algo inhumano: tener la cara agachada pero seguir observando al cielo. Sus hijos mal alimentados, Lucila enojada, la sed de caguamas infinitas, ellos también están ahí, en ese límite. Vuelve el rostro y observa el carnaval de júbilo a su alrededor. Del cielo caen papelitos azul y blanco, periódicos hechos trizas. Se ha empatado el juego. Deja caer las capas fosforescentes. Si brinca, las monedas en su bolsa aún no forman un concierto. El alma se le escapa, olvida su porqué y su nombre. Es como si las arrugas se le acentuaran, como si la sangre se le detuviera. Todo es alegría, coros, abrazos entre desconocidos que visten igual. Tal vez tanta gente rezando por ganar esa semifinal hizo que el deseo de Salvador no pasara de ser un murmullo vacío. Tal vez debería dejarse caer, ir a dar a los asientos de abajo. Arruinarle la fiesta a algún espectador. Se vio besando a su mujer, se vio regresando a casa con los útiles para la escuela, se vio alzando a los gemelos uno por hombro.

              El juego, trabadísimo. Al final del primer tiempo, la tribuna donde no golpea el sol acapara envidias. Haciéndose visera con la mano, Salvador se sienta en una escalera. Un policía le dice que ahí no puede estar. Por qué, Padre mío. Era sólo una lluvia lo que te pedí. Nadie responde. A lo lejos se escucha una maldición dirigida a la banca visitante que se quedó calentando, seguida por las carcajadas y el gozo de los que rodean al fan. Salvador le estorba a un anciano que de mala manera le impide permanecer en un lugar. No tira los impermeables a la basura porque aún algo de esperanza le dan aquellas lejanas nubes negras que llegarán, dios mediante, para la segunda mitad.

              En el medio tiempo nada es para nadie.

Se llenan los pasillos de aficionados con ganas de orinar, estirar las piernas y comprar más cervezotas. Los vendedores de fritangas se llenan los bolsillos. Salvador grita Capas a cinco, de a cinco las capas.

Reinicia el juego. Piensa en algo al momento en que repasa una jugada de reojo. A su lado un niño grita vulgaridades. Salvador decide huir del griterío. Los próximos quince minutos los pasa dentro de uno de los túneles. Observa cómo muere un charco de agua estancada afuera del baño de mujeres.

No, las nubes no se acercan. Salvador decide abandonar el estadio antes de que el partido termine. Derrotado y seco. Se aleja mientras a su espalda el murmullo de la gente emocionada se va perdiendo entre los cláxones de Insurgentes. En los televisores de los locales que rodean el estadio, Salvador cuadra tras cuadra le da seguimiento al partido. Trae sus capas en un brazo. Se detiene en una taquería para ver la repetición del gol que extirpa los sueños celestes. El rostro se le cae. Los gritos de la gente se vuelven murmullo lejano. Lucila sin donde vivir, Lucila sin ropa de frío, Lucila sin voz para cantarle a los nenes, Lucila sin charcos.

Salvador camina el resto del día. Abraza sus capas con pasión mientras aprisa sigue aquellas nubes negras que flotan a lo lejos. Piensa en perseguirlas hasta que la noche las devore o hasta que se rompan sus zapatos.