El pintor rara vez empieza por la pintura. Empieza antes, en la intención de la mirada, en dónde y cómo fijarla. El gesto inaugural suele ser incoloro: un boceto de grafito o carboncillo más interesado en la composición y las sombras.
Luego viene la preparación del soporte y de los medios. Pongamos los clásicos: lienzo, óleo, caballete, pinceles, dispuestos en un cuarto extra, un garaje, un rincón de la sala. Resuelto el problema de la luz con lámparas LED, pues toca trabajar de noche, cuando termina el otro trabajo, el que paga la hipoteca o el alquiler, en las horas robadas al sueño o a la familia.
Finalmente llega el minuto previo: el pintor frente a la superficie blanca, una tabla en el mar de la realidad. Respira hondo, sonríe o se muerde los labios mientras considera la mancha en el porvenir. Acaso piensa por un instante que él mismo podría ser obra de otro pintor. Se sacude el pensamiento, engurruña el entrecejo y ejecuta el primer trazo.
A esta altura quedará claro que hago observaciones y, sobre todo, proyecciones de escritor en el ámbito de la pintura. Que yo nunca he pintado, aunque sí compartí muchos años con alguien que pintaba. De ese contacto de segunda mano con las artes visuales he conservado:
- un barniz de términos y nombres;
- la convicción de que pintura y literatura comparten objetivo;
- la húmeda impresión de que no hay escritor sin equivalentes pictóricos.
Caso de estudio: Caballo de hielo (Casa Vacía, 2025), una colección de cuentos del escritor cubano Francisco García González.
René Magritte pasa por la cabeza cuando uno ve la cubierta diseñada por Armando Tejuca. Es obvia referencia, cita casi, al famoso cuadro (cuyo título acabo de buscar). En Le Fils de l’homme una manzana oculta el rostro de un hombre trajeado, aquí es la Tierra —y en ese aumento hay una pérdida— la que oculta el rostro de un hombre uniformado de portero. Pero lo que interesa no es el parecido entre las imágenes sino entre las miradas de Magritte y Francisco GG.
Las líneas del pintor son nítidas, sus contrastes, diáfanos. El motivo recurrente es la inquietud que resulta de desplazar objetos conocidos a un nuevo contexto, al resignificarlos. Algo parecido hace el escritor al representar sin alarmas la cotidianidad invadida por lo inquietante. Sus cuentos también están alineados con frases cortas, nítidas, pero en el efecto hay una diferencia notable.
Magritte es gélido hasta el vacío. En Francisco GG la nitidez de la prosa combina una capa cómica con una grisalla de dolor. Esto se ve desde el primer cuento, Shiva, quizás el más tragicómico de la colección, coloreado con el malentendido y la sátira social.
Muy orgulloso de su pronunciación, un portero hispanohablante les endilga varios «Enjoy the pá-ri» a los deudos de un Shiva, el ritual de duelo judío, en un edificio canadiense. La voz que lo cuenta es la del pícaro y, al mismo tiempo, la del emigrado zarandeado por el idioma y el sistema que no entiende, la del desamparado que se ha comprado una muñeca para adultos. Magritte no padece estos calores.
Hablo de humor, de sátira y me salta la obra de Otto Dix como posibilidad. De nuevo coincide el eje técnico, la nitidez, pero Dix mira la Alemania de entreguerras con asco, hace denuncia, mientras que Francisco GG mira la condición humana con la compasión de un veterano. Además, en Caballo de hielo el matiz cómico aflora cuando el escritor privilegia lo personal con frases declarativas planas. Ejemplo típico en el cuento Night Shift:
“S. no lee libros pero está escribiendo uno”.
No, para cubrir el humor tendría que salirme del lienzo, y el nombre que me viene es José Guadalupe Posada, el grabador y caricaturista mexicano, con sus calaveras joviales, en particular La Adelita, calavera revolucionaria, montada en su caballo negro. Por ahí van las sonrisas en Caballo de hielo.
Cuando se acaba el chiste, Francisco GG escribe como pinta Edward Hopper (que es como yo lo obligaría a escribir si fuera su editor). Sobre las figuras coloca una luz artificial que ilumina la soledad de fondo, la melancolía de esas escenas vistas por alguien que cumple condena en el umbral de las vidas ajenas. Los cuadros de Hopper están preñados de un relato que niega el parto. Ese trámite es asunto de quien los contempla. Lo mismo hace el escritor en sus mejores momentos.
Volviendo a Shiva, esa imagen, un hombre besando la frente de una muñeca de silicona sentada frente al televisor encendido con una telenovela, susurrándole «Lucy querida…», podría ser la continuación de al menos dos cuadros de Hopper, Room in New York y, mi favorito, Excursion into Philosophy. La pareja dispareja, la soledad en compañía, la contagiosa incomunicación del amor que habla sin oírse.
¿Como quién pinta entonces Francisco GG? ¿Como Magritte, Dix, Posada o Hopper?
Antes de seguir por ese trillo, convendría retroceder veinticinco siglos para que no vengan luego los estéticos a reclamarme. No estoy repitiendo esa frase tan bonita y malinterpretada de Simónides (“la poesía es pintura que habla y la pintura, poesía muda”) de donde dicen que sacó Horacio su no menos mal citada frase “la poesía es como la pintura”. Por ahí no van mis tiros. Grosso modo, Simónides se refería a la imitación de la realidad, a la mímesis, y Horacio, a la recepción, no a la esencia. Ninguno de los dos dijo que la pintura y la poesía (antiguo alias de la literatura) fueran iguales. Yo tampoco. Francisco GG menos.
De hecho, el segundo cuento, Wake Up Call, comienza con un guiño en sentido contrario, el sujeto de verbo que mira el objeto de arte y solo ve mercado:
“Dos y veintisiete de la madrugada. El nuevo portero caminaba por el lobby matando el tiempo. Un tiempo que ya estaba muerto. Miraba los cuadros colgados en las paredes. La foto de una mezquita. Una chapuza expresionista abstracta que aún olía a pintura fresca. El mural en que una aborigen remaba […] ¿cómo aquellos adefesios podían costar tanto dinero? Debajo de cada pieza estaba el precio.”
Lo que sí dije, más bien lo que repito —que primero lo dijeron ellos y tantos otros—, es que la pintura y la literatura comparten un objetivo: representar una mirada (léase una percepción). La pintura trabaja con objetos y sujetos en el espacio, con signos simultáneos. Más modesta, la literatura opera con acciones en el tiempo, con signos sucesivos. Esto tampoco es nuevo ni mío. Es resumen del famoso ensayo de Lessing, Laocoonte o sobre los límites de la pintura y la poesía, de 1766.
Lloviendo sobre mojado, mi sensación apunta hacia la correspondencia descriptible mediante la palabra (toma eso, pincel) entre las técnicas y los conceptos que un pintor y un escritor utilizan. Ambos dependen de la mirada y veo tanta utilidad en describir un cuadro como en contemplar un texto. Verbigracia, si Moby Dick fuera cuadro, ¿no sería la blancura de la ballena, literalmente, el terror del fondo blanco que debe mancharse de tinta o pintura, porque de esa superficie incólume podría salir cualquier cosa, hasta la confirmación de la nada?
Dejo tranquilo al capitán ballenero y regreso al portero. Francisco GG pinta como alguien con muchas formas de ver (entrar en su obra es entrar en una galería), como él mismo y, la vuelta de tuerca, como el lector lo vea. Porque la percepción nunca se detiene en la mirada que el pintor-escritor representa. Se extiende hacia la mirada de quien lo recibe, que es donde Caballo de hielo termina de pintarse. Si entendemos por qué vemos lo que vemos en un cuadro o en un libro, quizás entendamos algo de importancia sobre nuestra condición y la posición desde la cual percibimos.
Empezando conmigo: mi yo, mi medianía, la habitación vacía en donde esto escribo, quieren leerlo como si fuera Hopper. Y mi pasado dictatorial no vacila en imponerle esta lectura y hasta en celebrarla como la buena, única y verdadera. Por suerte o desgracia, mi presente más democrático me obliga a reconocer que hay otras: Magritte, Dix, Posada y al menos una más que no he mentado.
En el cuento final, que da título a la colección, se menciona un libro homónimo, Caballo de hielo, escrito por la hija de uno de los vecinos del edificio, muerta hace menos de un año tras “un itinerario terrible: cáncer, quimioterapia, radiaciones”. Hace unos años me hubiera regodeado en esa mise en abyme del libro dentro del libro dentro del texto con la idea de R., el portero, imaginándose “a lomo de un caballo de hielo con destino hacia su propia muerte”. Ahora me salto el metajuego de matrioskas y me conmueve el destino de esa hija. No sé por qué me hace pensar en la silueta de una niña con aro corriendo hacia el peligro a la vuelta de la esquina. Es De Chirico, Mistero e malinconia di una strada.
A la izquierda, de donde viene la niña, hay una edificación blanca que se aleja en el horizonte. A la derecha, adonde se dirige, hay un furgón vacío con las puertas abiertas y una mole oscurecida. El cielo luce apagado, casi nocturno. No sabemos de dónde viene la luz. Hacia allí corre la niña, hacia esa luz imposible detrás de las sombras. Desde mi cuarto de Hopper la contemplo. Cierro los ojos y sigo viéndola. Acaso ustedes también la vean.























