Samanta Schweblin: El buen Mal

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Cuentos de un millón de euros

Samantha Schweblin nos regala seis cuentos impactantes en menos de 200 páginas que valen un millón de euros. Premio que obtuvo por parte de AENA en colaboración con la Fundación Gabo y la Cátedra Vargas Llosa. El primer cuento del libro titulado “Bienvenida a la comunidad” recientemente obtuvo el O. Henry Award.

La autora sabe hurgar en las heridas del pasado lo suficiente para sumergirnos en una tensión emocional constante. Abre rendijas que nos obligan a permanecer atentos, a preguntarnos cuándo dejarán de sangrar —o es que jamás van a cicatrizar—. Algunas heridas son autoinfligidas, otras ocurren por azar o por una mínima distracción y nos enfrentan a una pregunta inevitable: ¿cómo fue que la vida, el destino, Dios o nosotros mismos permitieron que sucedieran?

No se puede levantar la vista del texto: necesitamos ese dolor punzante para reconocer nuestra propia historia, identificar esos instantes en los que algo se rompió de tal manera que nunca lograremos reunir todos los pedazos. Schweblin nos recuerda la importancia de vivir con eso: el horror de lo cotidiano.

En sus cuentos, los animales tienen una marcada presencia: conejos, caballos, gatos. Casi logramos palparlos, escuchar sus latidos, atravesar su vulnerabilidad. Hay ecos de Cortázar y su ajolote; también de Poe, en la construcción de una fatalidad inevitable.

Al igual que en su novela Distancia de rescate, en El buen mal también encontramos eventos sutiles terminan en tragedia. Schweblin construye un efecto mariposa: decisiones aparentemente inofensivas que terminan en culpa y arrepentimiento.

Schweblin se mantiene en el realismo, pero no abandona su gusto por la magia y la superstición. Narra sucesos que no tienen una explicación lógica, situaciones sobrenaturales descritas con tal destreza que no los cuestionamos: los aceptamos, pensamos que así debe ser.

Los personajes que construye Schweblin son gente común: una madre abrumada por el tedio, amigas marcadas por una desgracia del pasado, una escritora en residencia, un niño con un daño irreversible, dos niñas que juegan en el mar y una mujer que visita a su madre anciana. Todos conocemos a alguien así.

Al final del libro, Schweblin incluye una sección titulada “Sobre los cuentos” en la que comparte las motivaciones que dieron origen a cada relato. Ahí descubrimos que uno de los cuentos roza lo autobiográfico.

Su escritura es directa. Cada frase tiene un orden y un lugar preciso para generar una reacción. Los temas en general son cotidianos, pero ella los transforma en algo extraño e inquietante. El ritmo lleva al lector hacia un precipicio: sabemos que no terminará bien, pero aun así avanzamos. En ese sentido, recuerda al cuento “La lotería” de Shirley Jackson.

Al terminar el libro, los cuentos continúan resonando. Son difíciles de olvidar. Aunque hay resolución, quedan preguntas sin respuesta. Y es ahí donde radica su fuerza, esa deliciosa incomodidad que permanece en la memoria.