Creer en un Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo no basta.
Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene sentido.
(…) Por supuesto que es correcto decir: la consciencia es la voz de Dios.
LUDWIG WITTGENSTEIN
Apuntes sobre lenguaje, poesía y consciencia a partir de la lectura de Micelio
(México, Vaso Roto, 2026) de Luis Armenta Malpica
El regalo, su nombre y sospecha de intenciones
A mediados de 2024 recibí un correo electrónico del poeta Luis Armenta Malpica (Ciudad de México, 1961) con la versión final de su más reciente libro, entonces inédito, y la petición –gratamente aceptada– de darle lectura crítica. Una serie de observaciones e intercambios tuvieron lugar hasta abril del 2025, así que todo lo dicho aquí, obviamente, refiere a la última versión del libro publicada en 2026. Micelio es el título: la palabra es hermosa en sí, tanto en su eufonía como en la imagen que proyecta, no necesita más. La metáfora que acarrea es elocuente y sugiere de inmediato, con efectividad poética, que lo aludido se sugiere a partir de una red viva que no es animal ni vegetal, que depende de lo orgánico pero ya muerto para nutrirse y redistribuir de nuevo la información. Hablamos de la red de fonemas articulados y signos de la lengua, pienso, considerando los intereses del poeta en sus libros recientes, surge entonces la pregunta: ¿Así como el micelio del reino fungi hace con lo vivo, es el lenguaje el carroñero de nuestra conciencia?, ¿se nutre de sus cadáveres cotidianos y a la vez es usado para controlarla? Sí, al igual que el micelio, el habla es una red que nos comunica y a la vez se aprovecha de nosotros, está dentro y fuera de nuestra mente y cuerpo (como las ideas, según Platón): nos habilita y conecta mientras nos atrapa y consume; en este sentido, podría afirmarse que el surgimiento de la alta inteligencia artificial es la primera objetivación del lenguaje como inteligencia no humana, pero sí lingüística. Por aquellos días recuerdo el entusiasmo del autor de Luz de los otros (2001) por la serie de televisión The Last of Us (HBO, 2023): distopía en la que el micelio del cordyceps se expande incontenible con el fin de controlar, sobre todo, la consciencia humana y sus cuerpos; aprecio el puente y diálogo entusiasta entre estas dos obras de arte, centrado en la metáfora de una inteligencia fuera de nosotros que, a través de su red, pueda someternos, arrebatarnos de nuestra humanidad y asimilarnos.
Armenta Malpica atiende desde hace algunos años inquietudes similares al fenómeno y problemática antes descritos, lo sabemos, dije, por su obra reciente y, en mi caso, también por el privilegio de nuestras conversaciones. Sospecho y aventuro, asimismo, que el poeta comparte conmigo una postura similar en cuanto a creer en la existencia y primacía ontológica en el humano de algo distinto y anterior al lenguaje –al mero acceso al habla y por ello ser el zoon logon echon aristotélico, el animal que tiene logos, la facultad intelectual y espiritual (intuitiva) para aproximarse a la verdad como fruto de una conversación de buena fe, externa o interna, en la reflexión compartida, el ensayo o el poema– cuando usó la siguiente cita de Stephen Dunn para un ensayo crítico sobre mi libro Fuego a voluntad: “Un poema nos permite creer que tenemos un alma”. Armenta Malpica verifica entonces su tabla de fe en la poesía y en el espíritu que en ella se proyecta: comulga en su súbita colina –el poema donde se encarna– aunque a la noche no esté ya dispuesto a defenderla del siguiente asalto de la posverdad, reina de nuestros días, y de lo posmoderno, su príncipe consorte, y diga con gran desconfianza en “De profundis”, poema que abre el libro, “Intuyo, con gran escepticismo / que sabe / en lo íntimo de la agonía del verso / que Dios no me hará caso.” Escepticismo es una de las columnas filosóficas y expresivas del conjunto, simbolizado por la ciudad y lo artificial; en contraste y con la misma convicción, un poco más adelante, el poeta afirma: “Por eso creo / que haré mi experimento / desde la única fe que reconozco / los misterios del poema.” Fe es la otra columna, simbolizada por el bosque y lo natural. Ambas sugieren una concepción hemisférica, como nuestro cerebro dialógico y la percepción misma del mundo. En este balanceo que no se equilibra más que en la forma bien apuntalada del poema (esto es lo más importante) se encuentra y subsiste el momento creativo de nuestro autor. Ya en Camaleones [razones para armar] (2024), su anterior libro y primera pieza de esta –nos advierte el autor– triada (que en realidad podría considerarse una tetralogía), citaba a Juan José Saer como epígrafe del poema “Lo que hay de ti [en mi naturaleza]»: “Si la poesía es naturaleza, el lenguaje es su opresión. Cuando despertamos a la poesía ya estamos dentro del lenguaje. No nos imaginamos la poesía más que como lenguaje porque comenzamos a concebirla dentro de él.” Aquí la palabra poesía podría ser sustituida tal cual por consciencia, lo cual resulta revelador y sugerente en cuanto a la indagación central antes planteada, a la cual volveré más adelante. Finalmente, responde la voz del poema en el remate del texto: “¿Quién es el hombre, el monstruo o el lenguaje que se va completando con las obras e ideas que no le pertenecen mientras avanza el poema?” Que así sea y avance a pesar del monstruo, el que nosotros somos o el que nos fue descubierto y echamos al mundo y a los otros con sus tentáculos inmensos y desplegados. Con o sin voluntad lo hacemos y hasta hace un momento confiábamos en que era sólo nuestro y estaba sujeto a nuestro control, creímos que el lenguaje era nuestra marca ontológica registrada, la espada que sólo nosotros podíamos levantar y blandir con sentido y cierta destreza; no obstante, con el reciente advenimiento del autómata de la inteligencia artificial, en particular de los llamados LLMs (Large Language Models o “Modelos de Lenguaje de Gran Tamaño”) y sus probadas capacidades lingüísticas, por un lado, y, por otro, los hallazgos de las neurociencias y la psicología moderna en los que se ha demostrado la ineluctabilidad de nuestra dependencia torpe y constante a los innumerables automatismos de nuestro coloquio, se ha agrietado para siempre esta certeza. “Tuvimos que inventar el alfabeto para verlo”, reza un verso del poema “Te Deum” que, junto con el ya citado “De profundis”, “Salve” y “Stabat Mater” pertenece a la sección intitulada Himnos. Es un acierto compositivo y de concepción estructural comenzar este libro con una sección alusiva a esta forma poético-musical, ya que en el inicio de toda lengua, en los más íntimos filamentos de su malla natural está la música con su anhelo de fusión vibratoria y armónica, y su primer instrumento: la voz, el chamán que acota el aire de cantos. Su naturaleza no es solo comunicativa, sino –originalmente– expresiva: cantamos desde el presente de la muerte de la madre hasta los días genésicos de los juegos infantiles y de vuelta. Resulta, por tanto, un acierto formal la continua combinación de endecasílabos y heptasílabos, no en estricta secuencia y sin rimas, a diferencia del madrigal o la silva, más bien en una cadencia atonal y disonante que permite el flujo de estos intervalos extraños y agradables, propicios para el discurso e intenciones de la sección en cuestión. De pronto, los poemas se abren a una secuencia más libre, de fraseo roto, a contrapunto y agonizante, adecuado a la emoción descendente que, finalmente, ora se deposita en versículos, ora en endecasílabos finales que equilibran el conjunto. Sobrevuelo todo el volumen y veo que la disposición plástica de los textos en la página es más o menos la misma (esto lo verifico posteriormente en la lectura atenta a ras de tierra), salvo en los poemas reflexivos, cercanos al aforismo versificado, conformados por fragmentos o breves poemas que siguen el patrón formal ya descrito, y en la inserción de un pasaje de prosa con diálogos tomado de un libro de Enzo Siciliano sobre Pasolini, en el poema “Una ciudad y un bosque conectados por el mismo micelio”.
En cuanto a la estructura de treinta y dos poemas organizados en nueve secciones, habría que pensarla como las formas laminares de ciertos hongos en las que se producen y esparcen las esporas, o la geometría fractal del propio micelio del fungi y de los copos de nieve, lo que permite al lector abordarla y penetrarla desde cualquier sección, sin tener que ser leída necesariamente en orden lineal, si bien este es el primer orden de lectura que recomiendo.
Desandar un poco para comprender mejor
Me desvío un momento de la lectura (en la digresión está la vida de la prosa, nos dijo Elizondo) para desandar los pasos más recientes del poeta hacia Micelio, con miras a la mejor comprensión del mismo. En el último periodo creativo de su prolífica obra, que demarco en los tres libros más recientes –incluido el que aquí nos atañe– Armenta Malpica ha centrado sus intuiciones y exploraciones filosófico-poéticas en el lenguaje como eje central y objeto, mas no a la manera de la cansina metapoesía, sino desde la reflexión y logopea del poema, atendiendo al lenguaje a la vez como experiencia y fenómeno (natural y sociocultural). Armenta Malpica logra este abordaje no tanto como el otrora llamado poeta filósofo, antes bien como el poeta de la lucidez de la consciencia: el que ensaya sus lances y reflexiones tanto en la prosa como directamente en los poemas, sin merma de la sensualidad del ritmo y riqueza de imágenes que la genuina alquimia poética busca y logra, al liberar el lenguaje de las ataduras de las proposiciones lógicas. Este es el rasgo inconfundible del poeta moderno: el que canta e intenta saber lo que canta, vuelta a los primeros filósofos que eran poetas, la poesía del pensamiento, como quería George Steiner. Ante el advenimiento del autómata de la I.A. se requiere más que nunca que este sea el prototipo del poeta moderno. Ciertamente, coloco en dicha veta al autor de Envés del agua (2012), sobre todo a partir de los tres últimos libros: Contra [Dicción] (2022), el ya referido Camaleones y Micelio, al que se unirá un cuarto, actualmente en proceso, en los que la atención del poeta se enfoca en el lenguaje como un cuerpo de existencia tangible, con implicaciones en la consciencia de quienes creen que lo utilizan y a la vez viven atrapados en él, o por la manipulación que otros hacen de él. Talo de qué poder, filamentos ramificados de qué necesidad. Nietzsche y la psicología moderna demostraron la falacia cartesiana del cogito como fundamento de nuestra existencia, el “pienso” conjugado en primera persona: Más bien algo “piensa” en el sujeto antes que este pretenda hacerlo y le arroja tal o cual palabra, ruido, imagen o fragmento de idea sin que sepa a ciencia cierta por qué. ¿Cuándo entonces nuestras palabras y lo que con ellas hilvanamos realmente nos pertenecen y testifican nuestra libertad? El pensamiento genuino como acto volitivo es un fenómeno verdaderamente extraño y no es la corriente caótica de residuos y automatismos que asaltan la vigilia consciente o subconsciente. Todo ejercicio de pensamiento estructurado requiere de genuina voluntad: si se logra, se vuelve en penúltima instancia filosofía, y, en última, poesía. Sólo es bajo la luz de esta gracia que nos liberamos. ¿De qué?
Armenta Malpica se adentra en esta preocupación y es el arco que cruza la mayoría de los poemas de estos libros. El poeta, ora zambullido y convencido, ora desencantado y menos crédulo de ciertos movimientos filosóficos como el posmodernismo y algunas expresiones ideológicas llamadas antihegemónicas, transita ambivalente entre la fe a la palabra poética como expresión matérica de la poesía, y un escepticismo consolado en la aparente y resignada sensatez que se convence de que “nada humano es único ni verdadero”, sólo tenemos los metarrelatos de quienes han tenido el poder e imbuyen con sus ambiciones tanto la plaza pública del coloquio como la intimidad del drama de la consciencia. Como sea, el poeta apuesta por el poema como acto de genuina volición, como última posibilidad de ser. Continúo entonces mi descenso (o ascenso) en la lectura.
El héroe y el monstruo, dos caras de la misma terrible herencia
En el poema y sección “Homérica y ecuestre” se establece la idea de la memoria poética, del poeta como heredero no solo del lenguaje sino de la historia de la poesía, su encarnación que siempre está queriendo volver, ¿a dónde, a quién?, “(…) no se trata del pez de un corazón / el Ulises, salmón de los regresos / o su regreso a Ítaca” y, más adelante, “Homero / el que no vio esas hojas / quien no tuvo linaje”, para ello Armenta Malpica naturalmente vuelve al agua como elemento fundacional de su poesía, también “para calmar la cólera de Aquiles” y al viento porque: “llegaron por el aire / que llamamos / Homero. / (…) Como si él lo dijera: las palabras aladas.” El poeta occidental es hijo de Homero y en el canto regresa a casa. Antes pregunté qué es entonces –ante la red automatizada y autómata que también es el lenguaje, instrumento de nuestra esclavitud– lo que finalmente pueda hacer del poema manifestación y reducto de la libertad, gracia; en este poema hay una parte de la respuesta cuando dice que: “Es tiempo de ensuciarnos las manos / con aquellas cenizas de la historia. / Hay que encarar la autonomía del lenguaje / aprendido, y abrir su lado externo: la red / organizada de forma natural / –como el micelio– y distender el modo reflexivo del neocórtex.”
Armenta Malpica cree que cada poeta es también un colectivo de poetas. Un par de citas en el poema recién mencionado, algo veladas mas claras, de dos de sus contemporáneos de la poesía jalisciense nos dan la pista; también la lectura de los poemas que conforman la siguiente sección del libro, “Una desaparición en tres pasos”. Este poema nos confirma de nuevo el sentimiento escéptico (más que postura) en el que, ante el desánimo y la duda de los tiempos, se refugia: “La poesía y la verdad: una ciudad o / un bosque ya no son mi refugio. / Al cielo artificial / de otras palabras / me encamino / con un solo boleto.” Y más adelante: “Un poema necesita de mí / (…) Yo soy ese pequeño // rayo que se proyecta un quince de diciembre / para hacerte entender que la ciudad no existe. // Que ya no existe más la casa de tus padres. / Que ya no existes tú.” Ante la cercanía de la muerte (propia o de los padres) y la consciencia de la finitud, unos se refugian en la incredulidad racionalista –máscara del miedo–, otros en la fervorosa expresión de la fe –otra máscara del miedo– y algunos más en el nihilismo a la Camus. Pienso que la verdad habita en algún punto distinto a estas orillas y hacia ella, en buena fe, nos orientamos. Responde con desencanto el poema: “¿Existe otra manera de abordar el poema / (…) Ninguno de nosotros, ninguna de nosotras escribe desde su desamparo. // Imposible escapar al lenguaje. / No hay otra voz que yo.” Me lanzo y afirmo que sí hay manera de escapar al lenguaje y a la voz del yo: Los instantes en que a voluntad nos volvemos –como sugería Schopenhauer– puro sujeto cognoscente, poética de la consciencia liberándose de las solas proposiciones lógicas, en mutación hacia la música y el silencio; el poeta podrá alcanzar esto en la mirada atenta y extenderlo al acto de la escritura misma. No es lo mismo la identificación del yo y su voz que la de la consciencia que, bien podemos decir (aquí de nuevo con Wittgenstein) “es la voz de Dios”. Un poema, que siempre es “Acto de constricción” –siguiente sección del libro– en tanto forma artística, podrá ser entonces casa de la poesía si está mojado de la atención y su lámpara, mirada del pleno ser si tan solo por un instante; o, de otra suerte, no será más que retórica, artefacto y extensión del micelio lingüístico –antiguo y crecido monstruo nuestro– que dé palabras al poeta tomadas del colectivo que lo nutre, un mero “lenguaje que lo atraviesa” al que finalmente no le aportará nada de vuelta, ninguna alquimia por no ser acto genuino. En su desconfianza inherente Armenta Malpica responderá que no hay nada más allá de los filamentos de esta malla que atrapa a todo poeta en lo colectivo, sus influencias y herencias inevitables que le dan para pensar y decir. Paradoja de Parménides, le contesto: en el momento que pienso la unidad y la nombro compruebo mi desprendimiento de ella, confirmo mi unicidad y abandono. Sí, el material con que todo noema y poema se manifiestan es colectivo, pero cada experiencia consciente –que incluye su correlato con el cuerpo– es única e irrepetible. Por eso la I.A. no puede enunciar ni escribir poesía ni poemas que nos conmuevan (entre otras razones), porque las máquinas no respiran, el poema se escribe desde la experiencia de la respiración y la asfixia, la consciencia de estar aquí (awareness). En su fe recuperada, o tal vez nunca del todo perdida, el autor de Ebriedad de Dios (2000) nos dice que: “La poesía es regresar / a ese lenguaje / del que nunca se había oído. // Al que nunca se había ido.” Nos deja ver que lo sagrado para él es la poesía, a la que “le estorban los poetas.” Le estorban los malos, cuando menos; a los buenos, su vanidad.
Fascinado por la síntesis de las contradicciones y el micelio que las colectiviza, la metáfora tan humana de lo monstruoso, el libro evoca a cuatro seres extraordinarios en los textos que conforman la sección “Animales en peligro de extinción”. Recordemos con Shelley y su Frankenstein que toda criatura anhela despertar lo íntimo de su consciencia, comunicárnosla, es decir: humanizarse. No basta aprender el habla para esto, sino despertar la poesía que comunique nuestro espíritu, el misterio de su experiencia y los frutos de su imaginación. Los poemas de esta sección, al igual que los de “Primera espera, primero espora” son de alta factura, con una alta dosis de intertextualidad en el diálogo con otros poetas y obras de nuestro idioma, lo cual revela lecturas presentes y formativas del poeta, devolviéndonos a la superestructura colectiva de la cual surge todo poema, junto con la profunda soledad existencial en la cual es concebido. Tal vez nunca fuimos modernos y la modernidad con su absurdo “post” no sea más que un espejismo de materiales que aparece y se retira cada vez más vertiginosamente sin modificarnos un ápice. Dante y Zurita son aquí evocados como tótems referentes de una verdad que Armenta Malpica nos sugiere: Todo poeta hispano y, por tanto, occidental es religioso y sujeto a Dios, crea o no en él. Beatriz y la I (de Inferi, de INRI) son dos de los alfileres de esta salmodia que, sin saberlo del todo, seguimos canturreando.
Un par de textos salen de la órbita unitaria en la que gravitan todos los poemas del conjunto: “Registro civil” y “Heráldica del hambre”, pero sólo en apariencia, pues sólo en los misterios y automatismos de la conexión y discurso amoroso el micelio verbal se cumple, convirtiendo al otro (y a uno mismo) en presa; deseamos un cuerpo consciente, no sólo un sexo, por lo que la música de nuestras palabras en armonía con nuestra desnudez serán el terrible sonido que pasme a la víctima, para bien y para mal. Así también nos atrapan los sistemas y las ideologías. El primer poema alude al amor paciente, estable, inventor de la agricultura y creador de civilizaciones sostenibles, que contabiliza los mil y un días en sus transacciones, como Kushim, el primer nombre propio registrado en la historia, inscrito en una tablilla de arcilla, era un contador; el segundo poema se consume en los intervalos entre la asfixia y el tacto reptante del deseo afiebrado, la angustia del que sabe que pronto va a morir y en el otro, por fugaz, se inmola, porque “Una mitad de Dios no es / suficiente para salvar del hombre / a medio mundo. Requerimos / que Dios y el mundo estén completos.” En “Génesis 6:15” Armenta Malpica nos sugiere que, a fin de cuentas, la fe que nos salve requiere para manifestarse en este mundo de las acotaciones de una forma concreta, como las medidas del arca; para el poeta dicha forma será el cuerpo verbal del poema; para todos los demás y para él mismo también, el cuerpo es el gran poema.
Todo presente, en el futuro que es el poema, viene de lejos
Pero el poema no puede reducirse al lenguaje (su material, la suma de sus palabras en el papel o en la acústica del aire) tanto como El David no puede serlo al mármol o la consciencia al cableado neuronal. El poema es memoria proyectada hacia el futuro, así se vuelve presente continuo, drama vivo de la consciencia que se vierte en este acto de fe. Proyección: lenguaje fílmico de lo vivido que nunca alcanzamos a coger en el instante en que se experimenta. La luz nos llena el ojo y las manos, pero necesitamos traducirla. En este sentido, considero un acierto cerrar el libro con un poema que viene desde la difuminada frontera entre la infancia y la demoniaca adolescencia con sus pulsiones irresueltas: En “Una negación superficial [Palabras para un filme]” el poeta hace del poema un legítimo cortometraje, incluso con las pistas formales de un guion cuando dirige la perspectiva de la mirada, “y mantengo ese instante en un largo close up” o inserta voces en off (el torrente que de súbito nos ataca la vigilia o el sueño) en el discurso interno, “Al fondo parecen escucharse frases / de Simone Weil y Hannah Arendt / que no vienen al caso”. Se trata del abuso de un adolescente por otro que el poema no se apura a juzgar como tal, pues pondera la verdad detrás del suceso, sugerida por su estética, a la condena de la espada moral. Pleno de piedad y una sabiduría no resignada mas misericordiosa, muestra la imposibilidad de nombrar con precisión, o, por el contrario, la necesidad de desnombrar el terrible suceso desde la convicción de una verdad fundacional que el poema revela: “Un amor no se da por terminado porque comenzó mal”. Lo sucedido en el bosque –“algún trauma que llamamos amor”– donde habitan estos monstruos será vuelto ciudad en el poema, sublimación, caos transformado en sentido por la belleza y la confianza en el logos del cual surge y hacia el cual va, contrariamente al repudio que quisiera la corrección política, enfermedad endémica de nuestro tiempo.
En honor a la verdad de la lectura amorosa y atenta, sin merma de la admiración ante un libro como este, cruzado de aciertos y hallazgos formales e intuitivos, debo decir que, el hecho de que Micelio sea proyectado y preconcebido como parte de una saga, lo vuelve vulnerable a dos condiciones no siempre afortunadas: la prolificidad del autor y la reiteración de ciertas obsesiones. La primera, más bien indirecta y derivada de un rasgo inherente del talante creativo del poeta; la segunda, manifiesta en la escritura de los poemas con la –a veces– excesiva reincidencia de ciertas palabras, imágenes y alusiones debido al deseo superlativo de unidad y organicidad. Ambas inclinaciones son finalmente compensadas y adquieren sentido gracias a la imaginación y altura de miras de las indagaciones poético-filosóficas de Armenta Malpica, y al excelente poeta que es, lo cual le otorga los filos necesarios para que el oído háptico transforme las reiteraciones en hermosos acordes, disonancias y tonalidades benéficos para el poema.
La poesía es la expresión más íntima y real de la consciencia humana, de su estar aquí: en ella están los trazos del retrato verbal de una vida que supo, en algún momento, volver el lenguaje acto de voluntad y libertad manifiesta. En ella, como en el sueño, se disuelve el desplazamiento temporal y la cadena lógica de las proposiciones; en ella, el habla intenta trascender, por fin, su condición de red para volverse (y volver a la) música: musurgia universalis. Ante el advenimiento del autómata de la I.A. en sus presentes y futuras representaciones, el orden poético del lenguaje será el último reducto en pie, la trinchera final de lo que nos hace humanos. Celebro este libro de poemas que cantan y resisten en la última frontera.























