Marco Perilli, El puente tibetano, UANL/Bonilla Artigas Editores, México, 2025, 160 páginas.
El puente tibetano (Bonilla Artigas Editores, 2025) del escritor italiano –radicado en México “desde 2003”– Marco Perilli (Trento, 1964) es un libro misceláneo formado por veinte sondeos literarios: “Apología de la discriminación”, “La metáfora en el cine”, “Balzac”, “La Comedia de Dante: artificio del discurso divino”, “El sueño de la traducción engendra monstruos”, “El frío que descompone el alma. Literatura del Gulag”, “Proust y Titivillus”, “Proust y Dostoievski”, “Cine, lenguaje, nueva iglesia”, “Un espejo que se pasea”, “Una de dos”, “Bulgákov”, “La edición crítica de la realidad”, “Calvino”, “Dante y Marcel”, “Especie humana”, “Los múltiplos de la precisión”, “Roberto Calasso”, “Puntos de vista” y “El puente tibetano”, que presta su nombre al trabajo.
Dicho en otras palabras: reunión de textos heterogéneos (artículos, ensayos, diálogos, glosas) publicados –entre 2005 y 2023– en revistas, diarios y suplementos culturales mexicanos (por ejemplo: Nexos, Liber, Este País, Milenio, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Al Viso, El Cultural y Confabulario), El puente tibetano es un Tarot literario donde aparecen, entre otros, los Arcanos de Dante Alighieri, Marcel Proust, Pier Paolo Pasolini, Italo Calvino y Roberto Calasso.
El libro incluye, por ejemplo, una conversación con algunos grandes escritores del pasado –acaso en busca del diálogo perdido– y un recordatorio, cimentado en Stendhal, del papel de la novela como espejo crítico de la realidad (p. 87); una lectura –en clave posthumana, algo insípida– de Las partículas elementales de Michel Houellebecq y una exhaustiva reseña de la “literatura del Gulag” (p. 37) que comienza con los Relatos de Kolimá de Varlam Shalámov y termina con Vida y destino de Vasili Grossman.
De cualquier manera, polígono de muchas facetas como su autor –Marco Perilli es traductor, ensayista, novelista, poeta, cuentista y editor–, El puente tibetano se ocupa también de las referencias a Dante en las obras de Balzac y Marcel Proust, de la presencia demoniaca de Stalin en El Maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov y del punto de vista narrativo en las obras de Dante, Virgilio, Balzac, George Orwell, Marcel Proust y Gustave Flaubert.
Grosso modo, El puente tibetano es un carrusel casi siempre “memorable” (p. 66) de textos exegéticos donde, además de releer con acierto las sugerencias de Italo Calvino para este milenio y de organizar un diálogo en el infierno entre Marcel Proust y Dostoievski, por ejemplo, Marco Perilli se da el lujo de conversar, de manera imaginaria, con el dumezilista Gerardo Deniz (1934-2014) en una especie de visita guiada por su prosa de marras.
Ahora bien, alma del siglo XX –diría José Ortega y Gasset (El espectador, Salvat Editores, España, 1971, p. 149)– interesada en ver el “suelo bajo nuestros pies” –Dante (p. 25) y Ósip Mandelshtam (p. 75)–, Marco Perilli cree que “los mitos románticos del yo” –al ensalzar, por sobre el “artificio” divino, “al genio personal” o “individual” (pp. 24-25)– rebajaron “la idea de creación” (p. 24) en el nuevo “umbral de la modernidad” (p. 24), al mismo tiempo que los nuevos ideales de progreso (p. 27) marginaron al Purgatorio y al Paraíso de la Historia, ahora vivida, sobre todo, como Infierno polimorfo: “biblioteca del horror, psicodrama íntimo y social” (p. 27).
Por ende, El puente tibetano es “la bitácora” (p. 91) de un lector “apocalíptico” –según la tipología de Umberto Eco (Apocalípticos e integrados, Lumen, España, 1984)– que “se desdobla en dos” (p. 92) para ver, como un Dante moderno (p. 26), por ejemplo, “el mito clásico” (p. 91) y Netflix (p. 66), la guerra en Ucrania (p. 75) y el Gulag soviético (p. 37).
Por lo demás, si Pasolini fue un “intelectual” (p. 89) que sondeó, para comprenderla, “la conciencia sucia” (p. 88) y la abyección de su tiempo, Marco Perilli es un “testigo” (p. 84) y exegeta que mira con severidad el “conformismo” (p. 35) de “ciertos sectores progresistas” (p. 123) carentes –a su juicio– de todo “virtuosismo crítico e interpretativo” (p. 65).
Desde su punto de vista, más que “burlar las normas de una cultura rancia” (p. 64), el nuevo lenguaje de la corrección política –“asexuado, impersonal, ambiguo, incluso impronunciable cuando la incógnita sustituye la vocal”– “mutila la consciencia de su función primaria”: la capacidad de “reconocer, diferenciar, situar, asociar, articular” –articular, diría Ezra Pound, es dividir en zonas (El ABC de la lectura, Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, España, 1934, p. 35)– con veracidad el pensamiento (pp. 67-68), lo que dificulta “una genuina y posible comunión” (p. 69) y convierte al lenguaje en el “chivo expiatorio” (p. 67) de una masa indolente.
En este sentido, cabe anotar que, en su examen crítico de la situación actual, Marco Perilli encuentra que la nueva censura literaria –hija de la nueva corrección política y moral– resulta incapaz de realizar “un ejercicio de alto rendimiento intelectual” y exhibe una incompetencia total para emprender cualquier discriminación o “jerarquización estética” (Guillermo de Torre), pues olvida que “discriminar” (p. 11) es un arte y una manera de alcanzar cierta “belleza” (p. 12).
En todo caso, enemigo declarado del “totalitarismo del significado” (p. 13) y antagonista de cualquier tipología “perezosa” o caracterología “de calcomanía” (p. 13) basada en el “color de la piel”, el “sexo” o la “religión”, Marco Perilli es un pensador “implacable” y de “largo aliento” (p. 13); un fotógrafo de la tradición que, al leer un libro, “explora el mérito y la tara” (p. 13) –verbigracia: señala un error en La prisionera que ilumina el “método de Proust” (p. 46)-; un “artesano” (p. 104) del ensayo que practica el “juicio que tantea” y el “razonamiento ponderado” (p. 13); un novelista atento, como “Umberto Eco” (p. 23), a los límites de la interpretación; un ensayista de “criterio discreto, que discierne y discrimina” (p. 12).
De hecho, escritor que persigue cierto “ideal renacentista” (p. 143), Marco Perilli cultiva, como Calasso, el arte “de la sprezzatura”, es decir, “el arte de ocultar el arte y demostrar que lo que se hace y se dice se hace sin esfuerzo” (p. 143).
Por otro lado, como Umberto Eco (1932-2016), Marco Perilli es un escritor interesado en “la interpretación” (p. 67) veraz de los textos; un lector perspicaz y siempre atento “al contenido, al contexto, a los motivos, al escrutinio del argumento a examinar” (p. 13). Por consiguiente, al hablarnos de la Comedia de Dante o al mirar las novelas de Balzac desde la perspectiva de su propia “época” (p. 63), logra realizar una “lectura absorta”, donde cada obra es comprendida, de forma razonable, desde su propia “realidad” (p. 28) y no desde la torre “moderna” (p.123), donde proliferan “la ‘frase’ y la barbarie”, para decirlo con palabras de Ortega (El espectador, p. 154).
Sin embargo, lector que celebra la traducción que hace cada nueva generación de los clásicos –sin la cual “quedaríamos varados en el charco de una región opaca, privada de memoria” (p. 34)–, Marco Perilli comprende que “cada época traduce a su manera y a su manera se traduce” (p. 34) y de ese modo construye un espejo a su propia medida, alta o baja, superficial o profunda, hermosa o grotesca.
De cualquier manera, libro crítico de un mundo donde “el afán de reemplazar el fondo por la superficie es la bandera que agita, en el viento del consenso, la liturgia popular del credo compartido” (p. 66), El puente tibetano es un “acorazado” (p. 16) enemigo de la homologación y, por tanto, del fascismo –pues, para Marco Perilli, no sin razón, “fascismo es homologación” (p. 94)– que prefiere moverse en el “territorio variopinto y borrascoso de la complejidad” (p. 67), “un mapa literario que ilumina los andamios de la tradición” (p. 98) y una “malla” (p. 90) de “trama elástica y promiscua” (p. 111) que aglutina textos “complejos, contradictorios y provocadores como el mundo real” (Umberto Eco, Seis paseos por los bosques narrativos, Lumen, España, 1996, p. 131).
Dicho en menos palabras, El puente tibetano es un libro que sigue “un esquema dinámico, variable” y “sensitivo” que ausculta, “capta interferencias” e interpreta lo que está a su paso (pp. 110-111) en numerosas “capas de juicio” (p. 143); un “coro anárquico” (p. 111) donde las voces “corren paralelas hasta cruzarse y encarar sus diferencias, sus cualidades opuestas y complementarias, su antagonismo” (p. 121).
Visto desde otra perspectiva, el libro de Marco Perilli es un “juego de espejos” (p. 84) que multiplica las voces y “los reflejos minuciosos” (p. 84) de la reflexión; “un paseo al aire libre” (p. 80) por “una zona franca” donde es posible ejercer un credo personal ajeno al “monoteísmo” (p. 79) de la corrección política.
No está de más anotar que, como discípulo del “chamán de Calasso” (p. 42), Elémire Zolla (1926-2002), Marco Perilli ha decidido encarnar –si no entiendo mal– al exegeta que considera “necesario reapropiarse de la tradición y desestimar el respeto a los usos imperantes” (Marco Perilli, “Diálogo con Elémire Zolla”, revista Paréntesis número 7, febrero 2001, p. 61). Tal vez por eso, contra la “hipnosis de la costumbre” (Cristina Campo, citada por Marco Perilli en “Italianos, metafísicos, asesinos”, revista Letras Libres número 43, julio 2002, p. 91) y “las imposiciones de la sociedad” (“Diálogo con Elémire Zolla”, pp. 61 y 63), el autor de Vesuvio (2021) se ocupa de sus propios «libros sacros», critica la “fraseología” de moda (El espectador, pp. 145-154), y nos transmite “una visión apocalíptica” (p. 26) “del mundo actual” (p. 88).
Por lo demás, compendio de “alcance literario, reflexivo y moral” (p. 93), El puente tibetano me parece un libro heredero, como Seis paseos… (p. 47) de Umberto Eco, de las “estrategias estilísticas” sugeridas por Italo Calvino para este milenio (p. 97) y un espacio de prosa “radiante” (p. 63) donde “tradición y experimento se balancean” (p. 91) para “construir una forma” (p. 90) o puente literario que bien podríamos llamar “didascálico” (p. 91); un mural asimétrico donde Pier Paolo Pasolini –ese maestro en el arte de fundir la imagen con la idea– parece el “poeta que vio más lejos en la genealogía del mundo actual” (p. 88) y un “texto sagrado” –“cada quien tiene sus libros sacros”, decía Zolla (“Diálogo con Elémire Zolla”, p. 63)– donde Roberto Calasso resulta el defensor de una visión que parece reconciliar el alma con el cuerpo.
De igual manera, obra donde Proust utiliza con mayor frecuencia “la escala de grises” (p. 117) en su paleta novelística y Dostoievski parece representar la “polifonía introspectiva” (p. 118) de alguien preocupado por el arcoíris del pecado (p. 118), El puente tibetano es una odisea inteligente por los arquetipos de la literatura y un paseo dantesco por los infiernos y “meandros” (p. 34) del mundo “transmoderno” (Rosa María Rodríguez Magda); un “laboratorio” (p. 143) donde la realidad es observada bajo “una lupa de aumento” (p. 132) y un libro de “exegeta” (p. 25) donde “el lenguaje no es [mera] ilustración, es el guion del pensamiento que sucede, un palimpsesto, la búsqueda incesante del sentido, es la puesta en escena de la diferencia” (p. 69).
Finalmente, trabajo donde «la palabra es viaje y pasajero, causa y efecto de su alcance» (p. 34), El puente tibetano es una vasta y formidable “fotografía” (p. 17) donde Marco Perilli expresa, en un diálogo “al tú por tú con la tradición” (p. 143), su entusiasmo por la “civilización del comentario” (“Diálogo con Elémire Zolla”, 63), su fastidio ante el “guirigay contemporáneo” (p. 68) y su “fe en la experiencia radical de la empatía” (p. 143).
P.S.
Mis únicas críticas de cierto peso a El puente tibetano –las anoto aquí con desgano, aunque son fruto de una relectura, creo, un poco más atenta del libro– son que Marco Perilli se “nutre” (p. 77) a veces del estilo beligerante y antifascista de Pier Paolo Pasolini –que algo tiene, por desgracia, de “extremismo verbal, tan italiano o tan operático” (Christopher Domínguez Michael, Retrato, personaje y fantasma, Ai Trani, México, 2016, p. 95)– y que su prosa más partidaria parece acoger, en ocasiones con dureza –“mentes frágiles” (p. 69); “ideario andrógino del conformismo de charol” (p. 35)–, cierta “universalidad abstracta”, para decirlo con palabras de Octavio Paz (“El caso de Borís Pasternak”, Obras completas, tomo 2, FCE, México, 1994, pp. 139-140).























