Ezra Pound: Filósofo de taberna

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Traducción de Armando Pinto

Cuando escribimos sobre aquellos que conocimos años atrás y cuyo carácter, revelado en el ínterin por sus acciones, sufrió a ojos vistas una transformación o cambio radical, existe siempre la tentación de construir una retrospectiva elevada y superficial. Es esta tentación la que yo, al hablar de Ezra Pound, trato de evitar. Trataré de presentarlo tal como lo conocí en los años veinte y principios de los treinta, sin ningún ánimo moralizante motivado por el hecho de que hoy esté acusado de traición a su país y, si se le encuentra lo suficientemente cuerdo para ser sometido a juicio, pueda enfrentar la pena de muerte. Resulta desagradable, al ahondar en el pasado de un hombre así, decir con un aire de omnisciencia: siempre lo supe. No sólo es de mal gusto, también puede ser falaz. De hecho, no sólo no lo sabe uno siempre sino que nunca lo sabe uno.

La verdad es que la naturaleza humana cambia, para bien o para mal, y el individuo progresa o retrocede. Lo cual no quiere decir que al mirar al pasado con la perspectiva y la profundidad que poseemos hoy, no pueda ser uno capaz de descubrir ciertos rasgos, ciertas taras o defectos en el hombre y, en el caso del escritor, en su trabajo, que pasaron desapercibidas en ese momento pero que echan una luz reveladora sobre la subsecuente carrera de ese individuo. De hecho es un proceso que podría ser aplicado provechosamente por los estudiantes de literatura a los escritos y, en tanto los hechos lo permitan, a las vidas de figuras como Pound, Yeats, Hamsun, y Hauptmann. Pero alguien que los conoció personalmente hace un cuarto de siglo debe esforzarse en describirlos al mismo tiempo tal y como los conoció entonces, con todas sus cualidades buenas y encantadoras y sin la malicia de una idea tardía, ¡pues con mucha frecuencia la malicia se cubre con un manto moralizante!

¡Cielos! Ese cabrón está acabado. Sería fácil citar estas palabras del Canto XX de Pound, pero hacerlo no solucionaría nada. Debemos cuidarnos de quemar a los quemadores de libros que valen la pena.

La impresión más viva que tengo de Ezra tal vez seguirá siendo la de sus amplios hombros llenando el marco de la puerta de mi departamento de Montparnasse, su camisa byronesca, su barba color venado. Nuestra relación había comenzado por correspondencia algunos años antes, cuando yo vivía en Chicago. Como Mencken, Aldington, y otros, Pound había sido atraído por mis luchas en la prensa contra la intelectualidad local. Cuando Keith Preston atacó los poemas de Aldington, por ejemplo, yo salí en defensa del imagista británico, el cual me escribió una carta de agradecimiento; y hubo algunas cosas que dije sobre Poetry de Miss Monroe que llevó a Pound a enviarme sus cartas: “Harriet me jode.” En Rapallo había lanzado su revista Exile, pero no lograba tener éxito; por ello le sugerí a él y a Pascal Covici que éste se hiciera cargo de la publicación y la llevara a Chicago, lo cual hicieron. Del estudio de Pound en Rapallo al desván en South Wabash Avenue había un buen trecho, pero este tipo de cosas eran típicas en el mundo literario anglo-norteamericano de ese periodo.

Como Ezra se había mudado ya a Italia, no lo conocí en persona hasta algún tiempo después de mi llegada a París; pero había tenido la oportunidad de hacerme una impresión de él a partir de los comentarios de sus amigos y conocidos. Entre aquellos que lo conocían bien no creo que haya habido alguno que no estuviera divertidamente consciente de sus manías, sus puntos vulnerables, en incluso sus defectos más serios; pero eso no impedía en lo más mínimo su aprecio por Pound el poeta, a quien respetaban mucho más que al Pound escritor de prosa o al Pound crítico –con frecuencia por el crítico no tenían el menor aprecio, en especial por la elección de sus protégés. Así Ford, quien le tenía un cariño personal a Pound, y una elevada opinión de su trabajo, no dejaba de bufar por sus “estupideces” (pues Ford nunca tomaba esos asuntos con ligereza) y Aldington, en un momento jocoso, me dijo: “¿Pero Sam, no te das cuenta de que así como nosotros no tenemos hijos Ezra no tiene ni una idea?”

Esta última opinión era bastante común, y no podía más que ser reforzada por la erupción epistolar de Pound y por lo embrollado de su “pensamiento” revelado en forma de artículos y editoriales; la sección editorial que conducía en la New Review es quizá el mejor ejemplo de esto, una tendencia que habría de culminar en su Jefferson/ or Mussolini, su árida y confusa exposición de la teoría del crédito social de Major Douglas, y, finalmente, sus emisiones en la radio fascista en Roma. Cuando uno lee las tonterías que borbotó a montones, se siente tentado a tomar el comentario de Aldington literalmente. Parecía increíble que éste fuera el mismo escritor que nos había dado los Cantos y que era considerado como uno de los exponentes más relevantes de la poesía cerebral. ¿Cómo reconciliar esa aparente contradicción?

Pienso que, en especial para los británicos, la dificultad reside en su inhabilidad para comprender que tan norteamericano –norteamericano del Oeste—era Pound. No estaban familiarizados con los rústicos filósofos de las tiendas y bares de los cruces, tipos que han existido y aún existen, de Maine al estado de Idaho, donde Pound nació. Son tipos que, los conozco desde mi niñez, están casi invariablemente “en contra del gobierno” y son adictos a “decir con palabrotas” las cosas tal como son. En política tenemos una sublimación de ese personaje en Harold Ickes, el “viejo cascarrabias.” Lo que es difícil de comprender es la sorprendente combinación que uno encuentra en Ezra del filósofo rústico con el fino poeta expatriado y sus temas e intereses, que abarcaban de Provenza a la vieja China, de Guido Calvancanti al Ta Hio.

Con todo y su amplia cultura poética, Pound había permanecido sentado en el bar del pueblo (una metáfora que, por cierto, a él le gustaba utilizar); considerado por lo común como el típico hombre de letras cosmopolita, había conservado, en su actitud hacia la sociedad y los asuntos del mundo, una visión pueblerina. Se necesitaría un psiquiatra social para decir cómo fue que esto sucedió, pues hubo sin duda factores sociales y psicológicos, ambientales y tal vez hereditarios, involucrados. Yo permanecí en contacto con el padre de Pound, un oficial retirado del ejército regular que también vivía en Rapallo, y las cartas de él que conservo en mis archivos son como las de él, salvo por las estrafalarias abreviaciones ortográficas (que Ezra parece haber copiado de la correspondencia de Flaubert). El padre estaba orgulloso de su hijo –entre líneas se podían escuchar sus risillas ante las palabrotas de aquél y siente uno que él también debió ser adepto a ese arte.

Cualquiera que sea la explicación, Pound conservaría y se deleitaría con sus actitudes pueblerinas y estaría “contra” más y más cosas conforme el tiempo pasaba: la “insolencia” de los attachés consulares y los oficiales de aduanas, el “comercialismo” de los editores americanos que se rehusaban a perder dinero en su obra y en las de sus protegidos; la “estupidez” de los reseñistas norteamericanos y los censores de libros, hasta que decidió volverse hacia Mussolini y, como un Babbitt reaccionario, blandir el argumento de que ¡Il Duce cuando menos había hecho que los trenes llegaran a tiempo! Pound se habría de convertir en un perenne altoparlante y ávido lector del Congressional Record (esto, en los veinte) y corresponsal de senadores que reflejaban cada vez más su misma opinión política.

Tras todo ello iba a observarse un deliberado estrechamiento de interés intelectual que poco a poco tomaría el aspecto de una desagradable arrogancia y egotismo. El aspecto literario de esto puede verse en trabajos como su ABC of Reading, el cual es poco menos que un insulto a la inteligencia del lector. Para Pound había sectores enteros de la literatura del mundo que sencillamente no existía. Una de ellas era la rusa. No se puede encontrar en su tratado ninguna mención a “esos rutsos”, como siempre los llamaba. Dostoievski, Gogol, Gorky, Chejov, todos los grandes nombres del siglo xix en la tierra de los zares no significaban nada para él. Turguénev era el único a quien, a regañadientes, reconocía. Pudiera ser que su disgusto y, sospecho, su temor, por la Unión Soviética y el comunismo marxista (aunque fingió coquetear con ambos durante un tiempo) tenía algo que ver con ello.

En el terreno de la literatura contemporánea su gusto estaba igualmente limitado. Todo lo que podía ver era a sí mismo y a un puñado de viejos amigos y discípulos: entre los americanos, Zukofsky, McAlmon, William Carlos Williams. Por lo que toca a “Parson Eliot”, como llamaba al autor de The Waste Land, refunfuñaba e incluso se mofaba de él pero lo defendía ante cualquier ataque. En Francia, el único que importaba, aparentemente, era Cocteau—y tenía algunas palabras positivas para Aragon, si es que llegaba a pensar en él.

Tengo un vivido recuerdo de eso cuando consulté a Ezra con relación a los escritores que debían ser incluidos en la sección francesa de la European Caravan. “Dame un papel y un lápiz.” Se los pasé. Levantó el lápiz en el aire con un gesto elocuente y frunció el entrecejo para que yo asumiera que estaba pensando realmente en el tema. “Déjame ver, tenemos a Cocteau, por supuesto…” Escribió una nota. “Está Cocteau…” Y, aunque parezca increíble, hasta ahí llegó la lista. ¡Cocteau fue el único en el que Pound pudo pensar o él único al que consideró digno de ser incluido en la antología de escritores franceses modernos! Recuerdo haber intentado que pensara en otros, pero siempre fue muy difícil mantener a Ezra en un tema determinado, conversar con él era saltar de un tema a otro, y él se las arregló para salir de la casa sin agregar a nadie más a la lista y sin el menor signo de embarazo.

En ese tiempo lo atribuí a las excentricidades del genio, pero ahora no estoy tan seguro. No estoy seguro de hasta qué punto Pound conocía a los escritores jóvenes franceses de la posguerra. Era vagamente consciente de los surrealistas, mientras que Aragon y Cocteau eran sus conocidos de tiempo atrás, y eso, descubrí, marcaba para él la diferencia. Su amistad con Cocteau era sumamente cálida. Una vez lo acompañé al cuarto de hotel donde el autor de Opium yacía enfermo, recobrándose de los efectos de la droga, y recuerdo como se agachó y abrazó al pálido y tembloroso Jean.

De hecho, había otros que tendían a dudar de la amplitud y profundidad de la erudición que Pound se empeñaba en mostrar. Flint contaba una anécdota a propósito de ello.

Un día encontramos a Pound con un ejemplar de Tácito en la mano. ‘¿Puedes leer eso?’, le preguntamos. ‘Espero que sí,’ replicó. ¡Y todos lo esperamos también!”

Hay que ser indulgente con el malicioso humor de Flint. No era tan malo como eso; pero había más de uno que se preguntaba si Pound era el erudito en cuestiones chinas que aparentaba ser.

En Londres, es cierto, era definitivamente impopular. A mediados de los años veinte aún se recordaba que había estado en medio de la batalla estética que se armó alrededor de Wyndham Lewis, el vorticista, y su revista Blast. Fue durante esos años (hacia 1916) que Pound hizo uno de sus descubrimientos, del cual estaba orgulloso: el escultor Gaudier Brzeska. El incontrolable Mr. Flint tenía también una divertida versión de ese incidente. Según él, Pound dijo: “Entré al café un día y Gaudier estaba sentado ahí. Lo miré y de inmediato supe que era un genio. Y tenía razón.” Pound se mantuvo en Londres durante la guerra. Aldington estaba en las trincheras, Ford había entrado a la sección de enlace, e incluso Eliot trató sin éxito de enlistarse en la armada; pero Pound, a salvo fuera de ella, apenas dio indicios de estar consciente de que había una guerra. No hay la menor huella del conflicto en su obra, tampoco alguna reflexión de sus consecuencias espirituales, como sí se encuentran en Gerontion o en The Waste Land de Eliot. En vez de ello, estuvo preocupado casi por completo por cuestiones estético-literarias: con Blast y los vorticistas; con Gaudier Brzeska; con la preparación y publicación de su Lustra y sus Pavannes and Divisons; con los simbolistas franceses, con el teatro “no” japonés, la poesía china, con de Gourmont. Los años de guerra fueron para él de intensa actividad literaria; lo que podría haber indicado que su segundo periodo estaba concluyendo y estaba casi a punto de entrar en el siguiente, señalado por la publicación de su obra maestra, los primeros dieciséis Cantos, en 1925. Pero con todo, no rehuía participar del apreciado arte whistleriano de hacerse de enemigos; pues parece haber hecho uno de cada habitante de la ciudad conectado con la profesión de las letras. Fue entonces cuando se mudó al otro lado del Canal aunque siguió escribiendo para Criterion durante algún tiempo.

Luego siguió, a principios de los veinte, lo que podría ser descrito como su interludio musical. Al ocupar su residencia parisina en la pequeña rue de Seine, procedió, en palabras de John Rodker, a llenar el vecindario con toda clase de extraños sonidos practicando el “ruidoso fagot”. Pues, si bien no es algo conocido por el público amplio, Pound es músico tanto como poeta y puede encontrarse en el Who’s Who británico como “poeta y compositor.” Villon fue la influencia que lo impulsó; y en 1926 su ópera basada en el Testamento del poeta fue interpretada parcialmente en París. Mientras tanto, Pound había hecho otro descubrimiento, el de George Antheil, y su Antheil and the treatise on Harmony apareció en 1924. También, una vez más, se había peleado con todo y con todos y se mudó a Rapallo, Italia.

Fue en Rapallo, junto al bello lago del norte de Italia, donde encontró un refugio por fin. Aquí las condiciones eran casi ideales para él. Aliviado del estrés de los encuentros personales y las controversias cara a cara, aún se enfrascaba en peleas –y a menudo tenía la última palabra- a través del correo; pero a su alrededor, en el pequeño pueblo italiano, había reunido un círculo que le proporcionaba la adulación sin lo cual, a pesar de su belicoso temperamento, parecía no poder vivir. En el café en el que se reunía su cénacle, el objeto más destacado era el busto que le hizo Gaudier, una especie de buda americano frente al cual, en espíritu, todos los presentes se arrodillaban. El parecido, de paso, es algo digno de estudio. Con los párpados cerrados y el efecto de máscara mortuoria, se pretendía sin duda que fuera heroico; pero es posible que como retrato diga más que el objeto realizado. La excusa del artista puede ser la línea plástica, pero el efecto es similar al de algunos retratos de Goya, en los cuales el pintor, mientras parece idealizar a su modelo, hace un magistral e insospechado trabajo de descripción del carácter. El busto de Gaudier, que ha sido reproducido muchas veces, muestra una cara regordeta, carnosa antes que espiritual o poética; pero es la imagen suya favorita de Pound.

Por iniciativa de Pound se fundó una pequeña revista, L’Indice en las cercanías de Rapallo, y en sus columnas (en italiano, por supuesto) él hablaba extensamente de escritores como Robert McAlmon, Louis Zukofsky, Karl Rakosi y los americanos Objectives (hace tiempo olvidados), John Rodker y uno o dos más; la impresión que daba era, como de costumbre, la de que ellos eran los representantes que valían la pena de la literatura contemporánea en inglés, los únicos de hecho. Al mismo tiempo insertaba un suelto en Il Mare de Génova invitando a los escritores italianos a someter obras para su traducción al inglés, “siempre y cuando soporten las ácidas pruebas de la crítica de Zukofsky, Eliot, y W. C. Williams.”·Era una peculiar forma de boxeo de sombra en la que se complacía durante esta última fase de su migración; pues los italianos, vale decirlo, sencillamente no sabían que se traía entre manos, como diría él mismo, y si hubieran dependido de sus orientaciones se habrían formado una extraña idea del panorama literario moderno norteamericano.

De todo esto debería ser evidente que Ezra había tomado lo que para él era el camino más fácil. Protegido del mundo, tenía forma de seguir hablando, pero preservando sus rencores y continuando con su boxeo a distancia. Cuánto podría haber durado eso si no fuera por el cambio de la situación del mundo o si hubiera huido de ahí, es difícil decirlo. De hecho no había lugar a donde ir; pues con tantas décadas de residir en el extranjero Pound resistió el urgente pedido de sus amigos “Regresa, ven a echarle un ojo a Norteamérica,” le decían, “no la has visto durante casi veinte años; siempre te estás quejando de ella y atacándola, y ya no sabes cómo es.” Pero él estaba seguro de saberlo. ¿No eran los editores norteamericanos y los reseñistas fríos con su trabajo y con el de sus “descubrimientos.”¿No eran los oficiales presuntuosos, y los funcionarios de aduanas insufribles? Si a esto agregamos lo que leía en el Congressional Record, ya sabía todo lo que quería saber sobre Norteamérica.

No es necesario decir que una huida tal habría sido imposible para cualquier escritor sin un apoyo financiero seguro. No todos podrían encontrarse en Rapallo, donde podía echarse en un jardín bañado por el sol –en camisas byronescas sport importadas de Londres a 12 dólares cada una—a componer obras para la posteridad. Ezra no podría haber hecho eso si él y su mujer, Dorothy Shakespeare, no hubieran tenido dinero; pues ciertamente él no se ganaba la vida, a esa escala, con sus trabajos. No fue sino hasta que Estados Unidos entró a la segunda guerra mundial y los suministros de fuera se interrumpieron, que los Pound sintieron el apretón y comenzaron a depender exclusivamente de sus ganancias en la radio italiana, que iban de seis dólares a veinte por programa. Por casi cuarenta años, desde el momento en que por primera vez salió al extranjero en 1906, había estado comparativamente libre de preocupaciones financieras –o preocupaciones de índole económica en general—y esto, junto al viejo principio del “determinismo económico” en el trabajo, y la prolongada separación de la vida de su tierra natal, no podía sino afectar la tendencia de su, si podemos llamarlo así, pensamiento político.

Antes del día en que Pound llegó a verme en París, yo había tenido la oportunidad de conocer mucho de sus antecedentes personales, incluyendo detalles que no se imprimarán en los manuales literarios del futuro, y también la oportunidad de formarme una idea de él a partir de los comentarios hechos por aquellos que lo conocían bien, incluidos aquellos que se consideraban a sí mismos, y eran, sus amigos; sus amigos, como he dicho, conocían sus debilidades y a pesar de ello lo respetaban como poeta. Yo, después de conocerlo en persona, me sentí agradablemente sorprendido. No era el individuo pendenciero que había esperado encontrarme; tenía por el contrario modales suaves, era agradable, para nada esnob, y parecía siempre dispuesto a hacer un favor. Es posible que con algunos desplegara su temperamento rijoso, pero no conmigo. Su belicosidad, como pude ver, se mostraba más bien en su correspondencia que en el contacto personal. Me sorprendió ver que era sumamente democrático en cuanto a la posición social; si de algún modo era aristocrático o esnob, lo era respecto a su habilidad artística y sus logros; lo que exigía a cualquiera, escritor, editor, librero, o quienquiera que fuese, era inteligencia, competencia, integridad, una sincera devoción a las artes.

Él no nos visitaba a menudo, pero cuando Rapallo (incluso Rapallo) comenzaba a perder su atractivo para él, tomaba un tren a París, y posiblemente, seguía hasta Londres. Pound no evitaba Montparnasse, pero no frecuentaba el Carrefour Vavin pues sólo iba allí cuando tenía que verse con alguien. Cuando estaba en la ciudad iba a comer al Fouquet, el cual estaba fuera del alcance del bolsillo de la mayoría de nosotros, donde encontraba a Ford, Joyce, Sylvia Beach, tal vez Cocteau y uno o dos más, y luego escapaba otra vez. En estas visitas era acompañado algunas veces por su amiga Olga Rudge, la violinista norteamericana que vivía en Venecia y cuyo orgullo era haber recibido el pedido de una actuación de parte de Mussolini. Ambos, ella y Pound, parecían aceptar el régimen de Mussolini sin cuestionarlo y con aprobación tácita; no era un asunto que tuviera que discutirse y, en todo caso, jamás escuché a Pound referirse a la política en las conversaciones, aunque con frecuencia lo hacía en sus cartas.

Cuando venía a París nunca dejaba de ponerse en contacto conmigo, pues siempre había algo por lo que deseaba verme. Yo actuaba como el representante de Pascal Covici, quien había sacado Exile en Chicago, y más tarde de Covici-Friede de Nueva York; y después de que Pound se convirtiera en editor asociado de la New Review, nuestra relación se hizo más estrecha aún. Al tratarnos más, particularmente en relación con la edición de la revista, comencé a descubrir lo mucho que de norteamericano pueblerino había en él: la misma terquedad, el mismo estar-contra-todo, el mismo carácter mandón, la misma susceptibilidad que uno encontraba en, literalmente, millones de sus paisanos.

La terquedad parecía siempre haberlo acompañado. Como estudiante en la universidad de Pennsylvania, se hizo odioso al defender la posición de los esclavistas sureños durante la Guerra Civil. Al mismo tiempo, tuvo desde sus primeros años la pasión de ser diferente, su barba color venado no fue sino una manifestación, y solía pavonearse por el campus con su capa y boina europeas. En cuanto a su carácter mandón, su actitud dictatorial, fue lo que constantemente lo metía en problemas donde quiera que fuese y lo que hizo que abandonara primero Londres y luego París. Su susceptibilidad estaba íntimamente asociada con el sentimiento de dignidad personal, la conciencia que nunca lo abandonó de que él era Ezra Pound, un hecho que a los otros no les era permitido olvidar.

Este último rasgo provocó un divertido incidente cuando un día Pound, quien viajaba en un taxi, se detuvo y nos ofreció a Wambly Bald y a mí un aventón a la plaza de la Ópera. En el taxi, Ezra y yo hablamos durante unos minutos de temas de mutuo interés, con Wambly sentado atrás como una imagen grabada, erecto y rígido y con la absoluta falta de expresión de su rostro que a menudo empleaba. De pronto, en una pausa de la conversación, y sin que viniera al caso, Wambly se volvió hacia Ezra.

Vuestro apellido se presta mucho a los retruécanos, ¿verdad?” le preguntó suavemente.

Pound lo miró airadamente con la más salvaje mirada que haya yo visto. Luego, después de pedirle al chofer que se orillara, abrió la puerta del taxí.

Creo que te bajas aquí,” le dijo a Wambly.

Hubo algo verdaderamente Johnsoniano en ese episodio. A Boswell le hubiera encantado.

Como consejero literario, Pound no era de mucha ayuda. De hecho no ayudaba en absoluto. No es que no tuviera deseos de hacerlo; era más bien que el rango de sus intereses era demasiado estrechamente personal. Pound, y la media docena de escritores que aprobaba era la literatura del momento. Ya he hablado de sus esfuerzos por ayudarme a seleccionar escritores para la sección francesa de la European Caravan. Fue casi lo mismo con la New Review. Cuando le pedí que fuera editor asociado, un puesto que él aceptó de inmediato, puedo decir honestamente que no fue para aprovechar su prestigio, pues él estaba asociado de un modo u otro con múltiples nuevas revistas juveniles y concedía el uso de su nombre a cualquier publicación que le proporcionara un medio para sus quejas y mal humor; en mi caso se debió a la creencia de que podría asistirnos en la relación con la escena literaria italiana, puesto que vivía en Italia. Estaba yo equivocado sin embargo; pues pronto descubrí que tenía una idea tan vaga de lo que “I Giovanni” estaban haciendo en la península como la que tenía de “les jeunes” en Francia; su interés se limitaba al grupo escogido de sus allegados en Rapallo, ninguno de los cuales tenía la mínima importancia como escritor.

Cuando apareció el primer número de la revista, Criterion alabó la selección italiana y asumió que era de Pound, pero realmente fue hecha por mí ya sea sin su conocimiento o a pesar de sus protestas; él no me proporcionó ni un solo colaborador. Lo que a mí me interesaba, en la New Review y la Caravan, era dar un panorama completo; y esto no le interesaba a Ezra en lo más mínimo; pues esa era una época de escuelas, camarillas, movimientos y cénacles.

En ocasiones Ezra era un consejero bastante exasperante, como cuando le di un par de diccionarios y le pedí que me dijera cuál era el mejor. En lugar de abrirlos, o cuando menos echarles un ojo a las portadas, balanceó cada uno en una mano. “Este me parece que pesa más,” dijo. Pensé que estaba bromeando; pero no. Era otra de sus corazonadas o “intuiciones”, tal como el descubrimiento de Gaudier-Brzeska. No necesitaba suponer alguna ligereza de su parte, pues era, creo, la persona más carente de humor que hubiera conocido. Esa, pienso, era una de sus grandes debilidades, la incapacidad de verse a sí mismo.

Como editor asociado, se le concedió una sección para que la condujera con rienda suelta, sin ninguna restricción temática o de espacio. Estas columnas son interesantes hoy día, no sólo por la opinión sobre escritores y la situación de la literatura contemporánea que se expresaba ahí, sino por la luz que derrama sobre la evolución social de su autor; pues fue precisamente en esa época que sus puntos de vista comienzan a cambiar radicalmente, virando desde una cierta tolerancia a la izquierda política y su expresión cultural a una mentalidad pre-fascista de la clase que puede verse en su artículo llamado “Fungus, Twilight or Dry Rot,” publicado en la New Review, no. 3.

En el número inicial, Ezra manifiesta su estimación por Willam Carlos Williams, Wyndham Lewis, el New York Herald en general y la sección de libros del Chicago Tribune (edición parisina) en particular, por Cocteau, Brancusi, los surrealistas, y las pequeñas revistas norteamericanas, con, de paso, golpes a los “pseudorasts y bloomsbuggars” para provecho de sus conocidos al otro lado del Canal. Sobre Joyce escribió: “Respeto a Mr. Joyce como autor por el hecho de que no tomó un camino fácil. Nunca he tenido ningún respeto por su sentido común o por su inteligencia, a parte de sus dotes de escritor.”

En general, se sentía inclinado a alabar The Apes of God, de Windham Lewis, rematando su opinión con la siguiente observación: “Algunas veces tenemos que resignarnos ante el hecho de que el arte es lo que el artista hace, y el espectador debe contentarse sin rechistar con lo que recibe.”

Por lo que respecta a los escritores norteamericanos: “…entre los perspicaces y prudentes tenemos a los críticos Hyatt Mayor, Mangan, Zufosky. Entre los escritores de anécdota (sí, escritores de anécdota) McAlmon y Caldwell.” A la publicación comunista, “revolucionaria roja”, la critica porque alaba las burbujas de Mr. Hemingway, pero omite hablar del “torrente”.” Termina, sin embargo, declarando a esta publicación, junto con algunas otras, “d’utilité publique.” Con la revista de Miss Monroe no es tan amable: “Poetry of Chicago, ahora en su volumen 37, podría ser más útil si los jóvenes voltearan a verla y asistieran a la sufriente editora, limpiaran el polvo de su oficina, sacaran al reblandecido personal y sacudieran la sección de crítica.”

Soy Pro-Cocteau, proclamó Ezra, por la lucidez de su prosa. Soy Pro-Picabia por la lucidez de su mente. Soy Pro-Brancusi, pues en escultura no veo casi a nadie más. Soy provisionalmente Pro-Surrealista… Naturalmente, a mi edad, pienso que podría haber educado a estos jóvenes mejor de los que han sido educados, pero cuando veo a sus mayores, los literatos franceses de mi propia edad, soy a no dudarlo Pro-Surrealista y nada de lo que hagan me causa ninguna pena o asombro. Sí, soy también Pro-Leger por la infatigable honestidad de sus esfuerzos. Como dijo Brancusi: il sait vivre.”

Estos fragmentos dan una buena idea del “pensamiento” y la “crítica” de Ezra en este periodo. Por ese tiempo comenzó a escribir su Fungus, Twilight, Dry Rot (1931), aunque, obviamente, él mismo no se daba cuenta, había tomado la ruta de la ideología fascista. Había adquirido una profunda desconfianza de la democracia, del proceso democrático, y estaba empleando un lenguaje, que hoy suena familiar, de una vaga “plutocracia” y lo que hacía al “arte y la literatura” (“aht and licherachoor”). La influencia en sus consentidos y personales enfados es fácilmente discernible.

 

La democracia, evidentemente, no favorece el sentido de la responsabilidad o cuando menos el de los servidores públicos. Ejemplo conocido: algún pequeño mocoso en anónimo buró de un anónimo depto. roba a la gente millones mediante una estúpida regulación (10 dólares la visa; ejemplo conocido). Como el dinero no es para él; como no tiene el sentido animal de jefe de banda o de carterista, sólo los iluminados más chiflados quisieran colgarlo, arrastrarlo y desmembrarlo. Él no es noticia. Noticia es que el cuñado de alguien consiga 12000 dólares en un robo.

La plutocracia, sigue, no favorece las artes… la plutocracia, suspendida sobre el populacho favorece la mediocridad… la única tendencia de la kultura democrática es la de debilitar las artes y el conocimiento.” Luego hace una significativa afirmación:

 

Estaba totalmente en lo correcto hace 25 años al no preocuparme por el socialismo. No era asunto de mi tiempo. El trabajo de los últimos 25 años para el escritor o el artista era alcanzar lo que tenía que alcanzar (artísticamente) fuera del mundo existente.

 

En este punto hay una evidente confusión en la mente de Ezra entre comunismo y fascismo.

 

Cuando un país es gobernado por el uno por ciento de su población ese uno por ciento forma indudablemente una aristocracia o algo que pertenece al privilegio aristocrático. Posiblemente ninguna otra aristocracia en 1931 tiene mayor sentido de la responsabilidad que el nuevo “partido” ruso.

Sospecho que el sentido de la responsabilidad en otros lados se limita a unos pocos italianos fascistas y unos cuantos “condenados chiflados” en los países que usan esta última terminología…

Tanto el partido comunista en Rusia como el partido fascista en Italia son ejemplos de aristocracia activa. Son los mejores, los pragmáticos, los conscientes, los más obstinados, los más voluntariosos elementos de sus naciones.

 

Y finalmente:

 

Un distinguido editor norteamericano me escribe: “¿Por qué no viene a casa y escribe algunos artículos sobre el panorama norteamericano? El espectáculo es realmente fantástico. Hoover ha caído en el más completo e ignominioso colapso y todo el país está en un estado de revuelta y terror. Las colas en las panaderías se alargan día con día y en las granjas el populacho se ve constreñido a bellotas y saltamontes.”

¿Y los remedios alternativos son…?

a) ¿Una revolución proletaria?

b) ¿Una revolución de la gente refinada?

 

Fue la revolución de la gente refinada la que Pound iba a escoger. (Por cierto, ese “distinguido editor norteamericano” suena como H. L. Mencken.)

En la New Review, Ezra siguió sin funcionar aunque de ningún modo fue un editor silencioso. Constantemente estaba dando consejos, pero sus sugerencias eran tan vagas que tenían muy poco o nada de valor. Creo que se sentía herido cuando yo no adoptaba sus consejos –cuando era capaz de descifrarlos–, pero, además de unos cuantos refunfuños, se las arreglaba para mantener su humor aceptablemente bien. Pues podía ser muy ecuánime cuando decidía serlo, como lo mostró la noche de la famosa cena en la que estuvo a punto de ser apuñalado: no se mostró agitado en lo más mínimo por el sumamente desagradable episodio y no nos reprochó el haberlo puesto en esa situación.

Su reacción ante los nuevos escritores que la revista presentó fue más bien curiosa. Cuando Farrell apareció por primera vez en This Quarter, Pound me escribió expresando su entusiasmo por “Esa cosa genuina.” Pero su entusiasmo pronto se esfumó. Nunca hizo explícitas la razones para que esto sucediera, pero no era propenso a entusiasmarse por ningún descubrimiento que no fuera suyo. Sospecho que había algo demasiado popular en El joven Lonigan para satisfacer su paladar. En cuanto a Henry Miller, desdeñaba demasiado su trabajo incluso para discutirlo. En esas situaciones buscaba con frecuencia refugio en una actitud de pocas palabras que no lo comprometía; no era invariablemente el intrépido y mordaz guerrero que daba la impresión de ser. Esto se reveló, en 1930, cuando un grupo de nosotros, en el Quarter, publicó un manifiesto en contra de lo que considerábamos excesos de Transition, de Mr. Jolas, y la gente de la “Revolución de la palabra.” De lo que Ezra escribió sobre este asunto en la New Review fue imposible deducir si estaba a favor o en contra de nosotros.

Hubo una ocasión en la que tuvimos oportunidad de salir en su defensa. Esto fue en 1932, cuando su ópera, The Testament of François Villon, una pieza en la que hace que los vagabundos parisinos del siglo xv hablen como gánsteres de Chicago, fue transmitida por la BBC. Con una o dos excepciones, como la del Manchester Guardian, los reseñistas ingleses fueron salvajes en su condena de la obra. “El Testamento de François Villon se mantiene como el supremo coagulo de sinsentidos”, declaró el Sunday Referee. Durante una hora tuvimos que escuchar la quintaesencia de la estupidez formar una abigarrada confusión de supuesta poesía e histrionismo sintético.” Lo cual mostraba que el viejo espíritu del Blackwoods seguía vivo en Inglaterra. John Rodker escribió un artículo para nosotros alabando la obra lo mejor que pudo.

La ruptura entre Ezra y la New Review sobrevino en 1932, después de que Peter Neagoe adquirió parte de la revista y se convirtió en co-editor. Peter, quien era un buen amigo mío, pertenecía definitivamente al grupo Transition, de Jolas, el cual siempre habían sido hostil a Pound y jamás había tragado a su favorito, Cocteau, el “revolucionario de la palabra”, quien alguna vez había declarado que “la literatura no es sino un diccionario en desorden.” Con la llegada de Neagoe hubo cierto cambio en la política editorial y en su orientación, y Ezra se convirtió en consejero en lugar de editor asociado. Él continuó, sin embargo, hasta el número 5 –nuestro canto del cisne, como se vería luego–, en el cual publicamos el poema de Kay Boyle, “En defensa de la homosexualidad, acompañado por una carta de Ezra Pound.”

Esta era una oscura (por lo menos para mí) reapertura de una vieja disputa entre Pound de un lado y This Quarter de Miss Boyle y el difunto Ernest Walsh, por el otro. El poema fue aceptado por Neagoe y yo lo aprobé en razón de que lo consideraba un buen poema, y de acuerdo con los criterios de Pound esto tenía que haber sido suficiente. Después de la aparición del número, recibí una breve nota suya, la cual decía: “Querido Sam, recibí el número de abril. Supongo que es hora de que quites mi nombre del consejo editorial. Como sea, por favor, hazlo.” Fue bastante sorprendentemente tibio en todo el asunto; y tuve la impresión de que en varias ocasiones, mientras estaba dispuesto a lanzar fieros ataques, cuando él mismo era atacado, tendía a retirarse a su guarida, por decirlo así, a lamer sus heridas; rara vez devolvía el golpe.

Después de esto lo vi poco, pero tuvimos un almuerzo final en París, en 1933, justo antes de mi regreso a los Estados Unidos. Bill Bird, del New York Sun, también estuvo presente, y pienso que debe recordar los señalamientos que hizo Pound sobre los “editores judíos”; pues para entonces Pound era ya abiertamente anti semita. Tal vez, Mir. Bird también recordará a Pound tratando de poner palabras en mi boca, esforzándose en que yo admitiera que el “editor judío” era lo que estaba mal en la literatura norteamericana. Al alejarme del Sabio de Rapallo ese día, después de que comimos en un pequeño restaurante ceca de la Madeleine, no imaginé que sería la última vez que lo vería. A decir verdad, si lo hubiera sabido no me habría importado pues para entonces ya estaba harto de su clase de “pensamiento,” el cual ya no era solamente confuso sino depravado. No mucho después de mi retorno tuve la oportunidad, en un artículo que escribí para la pequeña revista Mosaic, de disociarme completamente de sus puntos de vista.

En cuanto a lo que sucedió con Pound durante la mitad y finales de los Treinta y principios de los Cuarenta, sólo sé lo que he leído o, con mayor precisión, lo que me contaron aquellos que estaban en posición de saberlo. Una de las cosas más chocantes que escuché tuvo que ver con su tardía visita a Norteamérica y su rechazo a entrar a la librería de Frances Steloff (Gottham Book Mart, en la calle 47 de Nueva York) por la sencilla razón de que Miss Steloff era judía. Ella había contribuido más que cualquier otra persona a conseguirle un público lector en los E. U. Su librería estaba casi por completo dedicada a los expatriados, y los Cantos, a los que dedicaba todas sus fuerzas en promocionar, siempre aparecían encabezando su lista. Sé que este incidente es verdadero porque fue la misma Miss Steloff quien me lo contó. De otra fuente, igualmente confiable, supe que le vendió un artículo a Social Justice del padre Coughlin en ¡50 dólares! Su agente literario se había esforzado en evitarlo, pero Ezra insistió. Esto me hace volver al almuerzo de adiós en París, a sus rasposas palabras, a la furia en su mirada que nunca antes había visto.

Y ahora Ezra está acusado de traición. ¿Qué será de él? ¿Qué posición otros intelectuales y escritores tomarán en este asunto? Parece ser peligroso absolver al artista de su responsabilidad social, colocarlo a un lado o por arriba de la sociedad, tratarlo como si fuera un niño malcriado. Por otro lado, sostener que Pound pertenece a la misma categoría que “Lord Haw-Haw,” “Tokyo Rose” o “Axis Sally” sería ridiculizarnos a nosotros mismos.

Algo que hay que tener en mente es el carácter de la época y los atormentadores problemas que se presentaban a los intelectuales, problemas que, ciertamente, no pueden desecharse reduciéndolos al blanco y negro infantil. La posteridad seguramente lo verá con mayor claridad que nosotros y su veredicto puede ser muy diferente al apresurado juicio nuestro. Bajo la perspectiva histórica, la visión política y acciones de Dante no fueron progresistas; ¿pero pensamos en eso cuando disfrutamos de la Divina comedia? Nos sentimos satisfechos de que nos haya dejado esa suprema visión de una época, una época en que, como la nuestra, el horizonte frecuentemente lucía gris. ¿Deberíamos haberlo interrumpido antes de que finalizara su trabajo? Y observando hoy el escenario de la posguerra, ¿podemos confiar tanto, como entonces lo hicimos, en la pureza de los motivos y las buenas intenciones de los involucrados en el lado de la “liberación.”

En cualquier caso no debemos olvidar que la rebelión de Pound el poeta, convertida técnicamente en traición, fue original y esencialmente contra la fealdad de nuestra actual civilización, aunque él magnificó sus insignificantes agravios personales más allá de toda proporción. Desde donde él lo veía, el espectáculo de la democracia tal como funcionaba en Inglaterra y los Estados Unidos no era de ningún modo inspirador. En el canto LXXX escrito en prisión y publicado parcialmente en Poetry, leemos:

 

Oh quién estuviera en Inglaterra ahora que Winston está fuera

Y es posible la duda

Y el banco puede ser de la nación

Y los largos años de paciencia

Y las vacilaciones de los laboristas

Hayan dejado que lleguen los víveres a casa

¿está habitada, como podría estarlo, la vieja terraza

con una colonia entera

si el dinero circulara, libremente otra vez?

(Trad. De José Vázquez Amaral)

 

Esto parece reflejar sus confusiones iniciales, su vacilación entre la Izquierda y la Derecha, su vieja obsesión con la cuestión monetaria.

Al criticar a Pound, nos sentimos inclinados a olvidar que una de las principales funciones del intelectual es cuestionar, dudar, desafiar, y que esa duda puede convertirse en enfermedad ocupacional. En todas las guerras hay personas que no están de acuerdo con su país ni se mantienen en silencio, y las autoridades se ven en la necesidad de prohibir sus escritos y mandarlas a la cárcel; pero en el pasado no existía la costumbre de ejecutar a esos cuestionadores una vez que las hostilidades terminaban. En cuanto a lo que se refiere a sus consecuencias prácticas, las ofensas de Pound apenas van más allá de la disensión intelectual. Si es culpable de traición al adoptar la ideología fascista fue, más bien, una traición a la causa de la cultura humana, al espíritu del hombre –una traición a sí mismo—y no hay leyes adecuadas para ese caso. Al estudiar con atención su carrera, uno llega a pensar que hubo un trágico error de su parte; y surge la cuestión si no ha sido suficientemente castigado ya.

En mi opinión, el desequilibrio de Pound ha ido, década tras década, aumentando constantemente, pero en cuanto al preciso grado de su demencia, es algo que los expertos deben determinar. Sus abogados, me cuentan, insisten en que ya estaba loco un cuarto de siglo atrás, cuando lo comencé a tratar. Y ciertamente, había síntomas visibles que apuntarían definitivamente a algunas formas de trastorno mental, como la megalomanía y la manía persecutoria.

Sin embargo, todo esto, la cuestión de su culpabilidad o inocencia política, nada tiene que ver con su posición como uno de los más grandes poetas modernos, alguien que ha ejercido una gran influencia sobre sus mejores contemporáneos, como Eliot, Yeats, y otros, y quien, una vez más, está produciendo la mejor poesía que jamás ha escrito. Ha habido poetas en el pasado que estaban casi locos y otros que fueron definitivamente delincuentes, pero sus obras siguen adornando nuestros libreros. Dejemos nuestros valores intactos. Ezra puede ser declarado o no traidor, pero sus Cantos, sin embargo, seguirán siendo la obra maestra que siempre supimos que era, y la continuaremos leyendo y apreciándo aunque lamentemos el destino del autor.