Hablar mal

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Mi abuelo paterno vivía a dos cuadras de casa. Cuando quedó viudo, más o menos a sus noventa años, empezó a venir a almorzar con nosotros (mis padres, mi hermana y yo) todos los domingos, y yo lo acompañaba de regreso a su casa. En el camino, hablaba mal de toda la familia. ¿Por qué estaba tan enojado ese hombretón? ¿Qué afrentas había recibido de sus hijos, sus yernos, sus nueras? ¿Y por qué me lo hacía saber a mí, que tenía nueve o diez años? En realidad no me hacía saber nada porque yo no entendía gran cosa, no preguntaba ni replicaba. Sí captaba que estaba furioso, y que se trataba de la familia.

Lo acompañaba un aura de polémica. Había sido muy autoritario con sus hijos, uno de ellos escribió un diario en que lo acusaba de haberlo dejado medio sordo a golpes, en su niñez en Rusia; no es seguro que fuera cierto, porque eran todos (tanto el abuelo como sus cinco hijos varones) bastante duros de oído. Papá, por su parte, guardaba un muy mal recuerdo de las peleas entre sus padres. Se había jurado a sí mismo no discutir con su esposa delante nuestro. No sé si fue una buena idea, ni viene ahora al caso decidirlo.

Después está el otro sentido de hablar mal, el tema del acento que ni mi abuelo ni mi abuela perdieron tras décadas en la Argentina. Eran doblemente extranjeros, por ser ancianos y porque hablaban otra lengua: el idish, que ellos llamaban «jargon», la jerga. «Qué poder tendría lo que dicen —escribí una vez— ancianos que no pueden pronunciar lo que hasta un niño dice bien.»

El hablar mal asociado a la vejez, y la vejez a la cólera; todo esto sin orden causal preciso: ¿no hablaban bien el castellano porque eran viejos o eran viejos porque hablaban mal? ¿Mi abuelo estaba enojado porque era viejo o era viejo porque hablaba mal y estaba enojado? Un nudo ataba todo aquello, pero sin orden, sin prelación, sin relaciones definidas de causa y efecto. Y también estaba la pobreza, la nuestra y la de los abuelos: no agudamente experimentada, simplemente percibida.

Los otros abuelos, los abuelos maternos, no eran pobres, ni parecían enojados ni hablaban con acento. Esto podría haber desarmado la asociación entre vejez, cólera y acento extranjero. Pero no, al contrario, porque dado que eran ricos y no hablaban mal, no me parecían tampoco viejos, ni propiamente extranjeros sino más bien personas sin país y sin edad. El abuelo materno había nacido en Palestina y vivido con su mujer en París y en Tokio y ahora vivía en el centro de Buenos Aires, en un edificio adyacente a la Confitería del Molino); allí el extranjero era yo, que atravesaba la ciudad interminable a bordo del pequeño auto que mi padre conducía durante una hora y media para llegar hasta esa casa donde había elefantes de marfil y alfombras persas y primos que, quizás porque vivían más cerca del centro, estaban como el pez en el agua en ese mundo fantástico. Allí se celebraban las fiestas y mientras los chicos nos aburríamos como ostras una línea irisada partía desde los caireles de baccarat de una gran araña, atravesaba los rostros cetrinos y encendía una polémica interminable en varias lenguas buscando dilucidar cuáles habían sido las diez plagas con que Yahvé castigó a los egipcios cuando se negaron a dejarnos partir.

¿Dejarnos partir de dónde? De Egipto, por supuesto. Pero al parecer al fin habíamos partido, y los abuelos habían partido también de Palestina, de Francia, de Japón para llegar a esta casa. Estos abuelos maternos no hablaban con acento, pero su departamento estaba lleno de objetos que evocaban historias fabulosas. Aquel mundo era extrañísimo, no es que yo sintiera propiamente extrañeza pero si ajenidad: quiero decir que no estaba asombrado, sino simplemente consciente de que se trataba de otro planeta. No es que todo aquello me pareciera raro, era raro, como entrar en un palacio de cristal surgido del largo viaje en el pequeño auto y destinado a desaparecer tras un viaje de regreso igual de largo. Aquello era siempre de visita, mi casa era la del barrio ligada por un cordón umbilical a la de mis abuelos paternos.

Sin embargo, heredé de estos abuelos maternos los Clásicos Jackson y un Atlas Hachette del mundo en 1935 y alguna que otra japonesería que aún me hace soñar. Sobre todo, en la suma de unos y otros, entre hablar mal y hablar bien, el idish y el árabe, el francés y el español, entre tener y no tener, haber cruzado una vez el mar y haberlo cruzado en un sentido y otro muchas veces, heredé, me parece, el vicio o afición de escribir. Escribir nace para mí en los intersticios de estas historias, en la falta de naturalidad y arraigo que implican: quiero decir que cada uno de esos mundos quitaba naturaleza al otro y además, claro, estaba la escuela, el club, los libros. Se valoriza a veces ad nauseam el escribir desde una tradición. Permítanme decir que mi escritura sólo pudo darse, creo, en un nuevo mundo, un ámbito donde de alguna manera uno se fabricó una inestable y rara historia con retazos bastante poco coherentes, no con raíces.