Me llamo Anabel Lee y no haré travesuras

1972

Me llamo Anabel Lee y soy pura piel y mi piel abarca el universo conocido. Si alguien dice que soy un personaje, le doy la razón. Tengo veinte años de edad y una simpatía que puede detener el tráfico. Quiero ser pintora y siento, no sé por qué, obligación de mentir. De modo que no espero que crean todo lo que les voy a contar. Tengo talento, sentido del riesgo, palabras en abundancia, osadía y sinceridad a veces apabullante. Mi fama va siempre adelante de mí como una tropa de scouts: ¡cuidado, ahí viene Anabel Lee, es más puta que las gallinas de Esparta! Yo respondo que no es cierto: no soy puta, a las putas no les gusta el trote del macho, a mí sí. Me encanta. Hasta pago si el negocio lo amerita. La gente cuando oye hablar de mi personita piensa en una vampiresa maquillada, con su minifalda insolente y unas tetas dignas de una fulana de Botticelli. Lo que encuentra es a una muchacha fresca, hermosa, muy mal vestida, que oculta en el desastre de sus ropas un buen ejemplar femenino. ¿Mi tema preferido? El erotismo, claro. Esa es una de mis dos obsesiones. La otra son los pastelillos de fresa. Pero comencemos por una de mis historias típicas: Una escena típica de la vida de Anabel Lee. Un día estaba profundamente aburrida en mi casa y me dije hoy no quiero masturbarme. Voy a buscarme un hombre, el que me guste, me lo traigo y me lo acuesto. Salí disfrazada de hisípila, con todo y maquillaje sutil, que no acostumbro. Y no lo acostumbro porque no lo necesito: soy hermosa como una visión de ácido, tengo uno de esos rostros imposibles que pintó ese desconocido pintor llamado William Auguste Bougereau, cuyos cuadros he elegido para ilustrar las paredes del apartamento cerca de la del Valle. Sé que Bougereau está a medio camino entre la obscenidad y la cursilería pero eso no me importa. Mis gustos son algo particulares, como podrán notar. Mi apartamento lo pago con mi propio dinero, ganado honestamente, aclaro esto para no despertar expectativas equivocadas. Regreso: me fui a uno de esos sitios donde hombres y mujeres van solitos a ver qué pescan. Me acodé en la barra como hacen las hembras inevitables y tiré mis redes. Vi a un apuesto garañón, bien vestido, limpio, impecable, en la flor de su madurez, un asco de hombre, y me dije ¡a ése, muñeca! Esperé exactamente treinta minutos tirándole pedradas con mis ojos y mostrando pierna mientras rezaba para que cayera. Verán: creo en Dios cuando me conviene. Comencé a desilusionarme. No es secreto que los hombres les temen a las mujeres demasiado atrevidas o bellas sin medida. El tipo había abusado de la indiferencia o tal vez de la melancolía. Pero el dios de la lujuria satisfecha estaba conmigo: cuando iba de salida equipado con toda su armadura de macho atractivo vi que súbitamente cambiaba de rumbo. Me abstraje o abstraí, no sé cómo se dice, para evitar causar daños irreversibles en mi disco duro. Y sí, sentí que alguien tocaba mi brazo con delicadeza y supe que no podía ser sino el semental y cordero propicio. Le dije directamente vamos a mi apartamento. El tipo hizo un gesto casi de indiferencia y alzó los hombros como diciendo me da lo mismo. Nos hicimos el amor o más bien nos magreamos con paciencia y cariño y después adiós. Nunca lo he vuelto a ver. Fin. Generalidades uno. En mi weltanschauung no hay malicia alguna. Soy simplemente una amorosa, una solitaria. Una mujer convencional, pues. Tengo una palabra con la que designo una de mis costumbres más particulares. Los durmientes. Esa expresión la utilizo para designar a los hombres que tengo a mi disposición. Los llamo por teléfono cuando estoy al borde del hueco negro. Ellos vienen, se acuestan al lado de la niña, duermen abrazados y adiós, hasta nueva llamada. Pasemos a otro tema: yo tuve un hombre al que amé. Vivimos juntos y un día por casualidad, descubrí en el maletín de mi amado dos diarios. Eran el de mi hombre amado y el de una amiga mutua muy querida. Los dos diarios coincidían en un hecho lamentable. El 20 de julio de 2003 se habían revolcado como cerdos en el barro de la seda de mi propia cama. Terminó la historia. No pregunten más. Ahora, ya superado el trauma, Peggita tiene tres diarios: el suyo propio, el de su amado y el de la traidora amiga. Mi plan en este momento es pintar un cuadro con los tres personajes. Vayamos a la acción: ahora estoy asistiendo a un taller de grabado impartido por un individuo digno de toda sospecha, un argentino de buen perfil, con todo y peinado Gardel, una caricatura de tipo. El maldito fingía ser humilde y casi le creíamos. El taller se centró inicialmente en los grabados de una bruja llamada señora Rosa Estela. En esos garabatos se traspira un rencor de mujer abandonada. Luego me enteré: su marido se fue con una gallina más ponedora. La dizque artista nos dio algo así como una introducción a su propia personalidad y a lo que llama su arte. Lamentable. Se siente rodeada por duendes y fuerzas ocultas que la poseen por la noche. Fantasía histérica, pues. La señora Estela es una cuarentona guapa, que usa osadas minifaldas y ropa muy elegante. Lee a un tal Heiddegger, está haciendo una maestría en filosofía, pero la muy inocente quiere a toda costa ser pintora famosa. Es gerente de investigación de mercados y ha pintado como mil cuadros y ha expuesto en casas de ricos y galerías de poco prestigio. Muy insegura la tipa. Piensa que sus cuadros no son la octava maravilla pero dice que serán apreciados por las mujeres solitarias. Dice que le interesa ahondar en el tema de la obsesión de las féminas por un solo hombre. El grave problema de estos cuadros es que evitan el tema central de la condición femenina: la sensualidad. Se lo dije. Respondió que no quiere ser catalogada como pintora erótica. Yo insistí en que a sus cuadros y grabados les falta riesgo, entrar en las debilidades de las mujeres solas y maduras, en su gusto por los adolescentes y la masturbación. Esto último lo dije por molestar. Es tan tonta que dijo estar de acuerdo. Las mujeres solas de cierta edad se vuelven viejas verdes, al igual que los hombres, insistí. Estela lo acepta, pero no quiere que en sus cuadros se descubran sus secretos. Ella no quiere pintar cuadros intensos sino sutiles. Ligth, sugerí. Serán ligth, pero eso es lo que me gusta. Yo obedezco al mandato interior de Kafka. ¡Poing!, exclamé. Cuadros en los que se refleje sobre todo la repetición, el desamparo y el tedio y la torturada sensibilidad femenina sin satisfacciones. Mierda, qué pereza, me dije. Esta humanidad es tan imbécil que la señora Rosa Estela puede llegar a ser una pintora famosa antes que la linda Anabel Lee. Rosa Estela me lleva en su auto todas las noches al apartamento y allí me deja. También lleva al ché maestro de grabado a su hotel y no es absurdo pensar que quiere extremar sus cuitas hasta las últimas consecuencias. Nada seduce tanto a una mujer como un hombre que quiera escucharla sin hacer juicios. El hombre la oye, no dudo que la oiga, y casi puedo escuchar el ruido de los engranajes de sus neuronas registrando todas las palabras de la sufriente. Estela pregunta si creo que ella pueda ser una buena pintora, si podrá hacer carrera. Le digo que sí pero que debe tener sentido del peligro, abrirse a la confesión de su pecado. ¿De mi pecado?, pregunta sorprendida. Toda pintura es un recurso para ocultar un pecado que no quiere decir su nombre. Todos los artistas son pecadores. Permanece en silencio. Nos despedimos. Me besa con intensidad en la mejilla y pienso que si me descuido podría hacerse ideas erróneas. Los veo alejarse en el auto y conjeturo que esta noche Estela sufrirá una nueva decepción: el maestro parece juicioso a morir, si despierta sospechas es por su falsa humildad. Los hombres humildes tienen dos posibilidades: o son prácticamente impotentes o en el momento crucial se quitan la máscara y se vuelven fieras depredadoras sin freno. La última noche después del taller fuimos a casa de Vinicio Rubiano, un personaje con melena a la Einstein, pequeño como un duende pícaro y coordinador de talleres en la Nacional. Nos atendió en lo que llama el Bar Los Dones, que es una esquina de su sala donde ha instalado una cantina con todas las de la ley. Desde atrás del mostrador asoma su cabeza de Ciro Peraloca y ofrece bebidas con chistoso profesionalismo. En la reunión había varios pintores, pero casi no hablé con ellos. Me senté en el suelo cerca a nuestro gurú a beber, a beber sus palabras y tramar el golpe. Simplemente no puedo luchar contra mis caprichos. Voluntariosa es la palabra. Eso soy. Todas las otras niñas del taller cerraron un círculo. Contaron cada cual su historia, mientras los machos asistentes al taller escuchaban y tomaban fotografías. Mi amiga Trigales —yo la llamo por el apellido porque es muy formalita: esbelta, con cara ovalada ligeramente oriental y unos ojitos de lince que no se pierden ni un suspiro lejano— habló del acoso al que fue sometida por un anciano y su mujer, una danesa. Según parece el anciano, ya incapaz del deleite de los cuerpos, se dedicaba a conseguir mujeres jóvenes para su esposa. También hablé yo. Dije soy pura piel, planteé mi concepción sobre los durmientes, hablé sobre los tres diarios y sobre la aventura (¿imaginaria?) con el individuo en el bar para solitarios. Una cerveza basta para soltarme la lengua. Lo repito. Y si no lo he dicho lo digo por primera vez. Que quede claro. Según parece lo que busco es cariño y no me importa prestar mi cuerpo a los más intrincados jolgorios mientras los hombres que me gustan me cedan su cuerpo para dormir abrazada a ellos por una noche, luego los olvido. A mitad de mi relato decido hacer un ejercicio de imaginación. Cuento que he tenido piezas de caza mayor, entre ellas un cantante cubano medianamente famoso que vino a dar un concierto y terminó en mi cama. Cuento del cubano. Era un hombre pequeño pero sólido, dije, de 55 años, tenista en buen estado de conservación. Cayó en mi cama tras escuchar todas mis aventuras reales e inventadas. Después de una fiesta en la que me había emborrachado —debo insistir en que yo me emborracho con una cerveza y con el olor de un macho— y en la que yo le relaté todo lo que había hecho, me acerqué a su oído y le susurré, quiero darte un beso, pero no aquí. Él entendió el mensaje e inmediatamente consiguió un automóvil y huyó de la fiesta y éramos un león triunfante con su gacela temblorosa bajo el brazo. O al revés. Al llegar apagué la luz de mi cuarto y lo besé. Noté que esquivaba mis labios y buscaba con sus manos mis nalgas. Lo dejé hacer. Sentí mi boca reseca. Creo que mis besos no eran frescos. El cigarro y la cerveza, qué le vamos a hacer. Al principio me dijo que sólo quería hablar y jugar, pero terminé por seducirlo con el poder de mis labios que abrevaron en la fuente de la que todo mana. Yo misma le puse su sombrerito, un sombrerito fabricado en Malasia, y mientras me embestía (o yo decía que me embestía) Anabel Lee se me recetaba la quinta cerveza, el sombrerito había entrado en su hombría de mulato, era mulato, ¿lo dije?, con dificultad. Luego lo cabalgué, después que él hizo con mi cuerpo lo que quiso, al derecho y al revés. Al principio conservé mi virginidad secundaria intacta. Luego perdí los estribos. Sus dedos me trajinaron con cariño y a veces brusquedad e imprudencia zonas antes vírgenes. Cuando quiso entrar por la puerta de bronce expresé mi inconformidad. No se trataba de pudor, sino de disparidad de acoples. Su don de macho era algo desaforado. De modo que tras trabajarme y montar sus piernas en mi pecho y ofrecerme sus encantos sin rendirse del todo, aceptó que yo misma tomara las riendas. Lo monté, pero la mala fortuna, absolutamente lógica, hizo que el sombrerito impusiera su inequidad, de modo que entre la angustia del golpe de ingle y el retroceder para un nuevo embate, Donanciano, pongámosle nombre, terminó sin que yo hubiera emitido más que unos suspiros de deleite incompleto. Pero antes, se me olvidaba, hicimos cuenta de sus mujeres y mis hombres. Él, 16 escuetos. Y ocho, descritos en todo detalle. Repito: lo monté, acabó él, y yo acepté ese destino de mujer insatisfecha. Luego me abracé a su cuerpo y dormimos como Romeo y Julieta antes de la tragedia infame y lacrimógena. Pero antes de dormir lo escuché roncar, escuché los latidos de su corazón de cincuenta y cinco años. Pero antes, más antes, lo disfruté como si fuera uno de mis durmientes: todo su cuerpo era un solo olor, un olor a caballo después de una carrera, a selva muy umbría, muy densa y muy llovida. Cambiemos de tercio. Regresemos a la fiesta de Vinicio. Tiempo presente. Los concurrentes no perdían una sola de mis palabras. Me dieron otra cerveza y seguí hablando. El maestro, mi argentino humilde, fingidamente humilde, escuchaba y veía complaciente como yo iba cayendo en las infidencias propias de los borrachos. Eso creía el inocente. Ignoraba que yo lo tenía todo calculado y bajo control. Mi personita se había arrimado a su sillón. Repito que él estaba en el centro de un corro de muchachas, sentado, sentadoooote como un sultán rodeado por su harem milnochesco en una semipenumbra de complicidades. Yo, arguyendo ebriedad, dejaba descansar mi torso sobre su muslo derecho, mientras con una mano oculta le acariciaba la espalda. La cosa se ponía buena, ¿eh? Continué la historia del cantante cubano. Era un solterón con debilidades, que se entregaba en sus viajes a todas las mujeres jóvenes y propicias, pero que cuando regresaba a Santiago de Cuba se convertía en un verdadero asceta. Un cubano atípico, debo decir. Ya se sabe: los cubanitos son singadores democráticos y al por mayor. No hacen distingos. Me regaló todos sus CD’s dedicados y no prometió nada, ni siquiera escribirme. Yo acepté esto porque para mí aquello había sido simplemente un capricho. Nada más ver su cuerpo atlético y maduro me dije quiero ese hombre para mí y lo conseguí. Qué puedo hacer si soy débil, hombre que me gusta lo arrastro a mi casa y luego lo olvido. Soy una loba maldita, una perra sentimental. Lo dicen por ahí y lo creo. Generalidades. Vayamos ahora a mi caso: soy una geniecilla de la plástica y un talento de las computadoras, es decir, una hacker. Me llaman La Punketa Cibernética, aunque de punketa no tengo más que un par de piercings bien colocados. Mejillas muy blancas y rubicundas las mías. Si yo quisiera podría entrar en los sistemas del Pentágono, en los correos del Presidente o transferir fondos del Chase Manhattan a mi cuenta bancaria. Podría hacerlo. No lo hago por elemental pereza y por una dosis de prudencia. Yo misma tengo explicaciones coherentes para justificar mis debilidades con los hombres: de niña tuve muy poco afecto. Soy hija de padres divorciados y de discusiones interminables e incluso violentas. Soy capaz de dar cualquier cosa por una noche abrazada a un cuerpo agradable. Repito: no soy puta porque lo hago por gusto, no por negocio. Mi felicidad estriba en hacer con mi persona lo que se me da la gana. Me hago exámenes de sida cada mes. El día que me vea enferma estoy dispuesta a suicidarme con entera tranquilidad. Regresemos al hilo central: Terminó la fiesta y cada oveja a su redil. Y aquí viene la parte interesante de toda esta historia. Al día siguiente, recibí una llamada de mi argentinito. Me invitó con absoluta despreocupación a su hotel, hicimos el amor y el tipo se durmió. Todo fue escueto y expedito. Como deben ser los negocios del cuerpo. Nada de cuchi cuchi, nada de ver el cielo, nada de maripositas y estrellas, nada de mirarse a los ojos. Yo me levanté de la cama y anduve curioseando mientras él roncaba con la boca abierta. Al día siguiente desperté lúcida como un Aristóteles en su tinta. El maestro de grabado seguía durmiendo despatarrado y con una expresión de serenidad que sólo da el haber pecado a fondo. Al despertar dijo que quería que lo acompañara a caminar por el Centro histórico. Acepté. A partir de ese instante hice todo lo que él me pidió, excepto… pesarme. Anabel Lee aceptó hacer todo lo que el pintor le propuso, menos pesarse. Es que cuando me da angustia tengo que comer. Como y como de forma desaforada, hasta engordar en una sola semana muchos kilos. La verdad es que después de una aventura decepcionante siento la necesidad de estar gorda, quiero convertirme en una marrana para verme fea, detesto que los hombres me persigan como los sabuesos a una liebre, odio que busquen mi cuerpo para sus regocijos de verracos. La gordura es una especie de defensa contra los hombres. Pasemos a otro tema. Yo no veo televisión en este país porque lloro. Tampoco leo diarios. Sólo vivo con mis alrededores, mis garabatos en el lienzo y mis aficiones en el mundo de la informática. No vivo en México sino en la red, soy una araña atrapada en el web. Tengo una característica algo bizarra: siempre deseo verme desde afuera. Por eso escribo mis diarios y asumo el punto de vista de las personas que me conocen y disfrutan. Una muestra de lo anterior son las siguientes líneas que escribí para analizar lo que sintió o debió de sentir el músico cubano tras nuestro encuentro: «El músico cubano comenzó a sufrir conflictos de conciencia por haberse acostado con Anabel Lee. Recordaba sus carnes regordetas, su olor a queso oaxaqueño, la impiedad que mostraba con los hombres, su caprichosa sexualidad, su sometimiento a las ignominias que usó con ella. Si por lo menos hubiera caído con una criatura deliciosa, de pechos de paloma, y no con esa fofa humanidad, con esa criatura con pliegues en el bajo vientre, con esa mujer cuyas amplias, oleaginosas y tal vez malolientes cavidades y cuya piel de un blanco lechoso tenía algunas pecas sin gracia. Si hubiera hecho el amor, no cogido, con una ninfeta o por lo menos con una mujer de carnes firmes y aliento a albahaca, se hubiera justificado ante sí mismo. Recordó el fétido olor de la boca de la niña y los dientes amarillos. Recordó que tuvo que esconder su cara para no sufrir la agresión de su mal aliento. Pensar que en el pasado tuvo una mujer a la que amó definitivamente y con la que podía dormir en paz tras el amor recompensado, pensar en ella, lo hizo sentir profano, traidor, como que ya no era el mismo de antes y no podía creer en nada ni afirmar nada con certeza ni atreverse a lanzar frases lapidarias en sus entrevistas de prensa sin sentirse farsante. Una vez fue fiel el músico cubano y permaneció fiel por más de veinte años, pero cuando supo que su mujer había caído en brazos de otro, simplemente le dijo adiós, le dejó a su mujer casi todo lo que habían acumulado durante esos años y se fue a un cuarto de miseria a purgar su pena, a sufrir a solas, y comenzó a cultivar la castidad como una especie de promesa y pasaron los años y así se sentía bien. Los sueños le compensaban su soledad y le daban alivio y ello era suficiente. Poco dinero tenía y las tres cuartas partes lo depositaba en la cuenta de su esposa —no tuvieron hijos gracias a Dios o a los caprichos naturales— y con poco se conformaba. Así era feliz. Compuso algunas canciones, tuvo conciertos multitudinarios, grabó CD’s, viajó al extranjero, creció su prestigio y comenzó a gozar de cierta prosperidad y del asedio de sus fans. Barbirrubio y canoso, ligeramente gordito pero saludable, la nariz eternamente rubicunda y con venas que denunciaban su gusto por el ron, el músico cubano podría tener el aspecto de un Hemingway a sus 45 años”. Eso escribí sobre el presunto Donanciano. También escribí: “Una vez que conoció a Anabel Lee, el equilibrio de su vida se rompió y supo que no podría volver a ser el mismo. A partir de entonces intuyó que caería en todas las trampas, envejecería más pronto y llegaría a la muerte con la conciencia intranquila. ¿Que buscaba en el fondo? Si no recuperar a su esposa, encontrar una nueva ilusión, perdonarse a sí mismo y seguir caminando. Alguien escribió que la esperanza es la peor de las expectativas, pues prolonga los males de los hombres. El músico cubano al volver a las vías del amor cochino y al perder su paraíso ascético, comenzó a sufrir los tormentos de la esperanza: volvió a creer en la posibilidad de iniciar una nueva vida en la que el amor fuera la alondra de cada mañana». Terminé mi historia. Mentirosa de principio a fin e incluso absurda porque contaba un futuro imposible de conocer por parte de la narradora. Además contradictorio y confuso. Nadie se dio cuenta. También terminó la fiesta. Cada quien a su caverna, casta y dulcemente. Concluyó además el taller de grabado con una repartición de constancias que el maestro entregó a cada uno de los participantes. La primera fue para mi persona, la gordita Anabel Lee, que por fin en la última sesión se atrevió a mostrar sus obras, que fueron celebradas por todos. Sencillez y un carácter infantil, visión agresiva y original del mundo, estilo que concentra el interés en cada trazo, palabras del maestro que no escatimó adjetivos. Dijo que Anabel Lee iba a ser una gran artista, en lo que estuvieron todos de acuerdo. La dama reprimida, la dama Rosa Estela, no se presentó el último día, tal vez ofendida por la poca atención que el maestro le puso en la fiesta de Vinicio. Creí que el taller terminaba en ese punto para mí, pero cuando recibí la llamada del maestro, entendí que el tipo había seguido el caminito de migas. Es una invitación juiciosa, dijo el maestro, yo estoy casado y llevo veinte años de fidelidad a mi esposa. Estoy segura que quería hacer un ejercicio de voluntad. Anabel Lee lo recibió fresca como una lechuga al amanecer, recién bañada, y con esa expresión de inocencia que la caracteriza haga lo que haga. Anabel Lee se portó como había dicho, juiciosa. Ya no era la gorda de mal aliento del cuento anterior, sino una niña hermosa y bien educada. Cociné espantosamente bien mientras cantaba alabanzas a mi propio don culinario. Pierna de cerdo en salsa de ají, pastas en salsa inglesa y una ensalada de zanahoria que sólo yo me sé. Comimos. Me atreví a preguntarle cuál de los tres platos le parecía mejor. Me miró casi rencorosamente mientras masticaba de manera forzada. Mejor pregúntame cuál me parece peor. Creí que era broma y por eso le seguí el juego: ¿Cúal de los tres platos te parece pior? —aclaro que me gusta decir «pior», porque suena más lindo y asombra a los tontos. Yo hablo como se me da la gana, así como vivo, digo: a mi antojo. Creo que es imposible resolver ese enigma. Los tres merecen el premio, dijo. Estuve a punto de echarme a llorar pero me contuve. No crean que porque soy dura en algunos aspectos carezco de sentimientos. Especialmente en lo que se refiere a mis dotes culinarias. Coroné la comida con unas galletas con helado que me parecen exquisitas. El balance final fue el siguiente: el maestro engulló casi por cortesía dos hebras de carne de cerdo, dos hilos de pasta, una rodaja de zanahoria, y luego apartó el plato, mordisqueó una galleta y dejó el resto. No te gustó lo que preparé, insistió Anabel Lee. Francamente no, respondió maestro con sequedad. Creo que voy a llorar, dijo la niña, pero de todos modos le agradezco la sinceridad. ¿Creerán que incluso después del acostón no podía tutearlo? No sé por qué pero sentí la necesidad de presumir: A mis anteriores amantes les ha gustado lo que cocino, especialmente el cerdo. Mientras en el vientre del maestro el cerdo, las pastas y las galletas se disputaban el honor de ser motivo de las agruras, la pareja se tendió en la alfombra, situada en el centro de la sala y despejada del todo como una invitación a la batalla. El maestro le preguntó si ella quería ir más allá y Anabel Lee respondió mirándolo a los ojos que sí, pero que había prometido ser juiciosa. El maestro le preguntó si ya estaba preparada y no había riesgo y ella dijo que sí lo primero y no lo segundo. Luego trataron de poner en claro quién había tenido la culpa de que estuvieran al borde del evento. Yo sólo inventé una historia y tú te metiste en la ropa del protagonista. ¿Entonces el músico cubano no existe? Claro que no, le respondí, me extraña tu falta de malicia. Súbitamente pude tutearlo y supe que a partir de ese momento yo iba a ser la leona, la perra fatal. Casi desidiosamente el maestro grabador se dejó despeñar hacia el acto. La niña le beso el pecho, lo olió con deleite, luego rodeó su ombligo y acometió las zonas bajas, hasta acomodarse boca abajo entre las piernas del hombre que se mantenía inmóvil, como dormido y sintiendo, nada más sintiendo. Pocas mujeres saben afrontar un trance tan difícil y placentero como un primer beso en la ciruela desconocida con tanta tranquilidad y dulzura como yo. La niña Anabel Lee se ocupó con arte del asunto y mientras tanto miraba a los ojos a Donanciano y con una mano apartaba la cortina indiscreta de su cabellera. Tras los preliminares pasamos a mi habitación y allí, bajo la mirada condescendiente de las mujeres de Bougereau, el maestro se aplicó con mucha enjundia a darme placer, obedecí todos los cambios y caprichos, ofrecí todos mis flancos, vanguardia y retaguardia, como en el cuento del músico cubano, de arriba a abajo, todita, y volví de nuevo a lanzarme en picada hacia el centro de la carnada y luego, suspirando me acaballé en una pierna del hombre y con más de cuatro dedos suyos extraviados en mi humanidad, me estremecí dulcemente y dije que ya no soportaba más, pero el maestro siguió y siguió hasta que me tomó desde popa y me quiso dar la puñalada definitiva. Y la dio. Más no fue mortal pues no le interesó los órganos vitales del alma. Y ella dijo necesito que me asesines de frente. Y entonces el hombre se apresuró a empuñar su puñal y a estacarla ahora ojos en ojos y así culminaron, él sin grandes aspavientos, pues el maestro ya había quedado atrás, como en el cuento, y ella abrazándose al hombre y le dijo que le bastaba haber muerto poco a poco y no definitivamente, pues si se hubiese acabado del todo ya no tendría energía ni para respirar. Terminada la escena el maestro ché Donanciano el humilde, el fingido humilde, y la máquina cibernética, es decir Anabel Lee, o sea yo, le dije que fuéramos a caminar y caminaron por las calles del Centro Histórico, como en el cuento. Rodeamos el Zócalo, pasamos frente a la casa de uno de mis antiguos amantes, un millonario, cuya casa de ladrillo rojo, de estilo antiguo inglés, está rodeada de estatuas: en el techo, pegadas a los muros frontales, tiradas en los descansillos de las escaleras, muchas maravillosas estatuas: de hombres pensando sentados con las piernas abiertas, de mujeres desnudas con el torso ligeramente girado. Siguieron caminando, comieron pastelitos de la La Blanca, subieron al piso 22 de la Torre Latinoamericana, salieron a las escaleras y se descubrieron atrapados (atrapados todo el fin de semana y sin condones, suspiró Anabel Lee) en las escaleras: se podía acceder a ellas desde los pisos, pero no se podía escapar de ellas. Subieron caminando hasta el piso 32 y hallaron la puerta abierta y allí a un hombre clavado en su computadora con todo el paisaje del Distrito haciendo cof-cof bajo nubes de venenos que asumían colores deprimentes, escalofriantes, melancólicos, casi infernales. Y aquí termina este episodio de la vida de la Anabel Lee la Cibernética, que soy yo. ¿Qué más puedo decir? Sigo sola y enamorada del mismo macho traidor. El maestro regresó a su casa y no tuvo ni siquiera la cortesía de mandarme un correo electrónico. Si no muero de sida o apuñalada por uno de mis amantes caprichosos, esta niña que soy yo llegará a ser una pintora de respeto. Y yo sí pintaré con el corazón y en mis pinturas voy a cifrar las claves de este asunto escabroso de la vida. No me gusta decir mentiras sino cuando escribo y cuando estoy viviendo. Cuando pinto soy absolutamente sincera.

 

Relato incluido en el libro Cuentos ligeramente perversos, Editorial Camelot-América, España.