La señora es mexicana, pero muy decente

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 Para Clara Isabel, por supuesto.

 

Quizás no sabes, Nereyda, que decidí largarme del hotel donde estaba trabajando en Las Vegas para buscarme un empleo menos duro y pasé el Niágara en bicicleta para poder encontrarlo. Aquí, si no hablas inglés, estás más perdido que una vaca en un teatro y te toca como empleo cualquier porquería que aparezca.

Es verdad: la ciudad tiene mil lujos y los casinos son un sueño; pero una cosa es entrar a los casinos con los bolsillos repletos y jugarte miles de dólares, y tal vez millones, y otra cosa muy  distinta es tener que limpiar como burra los desechos que van dejando los jugadores, las putas y los turistas en cada habitación del hotel donde se alojan: condones llenos de semen, íntimas manchadas de sangre, jeringuillas usadas, tabletas inexplicables, paquetes de mariguana, drogas blandas, drogas duras, mierda, vómitos y orines sobre la taza del inodoro y el lavamanos y también en las toallas y las paredes y hasta ladillas y chinches.

Sí, ladillas y chinches, no te asombres, ¡qué asco!, y las chinches te dejan miles de ronchas en el cuerpo, como si una fuera la puta o la bestia que las traía encima y las dejó regadas dondequiera. Y además del trabajo tan bruto, debes soportar a un jefe de piso que lo revisa todo con lupa, que te revienta sin misericordia, que nunca te regala un elogio y, en cuanto descubre una cama mal tendida, un pendejo en la bañadera o un azulejo manchado, te manda a la calle sin pensarlo mucho. ¡Ay, Nere!, ese cuentecito de los hoteles perfectos de Las Vegas es solo otra gran estafa del cine americano. Los hoteles son como las personas: todos tienen doble cara.

Pero las cosas, por suerte, comenzaron a mejorar cuando encontré por fin un empleo decente. Te vas a caer del susto cuando te diga dónde. ¡En casa de una vieja mexicana! Sí. Pero no vayas a asombrarte, ni tampoco te asustes. La señora es mexicana, pero muy decente.

Aquí algunos mexicanos tienen plata y esta señora parece tener bastante porque me paga muy bien y en tiempo y forma, y no es como en el cabrón hotel, donde casi pierdo la columna por tanto fregoteo y tanta limpiadera de habitaciones y tanta recogedera de pendejos.

Cuando le conté a mis amigos que mi patrona sería una mexicana, enseguida se dispararon las burlas: ¨A lo mejor la vieja se hace pasar por escritora; pero en realidad es la verdadera jefa del cártel de Sinaloa¨, me dijo uno de ellos. ¡Qué chistoso! Pero otro me habló muy en serio: ¨no confíes en los mexicanos, son como los negros: si no la hacen a la entrada, la hacen a la salida¨. Mis amigos piensan como en esa película americana donde dicen que México es un lugar muy peligroso porque está lleno de mexicanos.

Pero lo cierto es que comencé a romperme el lomo mucho menos y solamente trabajaba de día; limpiaba tres veces a la semana y ya casi no cocinaba en realidad. La dueña de la casa es escritora, no conversa mucho y se llama Lucrecia, como una reina medio loca que mató a un montón de gente en Europa hace ya varios siglos. Me han dicho que tuvo un hermano que ametrallaron en Tlatelolco, allá en el Distrito Federal mexicano, y desde entonces no ha quedado bien de salud porque vio a su hermano desangrarse frente a ella, sin la más mínima ayuda de nadie.

Cada mañana Lucrecia me saludaba con afecto, tomaba su desayuno con paciencia, y al minuto se escondía en su cuarto a escribir durante horas. A veces llegaba la noche y ella seguía encerrada, escribiendo y escribiendo con tan solo unas tazas de té o de manzanilla en el estómago y alguna que otra confitura y una sopa o un caldo que no pueden faltarle. Todo siempre era muy tranquilo en la casona y nadie, absolutamente nadie, revisaba si había pendejos sueltos y esas boberías.

La primera vez que entré a su habitación vi una docena de libros en su mesa de trabajo: todos tenían su nombre: Lucrecia Julia Zamora, y algunos hasta su foto, y todos eran libros lindos; aunque no sé en realidad si eran libros famosos o desconocidos. Pero es escritora la Lucrecia. Escritora, escritora, escritora… y no lo que me insinuó mi amigo, porque yo supongo que los narcotraficantes mexicanos no sean escritores.

En cambio, el jardinero y chofer de Lucrecia sí habla hasta por los codos y se la pasaba contando un montón de cuentos de la vieja, a la que, al parecer, siempre ha querido más de la cuenta. El tipo se llama Rufino y me enseñaba fotos de sus hijas (un par de gauchas espantosas), una trabajando en un mercado y la otra en una lavandería, y me hablaba también de su esposa, que vive en Morelos y está loca por cruzar la frontera, aunque los yanquis le caigan a tiros. Mientras miraba las fotos, yo pensaba: “estos emigrantes son una plaga; ahorita mudan a México completo para acá arriba”.

Pero con Lucrecia me pasó algo distinto: tiene cara de mexicana; pero también tiene cara de ser inteligente. No sé explicarme; pero si escribes libros eres una persona inteligente, aunque seas mexicana.  Digo yo. No sé.  Supongo. Y al fin y al cabo los mexicanos son mexicanos, no son guatemaltecos ni hondureños… y mucho menos africanos.

Y hablando de africanos, Nere, ¿cómo van las cosas por mi casa? La última vez que estuve por allá le dije a Lisandra bien claro que no quería metedera de perros ni de gente en mi casa, que no estuviera recibiendo a su madre y a su hermano cada vez que se antojaran, que no guardara pescado en el freezer porque siempre he detestado esa peste tan horrible. Tú sabes que, si me hago la boba y no estoy al tanto, Lisandra y su gente me vuelven aquello una pista de baile.  Le pedí, además, que no pintara la casa, ni moviera de sitio los muebles, ni moviera de lugar nada de nada, que ahora yo no vivía allí, es verdad; pero yo era la dueña, ¿entiendes, Lisandra?, ¡la dueña!, aunque ahora viva en Las Vegas y mañana viva en La Cochinchina.

No sé, Nereyda, tal vez se me va la mano con esto que te digo, ¡pero qué sucio lo encontré todo!, las calles, la gente, las tiendas, los parques… y hasta mi casa la hallé espantosa. Ver mi calle repleta de huecos me puso enferma, aunque fueran los huecos que vi siempre con una indiferencia absoluta.  ¡Ay, Señor!, basta que te vayas a vivir al Primer Mundo por un par de años para darte cuenta que tu país es un asco, que se ha convertido en un gueto, como decimos aquí, o en un barrio marginal, como dicen ustedes allá.

Mandaste a decirme que no me quejara de Lisandra, que es una gran persona y que yo misma, para no perder la casa cuando me iba de Cuba, la puse de propietaria en el Título de Vivienda, porque Lisandra era una amiga de mi total confianza. Es cierto. Y es muy cierto también que ella nunca estuvo de acuerdo en dejar que la pusiera, porque temía buscarse problemas con la justicia, y, si al final aceptó, fue para no defraudarme, porque yo siempre había sido (y sigo siendo) como su propia hermana.

Lisandrita es muy buena, y también su familia, y por eso no me quejo…por ahora. Pero recuerda que, aunque yo la adore, los negros son exactamente iguales a los mexicanos. En la primera borrachera o jodedera que haya por el barrio, me venden la casa. No está en ellos, es involuntario; pero lo hacen. No es racismo, Nereyda, yo sé que hay negros…y negros, o como dicen por ahí: hay negros de clase y clase de negros, y yo también metí mis negritos en la cama, y mucho que me gustaban los muy cabrones, tú sabes. No es racismo, te repito, es simplemente sentido común, el mismo que no te puede fallar con estos mexicanos o acabas con los ojos fijos y la lengua tiesa en medio de un latón de basura.

En cuanto a Lisandra, fíjate si no me equivoco, que ya se graduó de Ingeniera y no me ha mandado ni una sola foto de su graduación, como si haber vivido tranquilamente en mi casa no le hubiera servido de nada a la hora de obtener mejores notas en su carrera universitaria.

El otro día la llamé temprano y le exigí nuevamente que, cuando fuera de visita, no quería encontrarme allí absolutamente a nadie (y ese nadie incluía a su tropa), que yo iba a mi casa a tomarme un descanso, no a escuchar los lamentos de gente pedigüeña que siempre se estaba quejando por culpa de todo lo mal que les iba en la vida, como si a mí me fuera muy bien por haberme ido a Las Vegas a recogerles pendejos a medio mundo de gente pendeja.

Y le ordené que botara el perro que había metido en la casa, porque ya con las ladillas y las chinches  del hotel era más que suficiente, para también dispararme un montón de pulgas.

Al darme vuelta, Lucrecia estaba frente a mí, con una taza de té en la mano y mirándome muy fijo con una sonrisa que me pareció burlona. ¡Ay, Nereydita, mi amiga, qué pena! Me quedé sin aire. Una señora tan fina oyendo los disparates que yo gritaba en el patio de su casa. Pero no abrió la boca. ¡Increíble! Bebió tranquilamente su taza de té y volvió a su habitación, a escribir hasta la noche. Por esos mismos gritos y ese alboroto, el jefe de piso del hotel me hubiera mandado a buscar empleo en la mismísima casa de la mierda.

Dos días después, cuando fui a limpiar su cuarto, dejó de teclear, se quitó los espejuelos y me pidió sentarme. ¡Qué extraño! La señora Lucrecia mandando a sentarme. ¨Podría decirme qué piensa usted de los mexicanos¨, preguntó a quemarropa la vieja, y ahí mismo el cielo y la tierra se me unieron. ¡Rufino!, algo le había contado Rufino sobre qué demonios pensaba yo de los mexicanos. ¿Rufino? No. No podía ser. Jamás le dije a Rufino que sus hijas eran dos espantos y que él era un espanto también. Tampoco di opiniones en contra de otros mexicanos, no le dije que eran vagos, brutos y violentos y que nunca pagaban sus deudas, ni le conté algún defecto de la señora Lucrecia. ¿Qué defecto iba a contarle? Ya te dije, Nere, que ella es mexicana; pero muy decente.

– ¿Que qué pienso yo, señora?, no sé, no entiendo bien su pregunta, sólo los mexicanos conocen a los mexicanos.

Mi abuela contaba que había visto muchas películas de Cantinflas y de un tal Jorge Negrete, un trigueño muy lindo que arrasó en La Habana, y se volvía como loca con las películas de charros y de mujeres que se volvían locas por ellos, aunque al principio se hicieran las duras y las medio marimachas. Pero yo qué podría responderle a Lucrecia si jamás me gustó el cine mexicano.

–No evada mi pregunta… ¿Le parece que los mexicanos son mierderos, violentos, borrachos y poco confiables? –preguntó Lucrecia con su habitual parsimonia.

Una escritora tan fina diciendo ¨mierderos¨. ¡Ah, y diciendo ¨poco confiables¨!, como el amigo que me dijo: ni negros ni mexicanos, no son confiables. ¡Qué aprieto! Las manos y el cuello comenzaron a sudarme. Miré la cara de la vieja: definitivamente era un alma inteligente metida en un cuerpo de mexicana….y había que responderle algo que la dejara  satisfecha.

-No, señora, los mexicanos son como cualquier persona. Supongo que haya mexicanos buenos y mexicanos malos…aunque seguro que son más los buenos que los malos.

Lucrecia se rio con todo el cuerpo. Era una risa extraña, como una burla. ¿Le pareció mediocre mi respuesta? No sé en verdad nada sobre mexicanos. Nada serio, ¿me entiendes? ¿Por qué entonces me hacía esa pregunta? El jefe de piso jamás me preguntó qué demonios pensaba yo de los yanquis, o qué pensaba del sabor de las Mc Donalds.

-Los mexicanos son unos putos malinches –dijo cuando acabó de reír–. Le venden el alma al Diablo.

Si intentaba decirme que los mexicanos vendían su alma por un quilo, eso lo entendía. Pero, ¿malinches?, ¿qué coño era eso de ser malinches? No entendía un carajo respecto a qué cosa era ser un puto y a la vez ser un malinche. Algo muy jodido debía ser; pero yo no entendía. Lucrecia vio la ignorancia dibujada en mi cara y se dispuso a ayudarme:

–La Malinche fue una india muy hermosa que traicionó a los aztecas para irse a dormir a la cama del conquistador español Hernán Cortés. Ella le contó todos los secretos para vencer a los aztecas. Un malinche es un traidor, ¿ya entiende?… aunque dicen que la traición es un  concepto muy relativo.

–Entonces usted cree que los mexicanos son unos traidores, ¿no es así? –pregunté con una suerte de alivio –si usted lo dice, usted sabrá.  Pero yo –de verdad se lo digo–  no sé absolutamente nada del asunto.

Lucrecia se dio por satisfecha o se aburrió de insistir y volvió a meter la cabeza en lo que estaba escribiendo. Respiré aliviada. Aunque debí responderle sin miedo: “Sin embargo, usted también es mexicana”. Pero no lo hice, Nere, no lo hice. Al fin y al cabo la vieja tendría sus razones y yo quería conservar mi empleo. Ella sabría muy bien por qué la gente suya eran malinches. A su hermano no lo ametrallaron los rusos ni los yanquis, sino los propios mexicanos.

Pensé entonces que debía cuidarme de Lucrecia. Los escritores son del carajo: me creo que la vieja es muy correcta y, cuando menos lo imagino, aparezco vendiendo mariguana o traficando cosas peores en cualquiera de sus libros.

Después de aquel sofocón, nunca más volvió a preguntarme qué pensaba de su gente. Pero una tarde regresó medio triste de la calle y me contó que había hecho testamento o algo por el estilo: sus cenizas no se quedarían en ningún cementerio de Las Vegas, sino que serían esparcidas en medio de cualquier bosque de su  México lindo.

–Un pintor americano dijo que México es la tierra más maravillosamente pintoresca de cuantas el sol  ilumina…y yo pienso exactamente lo mismo.

¡Así que México maravilloso! ¡Una joya bajo el sol! ¡Y elogiada por un pintor americano! Lo único que faltaba. ¿Has visto contradicción mayor que esta, Nereyda? Si México está lleno de malinches, de gente cobarde y traidora, y de cualquier cantidad de narcotraficantes, cómo puede ser un país lindo y pintoresco. No, qué va, mi amiga, un lugar así debe ser feísimo. Además, ¿para qué carajo volver atrás, aunque sea en un cajón de madera y  hecha un montón de cenizas?

–¿Sabe usted por qué pedí que llevaran mis cenizas a México apenas muera? –no respondí la pregunta, aunque Lucrecia esperó largamente mi respuesta–. ¡Pues porque yo soy más mexicana que la Pirámide del Sol!

¡Acabáramos, señora! ¿Quién entiende a estos mexicanos?, me dije cuando me dijo que quería sus cenizas esparcidas en el México malinche. Sí, Nere, ya sé que vas a decirme: “¡pero miren quién critica!: la mujer que quiere ordenar sobre una casa en la que ya no va a vivir nunca”. Bueno, mi amiga, quién sabe: a lo mejor  me ataca el mismísimo petate  que a La Lucre, me vuelvo loca y decido antes de morirme que envíen mis cenizas a Cuba y las rieguen en el jardín de mi casa.

Lucrecia habla muy poco, es verdad;  pero ayer me habló largamente de la cocina mexicana. Dice que un escritor famoso dijo que era una de las tres mejores del mundo, junto con la francesa y la china, y me contó que México siempre tuvo grandes poetas y grandes escritores, y filósofos y artistas tan buenos como los más buenos filósofos y artistas que hayan existido, y que los mexicanos nacían en cualquier  sitio del mundo; pero, por puro gusto, acababan siendo mexicanos, como un señor español que hizo un montón de películas famosas y murió con pasaporte mexicano en el bolsillo, o como un panameño y una polaca, mexicanos de alma  que hicieron historia escribiendo libros y ganando premios famosos, o como la Rocío Dúrcal, española y bien ranchera, o como Luis Miguelito, el de los boleros, un puertorriqueño muy cuate, o como La Chavela, borrachita, lesbiana y cantante talentosa y capaz de responderle  al zoquete que le dijo: “usted es costarricense, no es mexicana, por qué dice que lo es”.

–Pues porque nosotros, los mexicanos, nacemos donde nos da nuestra chingada gana.

Y qué contarte del cuadro lleno de indios cabezones con fusiles que está colgado en la terraza. Lucrecia me contó que esos mismos indios pelearon como leones contra un imperio francés y lo sacaron a patadas de México hace ya un montón de años. ¿Estás oyendo, mi amiga? ¡De lo que una se entera! Los mexicanos derrotaron a un imperio. ¡Ay, madre mía!, si a todos esos indios les da por cruzar la frontera norte, el imperio americano dura muchísimo menos que el imperio de esos franceses.

Nere, ¡y si tú ves la foto de la mujer desnuda que tiene puesta en una pared! La mujer está acostada, con toda la pelambrera y los senos al aire, como ofreciéndose al primero que llegue. Es italiana, según me dijo Lucrecia, y fue muy famosa, no sólo porque salía desnuda en un montón de fotos, sino porque era comunista. ¡Ay, Señor, mira por lo que le dio a esa niña! Y, para colmo, no quería ser italiana, sino mexicana. Vivir para ver.

Yo, en el lugar de Lucrecia, hubiera puesto en el cuadro a un machazo de seis pies o algo menos pervertido. Sí, chica, qué hago yo con una mujer encuera en pelota en la sala de mi casa. Lucrecia, hasta donde sé, no habla jamás de un esposo o de algún viejo noviecito, ni Rufino me cuenta nada al respecto. Y eso para mí es muy sospechoso.

Cuando Lucrecia me vio parada frente a la foto, me dijo muy convencida: “Yo adoro a esa mujer por valiente y por hermosa”. ¡Oh, qué perla de viejita!, nadie la calcula, la cosa con la italiana es de adoración y todo, mi amiga. Saca tú las conclusiones.

Pero en verdad me ponían como boba las historias que contaba cuando se iba de sus silencios y se volvía una mujer sociable. Me encanta especialmente lo que dijo de Chavela, aunque en verdad no sé lo que canta esa mujercita. Lástima que ahora a Lucrecia le haya dado por recordar cada día a su hermano muerto y a sus  amigos revolucionarios y por hablarme horrores del capitalismo. Y eso sí que no me gusta, Nereyda. A mí el capitalismo no me ha hecho ningún daño. Por suerte la vieja no me enredó en sus perretas políticas, o hubiera acabado yo con un cartel en la calle, pidiendo que no persigan más a los mexicanos ilegales, que deben ser como diez millones.

II

Anoche recibí un larguísimo correo de Lisandra. Está que muerde. No sé por qué. Parece que como puse en facebook, en letras mayúsculas: DIOS, CUÍDAME DE MIS ENEMIGOS, QUE DE MIS AMIGOS ME CUIDO YO, se tomó la indirecta para ella. Me echó en cara que la había defraudado, que ella siempre demostró ser una amiga, que si vivía en mi casa no era por su gusto, sino porque yo se lo rogué muchísimas veces. ¿Te imaginas, Nere? La niña dice que la defraudé. ¿Tú crees que a una amiga como yo se le dice eso?

Me cuenta que pintó las paredes con el mismo color que tenían antes, que compró un nuevo cerrojo para  la puerta principal, aunque había descubierto, apenas se instaló en la casa, que el antiguo cerrojo ya no servía, y me dijo que arrancó la mata de aguacate que había sembrado porque a mí me molestaba, que todo ya  estaba exactamente igual que antes y que, en un par de días, en cuanto tú regresaras,  iba a dejarme contigo la llave de la casa porque se va definitivamente a vivir en otra parte. ¿Será fresca esa niña? La Biblia dice que se verán horrores. No, mi chinita, ¡ya los estamos viendo!

¿Te has dado cuenta en verdad, Nereyda, cómo son las personas? Yo me he quedado fría con esa actitud de Lisandra. Bueno, mi amiga, tú sabes de qué pata cojean ellos. Si no la hacen a la entrada .Pero me duele, coño, me duele lo que me dijo.

A la mañana siguiente me fui muy disgustada a casa de Lucrecia y la encontré sentada en su carro, ya con Rufino al timón, listos para salir a la calle. Me miró con los ojos tristes y me apretó la mano cuando fui a su ventanilla a interesarme por ella. “Quizás muy pronto nos vayamos a México por una temporada”, me dijo mientras volvía a apretar mi mano.

“En México usted ya no tiene nada que buscar –le dije sinceramente–. Al pasado hay que dejarlo en el pasado.

–Sí, yo sé que la Patria es el lugar donde mejor uno se sienta. Pero yo necesito respirar el aire de México.

¿Tú sabes, Nere, a qué debe oler el aire de México? No dudo que a tortilla de maíz y cocaína. ¿A qué otra cosa va a oler? ¡Ay, con lo buena que es Lucrecia y mira dónde se encuentra el aire que la vieja necesita! Yo, cada vez que respiro el aire de mi pueblo, si no me ahogo es por puro milagro.

–¿Por qué pone cara de asombro? Dice una canción cubana: “te odio y sin embargo te quiero; te odio y no puedo olvidarte”.

Jamás la he oído. Pero ya sabes, por supuesto, que, más allá o más acá del amor de la vieja por México, y aunque su ausencia fuera solamente por una temporada, debía largarme con mi música a otro sitio de Las Vegas o quizás de Miami, porque al México que Lucrecia odia y sin embargo quiere, que odia mucho y no puede olvidar, no voy a buscar absolutamente nada, aunque la vieja me lo pida de rodillas. Tercer Mundo es Tercer Mundo. ¡Vaya, carajo, mira que la vida es dura! Cuando empezaba a querer a la vieja, la vieja pone en el mapa más de mil kilómetros entre nosotras.

Voy a extrañarla, tú sabes. Voy a extrañarla, yo que nunca imaginé que podría extrañar a un mexicano. Si hubiéramos tenido un poco más de confianza, le habría contado mi historia terrible con Lisandra. Aunque pensándolo bien, mejor no haberlo hecho, porque tal vez hubiera yo acabado de bruja en cualquiera de sus libros, y Lisandra hubiera acabado de Blancanieves.

III

Aunque no estaba confirmada la fecha del viaje, me senté largamente a buscar nuevas opciones de empleo. Ninguna en un hotel. No me interesaban. No iban a sacarme de nuevo el buche por la boca.  Quería un empleo del tipo que tengo en la mansión de Lucrecia. Por eso pasé lápiz rojo a uno que ofertaban en un barrio de Las Vegas, me fui hasta allá, toqué la puerta del apartamento donde vivía un señor colombiano que buscaba los servicios de  una empleada, y de pronto tuve enfrente a un negro alto y muy lindo, con un inconfundible acento colombiano. Me dijo que se llama Jesús Ernesto y que su madre está postrada en un sillón de ruedas y necesita cuidados de lunes a viernes, entre las cinco y las diez de la noche.

Jesús Ernesto paga muy bien, mejor que Lucrecia. Le dije que sabía cocinar, que me esmeraba mucho en cada tarea de limpieza y me llevaba muy bien con todas las personas, especialmente con los ancianos. Me advirtió que de la limpieza se encargaría otra empleada, que yo sólo debía cuidar a su madre, llevarla al baño cuando me lo pidiera, conversar con ella de temas agradables, leerle alguna revista, ponerle la televisión y servirle leche o gelatina después de las ocho. Y, al despedirnos, me regaló una sonrisa que me dejó como loca. ¡Niña, qué dientes más lindos! ¡Uy, me ericé de arriba abajo! Yo creo que con este Jesús voy a entenderme mejor que con el Jesús de la Iglesia, y espero no me pregunte qué rayos pienso yo de los colombianos.  Ahora no, porque es muy pronto, pero apenas entremos en confianza le digo a Jesús Ernesto y a su madre:

–Yo tengo una gran amiga que se llama Lisandra y es igualita a ustedes. De verdad que es igualita.

Y seguro su confianza se me abre, como se abrió la confianza de Lucrecia. Y entonces le cuento a Lisandra que trabajo en casa de unos negritos colombianos que son buenísimas personas y que ya los quiero casi como a ella. Y tal vez cuando le cuente esa historia se le olvidan la mata de aguacate, el perro pulgoso, mi odio al pescado, la orden de no pintar la casa ni cambiar de sitio los muebles…y entonces tiramos a la basura los rencores, y volvemos a pensar que somos hermanas, y como hermanas vivimos  de nuevo de  hoy en adelante… Aunque ahora me pregunto, Nereyda: ¿no será Jesús Ernesto algún narcotraficante colombiano.