En nombre del padre

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Para Armando Tejuca

 

Mi nuevo trabajo me lo había buscado mi esposa.

Luego de ver el anuncio, y las fotos de lo que necesitaban, les explicó a los de la academia que en su casa tenía uno, no como el ejemplar del poster, pero sin dudas podía servirles.

La directora me dio una entrevista y me caló de arriba abajo por encima de sus espejuelos.

«¿Puedes venir hoy a las seis?»

Había pasado la prueba.

El trabajo era muy simple.

Se suponía que era un profesional del negocio que lo había hecho miles de veces, como aseguraba un currículo inventado en un abrir y cerrar de ojos. Lo bueno era que no tenía que hablar ni inglés ni ninguna otra lengua, viva o muerta, conocida o no.

O sea, gran parte de mi trabajo consistía en estar en silencio.

El resto era todavía más simple: mantenerme en la misma posición durante mucho tiempo.

A veces hasta una hora.

Por último, y lo más importante: no solo debía estar quieto y sin abrir la boca, sino desnudo.

No obstante, quedaba algo sugerido que no estaba registrado y que incumbía a la índole tanto física como espiritual del contenido del nuevo empleo: evitar la erección. Pues la a veces habitual relación desnudez-erección quedaba fuera del espacio de la academia.

Sin que nadie me lo dijera lidiar contra esa variación de la fuerza de la naturaleza era, en realidad, la única precaución que debía tener presente cada jornada.

Siempre había salido airoso. Al punto de que cualquier manifestación, o travesura, de mi sexualidad jamás llegó a ser un desvelo mientras hacía mi trabajo. Y dejar de preocuparme por algo tan fastidioso me permitía concentrarme en mi conexión con el lugar y la gente que me rodeaba.

Así dejaba correr el tiempo.

De pie, en imitación del discóbolo, el David o un pelotero con el bate en ristre. Sentado en una banqueta. Tumbado sobre unas sábanas rojas. Veía los paisajes y retratos colgados en las paredes. Lagos remotos, melancólicos, a la hora del crepúsculo. Bosques cubiertos de nieve. La luz de un lejano recodo a orillas de un río. Jimmy Hendrix incendiando su guitarra. Un niño acostado entre las olas de una playa.

Cada uno con su precio etiquetado.

Otras veces miraba a los aprendices e imaginaba cómo serían sus vidas. Creaba historias de acuerdo a algún rasgo distintivo que tuvieran. O a partir de cualquier cosa que me sugirieran mientras dibujaban o pintaban mi cuerpo.

Ese era el momento en que mi trabajo adquiría su verdadera dimensión, aunque no estuviera indicado en ninguna parte: cada uno retrataba al que tenía enfrente.

«Nueva pose, cuarenta y cinco minutos», indicó el profesor.

Di media vuelta, tomé el palo de escoba que había a mis pies a manera de lanza. Quedé clavado como un soldado romano de infantería, o un pretoriano, delante de dos mujeres, una asiática y una nativa.

La asiática estaba sentada detrás de un caballete. El soldado vio que la mujer miraba su pene inerte antes de tocar sus materiales de trabajo.

La nativa, de pie, medía el cuerpo del infante con el cabo de su pincel. Sus piernas se extendían magníficas más abajo del delantal.

La asiática no cambiaba su vista del mismo lugar. Intenté descifrar la expresión de su cara. Nada. Era como exhibirme desnudo para una cabina telefónica.

Entonces la nativa se deshizo de sus sandalias con un gesto más snob que enérgico y quedó descalza.

El pretoriano apretó la lanza.

La alarma de una leve pulsación erótica sacudió mi cuerpo.

El rostro, la carne bajo el delantal y las piernas de la nativa me devolvieron la sombra vencida del peligro de una erección.

Giré mis ojos hacia la asiática que había empezado a trabajar. Pero mi vista osciló traicionera y se clavó en las piernas de la nativa, en la forma exquisita y la suave textura de sus pies.

El legionario presionó con fuerza su puño alrededor de su arma, encogió el estómago y se extravió en el paisaje invernal exhibido en una de las paredes.

Aun en medio del bosque por donde vagaba el infante percibía el llamado de sus piernas. La nativa desplegaba una energía delante de su caballete digna de lo que seguro no era: una aprendiz talentosa.

Vagué entre los árboles sin hojas y los pinos vencidos por la nieve. A pesar de mi esfuerzo no dejaba de sentir una alarmante vibración en mi miembro, y lo supe sin remedio: la erección se insinuaba cercana, inevitable.

Escapé del bosque, huí de la playa…

Busqué desesperadamente algo a que asirme dentro del escaso radio que me permitía la pose de soldado.

Escudriñé a la asiática. Mi mente se detuvo en ella hasta que la sombra anunciadora abandonó mi pelvis.

El cuerpo me decía que todavía no era suficiente.

Entonces recurrí a mi mejor recurso cuando la demasiada quietud hacía que la ansiedad se apoderara de mí. La asiática, imaginé, debía tener una historia que la había llevado a estar delante de un caballete dibujando a un falso legionario en pelotas.

Su historia comenzaba en Montana, Alberta, de preferencia un verano. Justo en el momento en que Bobby Nell, un tipo rubio fortachón, camisa a cuadros, vaqueros, botas, espuelas y sombrero texano, iba montado en su caballo, un vistoso alazán (o tal vez blanco, como el caballo blanco de Antonio Maceo).

Bobby cabalga por la calle principal del pueblo. En una de sus manos lleva un contenedor plástico repleto de sushis. Aguacate. Salmón. Pepino. Camote. Langostino. Abre el recipiente, mete sus dedos, escoge uno de langostino y lo devora despacio. Paladea la sutileza del alga, la calidad del arroz, el sabor del marisco.

El vaquero mastica con sabiduría que es cosa de alargar el placer.

Recostados al muro del parqueo de un taller Sam y Jimmy esperan a que el mecánico cambie una pieza en el motor del tractor.

Bobby pasa cerca de ellos, saluda. Continúa la marcha.

Los dos hombres lo miran estupefactos.

«¿Qué mierda es eso que come ese pendejo?», pregunta Jimmy.

Antes de que Sam respondiera, miré de soslayo a la nativa. Un flequillo le colgaba sobre la frente. Con los mismos deseos seguía enfrascada en una pelea contra su cartulina.

¿Qué estaría haciendo con el cuerpo del soldado?

Nuestras miradas se cruzaron.

El legionario regresó a Montana, Alberta.

Sam lanza un escupitajo.

«El mejor montero de toros de Alberta y comiendo comida de maricones», dice.

Jimmy hace una mueca de asco. Lo imita. Su salivazo cae más lejos que el de su amigo.

«Un vaquero que se respete sólo come bistec y salchichas hechas en barbecue», reconoce.

Sam escupe mucho más allá que Jimmy.

«Se verán horrores, socio», dice Jimmy tras observar la parábola perfecta descrita por el gargajo de Sam.

«Comida de putos», afirma Sam, se limpia el rastro de saliva en el bigote y los labios. «Que me embista un toro, cojones».

Jimmy mide la distancia del salivazo lanzado por Sam. Es un lanzamiento olímpico. Sabe que no le alcanzará ni aunque lo intente cien veces.

La asiática otra vez miraba hacia el pene del pretoriano.

«Diez años», murmura Sam misterioso, «diez jodidos años…»

Jimmy lo observa cejijunto, se quita el sombreo, se abanica con él. No sabe de qué habla su compañero.

«Diez años con el puesto de perros calientes en el mismo sitio frente al cine, llegan esos chinos maricones con su restaurante, y el viejo Bill tiene que largarse», dice molesto Sam y a modo de colofón lanza otro…

Es bueno este Sam en eso de la escupidera varonil.

En el restaurante Banzai el padre de la asiática hace sushis delante de varios curiosos admirados. Alguien pide un sashimi de salmón. El hombre grita hacia la cocina.

La asiática, que es una adolescente, dibuja en un cuaderno sentada en una de las mesas vacías.

La habilidad de su padre para hacer sushis es admirable. Mas, los curiosos no están en el restaurante para verlo enfrascado en algo tan minucioso y aburrido.

El cocinero acaba la faena. La emprende con la elaboración de los fideos para el ramen. Empresa más acrobática que culinaria. El padre juega con la masa, la lanza, la recibe de espalda, de frente, la estira, la vuelve a estirar, la extiende, la hace girar encima de un cucharón a modo de sombrilla, la corta…

Los clientes, sencillos pobladores de Montana, Alberta, siguen cada maniobra con exclamaciones de asombro. El cocinero sabe que una vez acabado el acto y hechos los fideos, más de uno pedirá un ramen.

En medio del performance aparecen Sam y Jimmy en el restaurante.

Sam ejecuta el acto que sabemos y que significa su actitud de viril inconformidad ante las cosas. Luego se limpia los labios y echa una mirada retadora a los habitantes de Montana, Alberta, que se divierten con el espectáculo.

La muchacha deja de dibujar y su padre, sin dejar a un lado la exhibición, se limita a agriar la expresión de su rostro.

«¿Has visto hacer algo tan maricón en tu vida Jimmy?», pregunta Sam.

Jimmy dice que no. Imita burlón los movimientos del cocinero.

Sam se para delante del cristal donde se muestran los sushis. Luego se detiene en las cervezas que se venden en el Banzai.

Lee los nombres de las etiquetas.

Mueve su cabeza en señal de fastidio.

«Putas cervezas chinas…, sabes qué, Jimmy».

Jimmy se encoje de hombros, se acomoda el bulto dentro de su portañuela.

«No estaría mal mearse ahí dentro», dice y señala las vitrinas.

Jimmy ríe.

«No es de risa, estamos en problemas, Jimmy», asevera. «Un gran problema…»

La respuesta de Jimmy es un segundo gargajo sobre el piso del Banzai.

Los hombres abandonan el lugar.

La muchacha alza su vista del cuaderno. Ve a los dos hombres marcharse y se levanta a limpiar el piso emporcado por los vaqueros.

La nativa se alejó del caballete y meditó unos segundos. Puso un pie encima del otro y sus piernas fueron el paisaje que resumía todos los paisajes apetecibles del cuerpo humano. Imagen que hizo estragos en el soldado, exacta a una lluvia de flechas que atravesara su casco, su armadura…

…el escudo…

Rancho Saddle. Propiedad de Brad Hilton, juez de paz de Montana. 21:37.

La crema de las fuerzas vivas de Montana, Alberta, que militan en la filial local de la organización norteamericana secreta White Bones, se encuentra reunida en un granero.

Frente a dos hombres colgados de las manos, y desnudos de la cintura para arriba, se encuentran los supremacistas Sam, Jimmy, el sheriff, el propio juez y un avergonzado Bobby Nell.

Cada uno tiene una cerveza en su mano.

Los pies de los apresados bailotean, intentan en vano alcanzar el piso.

«Se empieza comiendo comida china y luego nuestras mujeres no querrán cocinar», explicó el juez, «y en dos años la natalidad disminuye y la pirámide demográfica de Montana tendrá un saldo negativo, todo eso viene de la mano».

Los otros le dan la razón sin que la conexión les quede muy clara.

«Es comida japonesa…», rectifica el padre de la asiática.

«Te resultamos simpáticos, ¿eh?», lo corta Sam, deja su cerveza a un lado y le pega un fustazo en el costado.

El hombre profiere un quejido.

El sheriff, fiel a su profesión, bebe y revisa los documentos de los dos detenidos. Se para frente al dueño del Banzai.

«Muchachos les voy a confesar algo», dice.

Todos, hasta los que cuelgan, vuelven sus ojos hacia él.

«Hace poco me dijeron que los chinos le echan aserrín a la leche en polvo».

Las exclamaciones suceden a la confesión.

«Vienen, construyen un ferrocarril de mierda de costa a costa, y luego piensan que tienen derecho a todo», sentencia el juez.

Sam, contagiado por el espíritu de la gran verdad que ha escuchado, le pega otro fustazo al padre de la asiática, que en el futuro se enfrascaba en dibujar la mano del legionario que descansaba sobre su cintura.

«Yo no soy chino», dice su padre.

«Si tú no eres chino yo soy Pocahontas», dice Jimmy y si no escupe a los lejos, es porque está encima del piso del granero que pertenece a la ley y el orden.

Todos ríen.

«Soy vietnamita de padres tailandeses», informa el dueño del Banzai.

Las risas de pronto se apagan, los de la White Bones carraspean, y vuelven a reír con más deseos aún.

«¿Y tú de dónde eres?», le pregunta el juez al ayudante de cocina.

«Yo soy cubano, pero mis abuelos y los padres de mis abuelos son chinos, de Hong Kong», casi balbucea la víctima.

«Vietnamitas, tailandeses, cubanos, mierda, todos son chinos», asegura el sheriff. «¡Es como un maldito cáncer!».

El padre de la asiática dice algo sobre la democracia y la calidad de residentes permanentes que disfrutan él y su ayudante…, pero no puede acabar su idea. El avergonzado Bobby, intentando enmendar su falta mostrada en público, liquida su cerveza y le pega un puñetazo en el estómago.

El cocinero boquea por la falta de aire.

«Se han fijado que mal hablan inglés estos maricas», observa el juez.

El resto está de acuerdo.

Después de una pausa, en apariencias reflexiva, la nativa redobló las ansias con que dibujaba al legionario.

Incliné mis ojos hacia la asiática que otra vez me miraba fijo más abajo del ombligo.

¿Qué pensarían las dos mujeres del hombre que dibujaban?

El juez se acerca al padre de la asiática. Hace una seña al vaquero arrepentido de su gusto por el sushi.

Bobby Nell atiza un hierro en el barbecue.

«Mejor se van a Quebec», les aconseja el juez. «Allí no tienen ni que hablar inglés, y a esos hijos de putas seguro les encanta la comida china».

Los demás están de acuerdo.

El sheriff le da varios consejos a Bobby Nell con el barbecue.

Sam, cohibido también de su afición por encontrarse en predios del juez Hilton, no le basta con la bebida, finalmente no se puede reprimir más…

escupe… lejos, muy lejos…

El juez se hace del atizador.

El metal está al rojo vivo.

Es el usado para marcar el ganado.

Se acerca aún más al cocinero.

«Sabes qué responde Toni Soprano cuando le preguntan a qué se dedica», le pregunta el juez.

Uno de los grandes defectos de los cubanos es que creen saberlo casi todo.

El ayudante presiente lo que sucederá. Grita, él sabe la respuesta, Los Soprano es su serie favorita, y también recibe un fuerte puñetazo en el estómago, de parte de Jimmy en esta ocasión.

El cocinero siente el calor aproximarse.

«Gestión de deshechos», responde el juez sonriente. «Y aquí tenemos una crisis provocada porque no hemos sido cuidadosos con ese tipo de negocios».

Imaginé la vista como si hubiese una cámara situada en un dron encima del granero.

Escuché el grito desgarrado del cocinero.

Las manos de la nativa estaban renegridas por el uso del carboncillo.

Sentí el olor de la carne chamuscada. Vi bajarse al cocinero junto con su hija en la estación de trenes de Bonaventure, lejos, muy lejos, como los escupitajos de Sam y Jimmy, de Montana, Alberta. En su maleta la adolescente lleva cientos de dibujos de hombres montados a caballo. Y, justo en ese mismo instante, Sam se encuentra parado enfrente del local donde estuviera instalado el restaurante Banzai. Bebe su café matinal comprado en Tim Horton. Mira complacido el regreso del puesto de perros calientes. A sus espaldas Bobby Nell cabalga, presa de cierta nostalgia, con las manos vacías.

Sonó el timer y el legionario bajó la lanza.

Me puse la toalla en la cintura. Bajé del estrado y me senté en una banqueta.

La asiática recogió sus bocetos y dibujos, los guardó en una carpeta. Cerró el caballete. Me había gustado la historia de su vida en Montana, Alberta. Nadie la sabría jamás ni se sometería a prueba ni corrección alguna.

La de la asiática era mi historia y punto.

La nativa se alejó del caballete y se calzó otra vez. La vi conversar con otros estudiantes y no sé por qué me acerqué a su dibujo.

Ni la mano del legionario sostenía una lanza ni su cuerpo estaba erguido ni su rostro miraba al horizonte.

Delante de mí tuve un conmovedor retrato de mi padre, su cara, en aquellas, sus malas horas, la expresión desencajada, los surcos profundos encima de la boca, la calva quemada por el sol, la barba de tres días, la sombra del alcohol bajo su piel…

Era mi padre tal como lo recordaba la única vez que nos abrazamos.

Fui hacia el baño.

«Buenas tardes, viejo», me dije frente al espejo.

 

Montreal, agosto/2014