Felipe Vázquez, El ser nada sin por qué, Fondo Editorial Estado de México/Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2025, 84 pp.
1. Gracias a la “Noticia bibliográfica” de las páginas finales, se sabe que El ser nada sin por qué, de Felipe Vázquez, reúne dos conjuntos. El primero, escrito entre 2001 y 2012, le da título al volumen; el segundo, “Poemas sueltos”, en realidad se reduce a un par: uno, de seis páginas, concebido en 1986; el otro, un tanto más extenso, al año siguiente. Dieciséis poemas en total. A continuación, con ánimo justiciero, podría sobrevenir la exclamación. ¡Casi tres lustros para plasmar 80 páginas! De asombro, sí, por haber descubierto que la del autor sería una suerte de monumento a la paciencia, mientras no se olvide que el proyecto original ––dato también incluido en la “Noticia”–– alcanzó las 250 cuartillas. De condena, sí, en cuanto se compara su productividad con la de numerosos novelistas contemporáneos ––y ni tan contemporáneos: Stendhal dictó La cartuja de Parma en 52 días––. Muchos de ellos, como se sabe, profesan un ritual ampliamente difundido por el mercado: la hazaña de escribir (y publicar) un libro al año. En descargo de Vázquez, si es que tal asunto merece un comentario más, debe decirse que publicó en ese lapso, entre otros volúmenes, Tokonoma y Signo-a-signo.
En Cazadores de invisible, una antología personal publicada en 2014, introdujo no una advertencia sino que también se valió de una “Noticia bibliográfica”. En ella, en dos párrafos, encajó un término inusual quizá para nosotros pero decisivo para él: lectiofanía, que no es otra cosa que “la crítica concebida como una lectura revelatoria ––aclara el mismo Vázquez––, como un camino hacia la revelación del texto”. En El ser nada sin por qué, en cambio, el paratexto ha sido incluido para señalar el talante indispensable al sumergirse en el pasado. No de otro modo puede llamársele a la exploración de un material que fue escrito por quien era más joven cinco, diez, quince años atrás. Más allá del examen y la poda consiguiente, realizó también el rescate de dos textos que testimonian su labor de poeta cachorro.
En casos excepcionales, las noticias bibliográficas de este tipo se convierten en aportaciones al sugerir otra manera de entrada al libro. Ocurre que, en términos metáforicos, luego del fracaso al intentar el ingreso por puertas y ventanas, los apéndices contienen la clave, así sea temporal, de un texto complicado. Comoquiera que sea, tras los casi quince años que median entre 2012 y 2025 ––fecha esta última de su publicación––, ambos conjuntos se han transformado ya, inevitablemente, en objeto de un escudriñamiento, en una acción retrospectiva. Este gesto, en palabras de Roland Barthes, buscaría otorgarles un “destino inteligible”.
Aunque la figura del editor posea un origen más o menos lejano, en su representación moderna el nombre de Aldo Manuzio goza, me parece, de un lugar emblemático. Por editor entiendo, en consecuencia, a la persona que desarrolla actividades como redactar advertencias, introducir notas y fijar un texto. (Manuzio, por alguna razón, no introdujo notas pero sí desempeñó las otras tareas.) Los autores contemporáneos, cosa inevitable en rigor, han terminado por asumir labores similares. Por el momento me interesa únicamente resaltar la parte que atañe a su propio trabajo. Desde la publicación de La tierra baldía, en 1922, apéndices como los que han sido aludidos, salvo la fijación de textos, pueblan las ediciones. Algunos son caprichosos, espléndidas perlas de la coquetería erudita del escritor. Otros resultan en general edificantes. Los hay incluso inocuos, sin contar aquellos que, tras su examen, se transforman en el cadalso mismo del autor.
2. El ser nada sin por qué es, en principio, una celebración del lenguaje (“he sido/ reo en la red de espejos de mi nombre”). Una celebración, si esto no introduce un contrasentido, dosificada. El título alude tanto a una acción como a una condición. “Nada” se presenta como un verbo y un sustantivo a la vez. El ser, de este modo, más que una entidad terrestre, reclamaría para sí una condición líquida. Celebración remite, en principio, a un momento fuera de lo habitual en donde decir celebración también significa decir exceso. No se crea por eso que Vázquez se desenvuelve exclusivamente en la exuberancia lezamiana o que exhibe una propensión carnavalezca. Como el pescador que conoce las especies contenidas en su barca, para que esa celebración del sentido no se desborde el ritmo ejerce, digámoslo así, su control. Baste decir que el verso no rehúye el encabalgamiento y que a menudo se refrena creando giros inesperados. Sin un metro único, en tanto el autor parece más interesado en conservar una musicalidad que no sea impuesta por la isometría, descuellan sobre todo endecasílabos, heptásilabos y eneasílabos. (Los poemas juveniles, que casi he marginado, se comportan de otro modo.) El sujeto lírico que puebla las páginas de El ser nada sin por qué es, aunque suene a título de García Márquez, un sonámbulo en su laberinto.
Al fin hallar el río, y no saber
en qué piedra inicia la sequía.
Ser bajo la noche una cigarra
sin élitros de cal nos clarifica.
El sol nos teje flor de grietas
y sirga mi nabla hacia el origen.
Al son del yunque va, salmón,
varado en las fallas de mi sed.
Si bien la anterior es una ruta a la que Vázquez debió considerarle sus alcances, me interesa más tantear la otra posibilidad del título porque hay en ella una suerte de gratuidad: el ser sin ningún propósito o, mejor, ninguno en el que prive la obediencia. No otro es el destino, a juzgar por los hechos, que sigue fatalmente la poesía. Pese a que su existencia, por su naturaleza misma, haya adquirido la condición de objeto oscuro del deseo para tirios y troyanos, la poesía ha transitado libre y airosa.
La realidad que instaura la poesía, si ocurre, lo hace sólo en el libro casi siempre. Escenas que no fueron estampadas en verso, por ejemplo, pero en cuyas imágenes no hay sino poesía: cuando Pedro Páramo, el simbólico personaje de Juan Rulfo, se deleita en el recuerdo de Susana San Juan, tal cosa sucede únicamente en el espesor que alcanzan las palabras de Pedro Páramo. Pese a no ser éste un poema, el poema es hermoso, diría Vicente Huidobro en otro contexto, porque en él las situaciones que se dan no existirían si el poema no existiese.
Si la poesía es un inutensilio, según le parece a Paulo Leminski, tiene que serlo porque escapa a las reglas del mercado. No lo postula Vázquez, desde luego, pero resulta evidente que los poemas de El ser nada sin por qué distan una eternidad de tener algún sentido utilitario. El mercado, para que los productos circulen sin contratiempos, demanda artefactos con algún grado de simplicidad. La escasa consistencia que se aguarda de ellos, condición indispensable para su comunicación inmediata, garantiza su fluidez. Por eso la pregunta recurrente, ¿qué quiso decir el autor?, debería trocarse, más bien, por ¿qué posibilidades tiene de decir la obra?, si es que su existencia misma la obliga a decir. Incluso el “fracaso”, la circunstancia que refiere el autor al haberse extendido el libro hasta las 250 páginas y luego reducido, ¿importa? Mi respuesta es negativa. Al autor, por lo que se ve, le interesa tener clara la genealogía de la obra que el lector tiene en sus manos. El lector, en cambio, sólo puede establecer un juicio acerca de lo que sostiene en las manos. Lo demás bien podría ser mera ficción, cosa que, para el caso, si no a un ámbito lejano, concierne, sí, a uno diferente.
3. Al contrario de la novela, el poema neobarroco se resiste a poseer principio, medio y final. En la poesía de Vázquez, a semejanza del poema neobarroco, el medio goza del privilegio. Sabemos que habla de la muerte porque es una nota recurrente (“La extraña se disfraza con mi piel/ y al doblar la calle dobla el tiempo”), pero ignoramos, no por deficiencia ni por imposibilidades del lenguaje, un antes y un después. La experiencia de Vázquez con el lenguaje escapa a lo pedestre, a lo populista. La suya se ubica en las antípodas de la sedicente poesía de la experiencia, que se sirve del lenguaje, lo vuelve utilitario e intenta, sin lograrlo, tornar también utilitaria la poesía.
No es descabellado decir que ciertos poetas, sin pronunciarse, suscribirían lo que algunos llaman la lectura o la mirada pre-industrial. Se trata, como ha de intuirse ya, de un tiempo dilatado en el que nada de la tecnología contemporánea interfiere con el disfute de la lectura realizada con todos los sentidos, alejada por completo de las distracciones que apelan a la vista más que al oído. La poesía de Felipe Vázquez demanda ese tiempo o, mejor dicho, esa insistencia: la lectura y la relectura en las que se retienen, sin dificultades, imágenes visuales y auditivas. Si bien es cierto que toda obra admite lecturas diversas, también es cierto que los poemas de Vázquez exigen de los sentidos su atención absoluta porque el significante apunta en varias direcciones. Que después el lector elija, para poder comunicarse, sólo una en apariencia, no quiere decir que este lector deba conducirse distraídamente.
Dicho lo anterior, podría suponerse que Vázquez no comete yerros. Tan deslubrantes son sus imágenes que aquéllos a menudo pasan inadvertidos. ¿Quién puede reparar, por ejemplo, en un endecasílabo como “Oasis en el desierto de chatarra”, poco afortunado, cuando previamente, en el mismo poema, se ha tropezado con los siguientes versos?
Cuando creas mirarme, la gacela
habrá roto el agua (…)
sin agonía:
el ciervo no cierra sus ojos al beber.
Si al lector no le satisfacen los anteriores, parafraseando a Groucho Marx, tengo estos otros:
El filo de la luz
por tu piel baja en lajas la escalera,
en mi sangre el roto espejo de la sed.
Como si hiciera falta su mención, en un afán lúdico, Vázquez nos recuerda que publicó previamente dos libros cuyos títulos se leen aquí: “Signo a signo, /ara en oro la selva del error” y “El naufragio vertical me labra, / nos abre muro de cráneos junto al mar”. Otra posibilidad es que ambos títulos hayan sido escritos paralelamente ––una parte al menos–– a esas 250 cuartillas o que esos libros se hayan desprendido de éstas. Se trata, como seguramente se recuerda, de Signo-a-signo (2001) y El naufragio vertical (2017).
El “desierto del habla”, “Errar en el desierto del habla”, como dice un verso de El ser nada sin por qué, significa el silencio. En este caso, un silencio roto por un lenguaje ante el cual mucha de la actual cháchara resulta, gracias a su vacuidad, un desierto.























