Francisco Segovia: el ensayo

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Los lectores que conocen la obra de Francisco Segovia suelen tener en el centro de su escritura la poesía. Y sí, sin duda, es ese género la que le da un lugar notable entre los autores de su generación, más allá de que ha escrito varios libros de relatos de notable calidad y gracia textual, pero, manifiesto desde el mismo título con el que los reunió, Nueva sarta de abalorios, es su condición de divertimentos. Muchos de ellos pueden ser considerados incluso poemas en prosa. Sin embargo, y de forma paralela a su ya extensa poesía ha desarrollado una no menos extensa obra ensayística, que suma ya más de diez títulos en su haber. El más reciente, titulado escuetamente 18 ensayos. ¿Qué tipo de ensayo practica? Muy claramente el de un poeta, es decir, un abordaje que tanto temáticamente como metodológicamente, es muy libre, desde temas abstractos y abstrusos, las distopías, por ejemplo, hasta muy puntuales, como un rasgo específico de la poesía de un autor. No pocos de ellos son ensayos por encargo un prólogo solicitado, una presentación y de muy variable extensión y calado, desde libros monográficos (uno sobre Jorge Cuesta) hasta claramente misceláneos, pero todos ellos preocupados ocupados de entender el cómo y el porqué del sentido más allá del caso específico que se analiza. No quiero decir con ello que se trate de ensayos filosóficos, pero sí en los que el sustrato pertenece a este nivel o área de la reflexión. El suele presentarse profesionalmente como lexicógrafo: hagámosle caso: sus ensayos son de un lexicógrafo, alguien que escucha a las palabras desde dentro y desde fuera, que sabe que la sintaxis siempre significa. La aparición de dos libros suyos, casi de manera simultánea el ya mencionado 18 ensayos (Bonilla editores) y Glosas (Universidad Veracruzana) nos permite acercarnos a su manera de reflexionar, no fácil de ceñir a uno u otro tema, pero sí con una gran unidad, precisamente, de sentido.

¿Cómo se relaciona su ensayo con la poesía? Con cierta distancia, diríamos. Su poesía, por lo menos la reunida en Aire común, es una poesía que podríamos describir como existencial, ligada a la vida y específicamente a su vida, pero lejos de una lírica confesional. Con gran cuidado formal y evidente musicalidad y atención a las palabras, con esa obsesión, que los poetas mexicanos heredamos de López Velarde, por el adjetivo más preciso, aunque pueda parecer extraño. Sus ensayos, en cambio, establecen una distancia diferente con la experiencia, menos existencial incluso en aquellos que son testimonios de amistad ha escrito mucho sobre sus contemporáneos. Ha escrito también muchos textos sobre asuntos lingüísticos y curiosidades léxicas, pero nunca desde la mirada del especialista sino del que ve en ellos una trama, un tejido, una narración. Esta palabra nos da una pista: el ensayo tiene siempre, desde Montaigne, algo de relato, pero incluso cuando relata cosas personales, lo hace separándose de la persona, aunque no de lo personal. En ese sentido su ensayística es como un tren que corre paralelo a de su poesía y la acompaña sin obstruirla, desde otra vía. Y ese paralelismo se articula no pocas veces con el relato de la génesis de una reflexión. No tanto lo qué dice una novela o una poesía, una anécdota incluso, tomada de forma aislada, sino que es, que forma toma, ese decir. Por eso la importancia del lexicógrafo el que “define” palabras, aunque sea consciente de que en realidad esa definición la da su uso que decide no sólo escuchar su significado para entender su sentido, sino poner en juego una cosa sobre la otra, como la bola en la ruleta o el dado en el tablero: piensa que el secreto está en el trayecto y no cuando bola o dado están ya inmóviles sobre la mesa de apuestas. Ese tiempo anterior en el que no hay sentido para la palabra ganador (ni, tampoco, para perdedor). Esa es una primera taxonomía de los ensayistas: los que se interesan en las conclusiones, y los que lo hacen en el trayecto. Segovia pertenece a estos últimos. Por eso, por ejemplo, el término ensayo conserva ecos de su sentido teatral tanto como del químico. En muchos de sus poemas, construidos casi siempre como variaciones sobre una imagen aparece después una teatralidad la imagen se echa a andar, de allí que su más reciente libro de poemas se titule Escenas. Y en el impuso teatral lo personal se dirige a lo colectivo. Por eso, a su vez, Segovia no tiene ninguna intención especializada, no sólo sus ensayos son perfectamente comprensibles incluso cuando toca temas abstrusos, sino que puede igual escribir sobre fotografía, pintura, cine, ciencia, traducción… uno de los asuntos en los que ha realizado una notable y curiosa labor es este último terreno, la traducción. Hay veces en que so rige toda la escritura: traducir, en su sentido más lato, comunicar de una lengua a otra, de un lenguaje a otro, el sentido que hay en apariencia sólo en esa lengua, en ese lenguaje. Traducir es una manera de ser hombre, de ser humano. La maldición de Babel es en cierta manera otra expulsión del paraíso, o un reingreso a él, un retorno en el que se retorna a la otredad de lo mismo. O, de manera extrema a esa doble otredad, la otredad de lo otro. De allí que recurra con frecuencia al desdoblamiento de la paradoja en una lógica casi matemática (querido lector, reten en tu memoria, el casi).

Así Shakespeare –El rey Juan– o Brian Stoker –Drácula– nos hablan desde el mismo lugar que lo hacen Eugene Babkar (fotógrafo) o Wim Wenders (cineasta), porque a veces se intuye lo que hay detrás: lo que habla es el lugar o, otra manera de decirlo, el habla misma es un lugar o lagar, donde se pisa la uva para conseguir el mosto. Las palabras siempre tienen tras de sí, y también delante de sí, una historia: su significado se construye en el uso mismo, no hay significado sin uso ¿pero hay sentido? No lo sé, la pregunta nos asoma a un abismo. En una dirección si miramos hacia abajo, su sentido también es una construcción, si miramos, en cambio, hacia arriba –mirar el cielo también es asomarse a un abismo– no, la palabra en su condición divina, tiene sentido antes de ser usada. Vuelvo a la teatralidad: el escenario es un nombre de ese lugar del sentido, sólo que es un lugar exhibido ante el hombre, visto o escuchado, exhibido, es decir expuesto a su pérdida de sentido. Este, presente siempre y desde antes, se tiene que formular siempre en presente, de nuevo, como el verbo amor, en realidad sólo debe ser pronunciado en presente. No hay yo te amé o yo te amaré, siempre es yo te amo, sólo así tiene sentido, lo otro sólo tiene significado. Ahora, ese yo te amo no se personaliza necesariamente –yo te amo a ti– sino permanece como una afirmación, es pura potencia, posibilidad.

Otro libro reciente de Segovia es Glosas. Nos sirve de piedra angular en estas notas. La palabra glosa está cargada de significados, o mejor, pocos significados con muchos usos. En nuestra lengua hay ejemplos célebres de su cualidad, Eugenio D`Ors, por ejemplo, a principios del siglo XX en España, o a mediados Nicolás Gómez Dávila en Colombia (los llama escolios). Actualmente podríamos pensar en Luigi Amara en México. Es un género extraño destinado a pocos y sofisticados lectores, en cierta manera lectura de segundo o tercer grado, que se diferencia del ensayo en que no pretende erigir un discurso sino señalar minucias en una actitud cómplice respecto al lector. Recientemente la UV publicó un volumen titulado así de Francisco Segovia: Glosas. No nos debería extrañar: la faceta notable como ensayista de este autor –poeta y narrador– bordea muchas veces con la glosa y parte casi siempre de un sobrentendido con su lector, justamente el placer de leer y reflexionar sobre lo leído. Aun así, es un libro extraño en la ya extensa bibliografía de este escritor. Su poesía, como se dijo, reunida hasta 2015 en un extenso volumen titulado Aire común, había tocado el extremo de lo personal, pero sin volverse autocontemplativa, sino todo lo contrario: a veces de una deslumbrante “concreción abstracta”. Es un autor a quien lo define la paradoja. A partir de esa recopilación su lírica cambió: por un lado, se dirigió a la literatura misma como experiencia, es decir, una literatura “medieval” en el sentido que lo son las novelas de caballería (incluido el quijote, con afán mítico-simbólico y por otro asumió una actitud de escoliasta: aquel que comenta el sentido desde el oficio de lector. Eso es Glosas.

Otra de las inquietudes que ha tenido siempre Francisco Segovia es la de la traducción y su práctica. Entre los editores es ya conocido porque puede encargarse de traducciones difíciles y con una actitud muy flexible en torno a cómo abordarlas. Y en torno a la traducción giran la mayoría de estas glosas: señalar el porqué de una u otra elección en el proceso de verter un texto a nuestro idioma. Fruto de esa condición apareció hace un par de años Primer amor, una antología suigéneris e inspirada teóricamente, los poemas de amor más antiguos en distintas lenguas. Digamos que la diferencia entre los poemas de Aire común y parte de su obra posterior reside en que el tema o asunto ya no es lo que me ocurre a mi (a él) sino lo que le ocurre a la literatura. Su lectura es por placer igual si lee clásicos del pasado, libros sagrados, sagas míticas de poetas de hoy, y cuando decide compartirlos con los lectores (traducirlos) los comenta desde una orilla privilegiada, la del artesano obsesivo y puntilloso en encontrar el pliegue de lo que lee y mostrarlo, hacer sentir cómo el autor (o el tiempo) lo ha plegado, doblado, arrugado… enriquecido por las lecturas acumuladas. Y el género –la glosa– le permite hacer constantes juegos de palabras, a veces muy arriesgados y no pocas veces con un sentido hermenéutico muy complejo. La forma de leer este libro se corresponde, creo, con la actitud de aquel que después de un día extenuante se sienta en su sofá más cómodo y se pone a escuchar por enésima vez una de sus piezas musicales preferidas, pero en la que la “comunidad” de la escucha no lo aletarga sino al revés lo mantiene despierto, atento a esos destellos que sólo la frecuentación constante de una obra de arte revela.

Así más que un libro de autor Glosas es un libro de lector. El glosador se pone en los zapatos del autor, incluidos varios en español, e imagina el porqué de una solución formal enmarcada en la búsqueda de un sentido, creado a veces más por el tiempo que por el propio autor y así poder buscar su equivalente al trasladarlo a nuestra lengua. A nadie se le oculta que detrás de esta práctica hay la sensación de que “la poesía la escribimos entre todos” y que en ese sentido todo es traducción. Por eso al final hay una serie de traducciones sin glosa ¿para sugerir que ya la traducción es de por sí una glosa? En todo caso la glosa es un género de épocas de reposo y tranquilidad, su carácter propositivo es metaliterario y se sustrae a la historia lineal, Hay, por ejemplo, en Segovia la actitud de quien piensa en lo que un autor escribe y ante la solución que nos da su escritura se plantea si había otra, no mejor, sino diferente, y que en esa diferencia nos muestree mejor lo que se dice en el poema “original”. Eso, la originalidad es lo que la glosa pone en cuestión, no en duda sino entre interrogantes, a la vez se abandona a su fascinación romántica –yo y sólo yo puedo escribir esto– y formulación mítica: todo lo escrito está ya escrito antes de serlo, pero traslada el lugar de la creación y lo sitúa en la lectura. Extraña posición en una época en que cada vez se lee menos, aunque se lea más, es decir cada vez menos bien. Por eso, Segovia, que ya ha conquistado un cierto público lector, es un autor necesario, que nunca estará de moda, pero –otra vez paradójicamente– nunca pasará de moda.

Entonces la glosa nos lleva a preguntarnos sobre la originalidad del sentido: otra vez ¿está ya ahí cuando lo nombramos o al nombrarlo aparece, se lo crea? No creo que Segovia quiera responder a esta pregunta, la mantiene como tal en la posibilidad de sus dos –o múltiples– respuestas. Como lexicógrafo sabe que una definición en el diccionario nunca agota el uso de una palabra, en todo caso lo acota, para que al ser usada de otra manera ese uso establezca de inmediato relación con su definición. De lo contario una definición sería un acta de defunción. La condición paradójica señalada líneas arriba se materializa de manera obvia: un fotógrafo ciego, un cantante –no un músico, un cantante– sordo, un bailarín inválido, un escritor analfabeto. La glosa es un arte del placer de leer. Traducir también, y por extensión escribir. Volvamos al principio: El ensayista Francisco Segovia es un ejemplo de esa idea o concepción del ensayo: la conversación. Entre nosotros no hay muchos: Daniel Gonzáles Dueñas, Luigi Amara, Salvador Gallardo Cabrera, Gabriel Bernal. Solemos decir que nos hace falta la polémica, en realidad nos hace falta la conversación.