Antigua historia del cielo

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Hay escritores que cumplen el sueño de la longevidad literaria y continúan escribiendo libros interesantes a lo largo de su vida, más allá del umbral de su juventud. Pienso en Nabokov, por ejemplo, cuyas últimas novelas superan con holgura a las primeras. O en Thomas Mann, cuyas novelas mantienen un estándar de la primera a la última, sin registrar grandes cambios en cuanto a su tono, sus ambiciones y sus descubrimientos.

Borges es un caso atípico. En algunas entrevistas de su vejez, recuerda que cuando volvió a la ciudad de Buenos Aires, después de un viaje de años por Europa, lo que descubrió en realidad fue su propio estilo. Ya anciano, a Borges le gustaba jugar al despiste. ¿Decía la verdad o estaba jugando a distraer a sus lectores, como casi siempre en sus entrevistas para la radio o la televisión lo hacía diciendo, entre serio y mentiroso, que se arrepentía de las páginas perfectas que había escrito por parecerle entonces pomposas, barrocas o pretensiosas? Creo que decía la verdad, porque lo que Borges descubrió cuando vio Buenos Aires por segunda vez fue una forma de ser marginal, una forma secreta de ser escritor en un país alejado de las grandes capitales culturales del mundo.

Borges fue un hombre lúcido hasta el final de su vida. Sin embargo, tiene razón Ricardo Piglia cuando dice, forzando el buen juicio, que el Borges que verdaderamente importa es el de los años cuarenta: el autor de Ficciones y Artificios. El argumento de Piglia no está exento de cordura. Borges perdió la vista hacia 1955; después de esa fecha, ya no pudo escribir sin ayuda. Abandonó, con la posibilidad de leer y corregir sus propios escritos, la ficción y el ensayo y se volvió más un escritor de poemas y de cuentos realistas. Yo no digo que sean malos, todo lo contrario, pero es verdad que un núcleo de invención y de poder creativo se acabó con la posibilidad de trabajar a solas.

(Algo parecido sucedió con Juan García Ponce. A principios de la década de 1980, cuando estaba a punto de comenzar su Crónica de la intervención, empezó a requerir de la colaboración de un asistente a quien dictarle sus novelas, sus ensayos y sus cuentos. La esclerosis múltiple le había impedido la escritura y la corrección de sus propios textos. En su caso, sin embargo, no fue tanto la imposibilidad de escribir él mismo y sin ayuda lo que condicionó un cambio ostensible en su escritura, sino la enfermedad y su conciencia lo que marcó un antes y un después en la fisonomía de su obra.)

Dicho esto, podemos volver a nuestra argumentación inicial y decir que Borges es el autor de una serie disminuida de libros que se concentran en un periodo concreto de su vida, un periodo de madurez intelectual que no vuelve a repetirse a lo largo de sus 86 años. No es lo mismo el Borges de El informe de Brodie, o el Borges de los numerosos libros en colaboración, que el Borges de “Las ruinas circulares”. Ya ciego y engañosamente satisfecho, Borges mismo decía que el destino de un escritor era, con el tiempo, irse reduciendo hasta lo mínimo: un poema, un verso; una página, una línea. A más no se podía aspirar. El tiempo, el más implacable de los críticos, iba destiñendo todo lo escrito hasta dejar, apenas, los caracteres esenciales de una forma de escritura.

“… alguna vez pensé que lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio”, dice Borges en el prólogo a El informe de Brodie, refiriéndose al joven Kafka y al viejo Kipling, pero en realidad refiriéndose a sí mismo, ya en los lindes de su vejez. Un escritor “viejo” como Borges podía considerar y juzgar al escritor joven que fue. Al hacerlo —y lo hizo con frecuencia—, Borges fue despiadado y mentiroso: nunca se consideró tan malo como decía. No obstante, siendo un hombre educado, no podía admitirlo, mucho menos en público. Borges era considerado el escritor más grande su tiempo, y un autoelogio hubiese sido contraproducente y fulminante. Así, como Bernard Shaw, Borges mentía, y dejaba que sus interlocutores pensaran lo contrario (“Pero, Borges, no diga eso… usted y su literatura… usted es la literatura”).

Borges no produjo libros excepcionales en su juventud, pero todo lo que haría después estaba ya prefigurado en su primer libro: Fervor de Buenos Aires (1923). “Todo lo que escribiría después, de alguna manera ya estaba escrito en esas páginas”, lo escuché decir en una entrevista televisada de 1979. Todo lo que haría después se encuentra, de hecho, en libros menos presentables, separados por Borges del canon de su obra: Inquisiciones, por ejemplo, un libro de “ensayos” escrito en prosa criolla y publicado en 1925. El tamaño de mi esperanza (1926) y la biografía de Evaristo Carriego (1929) son libros que uno difícilmente leería por placer. La misma Historia de la eternidad (1936) requiere de un lector comedido y verdaderamente interesado en la génesis del pensamiento y el estilo de un escritor revolucionario de nuestro idioma como Borges. Tiene razón Piglia cuando quiere centrar nuestra atención en los libros publicados en la década de los cuarenta, cuando Borges aún veía. Son solo dos: Ficciones y El Aleph, el primero de 1944 y el segundo de 1949. Todo lo demás vendría siendo una mera curiosidad o simple nostalgia.

Después de un viaje de años por Europa, hacia principios de la década de 1920, los Borges regresan a Buenos Aires, y su hermana Norah le hace notar que esta ciudad, esencialmente, está conformada por casas bajas, azoteas, patios y zaguanes, a diferencia de las casas europeas, que son grandes y acostumbran, en cambio, los tejados. “Y sentí Buenos Aires./ Esta ciudad que yo creí mi pasado/ es mi porvenir, mi presente”, confiesa Borges en un poema titulado “Arrabal”, incluido en ese primer libro de 1923. Con los años modificaría esa opinión radical y se confesaría ciudadano de todas las ciudades que lo habían recibido a lo largo de su vida: Ginebra, Austin, Montevideo, Adrogué. Es decir, el sentimiento radical de ser un provinciano se vuelve, frente al público, en la afirmación de un cosmopolitismo a ultranza. Si en su juventud sus confesiones iban constituyendo las pautas de una estética, en su vejez todo más bien se acomodaba al retrato de sí mismo que terminaría conformando su legado frente al público, el rostro con el que él querría ser recordado, equivalente a la máscara de ese personaje denominado como Borges.

El ingreso de Montaigne en la edad adulta —él hablaría más bien de un ingreso deliberado y consciente en una vejez prematura— lo marca el descubrimiento de los Ensayos: todo lo que uno sabe resuena dentro de las paredes de una biblioteca, hecha de libros que uno constantamente recrea en su memoria. “A nosotros nos corresponde soñar y perder el tiempo en sandeces, y a los jóvenes mantener la reputación y hacer buen papel. Ellos van hacia el mundo, hacia el prestigio; nosotros regresamos” (“Unos versos de Virgilio”, libro iii, capítulo v). Marcel Proust descubre el fluir interminable, casi infinito, de su libro mayor, de su único libro, En busca del tiempo perdido, en el sabor recuperado de la magdalena mojada en la taza de té. En realidad, así lo creo, este proyecto interminable, y la energía de acometerlo, le viene a Proust después de la muerte de su madre. El punto final de su empresa significaría, asimismo, el punto final de su vida. El libro, dividido en siete tomos, había consumido sus energías y sus deseos de decir más.

Hay escritores que encuentran antes que otros lo que tienen que decir. Y luego de ejecutar un libro impecable sienten el deber de callar. Pienso ahora mismo en el ejemplo de Rulfo, en Pedro Páramo y El llano en llamas y en el silencio que lo acompañó después. Muchos que lo conocieron de cerca dicen que ese silencio no fue tal, que en realidad fue la imposibilidad de añadir algo a lo que ya había dicho. A su amigo Arreola le sucedió algo parecido: lo abrumó su talento, su enorme talento para transformar un cuento, una prosa de “varia invención”, como él decía, en una obra de arte. Su genialidad era una forma de la exageración. De ahí su talento para el teatro, y de ahí su talento, o su tendencia natural, a la dispersión.

Hay casos mucho menos conocidos. Yo quiero traer uno a cuento.

Un profesor de literatura invierte las horas muertas de su tiempo en fatigar los anaqueles de una biblioteca novohispana cuya construcción alienta del siglo xvi. Fantasmas de colegiados jesuitas recorren sus pasillos viendo con agrado la noble e inútil labor de este hombre, que a sus veintitantos años ha dejado de ser un joven. Son ellos, con seguridad, quienes ponen ante sus ojos un tomo (el noveno) de los quince que conforman Las cartas edificantes y curiosas escritas de las misiones extranjeras y del Levante por algunos misioneros de la Compañía de Jesús. Pese a lo desalentador de su título, el joven profesor sabe que se encuentra delante de un descubrimiento: “Hace algunos años encontré en esa biblioteca unos libros intonsos de aspecto triste y empastados en pergamino. Eran quince tomos que amortajados murmuraban su soledad y abandono. Cogí un libro y supe que estaba tomando la mano de un jesuita muerto en el desierto de Mongolia pero al soplar el polvo desapareció el tiempo que nos separaba”.

Así, el joven profesor comienza la reseña de cada uno de los tomos que componen la odisea de los misioneros jesuitas en el imperio de la gran muralla. El suyo, el trabajo vigilante de un mero reseñista de oficina, se convierte en un viaje; el joven profesor encuentra un estilo, es decir, una forma de narrar, y con ello se encuentra a sí mismo. Escribe bajo la advocación de Borges, porque su prosa no escapa a ese carácter sentencioso, pero también lo hace respetando los vaivenes del movimiento de una embarcación: “De la isla de Sanciam se dirigieron al puerto de Macao a donde llegaron el 24 de octubre de 1698. Dice el padre Premare en su carta que de los siete meses de navegación se tienen que restar veinte días que perdieron entre el Cabo de Buena Esperanza y dos o tres islas desiertas. También se tendría que restar el tiempo que perdieron en la isla de Sumatra y lo que tardaron en pasar el Estrecho de Malaca”.

Hay libros que todo lo enseñan, volúmenes que son el equivalente a años de enseñanza. Después de recorrer sus páginas uno se vuelve otro. Eso pasa con este profesor universitario: encarna en cada uno de los personajes que conforman esta historia que él está recontando; se vuelve una suerte de Marco Polo que conversa personalmente con los emperadores a los cuales sirve no solo de compañía, sino de espejo y enseñanza. El sabio que conversa con el poderoso es una variante del diálogo platónico: el saber es el precio de la hospitalidad. Entre el emperador de Oriente y el sabio de Occidente se intercambia la moneda del exotismo. Ambos, el uno para el otro, son rarezas; uno se mira en otro, se reconoce distinto y al mismo tiempo semejante. El sueño de Hugo Diego Blanco, así se llama nuestro joven profesor, perpetúa el sueño de la biblioteca pero asimismo da continuidad a la idea del viaje inmóvil, que se encuentra soterrado en el sueño de toda biblioteca.

Lunes 15 de abril de 2019, se quema la catedral de Notre Dame. La noticia empieza a cundir en los medios. En comentarios a imágenes difundidas en redes sociales, la gente expresa su espanto. En el techo, que estaba en reparación, ha comenzado el incendio. Transcurren las horas y las llamas no se detienen, el fuego abrasa la legendaria aguja y esta finalmente se derrumba, ante los ojos atónitos del mundo. No hay manera de contener el miedo, y muchos interpretan esta desgracia como un signo del final de los tiempos.

No podría decir que lo he abierto al azar, pero en las páginas de un libro que viaja del buró, al lado de mi cama, a la mesa de mi escritorio encuentro una fatídica coincidencia. El libro se abre, casi por sí solo, en la página 60, y en la cabecera se lee el título “El nuevo emperador”. Cito el principio: “El incendio prolonga el riesgo y la desgracia, desconcierta, retrocede y olvida plenamente. El incendio devasta infamias, hábitos y aldeas. No deja piedra sobre piedra, ni sueños, ni secretos, ni palabras. […] Acecha desde el borde de las cosas; cofres, obeliscos, muros, sillas, libros y ventanas…” Este párrafo parece una provocación, y un oráculo. Se publicó en 1995, veinticuatro años antes de la desgracia de Notre Dame, y tiene que ver, ficcionalmente, con China, pero bien podría aplicarse a lo ocurrido en Francia hace unos días. El volumen al que pertenece se titula Tinta china, y es el tercer libro que publicó Hugo Diego Blanco después de Las esferas de la paciencia. Parecía que no escribiría más, que el autor había agotado su pluma en ese deslumbramiento que produce, a simple vista, el imperio de la gran muralla. Pero no fue así.

Si aquel era un libro de viajes, encubierto bajo el aspecto de una amena reseña, este es un cúmulo que aspira a la página perfecta. Treinta y dos artículos publicados en las páginas de una revista (Vuelta) que pulsan una misma nota: un país, un imperio, una cultura y lo que podría girar en torno a él. El autor entiende que lo que puede girar alrededor de un imperio es el mundo y su totalidad, y para él, tanto como para los vasallos del emperador, no hay por tanto necesidad de salir para conocerlo todo.

El imperio lo es todo, pero el joven letrado, el joven intruso que todo lo aprende y todo lo sabe a partir de los libros, vive alejado de las grandes capitales imperiales. “Hui de las grandes ciudades del imperio porque sus habitantes me perseguían con preguntas insensatas”, escribe. Aprovecha estas interpolaciones en sus artículos, que en realidad son cuentos escritos en primera persona y que son partículas mínimas de prosa, para aclarar su autorretrato. Dice lo que sabe y lo disfraza de sabiduría ajena. Tira la piedra y esconde la mano. Es un joven que conoce el arte de impostar la voz de los ancianos y teme, como pesadilla recurrente, el arribo de un ejército enemigo.

En realidad, el joven maestro temía que la llegada de los bárbaros terminara con el sueño dulce de la biblioteca donde él se encontraba instalado. “El amanuense no piensa en el pincel, ni en sus dedos, ni en la tinta; tampoco piensa en la escritura. Trabaja con sus sueños”, escribe en páginas delgadas donde el resplandor es la belleza y la acumulación es un escolio. Notas eruditas escritas en los márgenes condensados de los libros. El joven maestro sabe entonces que algún día la muerte llegará y que no hace ninguna falta protegerse contra ella. Porque es inútil. Toda historia tiene un final abrupto. O mejor dicho: un final que se desvanece en la trama inexplicable del tiempo. En el transcurso de una vida, sin embargo, caben dos o tres certidumbres, y una sola manera de decirlas: “El imperio más poderoso no es aquel que cuenta con más súbditos, sino el que tiene al mejor amanuense”.

Con Borges aprendimos que todo escritor es un ser dependiente, cuyos libros no se explican sin la existencia previa de otros libros. A mediados de la década de 1930, Borges hizo un descubrimiento que modificó su estilo: se descubrió a sí mismo, y en ese descubrimiento encontró, contenida en un amplio paréntesis, la literatura entera, la que había leído, la que había escrito y la que estaba por escribir. Literalmente, dentro de sí, Borges descubrió el Aleph, y no sintió mayor necesidad de rebasar el cerco de ese coto de caza. “El mayor obsequio de mi vida fue la biblioteca de mi padre; creo que nunca he salido de esa biblioteca”, llegó a decir en cierta ocasión. Antes de Historia universal de la infamia (1935) e Historia de la eternidad, Borges había publicado varios libros. En ellos estaba contenido lo que escribiría después, pero en ninguno se encontraba la fórmula que haría de Borges el escritor que fue. La fórmula, la clave, era una sola y única sentencia: una manera de adjetivar los sustantivos —aprendida en Lugones, según su propio testimonio—, y una forma de proceder con tiento, apoyando su debilidad visual en el uso reiterativo del punto y coma. El escritor que había contemplado las vanguardias en su juventud se convirtió en un escritor clásico en su madurez. Podría decirse con esto que Borges aprendió a modular la violencia de sus escritos iniciales para darse a entender a sí mismo.

El estilo es un saber que puede agotarse en un único descubrimiento. Puede ser que más allá de ese descubrimiento, a lo largo de una vida, no se produzca nada más. Viajando con los misioneros jesuitas del siglo xviii, Hugo Diego Blanco descubrió China. Su hallazgo, en los estantes empolvados de una biblioteca, le valió la escritura de dos libros notables, el primero, encarnación del ideal de la belleza, y el segundo, del ideal de la perfección. Es difícil que un autor pueda reinventarse más allá de estas dos formas de escritura, porque reinventarse, en su caso, formaría un segundo hallazgo, y un segundo hallazgo comportaría el imposible don de una segunda vida.

Gabriel Bernal Granados,

Santa María Ahuacatitlán, a 19 de marzo de 2019.

 

Capítulo del libro: Historias, Premio Bellas Artes de Ensayo Literario, de Gabriel Bernal Granados, publicado por la Secretaría de Cultura y el INBAL.