Micanopy 669

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Para Eliecer Jiménez Almeida

Alcides y yo soñábamos con ser grandes escritores y vivíamos en guerra. Contrincantes sobraban, pero sólo él contaba: misterios del oficio. La pendencia se cebaba de celos y envidia. Las trincheras eran los concursos. Las victorias los premios de intrascendentes certámenes. Durante una de esas premiaciones nos encontramos. A mi cuenta diploma y libro, Hemingway en Cuba, de Norberto Fuentes. Para rematar la humillación se lo dediqué a mi némesis. Después Alcides partió y dejé de escribir.

Para quien ha convertido la competencia en fuente de inspiración”.

Sin motivo aparente viajaba de Jacksonville a Miami por el interior de la península. Había parado a estirar las piernas y a echar gasolina. Me hallaba en una casa de antigüedades en medio de la nada. Curioso el destino de aquel libro. No sabía nada de Alcides, y cada vez que abría una revista entraba en pánico ante la posibilidad de encontrar un relato suyo.

¿Algo interesante? —inquirió una voz a mis espaldas.

Era una vieja con vestimenta de hippie.

Hace mucho le regalé este libro a una persona —dije y algo le conté de mi rival.

¡Increíble, querido! Soy Harmony —dijo asombrada.

Me presenté y ella me besó en la frente.

¡Qué afortunados! —su afirmación nos incluía. Buena vendedora, pensé.

¿Qué de extraordinario tenía mi descubrimiento? Harmony hizo una llamada. Aparecieron dos mujeres y dos hombres también viejos. Similar vestimenta, collares, pulseras. Intercambiamos nombres. Fui besado y estrechado con reverencia. ¡El hallazgo provocaría una rebaja!

¡Hora del té! —anunció Luna mesándose las trenzas.

Orion cerró el local. Celeste y Harmony se fueron al fondo de la tienda.

¿El libro? Ni idea. Todo el tiempo compraban y revendían cosas.

Es un gran suceso tu reencuentro con el pasado en nuestra tienda —aseguró Sky.

Harmony y Celeste regresaron con los cuencos humeantes.

El numi es un té ético, una mezcla de hierbas orgánicas y exóticas —explicó Celeste.

Di un sorbo. Tosí. Ellos rieron.

Siempre sucede, aunque sea un té enfocado en el bienestar que limpia los chacras y energiza la positividad —dijo Sky acariciando la mano de Celeste.

Pasados unos minutos la infusión comenzó a hacerme efecto. Mi cuerpo cedió a una especie de sopor. Veía a mis anfitriones desenfocados, distantes. Orión y Sky intentaban, en vano, montarse a Celeste. Cerré y abrí los ojos. Allí seguían. Abuelitos calientes. Como en un sitio porno.

No es lo que piensas —declaró Luna—, es una ofrenda de purificación. Eres un hombre dichoso.

Sentí hundirme en una cálida tembladera.

Desperté atado a una camilla en una habitación. Si escribía un relato sobre mis horas en la aldea, y llegaba a manos de Alcides, palidecería de envidia. El detalle era cómo librarme. Quise gritar, pero me habían tapado la boca. Entre mis piernas brotaron los restos del numi. ¿Estaría en la tumba de la literatura cubana por escribirse?

Afuera alguien increpó a los hippies. Harmony se disculpaba. Él había sido claro: ¡una virgen, no un hombre! La habían cagado. Sin saber cuál sería mi destino agradecí no ser la elegida.

Está en Peach Avenue, ¡tráiganla! —ordenó la voz.

Deseas tu tarta favorita —era Celeste servil.

¡Lo que quiero es que acaben de traer a la puñetera mujer!

De repente se abrió la puerta. Un hombre de raza y edad indeterminadas encendió la luz.

Asere, yo sé quién tú eres —dijo y removió mis ataduras—. Llámame Prakash.

Pra-kash… tu inglés es muy bueno, te escuché regañar a esos hippies de mierda.

Lo siento si te drogaron y luego intentaron singarse delante de ti.

Lo que me hicieron no fue pacífico ni amoroso —protesté sentándome en la camilla—. ¿Cómo acabaste de líder de esos viejos locos?

No soy cubano ni americano, soy un extraterrestre —dijo como quien reconoce que es fan de los Yankees.

Claro, y yo soy Miguel de Cervantes.

Prakash me apuntó con el índice a la cabeza. Un haz de luz impactó entre mis cejas.

Volví en mí por segunda vez. Mi frente ardía. Los hippies regresaron con una anciana sonriente y colocada. Parecían arrepentidos.

¿Estás seguro de que es ella? —preguntó Celeste.

Es Deborah Thomas, ha vivido para Dios y jamás ha tenido relaciones con hombres ni mujeres.

Les pedí que no dudaran de tu palabra —explicó Harmony—, por muy raro que sea llegar virgen a su edad.

La mujer nos miraba sonriente. Los hippies se ocuparon de Deborah Thomas. Seguí a Prakash. Salimos de una casona junto al cuartel de bomberos. Aún estaba bajo los efectos de la droga y el disparo. En el parqueo había una solitaria camioneta. Tuve la intención de abandonar el lugar… Pasados tres segundos tomé asiento junto al cubano confesado extraterrestre que hacía trucos pirotécnicos. La camioneta salió del poblado. Prakash abrió las ventanillas delanteras. El fresco de la tarde me acarició el rostro. Pasamos a lo largo de un campo de entrenamiento militar.

Serás el primero en escuchar mi historia.

Dejamos detrás un bosque de pinos.

Si te digo mi nombre, tardarías semanas en pronunciarlo. Vivía en el planeta… obviemos el dato, hasta que fui abducido.

Tuve que reír.

Las abducciones no son exclusivas de películas y lunáticos, eso allá afuera —señaló al cielo—, está lleno de hijos de puta dispuestos a abducir a quien sea.

Era una arrancada impecable, reconocí.

Mis captores eran una calamidad de alienígenas. Antes de meterme en la cápsula de hipersueño, los vi beber y drogarse sin frenos.

Prakash hizo silencio. La carretera cruzaba grandes fincas de caballos de pasto infinito.

Pensé que eran vicios terrícolas —dije dándole a entender que su truco del rayo no bastaba para tragarme cuanto dijera.

Debes comprender que te cuento una versión para humanos, compáralo con la escarcha acumulada en la punta de un iceberg.

Hemingway en la Tierra…

No sé qué tiempo duró el hipersueño, la cápsula se abrió bruscamente y me arrastré hacia fuera. La nave se había estrellado en un bosque de la Florida. Los alienígenas habían muerto. Logré salir de entre los escombros. Podía respirar, la atmósfera y la gravedad eran similares a las de mi planeta. Anduve un largo trecho. Evadí a unos cazadores que intentaron matarme. Estaba en un sitio hostil, debía ocupar un cuerpo humano lo antes posible.

La historia era entretenida.

Es buena porque es verosímil —fue la primera vez que leyó mi pensamiento—. La próxima traeré palomitas de maíz.

Admití que, fuese lo que fuese, tenía singulares poderes… Caminé entre una multitud que perreaba frenética. Prakash cantaba en un escenario. Reguetón: No importa cuantas veces me caí/Sino cuantas me paré/Me dieron, pero estoy aquí… La visión se disolvió. ¡Soberbio!

Reguetón de autoayuda, ¿puedes creerlo?

Eso es entrarle a la Tierra en grande.

Metido en esa piel aprendí, entre otras cosas, a hablar español con acento cubano. La abandoné cuando el productor de una disquera quiso matarme.

Absorbía su verdad. Lo increíble no eran sus capacidades, sino que estuviese delante de mí.

Habitando aquí y allá me protegí y aprendí. Un día entré en un hombre y me sorprendió la quietud. Mi vida no cesaba de pasar ante mis ojos. Podía, incluso, editar partes incómodas y mejorarlas. Inesperadamente sonó una rumba. De pie empiezo a moverme como en tiempos del reguetonero. ¡Qué despelote! El difunto baila que baila con la música solicitada para su funeral. Gente desmayada, coronas volando. En medio del aspaviento abandoné aquella vasija y me teletransporté lo más lejos que pude. ¿Fabulaba?

Pasábamos por el pinar anterior. Íbamos y veníamos por las mismas carreteras.

La historia del velorio es cierta —Prakash entraba y salía de mi mente a su antojo.

Protesté.

No lo volveré a hacer. Tras el viaje acabé en un tráiler. Para mi sorpresa había perdido mi forma original. Era la adición de cada terrícola en que había morado.

Se miró las manos. Palpó su rostro.

Salí y vi a cinco hippies viejos alrededor de una fogata.

Recreé la aparición. Delante tenían al mesías por venir.

Soy quién los sacaré de este valle de lágrimas, dije imitando a un telepastor que a veces veía, y ellos preguntaron qué hacía en su tráiler un cristiano en calzoncillos. Fue la primera vez que usé el rayo con éxito. Ellos añoraban un líder que los condujera a un futuro promisorio, y yo buscaba algo que hacer antes de que vinieran por mí.

¡Baba Prakash! —dijeron—. Y fui ataviado con sus ropas.

Venían de sabotear una convención sobre la revolución sexual y el abuso de la penicilina y andaban sin rumbo. Ellos y su mesías encontraron en el villorrio la coordenada perfecta en la que transcurría la pasión de la espera.

A veces dudan, es difícil estar en una secta y ver que los días pasan y no sucede nada excepto sembrar vegetales, fumar porros y adorar al líder.

¿Por qué no te muestras como eres y asunto resuelto?

Las pruebas son para la NASA; y la fe y los milagros, para las sectas —razonó—. Les he dicho que soy un extraterrestre que ha visto la destrucción de la Tierra y lo han creído. Somos una secta pequeña, pero encojoná, que sacrifica humanos para acelerar el fin del mundo.

Atravesamos la aldea en sentido contrario. Llegamos a una granja de su propiedad. Nos bajamos. Avanzamos por un trillo flanqueado de robles. En un corral una piara de cerdos hociqueaba entre la mugre.

Esta es la tumba de Alcides —dijo y me ericé de pies a cabeza.

En ese instante apareció un jeep. Sky y Orión montaron dos bolsas en una carretilla y vinieron hacia los corrales.

Vámonos —dijo Prakash.

Escuché el arrebato de la piara a mis espaldas.

Sacrificado Alcides apareció una isla enorme de desechos plásticos en el Pacífico.

Y la fe de los chicos se disparó.

No es sacrificar porque sí, siempre actúo de manera decente y, sin que los hippies se enteren: Alcides iba a morir en una semana de un ataque cardiaco y la virgen pasado mañana dormida al timón de su auto.

Era bueno saberlo. Regresamos al poblado. Prakash vivía en los altos del Vibra pura, único bar-restaurante de la aldea, también propiedad de la secta. Harmony trajinaba en la cocina. Prakash trajo un portafolios. Harmony sirvió limonada y tarta de manzanas.

¡Qué sacrificio! Envidié a esa mujer —dijo conmovida y abandonó la casa.

Quedamos en silencio. No apartaba mis ojos del portafolio.

¡Ábrelo!

Dentro había algunas páginas manuscritas y un cuaderno de apuntes. Alcides escribía una novela inspirada en la vida de un veterano de Bahía de Cochinos.

Prakash se marchó. Había descubierto que mi viejo rival era escritor mientras era masacrado. Y, husmeando en su vida durante el último aliento, se enteró de mi existencia. De ahí la influencia para que viajara por el interior de la península.

El personaje de Alcides apenas desembarcaba en Girón lo tomaban prisionero y lo transportaban dentro de una cisterna a La Habana, donde era procesado y enviado al Presidio Modelo de Isla de Pinos. Una vez liberado se dedica a enlazar vacas y terneros. Esta parte era la que más le interesaba: la redención de un hombre a través del rodeo.

Una novela de vaqueros —regresó Prakash.

Suspiré aliviado. Alcides jamás la terminaría.

Volverás a escribir —de nuevo se metió en mi cabeza—. Te toca enderezar el camino del héroe. Las ideas de Alcides sobre la justicia poética eran muy confusas.

A pesar del regocijo no estaba interesado en semejante empresa. Un nuevo disparo, esta vez a la butaca.

¿Qué crees que hacía el día de mi abducción? —no tenía idea—. Participaba en algo equivalente a los talleres literarios terrestres.

De todos los seres que poblaban el universo tenía frente a mí a uno que deseaba ser escritor.

Será un oficio de mierda, pero he escrito algunos de esos que ustedes llaman cuentos.

¡Escribamos esta novela a cuatro manos! —dije entusiasmado bajo los efectos del fucilazo.

Disparo que arruina las lámparas. Segundo fogonazo repara el daño. Prakash se sopló la punta del dedo.

Lo he pensado mucho, imagina que el personaje sobrevive, deambula por la Ciénaga de Zapata, adopta una jicotea, la nombra Jackie, por la Kennedy, y a un cocodrilo al que llama Fidel.

Embriagado por la idea de mi victoria sobre Alcides nos enfrascamos en una tormenta de gran categoría.

Y si cambiamos la perspectiva del protagonista —propuse drástico—. Ahora es un extraterrestre que se ve envuelto en el conflicto de Bahía de Cochinos. El visitante sobrevuela la ciénaga de Zapata en el momento del desembarco. Hay fuego cruzado, bombardeos y los milicianos confunden la nave alienígena con un caza enemigo.

Mi anfitrión se rindió ante mis recursos imaginativos. Hizo un gesto y, antes de que hiciera uso de su arma, le cedí la palabra.

La nave es alcanzada por un cohete, el mismísimo Fidel Castro es primer terrícola en disparar contra un ovni.

En la confusión brigadistas y milicianos le dispararan a la nave, y al extraterrestre no le queda otra opción que defenderse… sigue tú, por favor.

Prakash tomó aire.

Entonces hace uso de su arsenal y destruye cañones, barcos. Fidel, quien salta de un tanque para ser fotografiado, es volatizado en un segundo. ¿Cómo sigue?

Nada mal para un alienígena. La contienda en lugar de durar setenta y dos horas dura una hora y doce minutos. Hay cadáveres por todas partes. Sin embargo, la nave ha sido seriamente dañada. El extraterrestre, pongámosle Kavax, no puede repararla, se comunica con su planeta, debe esperar seis meses antes de que vengan por él.

¡Uhm! Eso es subir la parada. Pero algo sucede, la CIA ha usado la invasión como tapadera y ha colocado, entre las bombas de los brigadistas, un arma bacteriológica que cae sobre La Habana. El virus se expande y convierte a la población en zombis. Walking Death es mi serie terrícola favorita.

En lugar de rebelarse contra el gobierno de Fidel Castro los zombis, aquejados de anemia, comienzan a comerse a los que no lo son y la epidemia se propaga con rapidez.

Kavax merodea por la ciénaga y se hace de dos mascotas una jicotea y un cocodrilo, no se llamarán Jackie y Fidel porque él no sabe que existen, aunque ha evaporado al líder barbudo. Los zombis hambrientos llegan al pantano, Kavax huye de las criaturas. ¡Esto sí es una novela!

Sacarlo del pantano… —agregué indeciso—. ¿No sería mejor convertirlo en líder de un grupo de campesinos que sobrevive defendiéndose de los zombis?

Me gusta, además, los Estados Unidos, ante el fracaso de su operación, piden ayuda a los rusos y lanzan varios ataques nucleares sobre la isla para evitar que la epidemia salga del país.

Secta aparte, no has perdido el tiempo en la aldea.

Puedo ver el final, antes del bombardeo llega la nave y Kavax se lleva con él al cocodrilo, sigamos llamándole Fidel, y a los guajiros.

¿Y si el reptil ha sido mordido por un zombi y lo que sigue es la destrucción del planeta de Kavax cortesía de Fidel?

¡Genial! —dijo y se mostró tal cual era. Su forma jamás podría ser imaginada por un humano.

Prakash me asegura que en su planeta los libros más exitosos son las novelas de autoayuda. Allá podemos continuar la aventura. Aquí fracasaríamos, a ninguno de los dos bandos le gustaría la mirada sobre Bahía de Cochinos. Prometo pensarlo. Tras el sacrifico de la virgen, Pakistán le declaró la guerra a Djibouti. Nos entregamos a la escritura. En las noches las abuelitas cachondas irrumpen en mi habitación. Me he convertido en el habitante número 669 de la aldea.

Julio/septiembre de 2026