Con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo
Rubén Darío
Sin Baudelaire, sin rima y sin Olfato
Ramón López Velarde
La poesía francesa moderna desde la lengua española
Hace un poco más de cien años se publicó la primera edición de La poesía francesa moderna preparada por Enrique Diez-Canedo (en una primera versión). La muestra en sus sucesivas ediciones hasta la que hoy nos convoca aquí ha sido a la vez un resumen y referente de cómo se veía entonces la lírica gala y una influencia esencial de cómo se vería después, en ese siglo transcurrido, hasta llegar al día de hoy. Una infinidad de citas nos recuerdan la enorme influencia de la poesía francesa en esa resurrección de la lengua española como instrumento literario a partir del modernismo. Del Hugo fuerte y Verlaine ambiguo de Rubén Darío al Baudelaire sin rima y sin olfato de Ramón López Velarde. El nicaragüense muere en 1918 y el zacatecano en 1921. La primera edición de La poesía francesa moderna es de 1913, apenas unos pocos años antes de que ambos poetas nos dejaran. Como señalan los prologuistas de la edición actual la influencia que tuvo fue inmediata. Pienso que se debió a dos cosas simultáneas: los lectores se reconocían en su lectura, se identificaban con la imagen que daba la muestra y proyectaba hacia el futuro una lectura diversa y no pocas veces polémica. No hay que olvidar que estaba por ocurrir la explosión vanguardista que cambiaría la literatura mundial.
Lo curioso es que esa antología sigue teniendo una enorme vigencia, más allá de la circunstancia histórica, a pesar de que la perspectiva y los mapas de recorrido han cambiado mucho desde su aparición. No me voy a ocupar aquí tanto de valor histórico de la muestra sino de su condición proyectiva en el futuro. Por ejemplo, no es lo mismo la perspectiva de Darío –Hugo, Verlaine–que la de López Velarde –Baudelaire–, algo ha cambiado. Lo pongo de una manera sencilla, tal vez simplificadora, pero ilustrativa: en el morral del joven poeta difícilmente encontraremos a los primeros autores mientras que el segundo es casi un referente obligado. Sin embargo, de Verlaine, encontraríamos su antología-manifiesto, Los poetas malditos. Tomaré el título en sentido literal, la aparición del mal como cualidad literaria. Y de la cualidad a la virtud hay sólo un paso: el mal se vuelve virtud al mostrar la cara oculta del ser humano no sólo de manera abierta sino celebratoria. Sabemos, además, que el camino marcado por Las flores del mal es un camino a la santidad por vía negativa.
Así que detengámonos un poco en la misma propuesta del título, La poesía francesa moderna. A una adscripción genérica –la poesía, se la acota con una adscripción lingüística –francesa– y una temporal –moderna–. Esta última evidentemente volátil y cambiante ¿sigue siendo moderno lo moderno? Quiero decir: la modernidad de 1920 es para nosotros ya el pasado o sigue siendo el presente o hasta, tal vez, el futuro. Mi hipótesis aquí es un poco rara: ni pasado, ni presente ni futuro. La poesía moderna francesa para nosotros, en el siglo XX, se salió del tiempo, se sitúa en el desconocimiento, de allí el título de esta nota: del olvido al no me acuerdo. Y lo que voy a intentar es devolverlo al tiempo, a los lectores y a la historia. Menuda ambición, dirán ustedes. Pero eso es lo que hicieron Enrique Diez Canedo y Fernando Fortún. Y supieron interpretar un momento histórico. Como ejemplo de ello mencionaré dos antologías muy importantes, aunque de menor calado que la de Diez Canedo/Fortún, Jardines de Francia de Enrique González Martínez y Musas de Francia de Balbino Dávalos, ambos mexicanos. Una de las cosas que cambiarían en la perspectiva retrospectiva es el hecho de que las tres muestras, con un claro propósito de cambio en su mirada, hoy día las veríamos como antologías conservadoras. Además, a las dos últimas no les tocó vivir –me refiero a sus autores– el cambio fundamental de las vanguardias. Es importante tener en cuenta que Dávalos y González Martínez forman parte del modernismo y el segundo fue, hace cien años, considerado el poeta más importante de la lírica mexicana y hoy es muy poco leído. Si el modernismo se desplazó del cisne al búho en la noche de hoy lo que vuela es el murciélago. El arte de la cetrería lírica nos puede ofrecer pistas: la becqueriana golondrina ante el vuelo del albatros baudeleriano, el cisne y el búho, el cóndor nerudiano, el dodó surrealista, el ruiseñor irlandés… Hay en ellos definiciones del vuelo del poema.
Vamos por partes: la modernidad. La importancia de la literatura francesa en la lengua española no entra, a pesar de la cercanía con España, por la frontera pirenaica, sino que pasa por Latinoamérica, y viene de sus guerras de independencia y de la presencia en ellas, de manera a veces extraña de las ideas de la revolución francesa. El libro de Darío Los raros es un momento clave, que en cierta manera acompaña las antologías mencionadas. La rareza –lo extraño– se vuelve una cualidad. Y la literatura, en especial la poesía, se ve envuelta en un proceso de introspección en el que se vuelve sobre sí misma. Ahora bien, he señalado ya de forma insistente el parteaguas de las vanguardias. En verdad la frontera está un poco antes, con la publicación de Una tirada de dados de Mallarme. Allí termina una modernidad, la del simbolismo, empieza otra que tal vez sigue siendo la nuestra, en la cual el demonio de la analogía se encuentra con el ángel de la simultaneidad. Por eso es significativo que en la antología que hoy presentamos si bien Mallarmé tiene un lugar destacado, es uno entre muchos, y el célebre poema mencionado es ignorado. Uno entre muchos: esa es una de las características que hay que resaltar: la muestra final de 1944, es muy amplia y diversa, muchos, la mayoría de los poetas incluidos, se leen poco hoy día. Su amplitud de criterio, sin embargo, refleja algo muy importante y que hoy, por razones naturales, se ha perdido de vista, la pluralidad, diversidad y plenitud del periodo. Así, si hoy dibujáramos una ruta crítica sería mucho más ceñida y específica: Verlaine, Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Lautreamont, Laforgue, Mallarmé.
La obligación, contraída gustosamente por los antólogos, es la de ser modernos, y eso se cumple con la inclusión de los poetas nuevos, no sólo los de vanguardia. Por temperamento Diez-Canedo, formado bajo la amistad y admiración por Juan Ramón Jiménez, no pierde de vista que bajo esos movimientos sigue fluyendo el río clasicista francés que va a desembocar en Valery y en Claudel. Su división por estéticas es una búsqueda de voluntad taxonómica para ordenarse en un mapa muy extenso, lleno de catedrales, iglesias, parroquias, capillas y ermitas, que, muchas veces sean las últimas las que más nos interesan no es sólo evolución histórica sino una elección propia de nuestra mentalidad, esa mentalidad que abreva en Los raros. Y que busca, más allá de la rareza, una condición heterodoxa. Diez-Canedo no busca eso, mucho menos González Martínez y Dávalos. Esa búsqueda empezará con la siguiente generación. Diez-Canedo nace en 1879, en España, y muere en 1944 en México, país al que llega con el exilio español. Fortún en 1890 pero muere muy joven, en 1914, y será el primero el que continuará el proceso selectivo en las siguientes ediciones hasta su muerte, conservando siempre como autor a su amigo muerto. En el cuidado prólogo, los autores dan los datos necesarios para situar la antología en su recorrido de cien años. Uno de los elementos importantes es el aceptar la selección como un menú de degustación de cara al público, tanto el que puede de ahí ir a buscar el original francés. Se cuenta ahí la anécdota de Neruda encontrando un ejemplar en librería de viejo y adquirirlo con emoción. Pero si influyó en López Velarde, en los vanguardistas, en los del 27 y en otros grupos fue debido a la atención que se prestaba a la poesía escrita en esa lengua y a la necesidad de contar con una carta de navegación en ese universo. Por ejemplo, López Velarde debió conocer de primera mano la de Dávalos y luego la que nos ocupa.
Ahora bien, al pensar en presentar ante ustedes esta antología tuve un objetivo en mente. Cuando aparece la edición de Losada, 1945, Diez-Canedo ha muerto –un año antes– pero también es el final de una época. El conflicto mundial está en su recta final y el parteaguas bélico, que divide al siglo en dos, también separa dos momentos, el esplendor de la poesía francesa –que comprende a las vanguardias de entreguerras y que tiene su colofón en la muerte de Valery, cuyo entierro más parece el de un hombre de estado y adquiere condiciones simbólicas– del siguiente, que será el proceso de un lento olvido hasta llegar al día de hoy, en que el conocimiento de la poesía francesa entre nosotros es mucho menos amplio, con poco interés de los lectores, y también de parte de los poetas mismos. Por un lado, los ojos del idioma español se orientaron hacia otras latitudes lingüísticas, en especial el inglés, con el efecto sunami que provocará la aparición en 1921 de La tierra baldía. Salvador Novo, Salomón de la Selva, Agustí Bartra, Alberto Girri entre otros traducen y promueven la poesía escrita en inglés, sobre todo la norteamericana. Los Estados Unidos después de la segunda guerra ocupa el lugar central en el concierto de naciones. Europa, sumida en la crisis de posguerra olvida las vanguardias y promueve el pensamiento existencialista. En ese momento quiero ubicar las reflexiones siguientes: Diez-Canedo sabe ver la importancia de las vanguardias y las estéticas que de ellas se desprenden, incluido un nuevo clasicismo, que podemos simbolizar en Saint John Perse.
En una sucesión admirable a la de Diez-Canedo siguió en el tiempo la Antología del surrealismo de Aldo Pellegrini. Sin duda motivo de otro texto, que se ocupe de ese movimiento y de la enorme repercusión que tuvo entre nosotros, los hispanoamericanos, sobre todo en Perú. La multieditada antología tiene como enorme virtud no limitarse al francés en su aproximación a ese movimiento. Aparece, además, en un momento en el cual el movimiento en Francia languidece mientras que en Hispanoamérica da sus mejores frutos. El surrealismo, como el romanticismo, del cual es heredero, es una escuela, un movimiento estético, pero algo más que aún no sabemos precisar con claridad.
El momento histórico está marcado por dos poetas: Rene Char y Francis Ponge, ambos ligados de distinta manera al existencialismo y en cierta manera prófugos del surrealismo. Los dos representan, frente al hecho contemplativo, una poesía de la acción. Char es un activo combatiente en la resistencia contra Alemania y su poesía un ejemplo profundo de una lírica comprometida con la vida. El archipiélago surrealista es perceptible sólo después de la guerra y es un fenómeno fascinante en su diversidad del que no me ocuparé aquí por rebasar los parámetros de esta presentación. Sólo unas palabras sobre ese último capítulo de la antología. Los que aparecen allí integran lo que entonces se podría considerar un canon: Apollinaire, el padre de las vanguardias, Max Jacob, el bautista, Jean Cocteau, el más vistoso, Paul Eluard y Louis Aragon, los apóstoles, los herejes Phillipe Soupault y Tristán Tzara y el centro de la ortodoxia el fundador de la iglesia: André Breton. Los grandes ausentes: Benjamin Peret, Robert Desnos, Antonin Artaud. El relevo antológico, como se dijo, lo tomarán las distintas muestras que e se harán de la poesía surrealista, en especial la de Aldo Pellegrini.
Volvamos a Char y Ponge. Ambos tienen su acompañamiento filosófico, el primero en Albert Camus, el segundo en Jean Paul Sartre. Ambos son leídos en su país y bastante traducidos a nuestra lengua, aunque tal vez de manera tardía, pero creo, si mi percepción es acertada, que no interesan más allá de un círculo bastante reducido de lectores, casi todos poetas ellos mismos. Y hay pocas, muy pocas antologías que cumplan el papel de cartas de navegación en la poesía posterior. Char (1907-1988) y Ponge (1899-1988) son contemporáneos. Ellos nacen a la escritura en plena explosión surrealista y con el rumor bajo tierra del rio mallarmeano y su tirada de dados aun rodando sobre la mesa. Ahí está la paradoja: los dados “ruedan” aunque sean cuadrados, perdón, cúbicos.
Como el hecho que me interesa proponer a la reflexión es el por qué se dejó de leer la poesía francesa en español al menos como hecho colectivo. Es evidente que son mucho más abundantes las antologías de poesía norteamericana, italiana, portuguesa, brasileña, inglesa, irlandesa…, que francesa en este siglo XXI. Incluso en Francia la poesía se ha vuelto un gueto de lectores académicos y/o poetas y no una lectura compartida. El último poeta francés que realmente tuvo un público fue Jacques Prevert y habría que detenerse en él. Otro signo de lo que ocurre es que de los 16 premios nobel en esa lengua sólo uno, Saint John Perse, en un lejano 1960, hace ya 65 años, es poeta. No lo recibieron ni Henri Michaux ni Rene Char ni Yves Bonnefoy que lo merecían de sobra.
Una de las razones que se da para esa pérdida de lectores es la dificultad de la poesía. Nunca ha sido fácil, aunque a veces lo parece, y a veces ha alcanzado esa “difícil sencillez” de la lírica popular. Lo que ha cambiado es la idea de cómo leer el género, y por eso provoca rechazo. La industria editorial apostó por crear un mercado para lo novela y todo lo otro es subsidiario, el cuento, el ensayo, la poesía, la crónica, incluso las escrituras del yo, como las llaman los franceses. Eso ha hecho que la poesía desborde sus propios límites genéricos. Los que estudian la influencia de la poesía francés en español y en especial el papel jugado por la antología que hoy presentamos se siente mucho en uno de esos desbordes: el poema en prosa. El otro es esa elusiva condición de la escritura fragmentaria. Concluyo con estos dos señalamientos de cara al futuro: el poema en prosa y el fragmento, sendas oscuras por recorrer.


























