Cementerio marino

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El camino al Algarbe era largo. o mejor dicho, se había vuelto lento a causa de tres accidentes distribuidos misteriosamente a lo largo de la ruta. Había calculado arribaría antes del mediodía saliendo temprano desde Lisboa. Ya eran las dos de la tarde pasadas y decidió parar en una fonda de ruta a comer. Entró y contra todas sus expectativas, el lugar estaba desierto. En el mostrador un mulato espantaba moscas con un trapo. “Está cerrado, señor. A partir de hoy, todas las colonias son libres, y un poco yo también”.

Joao se fue sin saludar. Se paró junto al Fiat 1500 que se había tomado la libertad de comprar tras divorciarse a los cuarenta años con tres hijos. Era el primer viaje que hacía en su auto nuevo. Cuando su madre, escuchando sus problemas conyugales, le había dicho que dejara de afligirse porque todos tenemos varias vidas y que en su infancia él, de vacaciones en el Algarbe, habría muerto si un desconocido no le hubiera salvado la vida en el mar, tomó la decisión de conocer a ese hombre que ya debía ser un anciano. ¿Por qué alguien puede arriesgar la vida propia para salvar a un desconocido? Ese era uno de los misterios de la vida, proporcional a la pregunta: ¿cómo puede alguien odiar tanto a la persona que amó? Se le metió en la cabeza que conocer a su benefactor era la condición para empezar a vivir una segunda vida.

Subió al auto. La ruta estaba súbitamente despejada. Habían bajado algunas nubes. El día no parecía el mismo, pero sabía que diez, veinte kilómetros más adelante, como sucedía siempre en Portugal, estaba el sol. No sabía por qué estaba tan seguro de que ese hombre que le había salvado la vida seguía viviendo en el mismo lugar. Quizás porque las personas, ya a cierta edad, si no se separan, viven para siempre en el mismo lugar, el único lugar que les fue concedido. Sabía de ese hombre un par de cosas mínimas: que se llamaba Aurelio Das Neves, que cuando lo sacó del mar tenía poco más de treinta años, que vivía en un barrio humilde en la calle Emiliano da Costa 345, y que en ese entonces trabajaba de albañil. Que se encontrara justo ese día en la Praia do Faro había sido un milagro. Los lugareños siempre evitaban las playas turísticas. Entre todos los presentes el único que había leído en sus gestos  –apenas un movimiento de bracitos–, un pedido de auxilio, había sido Aurelio, quizás porque un lugareño está atento a las variaciones del paisaje.

Cuando llegó a destino quedaba poca luz de día. No se detuvo en el hotel que había reservado junto al mar. Estaba seguro que de cualquier manera no iba a poder descansar. No le costó encontrar la casa de Aurelio, quedaba en un suburbio de calles flojas. Era un chalet de los años cuarenta, construido seguramente para trabajadores del puerto. Estacionó el Fiat en la puerta y abrió el baúl. Sacó de ahí un paraguas y un Lp de Amalia Rodriguez de regalo. La puerta maciza le devolvió un sonido hueco cuando golpeo con los nudillos. Espero unos segundos y golpeó más fuerte. Nada. ¿Estaría vacía la casa? Quizás Aurelio y su familia hubieran muerto y como muchas casas después de que mueren sus dueños, había entrado en una sucesión eterna, con media docena de herederos enfrentados.

Se le ocurrió de pronto que esa especie de puerta blindada estaba hecha para evitar las visitas. Así que se arrimó a la venta. Las cortinas dejaban pasar una luz leve, como de velador. Cuando estaba por golpear el vidrio de la ventana, escuchó una llave girando en la cerradura. Abrió una anciana vestida de negro, pelo canoso recogido formando un rodete en la nuca. No hizo preguntas. Lo invitó a pasar y le dijo: “hijo, yo sabía que ibas a volver”. Acercó la mano hacia la cara de Joao y al sentir las facciones suspiró: “¿Manuel?”.

Joao dudó, por un momento fantaseó con tomar la identidad del otro. Pero optó por presentarse y decir que venía a visitar y darle un regalo a Aurelio.

“¿A quién?”.

“A Aurelio, ¿no vive más acá?”.

En ese momento notó en las manos y en las pestañas de la mujer un ligero nerviosismo.

“¿Pero usted quién es?”.

Joao explicó que tres décadas atrás, en la Praia do Faro, Aurelio lo había salvado de ahogarse.

“Señor, pase por favor”, raspó con las uñas largas la puerta.

Cuando estuvieron adentro, Joao escuchó a sus espaldas una voz enronquecida que decía: “Mi esposo se ahogó hace cuarenta años tratando de salvar a un niño en el mar.”