Esta mañana me asaltaron –parece mentira, a pocos días de Navidad y a escasos metros de la Fiscalía del Estado– dos ideas que nunca había visto con anterioridad. Andaban con el rostro descubierto, despreocupadas. Al principio pensé que sólo era una pareja que paseaba por las avenidas de la mente sabatina. Parecían desenfadadas, ocupándose de sus propios asuntos. Sin embargo, de pronto, fijaron su mirada en mí, se acercaron decididas y me soltaron en una sola ráfaga: “hace tiempo que te perseguimos para que nos escribas”.
No tuve más remedio que bajar la cabeza y prometer plasmar sus cuerpos verbales en sus pequeños mundos tamaño carta. Cuando terminaron, volví a mi casa con el hostigamiento vivo en los oídos. La siguiente transcripción trata de ser lo más fiel posible.
La primera, con voz de mexicano antiguo y elegante, como de Arturo de Córdova, se dijo decepcionada de la actualidad. Antes –decía–, los personajes deambulaban por las madrugadas de las novelas y cuentos. Salían de un bar y regresaban, tambaleándose y cantando, hasta sus hogares. Incluso los lectores los acompañaban por esas derivas nocturnas sin miedo a que les sucediera algo más allá de una sonrisa, una mueca o una lágrima de comprensión. Era toda una estirpe de flâneurs, una congregación de paseantes nocturnos, un silencioso concierto de lectores y poetas.
Sin embargo, la noche ha dejado de ser un territorio respirable tanto para las páginas como para sus ciudadanos. También en el cine: ¿quién es la mujer que vuelve sola a casa de noche? ¿Cuál es el pueblo que se embarca a la mitad de la noche, a la mitad del océano, para contemplar el neblinoso paso del Transatlántico Rex?
De Novalis a Rétif de la Bretonne, de Baudelaire a Gutiérrez Nájera, de Arlt a Walser, de Lispector a Fellini: la noche tuvo siempre un florido panteón de caminantes. Ahora la inseguridad nocturna es tan preocupante que hasta nosotros nos hemos visto obligados a emboscarte a plena luz del día, bajo el resguardo del sol.
La voz se le hizo honda, como si pudiera hablar con la boca cerrada y dijo, entre dientes: “espero que me estés entendiendo; cuando se habla de literatura siempre se está hablando de otra cosa. Las entrelíneas son, a veces, más importantes que las mismas palabras”.
¿Alguna vez has advertido –continuó– que si hoy se escribiese “Casa tomada” tendría más de mil páginas para abarcar la calle, el barrio, el pueblo, la ciudad, el país y hasta el continente? Y todo eso ya no cabe en una metáfora. Tampoco da tiempo para una sola pesadilla. Ni siquiera siendo Cortázar. Yo mismo –sentenció–, te estoy asaltando a las doce del día con quince minutos y tres segundos, cuatro, cinco…
La segunda idea interrumpió al reloj. Tenía voz de Pina Pellicer y se me acercó con esa suavidad que en México suele ser el preámbulo de un golpe: “lo verdaderamente justo siempre sucede fuera de los límites de la ley. Desde la Grecia antigua hasta la moderna Grecia, el símbolo de Antígona recorre este escalofrío de justicia”.
Antígona –hablaba con murmullos como de luz contenida, de lámpara detrás de una cortina–, es una mujer que decide enterrar a su hermano, aunque el rey lo prohíba. Su desobediencia no es capricho. Responde al amor fraternal, a una ley anterior a las leyes: la del duelo, la de los muertos, la de no dejar un cuerpo a la intemperie de los perros.
No te sorprendas. Antígona no es sólo un personaje, es un oficio necesario, un oficio de tinieblas. Aparece cada vez que el poder decide que hay muertos que no merecen sepultura o que hay dolores que deben archivarse. Adquiere la silueta del familiar que no acepta la versión oficial. Irrumpe en el orden profano de la ley al invocar un precepto atávico. Se manifiesta cuando alguien dice: “de esto no se habla”.
Y tú sabes muy bien que en esta ciudad hay cosas de las que no se hablan. No por analfabetas o porque falten palabras, sino porque sobran consecuencias.
Pina murmuraba como quien ha comprendido algo que los demás apenas presienten. Y mientras hablaba, la suavidad de sus palabras empezó a cambiar. Como si las sílabas, al rozarse, crepitaran hasta volverse un carbón ardiente, materia prima; como si cada frase saliera ya enrojecida. El murmullo, entonces, se convirtió en brasa sagrada.
Yo quise intervenir, por educación o por instinto de supervivencia.
–Pero…–empecé a decir– la ley…
La ley –me interrumpió con una cortesía amenazante– es un perímetro. Se traza para dictar: “aquí termina lo tuyo”. También para dejar cosas en la periferia. El rey Creonte, en nombre del orden, justifica su decreto: Polinices atentó contra la estructura del Estado. No le interesa discutir las razones de su embestida. Sólo le importa mantener el orden. Es contra esta injusticia que Antígona se erige. Y en su actuar encarna a todas esas personas a las que la narrativa del Estado ha aplastado con su retórica del bienestar común. Por esa razón, no tiene más posibilidades que buscar la justicia en las orillas del dictado político.
Pero no te creas que es tan fácil. Antígona tiene que atravesar el extraño maniqueísmo del pueblo, esa miserable y silenciosa sedimentación de la hipocresía. Esa estrategia de supervivencia. En voz baja la respaldan; en público se apresuran a halagar a Creonte, a compartir su mesa, a reírle el chiste a sus soldados. Sófocles, nuestro contemporáneo. La mala noticia es que no se trata de una obra de blancos y negros. Es un escenario sin extras. Todos están en escena: personas que sólo quieren llegar a su casa, niños que crecen con instrucciones, mujeres que aprenden rutas, ancianos que ya no salen después de cierta hora, calles enteras que a las nueve parecen una fotografía de Rulfo.
Y en ese silencio, una voz empieza a tirar del hilo.
Las palabras de Pina, en ese instante, empezaron a arrastrar una procesión de mujeres con rostro cansado y sonrisa olvidada. Turcas, argentinas, francesas, mexicanas. Entonces comprendí que no se debía hablar de Antígona, sino de Antígonas. Multiplicada en cientos de escenarios donde las mujeres –padeciendo la suerte de Sísifo– empujan la historia cuesta arriba.
Las dos ideas, Arturo de Córdova y Pina Pellicer, se acercaron aún más. Hablaron al mismo tiempo y aquel asalto se volvió una vorágine de murmullos donde las palabras revoloteaban en mis oídos. Los perdidos en la noche… los buscan en el día… Los perdidos en el día… pertenecen a la noche. Las caravanas… la ausencia… el sol… la luna… la tierra removida.
Yo tragué saliva. En mi oído derecho había paseantes nocturnos; en el izquierdo, mujeres que caminan por los desiertos del día por razones más oscuras.
Poco a poco, las ideas perdieron su corporeidad. Habían cumplido su cometido. Cuando ya se desvanecían, escuché a Pina que sentenció desde una especie de lejanía: las Antígonas siguen siendo necesarias para conservar la dignidad y la justicia, recuérdalo, lejos de la intemperie de los perros.1
Gabriel Martínez Bucio (Uruapan, Michoacán, 1989), es escritor y poeta. Autor de Vidrios en el parque (La Equilibrista, Barcelona, 2018).
1 El inicio del texto de un asalto que se revela de ideas se lo robé a Macedonio Fernández, que lo inventó en 1928 al leer por radio su “Teoría de la Novela”. La apertura es macedoniana, el desarrollo del juego es mío.


























