Folclor oscuro

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Mi mujer hizo el ademán de señalar con la cabeza hacia el escenario: sobre el tinglado, un hombre con un traje blanco de fantasía movía las manos y gesticulaba con teatral elocuencia. Yo no entendía nada de lo que decía. Las luces parpadearon, las candilejas exhalaron poderosos suspiros fosforescentes y, luego, la luz blanca se desparramó sobre el escenario.

Tanteé la butaca vacía contigua hasta dar con mi programa y aproveché la última ráfaga de luz para leer la descripción del espectáculo: la atracción principal, como era de esperarse, eran los mimos franceses, pero antes habría un “soberbio” número musical. Vaya, pensé, tendremos que esperar otro poco antes de ver a los actores.

Uno de los reflectores giró sin control, cegando a los espectadores de las dos primeras filas. Sentí la vibración poderosa de la música atronadora en el bajo vientre, en el instante previo a que el público se pusiera de pie. El presentador alzó los brazos al cielo, empuñó el micrófono dorado y señaló hacia un rincón oscuro. El círculo de luz blanca descendió con lentitud y pesadez, como un anillo de humo exhalado en pleno verano. Aplaudí con fuerza. Me volví para mirar a Sara: sonreía. Las cortinas se agitaron. Un hombre viejo se materializó poco a poco en la cascada de luz del reflector principal; avanzaba hacia el centro con lentitud reumática.

Sara aplaudía con energía. Volví al escenario: el anciano empuñaba un arco y, con la mano libre, cargaba su violín, barnizado en rojo.

La elipse de luz se fue encogiendo, tragándose la sombra del viejo. Con el último aliento luminoso alcancé a leer su nombre en el programa arrugado: Juôhm Kut, “el niño prodigio de Citronä”, también conocido como el “Duque del violín”. Juôhm Kut, repetí. Lo reconocí casi de inmediato. Aquel virtuoso radiante se había secado; ahora era un viejo, tratado con especial rudeza por el tiempo. Una joroba rompía la frágil simetría de su cuerpo; una explosión de pelo gris muerto descansaba sobre sus hombros.

Juôhm Kut esperó un tiempo prudente. Sabía que lo juzgábamos. Mantuvo la posición, aferrando el violín con mano temblorosa. Carraspeó, dejó caer el mentón hasta apoyarlo en la base del instrumento y, con ayuda de una garra deformada, tanteó alternadamente las cuatro cuerdas. Noté que la mano de Sara se posó sobre su pecho.

El viejo alzó el arco por encima de la cabeza. Según el programa, escucharíamos Huidizas sombras del granate. Con una anticipación milimétrica, una tormenta de rosas interrumpió al violinista. Se llevó el violín al pecho, ancló la pierna izquierda al suelo, torció la cabeza y se inclinó para agradecer. Los pétalos rojos quedaron suspendidos en el aire, mecidos por un golpe de viento casi imperceptible.

Como cualquier otro niño, la vida del joven Juôhm Kut tuvo un inicio apasionante. Las noticias sobre el descubrimiento de un niño prodigio corrían de boca en boca. El mundo pronto supo que, a la tierna edad de seis años, el hijo de un afinador de pianos podía tocar el violín como un adulto. Sus primeras interpretaciones carecían de personalidad y de gracia, y no estaban libres de errores… pero un niño de seis años tocando como un adulto sería siempre una nota extraordinaria.

Se sabe que el afamado mut Vôlgher Moers, maestro emérito, no tardó en visitar a la familia Kut. Tras abrirle la puerta, la criada se arrodilló para sacudir los pantalones del maestro, impregnados de la nieve gris de la industrial Citronä. Más tarde, las puertas del estudio se cerraron con teatral lentitud; resonaron los ecos y las exclamaciones afectadas de la cocinera y la criada. Nadie reparó en que la nieve se arrellanaba en los dinteles, formando una plasta gris e inestable que acabaría desmoronándose sobre el frac blanco de Vôlgher Moers.

La criada se cubría los pechos rosados con la palma de la mano derecha, balanceaba su cuerpo rollizo sobre una sola pierna y mantenía la oreja pegada a la puerta. Refrescaba.

Leí que, concluida la entrevista, el maestro emérito no necesitó palabras para expresar su asombro: se dejó caer en un diván de terciopelo rojo gastado, entornó los párpados y, con gesto escultórico, apoyó el dorso de la mano derecha en la frente.

Pasó un año. Kut fue nombrado “violín sexto” en la majestuosa orquesta de la reina Edwina; así se convirtió en el músico profesional más joven en la historia de la música contemporánea.

El rey de Citronä pronunció estas palabras momentos después de que el eco de las pisadas de un consejero, que se acercaba, lo arrancara del sopor de las seis de la tarde. Se irguió en el trono, permitió que la forma desenfocada en el horizonte adquiriera silueta humana y dijo:

Finalmente ha nacido un genio…

El público aclamó al joven virtuoso. En las calles y en los cafés de la plaza Matrinoi, la gente fruncía los labios y asentía con amaneramiento cuando se hablaba del niño prodigio.

Ese mismo año, un portento celeste sirvió de pretexto para desplegar a las fuerzas armadas y sus tricornios emplumados. En el centro de la plaza de armas, sobre un tinglado de maderas finísimas, la orquesta de la reina Edwina musicalizaba el lento fenómeno astronómico interpretando La Fuga de las Infantas. En el clímax del espectáculo aéreo, cuando el disco brumoso emitía descargas discordantes, la orquesta enmudeció para que el joven Kut interpretara el Soliloquio de las cuatro cuerdas, incrustado grotescamente en mitad de la sublime fuga.

Los más puristas rechinaron los dientes y apretaron los puños.

¿Cómo han podido sabotear la polifonía de ese modo?

¡Esto es un contrapunto bastante corriente!

Horas después, el pequeño Kut cerró el evento con una cadenza, tratando de hacer lucir su improvisación.

A pesar de la torpe selección musical, las libertades tomadas y la desafortunada interpretación, el concierto fue memorable. Sólo los críticos musicales más refinados parecieron notar que el joven virtuoso cometió veintitrés errores, cuatro de ellos imperdonables…

El álbum triple, grabado en la plaza de armas, llevaba en la portada al joven Kut de pie, descollando entre los músicos, con la mirada soñadora alzada, como si buscara el huidizo resplandor solar en la bóveda celeste. El ángulo de la fotografía permitía apreciar, con desenfoque artístico y grano evidente, el palco real en segundo plano. Con una lupa se distinguía a la reina Edwina, ignorando el eclipse, inclinada hacia el niño, con las manos apoyadas en el barandal de hierro forjado. El fotógrafo, conmovido hasta las lágrimas, declaró más tarde:

Hoy la música sublime del joven Kut ha eclipsado al astro rey.

No todos compartían el entusiasmo. Los conocedores pusieron en duda las facultades del anciano maestro emérito, instructor personal del núbil Kut.

Es posible que mut Kempkâ esté próximo al retiro —se decía en los pasillos del conservatorio de Citronä.

Mut Kempkâ… qué difícil situación la suya…

Para sorpresa de los detractores, el incipiente genio descolló en el palco central del Gran Teatro Swacko. Elevó el arco y rasgó las cuerdas interpretando el preludio de la suite navideña de Huän de Cedh, cometiendo apenas errores mínimos. La reina aplaudió maravillada, de pie durante los cincuenta y ocho minutos que dura la obra.

A los ocho años, Juôhm Kut seguía tocando el violín como un adulto. Los cinco discos que grabó con los maestros de Citronä aún figuran entre los más vendidos de la historia de la música culta. Los críticos ya lo incluían en la lista de los cinco músicos más dotados de todos los tiempos…

La popularidad del joven virtuoso crecía sin freno, pero no así sus dotes interpretativas. Los críticos no soportaban al niño genio. Los músicos de la orquesta lo despreciaban. El director lo odiaba con ferocidad. Sin embargo, el mecenazgo incondicional de la reina y un hecho irrefutable se imponían: el niño violinista llenaba teatros.

El genio discutible de Kut se manifestaba en el permanentemente abarrotado teatro del príncipe Föbos, edificio de muros de porcelana roja y columnas de mármol rosado.

A los diez años, Kut seguía tocando el violín como un adulto; parecía increíble, pero no había logrado ningún progreso significativo, a pesar de que mut Kempkâ y mut Moers, los dos maestros más importantes de la época le dedicaban todo su tiempo. El niño genio aún no había compuesto ninguna pieza memorable, ningún estudio, tal como había anticipado su padre y representante, el infame Mann Kut.

La permanencia de Kut en la prestigiosa orquesta de la reina Edwina parecía insostenible. Nadie ejercía más presión que mut Keppêk, director de la orquesta. Pacientemente, había recurrido a todas las instancias, tocado todas las puertas y hasta se había entrevistado en secreto con el rey. Pero faltaba el paso definitivo: convencer a la reina Edwina de que, por el bien de la orquesta y por el prestigio de las artes de Citronä, el joven genio debía renunciar de manera inaplazable y definitiva.

El rey consintió que mut Keppêk se encontrara con la reina Edwina en los jardines del Palacio. Bajo la mirada recelosa de la guardia real, las dos siluetas se detuvieron frente a la fuente de la diosa Möa, admirando el buqué de flores. El diálogo fue escuchado por un jardinero, de rodillas entre los rosedales, luchando contra un brote de madreselva:

Empresa difícil sería encontrar una analogía para comparar este aroma —dijo la reina Edwina mientras separaba la nariz enrojecida y goteante de los cinco pétalos alineados del vórtice giratorio.

Mut Keppêk abrió la boca, desenvainó el dedo índice como quien estaba a punto de citar un ejemplo, pero la reina lo interrumpió:

Sé lo que va a decirme, conociéndole como le conozco, mut Keppêk —aclaró la soberana, frunciendo el entrecejo e impostando la voz—: “la fragancia de una rosa sólo puede compararse con el despliegue sonoro de una orquesta bien afinada”.

El director emérito asintió en silencio. Tenía en mente algo muy diferente, pero sabía que no conviene contradecir a la realeza.

Exacto —contestó—, pero ¿qué pasaría si alguno de estos pétalos interfiriera con la sutil armonía de la rosa?

La reina lo miró fijamente, vislumbrando el sentido de sus palabras.

El director se inclinó frente a una de las rosas, espantó una abeja con un manotazo y tomó entre sus manos el bulbo palpitante antes de agregar:

Imaginemos que esta rosa tiene un pétalo muy negro y maloliente, como los frutos que dan las abacás en otoño. Si tal fuera el caso, reina mía, ¿qué deberíamos hacer por el bien de la armonía?

Sin duda, deberíamos extirpar ese feo apéndice, siempre que no dañemos la integridad de la planta.

Supongamos que, lejos de dañar, estuviéramos haciendo un gran bien. No sólo en términos estéticos, sino…

La pregunta es impertinente por la obviedad de la respuesta —interrumpió la dama.

No siempre es fácil percibir lo obvio…

¿Va hacia algún lugar esta conversación? —preguntó la reina, mirándolo a los ojos.

Señora, nuestra orquesta agoniza —lanzó al fin mut Keppêk—; se marchita y morirá como morirán estas flores…

El día que eso suceda —respondió la reina—, tendremos que echar al jardinero…

La reina reanudó la marcha, con la voz del músico a sus espaldas. El taconeo discordante del director de orquesta no encajaba con la suavidad de su caminar.

Señora mía, espere, no he querido incomodarla con mis necedades.

Hable claramente, Keppêk, porque pocas oportunidades tendrá como ésta.

Se trata del joven Kut… debo prescindir de él. Han pasado tres años desde que ingresó a la orquesta; en ese tiempo no ha dado muestras de poseer las facultades necesarias. Y no es porque no se esfuerce; trabaja aún más que los otros músicos…

Y así era: todas las tardes, entre las cinco y las seis y media, la reina Edwina

asistía puntualmente al gran salón dispuesto para que el joven virtuoso ensayara con sus dos maestros. La reina se sentaba en un taburete aterciopelado, mientras las doncellas extendían el vuelo de su vestido, plegando los gajos de seda, absortas en la suavidad del tejido.

La reina posaba para Botanno, pintor de la corte, mientras escuchaban una y otra vez la escala y los arpegios interminables. Ese último óleo, para el que posó la reina en vida, resultó ser también el más hermoso, abstracto y enigmático. Botanno trabajaba en profundo trance, que a veces se convertía en un ataque de histeria.

Y esas son mis razones —agregó el director, sellando su elocuente monólogo con una caravana.

Tras un tiempo prudente, mut Keppêk se atrevió a abrir un ojo y levantar la cara; vislumbró a la reina, a unos diez metros de distancia, arrodillada en el pasto y diciendo dulces palabras a los geranios.

A los trece años, Kut grabó su disco más conocido, Epifanía. La grabación se volvió legendaria por dos motivos: primero, porque se realizó frente al lecho de la agonizante reina Edwina, improvisado en el interior de la “Abadía de las siete señales”; y segundo, por la última pieza, Bleäjhwechttêmheipletemt (Corazonada), compuesta por el joven virtuoso y dedicada a su mecenas moribunda.

Un viejo crítico de música escribió: “Tengo la corazonada de que este niño genio tiene los días contados”. La composición carecía de fuerza, de gracia y, lo peor, de modestia. ¡Pero se trataba de un niño de trece años!

Kut nunca volvió a componer otra pieza, a pesar de que se hablaba de que los funerales de la reina Edwina serían musicalizados exclusivamente por él.

Quince días después de la muerte de la reina, Kut fue expulsado definitivamente de la orquesta; se le entregó su violín, roto por descuido de una criada, y su última paga, en moneda fraccionaria.

Sin embargo, la popularidad de Kut no se vio afectada; al contrario, su expulsión se interpretó como la evidencia de la estupidez humana y del soplo diabólico de la envidia. El público sentía que, bajo el pecho lampiño del joven músico, latía un corazón rebelde.

A los dieciséis años, Kut seguía tocando como un adulto; el problema era que había jóvenes de quince o dieciséis que tocaban con mayor gracia que él. Su genio no progresaba. No había mejoría apreciable entre el Kut de ocho años y el de quince; aunque cometía menos errores, a los veinticinco, el prodigio ni siquiera interpretaba el violín como un profesional.

Costaba trabajo aceptar que ese grisáceo intérprete había vivido casi veinte años de la música y tocado en la orquesta sinfónica más importante del mundo civilizado.

Tras la muerte de su mecenas, el joven virtuoso quedó condenado a una vida errabunda como telonero musical en una feria itinerante interminable.

Yo tenía apenas doce años y me encontraba filosofando, girando el globo terráqueo mientras imaginaba la vida de la gente de Siam, al otro lado del mundo, viviendo todo de cabeza. Al volverme, me sorprendí: no había visto entrar a mi madre.

Estaba sentada en el sillón, girando la manivela del fonógrafo de porcelana de mi padre. Para mí, sordo de nacimiento, aquel aparato no tenía otra función que la estética y la hipnótica danza del disco. Conocía su propósito, sin embargo, en la vibración que flotaba en el aire.

Dejé el globo y me acerqué a ella. La bocina, en forma de caracol, brillaba con arabescos azules y bordes dorados. Mi madre notó que la miraba y me hizo una seña para que me sentara. Sus dedos golpeaban suavemente sus rodillas, siguiendo un compás invisible que yo no escuchaba, pero que podía sentir.

Los dedos de mi madre golpeaban suavemente sus rodillas, siguiendo el compás de la música. Encontré la cubierta del disco en el suelo: ahí estaba Kut, un poco mayor que yo, con el mentón apoyado en la base del violín. Su nombre estaba escrito con elegante caligrafía manuscrita, casi ilegible. Que yo recuerde, mi madre jamás volvió a tocar aquel disco. Nunca la vi escuchar Corazonada.

Recuerdo ese instante con claridad: fue la primera vez que comprendí que podía disfrutar de la música. No con los oídos, sino con el estómago. También me sosegaba la expresión de paz en quienes la escuchaban. Y mucho después, me convertí en un bailarín competente, capaz de seguir el ritmo por el golpe que producía el sonido. Pero volviendo a ese recuerdo:

Tú puedes oír a tu manera —acababa de decir mi madre, haciendo que sus manos hablaran—. Puedes oír los sonidos aquí —tocó mi estómago.

Entorné los párpados y traté de apreciar con mayor detalle el movimiento de los dedos de Kut. Imaginé el sonido que produciría cada cuerda al ser rasgada, o siquiera la vibración de la fibra contra la madera. A los doce años, ya podía sonorizar los acontecimientos en mi mente: imaginaba con todo detalle el estrépito de los platones de porcelana al rebotar y hacerse pedazos, y el ahogado grito de mi madre cubriéndose la boca con las manos.

Me concentré en la diestra de Kut; imaginé los sonidos que se producían cuando el arco rasgaba las cuerdas. Me puse de pie para sumarme a la ovación. El virtuoso se inclinó hacia adelante, hasta donde la joroba le permitió. Un poco más tarde, Sara me detuvo las manos para que dejara de aplaudir y poder así escuchar lo que el anunciador estaba por decir.

El presentador volvió a empuñar el micrófono dorado. Me volví hacia Sara para que tradujera las palabras.

El violinista —dijo Sara a señas— va a interpretar una pieza de folclor oscuro: “La luna llena sobre los trece árboles”.

Vaya, hasta yo sabía que eso era música de granja.

Volvimos a sentarnos, pero justo cuando Kut estaba a punto de rasgar la primera cuerda, tres mimos irrumpieron en el escenario. Giraban como ciclones de colores, y su entusiasmo teatral arrastró al violinista. Se tapaban los oídos mientras lo elevaban en un remolino de gestos y risas silenciosas.

Uno de los mimos arrebató el violín de las manos de Kut.

Tenemos un predicamento —decía el presentador—: los mimos están impacientes por ocupar el escenario… Quienes estén a favor de los mimos, sólo tienen que levantar las manos. La mayoría decide: música de violines o espectáculo de mímica.

Sara y yo, como la gran mayoría, mantuvimos la mano en alto.