Samoilovich, el prestidigitador

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Daniel Samoilovich, Estética del error. Apuntes sobre arte y poesía. Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2024. 318 pp.

No es casual que en el texto de presentación de este libro, Daniel Samoilovich se juegue sus cartas más fuertes; las que advierten al lector hacia dónde va la partida, los pases mágicos de manos, las marcas evidentes y los guiños cómplices: “casi no hay figura retórica que no sea de algún modo una confusión: confusión entre sonido y sentido, entre dos cosas semejantes en algún punto, entre la parte y el todo”, dice y esconde de inmediato el as bajo la manga para mostrarlo poco a poco en el desarrollo de sus disertaciones. Ahí donde algunos verían una lucha de contrarios, Samoilovich plantea un juego de dualidades, una con-fusión, si nos apegamos a la parte etimológica, que integra unidades aparentemente divergentes: ¿hay una “estética” para el error? ¿qué hace posible que una falla se transustancie en una especie de poética? ¿de qué manera la forma, como esencia meridional del verso, puede admitir la imperfección? No hay truco en las respuestas que se van dosificando en el libro; pero hay una claridad que deslumbra y puede hacer caer al lector en la trampa de lo aparente. Como buen prestidigitador, el poeta, traductor y ensayista bonaerense ya nos encandiló desde los planteamientos iniciales de su arte.

Quien ande en busca de ciencia, cójala donde se aloje, que yo no profeso tenerla. Estas son solamente mis fantasías, con las que no pretendo hacer conocer las cosas, sino hacerme conocer yo”, proclama Montaigne en una de sus maravillosas alocuciones sobre los libros y la lectura. Y a partir de aquí es desde donde Samoilovich pareciera construir las premisas de su “estética” del error, de la confusión y la imperfección; pareciera —solamente—, porque la argamasa deja entrever el mucho de filosofía, historia del arte y teoría literaria que sostiene ese edificio. Una visión que hace de la poesía un ejercicio cotidiano de apreciación, de contemplación, y que de ahí parte hacia la escritura para entenderse como sujeto de reflexión: “el poema no vale por la experiencia que eventualmente evoca, el poema es una experiencia”. Los “apuntes” que conforman este libro se rigen precisamente por esa filosofía de la composición, ya sea que el motivo sea la pintura, el paisaje o la génesis de un poema, siempre desembocará en una experiencia del lenguaje que se ejerce con libertad.

Las distintas secciones que conforman Estética del error, no sólo delimitan temáticamente una preferencia por los procesos de creación literaria, sino que bordean el ensayo filosófico y la crítica de arte; aunque el recorrido vaya siempre a pulso con la intimidad del “diario” o la meticulosidad del “carnet de notas”, como lo llama atinadamente el autor. Escritos, en general, cuya intención no es constituirse como referentes teóricos sobre arte y literatura (no, por lo menos, a la manera de Pound o Berryman; aunque comparte con el primero la relación de la poesía con un “variado universo de temas y disciplinas”, y con el segundo cierta obsesión por transitar las mismas vías hacia el universo shakesperiano). Y sí, quizá, en dejar testimonio de cómo el trabajo intelectual (y circunstancial) de un autor —artículos, prólogos, crítica, traducciones…— puede confluir en una etapa más de su biografía poética, donde lo que existe es un impulso para ensayar y perfeccionar los procesos de producción artística. No hay contradicción en esto: ensayar y perfeccionar son una derivación del acierto estético, y no hay tal sin su respectiva carga de error.

En tiempos de “sistematización” de todo (la temida automatización que volteó de cabeza al mundo en las dos últimas décadas del siglo XX ya no espanta ni a los niños), la realidad es confrontada en estos apuntes por un afán reflexivo que conlleva a pensar el mundo desde la subversión artística, no la política ni ideológica (mejor dicho, ideologizante, que es donde veo un alejamiento crítico muy sano de Samoilovich con sus coterráneos antecesores González Tuñón y Martínez Estrada), sino aquella que propone a la Idea como vehículo de las asociaciones “semánticas, plásticas y sonoras” de la escritura en general y, en particular, del ejercicio poético. “Como la realidad no me parece un dato, no me parece que puedan ser simples las relaciones entre las palabras y las cosas, pero tampoco me parece que puedan ser abolidas”; es decir, esa correspondencia a veces necia que “las vanguardias creyeron haber domesticado y las posvanguardias haber dejado atrás”, proclama Samoilovich en su disertación sobre el grado de aspereza interpretativa de “lo real”. Esto nos lleva de vuelta al planteamiento inicial de su “estética”, de la necesaria re-flexión cotidiana, es decir, calar los pliegues, las aristas del pensamiento desde una subjetividad emotiva de a pie, a ras de calles o jardines; una mirada que se embelesa ante poetas o pintores de vanguardia (Auden, Khlebnikov, Renzi), o frente a algunos autores argentinos que despuntaron en las últimas generaciones (Gambarotta, Calveyra, medio conocidos en México gracias a la difusión de su obra a través de esa travesía editorial —e intelectual— de Samoilovich, con el Diario de Poesía). En este punto, y concretamente en el revelador ensayo sobre el precursor del arte abstracto ruso, Velimir Khlebnikov, es donde Estética del error logra un aporte esencial en la actualización de los estudios sobre las vanguardias, muy necesario hace tiempo en el mundo hispanoamericano. Y eso no es poco.

Ante una poesía que se escribe cada vez más a saltos de tabulador —“malabarismos tipográficos”, que decía David Huerta—, la lectura del ensayo “Sonido y sentido” me parece, paradójicamente, el más actual. Su tema central es el análisis de los sistemas de versificación; un breve recorrido por las formas clásicas griegas y latinas hasta el predominio del verso acentual en la poesía contemporánea; predominio que no necesariamente excluye medida o ritmo, sino que los adapta a nuevas necesidades de comunicación verbal, o, por lo menos, lo intenta. Pareciera haber quedado atrás la formación de poetas con esa especie de propedéutico que era la Métrica Española. Reseña histórica y descriptiva, de Tomás Navarro, o la lírica y didáctica Poética Española, de Antonio Montoro; pero sólo pareciera, porque Samoilovich nos remite al “estatuto técnico” del poema más allá de su forma y su sentido: “eliminados los patrones que durante varios siglos fueron tenidos como propios de la poesía, como la medida y la rima, el territorio parece a la vez muy amplio y muy resbaloso. ¿Qué define hoy qué es un poema y qué no lo es?” La con-fusión, el caos ilusorio debajo del sombrero del mago no son más que espejismos de una serie de disertaciones que el autor ha venido planteando a lo largo de este libro; experiencia y lenguaje constituyen la base de esas formas que, perfeccionadas durante siglos, ha adquirido la poesía para manifestarse, para comunicar su propio sistema de “preferencias y rechazos más o menos conscientes de un autor”. Esto abre el camino a interpretaciones (toda disertación lo es) sobre la validez, o no, de cualquier forma de expresión —física, por decirlo así— que adopte el poema. El tema no es circular, es una espiral sin fondo ni límites visibles.

En muchos sentidos, este ensayo —junto con otros de la segunda sección “Poesía y…”— se erige como una aproximación a la “poética” propuesta para la fundación del Diario de Poesía a mediados de los años ochenta; aunque el autor no lo plantee abiertamente. Es decir, la práctica reflexiva en torno a las variadas expresiones y registros de la escritura; con especial atención a la difusión de ciertos autores que provocaron, y siguen provocando, la discusión estética. Muestra de ello son los apartados “Reincidencias” y “Lecturas”, que agrupan textos representativos de una extensa labor como traductor, articulista y reseñista que confluyeron, en la mayoría de los casos, en los dossier de la prestigiosa revista. (Comentario aparte, vale la pena reconocer la labor recopilatoria y de digitalización que hizo el Archivo Histórico de Revistas Argentinas del Diario, desde 1986 hasta 2012). Uno de los más destacados, en esa amplia gama, es el dedicado a John Ashbery y su “Autorretrato en un espejo convexo”, en este caso en la espléndida traducción de Javier Marías (y que, por cierto, también trasladó Verónica Volkow en México para Ediciones Toledo en 1991). Un poema de compleja sustancia y estructura donde Ashbery plantea un incesante “juego barroco” que irá depurando hasta consagrarse, en poemas posteriores, en paradigma del lenguaje literario. Dice Samoilovich: “El poeta no es profeta ni adivino, pues posiblemente no haya tal significado secreto, no haya nada tras el velo, como no hay nada tras el espejo”.

Siendo el autor esencialmente un poeta, algunas de sus divagaciones no podían eludir la vía prosística ni el sendero onírico. Los dos textos que cierran el libro: “Yo, vos, él” y “La materia de que están hechos los sueños”, son una especie de manifiesto y coloquio. El primero, de cierta vena nietzscheana —aunque el Gombrowicz de “Contra la Poesía” también está muy presente—, es un juego paródico de voces y pronombres que expone las interacciones del artista no sólo con su trabajo, sino ante la cultura, la tradición, los estilos y banderas que ocupan parte de sus preocupaciones intelectuales más allá de cualquier solipsismo. Unas joyas de muestra: “Yo tengo una formación sólida, vos sos excesivamente teórico, él escribe para los críticos”; “Yo soy un gran poeta, vos sos bastante conocido, él tiene buena prensa”, “Yo expreso la energía profunda e irreverente del pueblo, vos hacés populismo, él chapotea en la basura”… El segundo, “La materia de que están hechos los sueños”, agrupa algunas reflexiones sobre los trabajos del inconsciente que han desvelado a la ojerosa humanidad desde hace siglos, aunque sería más apropiado hablar de la aprehensión intelectual por desmenuzar los procesos de creación que tratan de sistematizar los sueños como relato y lenguaje: lo onírico al servicio de lo órfico, como anhelaba Bachelard. Y concluye el autor: “es muy difícil representarse cómo será posible alguna vez hacer una historia de los sueños —a lo más, podría intentarse la historia de su relato, con lo que estamos de nuevo ante la sugerencia de que los sueños son ese relato, su única manifestación aprehensible y analizable”.

Al final, bajo la manga del prestidigitador sólo hay una certeza: todo está por decirse, por y para eso sigue existiendo la Poesía.