La última puesta de sol

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Cuando Israel terminó de leer la noticia que inundaba las redes sonrió después de meses de no hacerlo. Aunque en un principio la noticia lo había estremecido, comprendió lo que significaba para él que un asteroide impactara contra la Tierra. De pronto, estar desempleado se había vuelto irrelevante y sintió un sosiego que nunca había experimentado.

Tomó un baño, y al salir se aplicó su loción favorita de aroma cítrico que inundó la habitación. Peinó su cabello lacio, dándole forma con secadora y gel, como si se arreglara para una entrevista. Con su celular se tomó varias selfies frente al espejo del baño que reflejó su torso aún con vestigios de los entrenamientos del pasado. Después de mirar la pantalla por varios instantes, creó una cuenta de perfil en la aplicación de citas que varias veces había borrado y vuelto a instalar. Sintió como si la noticia del fin del mundo ejerciera una presión sobre su mente. Tenía las horas contadas y las iba a aprovechar. Estaba dispuesto a encontrar a algún hombre en la ciudad que también estuviese buscando sexo antes de morir.

Israel llevaba más de un año sin conseguir un nuevo empleo. Su experiencia en finanzas poco le había servido en medio de tanta competencia. El desempleo lo había sumergido en una oscura aflicción porque se acercaba a los cincuenta años, dificultando aún más su búsqueda. Había dejado de ir al gimnasio, ya no le alcanzaba para pagar membresías. La hipoteca de su departamento secaba sus ahorros, lo mismo que los pagos que adeudaba por su auto.

Por las noches, se despertaba en la madrugada debido a las pesadillas que ahogaban sus sueños. Con frecuencia amanecía irritable porque, además de no descansar bien, su mente rumiaba el hecho de que no tenía una pareja estable. Por alguna razón se le dificultaba hacer click con alguien. Antes solía encontrar defectos en sus pretendientes, pero ahora él era el defectuoso para sus prospectos: no sólo estaba desempleado, sino que había perdido el cuerpo atlético de antes y estaba al borde de la ruina financiera.

Sus amigos dejaron de buscarlo porque Israel se veía obligado a cancelarles para no derrochar el poco dinero que le quedaba. Aborreció al mundo moderno que señalaba a los desempleados orillándolos a una especie de destierro social. Salir a una cena con un ligue ni pensarlo, era costoso. Además, muchos sólo buscaban sexo y la última vez había pescado una enfermedad venérea. La sensación de soledad empeoró cuando tampoco pudo costear una mascota y tuvo que despedirse de su gato.

Y es que en la empresa donde trabajaba no todos eran evaluados de la misma manera a la hora de los recortes. A menudo deseó ser como los otros, casarse con una mujer y tener hijos, tal vez así la vida sería más sencilla. No importaba que un hijo resultara más costoso que una mascota, esa hubiera sido una razón suficiente para que el patrón desistiera de despedirlo. Pero esta mañana el recuerdo de su despido no encharcó su mente. Miró su celular, todavía no tenía mensajes de la app de citas.

Después del desayuno no quiso encender la televisión, le pareció una pérdida de tiempo mirar los noticieros que hablarían sobre el fin del mundo y del porqué la tecnología humana no había logrado desintegrar al enorme asteroide. Prefirió poner su música favorita mientras echaba un vistazo al departamento que ya nunca terminaría de pagar, miró los muebles que había seleccionado con tanto esmero para que encajaran con el resto de la decoración, cuadros encantadores y objetos que había comprado en sus viajes alrededor del mundo. Hojeó la colección de cómics que disfrutó durante su adolescencia, sintió nostalgia y satisfacción que se revolvieron en sus entrañas.

La noticia del asteroide le había cambiado la perspectiva sobre su existencia. Ya no sería necesario conseguir un dealer que le vendiera un frasco con solución de potasio para inyectárselo. Y de no conseguirlo, tampoco necesitaría indagar sobre otros métodos eficientes y no dolorosos para acabar con su vida. Llegó a la conclusión de que cortarse las venas no era tan sencillo como había creído. Varias veces había pensado en hacerlo, pero nunca reunía la valentía necesaria. Le daba miedo. Pero ya no sería necesario preocuparse de eso ni de lo que pasaría con sus pertenencias, pues no tenía ningún familiar cercano. Ya nada importaba y se sintió aliviado.

Su celular vibró. Miró el mensaje que le sacó otra sonrisa. Qué alegría no tener ninguna preocupación más que disfrutar del último día de su existencia, pensó. Tecleó una respuesta: “Te espero a las 5:00 p.m., esta es mi ubicación, depa número 7…”

Preparó la última comida, espagueti al pomodoro con mucha albahaca, como le gustaba. Lástima que ya no encontró botellas de vino en ningún supermercado. A pesar del amenazante fin del mundo, la demanda de productos como el alcohol había sido feroz. Todo se había encarecido y en cuestión de horas, había surgido un mercado negro de los productos más escasos. Conseguir una cerveza fue igual de difícil que conseguir un narcótico sin prescripción médica. Las fábricas habían cerrado y los servicios de distribución se vieron colapsados. Comió con calma mientras al fondo sonaban canciones de Empathy Test que mejoraron aún más su estado de ánimo.

Mientras esperaba a que dieran las cinco, miró en su celular fotos de viajes y fiestas, reviviendo bellos momentos capturados en imágenes. Y es que no siempre se había sentido desdichado. En algún momento de su vida había experimentado momentos de satisfacción y alegría genuinas, instantes en los que llegó a sentir que había esperanza para lograr cualquier cosa que se propusiera. Su celular vibró otra vez. Era otro mensaje de la app de citas, envió la misma respuesta que incluía su ubicación.

Se acercó al clóset, vio las prendas que había comprado tiempo atrás cuando se sentía exitoso porque lo habían ascendido a gerente. Algunas camisas sólo las había usado una vez en espera de que llegara otra ocasión especial. Se probó una por una, dejándose puesta la más costosa. Minutos después, un tercer, cuarto y quinto mensaje se mostraron en la pantalla del celular. A todos les respondió lo mismo. Se preguntó quién de ellos vendría. Si llegasen al menos tres, sería como una fiesta de despedida, su primera y última orgía para decirle adiós a una vida que lo estaba asfixiando.

Cuando dieron las cinco de la tarde, Israel se sintió impaciente. Sus manos sudaban, dio vueltas por la estancia y la cocina, mirando el reloj mientras los minutos avanzaban, pero nadie llegaba. Tal vez quedarse a esperar alguno de esos hombres no era la mejor idea. ¿Y si salía a las calles para morir acompañado por la muchedumbre? Cuando empezaba a cosquillearle la idea de salir, el timbre sonó. Lo saludó alguien robusto y con barba de candado. Momentos después volvió a sonar el timbre y entraron dos sujetos, uno con uniforme de bombero y otro de policía. El timbre sonó varias veces más. Una pasarela de hombres atravesó la puerta de su departamento: atléticos y altos, algunos velludos, otros delgados y lampiños.

Nadie opuso resistencia, Israel se los cenó a besos y lengüetazos, lamidas y caricias que recorrían cada rincón de los cuerpos. Los gozos carnales apaciguaban su frustración de haberse convertido en un exiliado social. Cada relamida le ayudaba a vivificar los recuerdos de aquellos años en que había gozado su vida. Se estaba diluyendo la sensación de soledad que lo había consumido hasta tocar fondo. Tragó saliva. Se alegró por no haber acabado con su existencia semanas atrás, estaba disfrutando de este momento.

Mientras se desbordaba de placer en un tren de pasiones carnales, logró ver a través de la ventana la última puesta de sol que le pareció que transcurría más lenta que nunca, como si el universo le concediera una última oportunidad para disfrutar de un bello espectáculo, prolongando la duración de los segundos y los minutos. Sintió que finalmente él y las demás personas eran iguales ante el cosmos. No importaba si estaba desempleado o era infeliz, si los hombres que lo acompañaban eran ricos o pobres, o si él iba a morir soltero y sin su gato. Todos eran unos desdichados por igual. Nadie escaparía. La humanidad entera se extinguiría al mismo tiempo y eso le proporcionó una inmensa paz.

Israel y sus acompañantes emitieron gemidos de placer que opacaron los gritos del exterior. Las calles se inundaron de una muchedumbre horrorizada al ver cómo se acercaba el asteroide. Algunas personas lloraban, otras se abrazaban para afrontar el zarpazo de la exterminación que, tras varias horas, no llegó a ocurrir.

La desintegración del asteroide en millones de fragmentos generó una lluvia de luces que coloreó el cielo del amanecer, mientras Israel dormía intoxicado de sexo.