Verso Bajo 19

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Los artistas no me caen bien

Si no me equivoco, se les llama “ñoquis” a los empleados que cobran un sueldo sin trabajar; y se les llama así porque el único día que van a la oficina, y lo hacen para cobrar ese dinero, es el día 29 del mes. Digo esto porque creo que habría que definir una nueva calificación y ésta sería para quienes sí trabajan pero cuyo trabajo no le es necesario a nadie; me adelanto a confesar que no tengo la menor idea de qué nombre darles. Ya sé que alguno te dirá que con qué vara se decide qué trabajo es necesario y cuál no… pero la verdad es que poco me importa el terreno difuso o nebuloso o chirle. De lo que hablo es del sentido común; y a éste poco se le escapa a la hora de decir si un trabajo es necesario; o no. Por ejemplo: el barrendero es necesario; una persona que se pase la mañana contando las arrugas del cordón de la vereda no lo es.

Dentro de esta categoría, la de los que realizan trabajos innecesarios, vendrían a estar muchos de ésos que, llamados a presentarse, lo hacen como artistas. Porque, aun cuando esto me va a ganar la antipatía de más de la mitad del genero humano (si no más de los tres cuartos), la gran mayoría no alcanzan la altura de las expectativas; y, de entre éstos, muchos, pero muchos, ni siquiera saltan el mínimo. Pero, claro, es muy prestigioso, para no decir que también cómodo, asegurar que el arte nos llama; que la Gran Vocación nos ha elegido entre el cúmulo humano. Lo cierto, y vuelvo a sentarme sobre las púas, es que la gran mayoría no valen media moneda. Y puedo dar fe de primera mano.

Durante mucho años fui director de una revista literaria. Y, en el transcurso de esa tarea, me crucé con muchas otras revistas literarias; no voy a decir que salían de debajo de las piedras pero sí que perdí la cuenta. Y casi todas estas revistas carecían de ventas. No digo que no se destinaran a la venta, no; lo que digo es que nadie las compraba. Y eso ya dice mucho. Por esos años, entonces, que eran los ochenta, aunque puedo suponer sin perder la protección que tienen las suposiciones que se hacen a la vera de las deducciones educadas, que en los años que siguieron ello bien debe de haber seguido así, quienes dirigían esas revistas trataban por todos los medios de conseguir cuanto subsidio llegaba con las noticias; no importaba si era estatal o privado, lo que importaba era tomar posesión de un dinero que les permitiera continuar con su publicación. Algunos conseguían ese cometido y lograban sacar dos o tres números más, después de los cuales llegaba el final puesto que sólo había sido postergado porque seguía ausente el interés por comprar los ejemplares de cada número.

Acá, también, podrá aparecer alguno que te dirá que unas cuantas de esas revistas bien podían ser muy buenas y merecían seguir existiendo… pero no es ésa la cosa, no es eso lo que cuestiono. Lo que cuestiono es que ninguno de los directores de esas revistas, nunca, se preguntó de dónde salía ese dinero que estaban solicitando. Porque no estaría errado quien supusiera que buena parte de él salía de los bolsillos de personas que ni siquiera sabían que existía algo llamado revista literaria. En otras palabras, lo que pregunto a los vientos es por qué tengo que pagar yo para sostener una experiencia que se defina a sí misma como artística cuando el artista mismo no está dispuesto a hacerlo. De nuevo, seguramente, aparecerá quien te diga que muchos artistas carecen de la fluidez monetaria que se los permitiría; bueno: para eso están los concursos. Hablo de los buenos concursos; que son pocos, pero los hay. Y, sobre los concursos, dejo acá para que las distintas sociedades de escritores tengan a oportunidad de rendir esta asignatura que tienen pendiente.

Decía que los directores de las revistas poco interés ponían en averiguar de dónde salía el dinero para los subsidios. Lo que es más, me gustaría ver que, hoy en día, alguien pusiera las manos en el fuego para asegurar que el dinero que sostiene muchas de los espectáculos artísticos que se promocionan acá nomás no proviene del lavado de dinero.

En suma, que es cierto que no todos los empleados del estado pueden ser ñoquis; pero sí que muchos están abocados a trabajos que nadie necesita.

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Más fuerte que yo

Estábamos hablando sobre la muerte cuando Sabato nos dijo: “El verdadero problema de la longevidad es que uno se va quedando solo.” Todos se quedaron sorprendidos y trataron de ubicarme porque, a pesar de mi esfuerzo y de estar en la última fila de bancos, no pude evitar que se oyera mi risa.

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Sobre facios y yerbas afines

Estaba leyendo el libro de María Rosa Maldonado (“Acúfenos”… antes de que me lo preguntes te cuento que lo busqué en el Moliner —que es lo primero que hago en estos casos— pero no estaba; por suerte —y finalmente— el tío Manuel vino en mi ayuda —el tío es médico— y me explicó que era una sensación auditiva no provocada por un sonido exterior… lo cual es bastante discutible, pero lo voy a dejar para otra vuelta porque ya me fui bastante por las ramas)… te decía entonces que estaba leyendo ese libro cuando llegué al poema de la página 39 y me encontré con que ése había sido el último. Justo enfrente de la página 40, la cual estaba en blanco, comenzaba un postfacio; esto hizo que regresara a la portada y ahí estaba anunciado, bajo la responsabilidad de Cignoni —no había registrado su presencia porque a estas ocurrencias les doy un valor inferior a poco (no digo que no les doy nada de valor porque trato de no ofender ante lo desconocido, y pocas cosas me son tan desconocidas como los facios, tanto los pre como los post).

Regresé a la página 41 (aun ante le impresión que me seguía provocando la blancura de la 40) y un impulso venido del más allá hizo que me adentrara a investigar cuántas páginas ocupaba el dicho postfacio; así encontré que finalizaba en la 49… sí: nada más ni nada menos que 9 páginas de postfacio.

Esto hizo que me fuera a fijar en qué página estaba el primer poema, y era la 7; con lo cual, hechos los cálculos pertinentes, obtuve que los poemas ocupaban 33 páginas. Así, con 9 de 33, tenemos que el postfacio ocupaba un espacio equivalente al 27,27% del ocupado por los poemas.

Sabía desde un principio que el libro no contenía una gran cantidad de poemas, era fácil apreciarlo dado lo delgado del mismo, pero resultaron ser menos de los esperados puesto que era el postfacio el que acrecentaba su espesor.

Todo lo cual hizo que, mis neuronas, agitadas como pocas veces, comenzaran a tejer todo tipo de pensamientos alevosos: No, Cignoni, no; esto es un abuso, un atropello. Cómo va a presentar 9 páginas de tejido gramático en un libro que apenas contiene 33 de poemas; se pasó de lo esperado en cuestiones de confianza con el lector. Usar un libro tan delgado para desplegar una apología de sus vaivenes ideológicos: sospecho que ni la izquierda se animaría a tanto (y eso que se anima a casi todo). Lo menos, tendría que haberlo consultado previamente con su horóscopo. No, Cignoni, no; usted está muy equivocado; las cosas tienen un límite, y ese límite hay que respetarlo. Se ha pasado de la raya, Cignoni; esto así no va: no y no, va a tener que llevar su equivocación a otro estrado: a caballo de semejante tropelía, a casa no va a poder entrar.

Y cerré.

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Formas de leer

Consultado un grupo de personas, muchas de ellas escritores, acerca de cómo leer un libro, por motivos que escaparon a la mirada de quien propuso la consulta, exhibieron la tendencia a afirmar que la mejor manera de leer un libro es la manera como se lo escribió.

Una pregunta obvia es aquélla cuya respuesta es obvia. Y las personas del párrafo anterior se apuraron a aceptar la protección de un refugio: el de creer que aquella consulta era obvia.

Tenemos, así, frente a nosotros, un caso (otro) donde lo obvio revela su veneno. Y, empujado por la evidencia, digo: No; definitivamente no: si hay una forma como no debe leerse un libro es ésa en la que fue escrito.

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Efemérides 101

Un libro que falta: “La rebeldía como acto mediocre”.

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Me palpo los bolsillos

Vos sabés que escribo y que ando por ahí diciendo que soy escritor; lo cual es cierto en el sentido estricto dado que escritor es quien escribe; como también lo son el escribiente, el escribano y allá lejos, en un país que solía habitar, el escribidor. A lo que voy es a que a los escritores les gusta usar metáforas, especialmente a los que se presentan como poetas; y he llegado a la conclusión de que las metáforas son mecanismos para inteligencias necesitadas de alimento, cuando no miserablemente mentirosas. Porque, si hay una manera de decir A, nadie que no buscara el resultado de un engaño diría B y esperaría que el otro entienda A. Ya sé que alguno te dirá que hay metáforas exquisitas por su belleza o por su originalidad; pero, claro, estaríamos hablando de menos del uno por ciento del total de las metáforas que se puede encontrar en esa bolsa que una mayoría atolondrada llama literatura; mucho menos. Se me da por escribir esto porque, el otro día, alguien me felicitó por mis metáforas… lo cual es un recurso del que no saco gran provecho. Te podrás imaginar lo cuesta arriba que sería si me pusiera a explicar a un desconocido por qué eso que cree que es una metáfora no lo es; motivo por el cual no lo hago —para no mencionar que ni mis santos tendrían la paciencia requerida. Cuando escucho que alguien dice que la poesía vive gracias a la metáfora, me palpo el bolsillo para asegurarme de que no me olvidé los fósforos. En suma, que la metáfora es un recurso que la composición de las palabras permite para estafar al lector. Y no puedo esperar a que se termine de levantar el cadalso.