El dolor fantasma

715

Why I should follow my dreams?

Why I should be the piece?

I fell you outside

At the edge of my life

I see you walk by

At the edge of my side

I had to let you go

To the setting sun

I have to let you go

To find a way back home”

Anathema, “Untouchable part 2

 

UN DÍA DE junio de 2020 amanecí con un dolor muy fuerte en mi encía. Pensé que estaba infectada por alguna herida porque un día antes comí tostadas y recordé que un pedazo de tortilla frita había quedado incrustado, como una pequeña Excalibur de maíz, en el lado derecho de mi paladar. Me costó mucho trabajo sacar el pedacito de tostada del lugar donde estaba inserto, tuve que mostrar habilidades manuales de cirujano para que, con unas pinzas, al fin sacara el filoso y diminuto totopo.

No le di mucha importancia al dolor que tenía hasta que fue creciendo en intensidad, al grado de que me resultaba muy incómodo comer. Cada que abría la boca sentía esa punzada espantosa en la encía, por lo que comer alimentos que requerían de grandes mordidas –tacos de guisado, hamburguesas o hot dogs– resultaba un martirio. Estaba obligado a dar mordiscos pequeños para evadir un tanto el malestar o de plano comer sopas o verduras.

Por esos días me tocó trabajar en el centro de Cuautlancingo, recordé que ahí está el consultorio de una amiga que es dentista, ella fue mi compañera del bachiller, una chica muy aplicada en clase y una persona muy educada que me cae muy bien, por lo que le tengo mucha confianza a su profesionalismo como estomatóloga. Aproveché el viaje a Cuautlancingo y fui a verla para que me dijera cuál era el problema con mi encía, saber si se trataba de una infección o de algo más grave. En estos casos siempre tengo miedo de que sea algo más grave y tener que pagar un dineral para solucionarlo. La cosa es que estaba en un punto en que me ponía muy de malas no comer a gusto tantas cosas que me encantan, como los elotes con chile, queso y mayonesa que siempre alivian mi estrés.

A Ivonne le dio mucho gusto verme después de muchos años de no saludarnos. Me hizo una radiografía para ver qué provocaba mi dolor y juntos encontramos una muela del juicio enterrada que, además, estaba de costado y empujaba a la muela de junto, lo que provocaba el dolor en la encía. ¡Cáspita! Una muela enterrada, no lo imaginé. Parecía algo tan obvio, ¿cómo fue que no me di cuenta o no lo había razonado así?

En los últimos cuatro años y medio salí con algunas chicas; hice amistades sólidas en algunos casos. La pasé muy bien siempre. Algunas son amigas de mucho tiempo atrás, me dieron clases de respeto, madurez y honestidad. A todas las admiro y las quiero mucho. El principal y único problema que se dio en cada caso fue que yo no pude sacar de mis emociones a Jota E. Era como si Jota E me hubiera estado observando con un telescopio desde Tehuacán, donde ella vive, ya que sentí muchas veces su mirada cayendo como plomo en cada uno de mis actos, causándome inmovilidad y guardando una especie de idiota y ensimismada fidelidad a alguien que ni siquiera era mi novia. Yo no he podido amar a nadie más como a Jota E; yo mismo no soy capaz de explicar con exactitud por qué.

Ahora mismo, cada que pienso en la posibilidad de volver a enamorarme de alguien más, me preguntó: ¿cómo sería posible algo así si nunca vi una mirada que estuviese poblada de tanta ternura como la de Jota E? Incluso las colonias periféricas de la mirada de Jota E tienen el alumbrado público que irradia esa ternura tan peculiar. Es esa adoración que tiene por los gatos es la que, en buena medida, me hace prisionero de su amor. A veces yo mismo quisiera ser un gato y ronronearles a sus pies, ganarme su cariño y lograr que me cargue para que me diese un beso de esquimal con su nariz, algo que ella hace con frecuencia con sus gathijos.

Si algún día llego a querer a otra chica más que a Jota E, es probable que ese día lluevan langostas.

Entiendo que este amor posee una buena dosis de obcecación y negación de mi realidad inmediata, porque llevamos distanciados bastante tiempo. Hace rato que no sé bien cómo está y, a pesar de ello, hay días en los que se siente muy padre seguir enamorado de Jota E. Saber que todavía amo a Jota E me permite a veces viajar con la mente a dónde ella está y puedo pasar un buen rato contemplado su sonrisa para que me inspire a dejar atrás todo lo rancio que puede ser mi día. Imagino con exactitud los hoyuelos que se le hacen en los cachetes cuando ríe, así como el brillo de sus ojos cuando está feliz. Esa imagen me tranquiliza y vuelvo a mi trabajo con un poco de ánimo. Es un consuelo de perdedores, pero ¿quién puede considerarse un ganador? Acaso algunos somos valientes o voluntariosos, pero nadie hasta hoy ha cruzado la meta para decir que ha vencido a sus fantasmas.

Jota E y yo vivimos en la misma casa en 2016 en el pueblo de Tecamachalco, Puebla. Ella estudió Veterinaria en el campus de la BUAP y yo trabajé para la Fiscalía de Puebla en aquel tiempo. Fueron días violentos en los que pude perder la vida porque fui amenazado por las mafias de la región mientras hacía mi trabajo. Cuando regresaba a casa y Jota E estaba ahí, yo era muy feliz de platicar con ella sobre cómo nos iba en la vida. Me hice adicto a los ruidos que hacía en el pasillo cuando llegaba muy tarde después de una fiesta universitaria, al olor de su champú Caprice (que se expandía por todas las habitaciones cuando salía de bañarse), pero lo que más me gustó de ella fue su forma sobria de ser, de vestir. Me enamoré de su expresión reservada, analítica. Mucho tiempo he padecido por esa forma tan silenciosa de ser de Jota E, porque me acostumbró a no responderme cuando le hice preguntas directas e importantes en momentos clave; sin embargo, ella es así, un misterio que se niega de forma perpetua a ser descubierto. Esta autodefensa, este encierro en sí misma que la caracteriza, se nutrió de las veces que otros hombres le rompieron el corazón. Algunas veces pienso que yo pagué la factura que dejaron los tipos que la trataron mal, por esa razón conocí nuevos límites para mi paciencia y no bajé los brazos para seguir luchando por su amor, aunque al final perdí y acepté esa derrota.

Pasaron cuatro años y ella nunca me dio un sí contundente para consagrar un ambicioso proyecto de amor compartido. Cuatro años de ver puras palomitas azules en mi Whatsapp cada que le escribía, preguntas que se quedaban sin respuesta cuando trataban sobre sus sentimientos hacia mí. Cuatro años en los que salí con otras chicas para olvidarla, pero siempre terminaba hablando de la Veterinaria que conocí en Tecamachalco.

Cuando el tiempo que vivimos juntos terminó, nos despedimos con un abrazo. Cuando le di la espalda, me dijo: “Vete con mucho cuidado a tu casa”. Nunca olvidaré esas palabras, pero más que eso, el tono con que las dijo. Su lentitud, su miedo, cierto crujido de su corazón que se escuchó mientras movía los labios. Quise escuchar un soterrado amor en ese verso que me hizo su prisionero desde entonces.

Pensé y busqué muchas opciones para irme a vivir a Tehuacán, donde ella vive y donde regresó después de terminar sus estudios universitarios en diciembre de 2016. El 11 de septiembre de 2019 un Audi que se echó de reversa sin verme pasar me atropelló cuando yo iba manejando la motocicleta; con ello aniquiló la esperanza más cercana que tuve de ir a luchar por el amor de Jota E, porque perdí la posibilidad inmediata de tomar un trabajo que me llevara a Tehuacán que gestioné por mucho tiempo. Yo sabía que iba a ciegas porque ella nunca dejó de ser un enigma respecto a lo que había entre nosotros. Tal vez Jota E me quería, tal vez no, pero algo había seguro: yo tenía derecho a luchar por su amor y demostrarle que podía dejar mi vida en la capital poblana para estar a su lado y hacerla feliz. Sé que no soy el mejor de los hombres, pero nunca me faltó capacidad para hacerla reír.

Tres meses después de mi accidente, su corazón hizo una elección que no me incluía y reconocí mi derrota, más no el fin de mi amor por ella.

Muchas veces me culpé de no haber encontrado las respuestas adecuadas al perpetuo acertijo que despliegan sus voluntades silenciosas y así actuar en correspondencia con ellas. Me sumergí en un alcoholismo agotador que casi destrozó mi vejiga. Tuve que ir recuperándome de ello de a poco, siendo autoparódico, eligiendo el humor negro cuando hablaba de ese dolor. Reírme como terapia de lenta catarsis.

Regresando al tema de la muela, me dieron cita con un cirujano especializado en medicina maxilofacial para extraer la pieza que me causaba dolor. Ivonne fue la asistente de la operación, lo que me dio mucha confianza.

La cirugía fue una tortura, yo no podía abrir con amplitud la boca, esto porque además de la muela enterrada, resultó que también tengo un problema con mi quijada que debo atender después. El doctor no pudo trabajar a modo con una boca que no abría con amplitud, pero fue muy hábil con sus manos. Batalló de forma ardua y fue muy incómodo. La operación duró una hora, pero para mí fue como todo lo que dura “Lo que viento se llevó”, “Ben-Hur” y “Los diez mandamientos”, juntas con todo y comerciales del Canal 5.

Partieron la muela en dos y quedó una cicatriz muy odiosa que no me dejaría beber alcohol ni comer carne de cerdo por algunos días, pero era el fin de aquella muela maldita y eso era bueno. Ivonne fue muy amable y me llevó a casa en su auto, considerando que yo estaba trastocado por la operación. Me sentí feliz de tener una amistad tan atenta como ella.

Me di cuenta de que ese amor por Jota E no era lo que me hacía daño, lo que me dolía eran las expectativas que se frustraron y había puesto en esa enrarecida circunstancia, de serle fiel a alguien con quien nunca tuve una certeza.

Me voy a dar espacios para recordar con cariño a Jota E cada que se me ocurra, pero ya no voy a bloquear a mi corazón para abrir nuevas oportunidades que puedan venir. Sólo que cada que se me ocurra hablar de Jota E con otra persona nueva con quien esté saliendo, me daré un golpe con fuerza donde estaba la muela enterrada para recordar el dolor fantasma que deja una parte de ti que fue arrancada y nunca volverá a su lugar. Me golpearé para no ser inoportuno, tener bien cerrado mi hocico de xoloescuincle y no volver a ladrar mis traumas del pasado.