El bohío libertador

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(Variación sobre un tema de Karel Capec)

—Esmérense, muchachitas –les había dicho Madame Cheché y ahora las cuatro miraban a los hombres engullir trozos de tamales cubiertos con cebolla troceada y masas de cerdo fritas acompañadas de tragos del mejor tinto de la despensa de la dueña.

—Esmérense, niña —dijo la madame abanicándose regia como corresponde a las damas de raza—, que gracias a estos tipos tenemos república y todo lo que se les ocurra.

El salón estaba engalanado para los festejos del 24 de Febrero, fecha en que se conmemoraba un nuevo aniversario de la segunda guerra de independencia. La Cheché mandó a colgar banderines tricolores por todas partes y alquiló en el Teatro Martí una estatua que simbolizaba una deidad intermedia entre la Libertad y la República. A Cheché le gustaba que los clientes quedaran complacidos, por eso daba indicaciones a sus empleadas.

Los cuatro hombres que estaban a la mesa, habían participado en la guerra contra España y un día como hoy merecían las bondades de una cena suculenta y la atención delicada de las señoritas. La madame pensaba que la historia que fuera, terminaba en su salón. El secreto de la permanencia de su negocio no era otro que ofertar un buen servicio a los consumidores sin distinción. La vieja zorra le había cambiado el nombre al establecimiento, la Novia Gitana pasó a llamarse El Bohío Libertador, nombre más apropiado para los tiempos que corrían.

En El Bohío Libertador las muchachas esperaban por el reposo de los guerreros. Ellos comían bajo las cadenetas de banderines, a la sombra de la República de utilería y de las muchachas en flor. Era el momento en que el vino hacía arder los espíritus y desatar las lenguas y las palabras. De repente las lejanas glorias comenzaron a aflorar en medio de trozos de tamales y de masas de cerdo fritas.

—Puerco frito el que comíamos en el campamento del general Suárez —dijo Gordillo, antiguo cocinero del Tercer Ejército del Centro.

—Bah, me extraña —dijo Morales, viejo fusilero, policía de a pie en la actualidad—, si en el campamento de Suárez se comió algo fue harina o cangrejo ciguato.

—Yo era el cocinero, amigo mío –dijo Gordillo esgrimiendo una costilla de cerdo mordisqueada—, allí no pasamos hambre ni cuando el cabrón de Weyler trajo a los guajiros para los pueblos.

—El general Suárez nunca estuvo aquí cuando Weyler –dijo Ramírez, cargador de la tropa del general Boza—. Ese estuvo en la emigración y llegó en marzo del 98 en la expedición del vapor Nautilus.

—Te equivocas –replicó García, carcelero de la columna del brigadier Ardaya—, la única expedición que vino en marzo del 98 no fue la de Suárez, sino la del capitán Lora que llegó de Tampa en el yate Abuelita.

—Eso digo yo –dijo el cocinero—. Suárez estaba en Las Villas y le dimos con todo a una columna del Quinto de la Reina cuando Maceo andaba por La Habana. Además, quién ha visto un barco que se llame Abuelita, en ese yo nunca iría.

—¡Qué va, compadre! —dijo el policía—, el que se batió contra los del Quinto de la Reina fue el coronel Mendieta y no Suárez. Suárez estaba con Gómez en Camagüey.

—Nada de eso –dijo García—, Gómez en esa fecha no estaba en Camagüey, Gómez andaba por Ceiba del Agua.

—En Ceiba del Agua estaba el Generalísimo –dijo Ramírez—, y en Camagüey andaría el otro.

—Eso es, otro… ¿Cuál Gómez? –preguntó García.

—El que sí se batió con el Quinto de la Reina fue el coronel Valdés –dijo Ramírez—. Qué hombre hecho para el machete el coronel Valdés.

—¿Qué Valdés? –preguntó García— ¿Elpidio?

—¡Qué Elpidio! –dijo el cocinero—. Elpidio fue el que derrotó a los españoles usando la técnica de disfrazarse con la ropa del enemigo. ¡Qué estrategia!

—¡Vaya! Qué memoria –dijo Morales poniendo su copa sobre la mesa—, por ahí se empieza y cuando te das cuenta la historia no es lo que fue. La cosa de los disfraces nunca procedió. Fueron los españoles quienes usaron nuestros uniformes y entraron en el campamento del coronel Valdés cargando al machete. Un primo mío que era voluntario estuvo allí y le cogió tanto gusto a la degollina que después se pasó a los nuestros.

—¿Le dieron a los nuestros? –preguntó Ramírez.

—Con todo, los muy condenados –respondió el policía—, imagínense los muchachos descansando y el vigía anuncia que se acerca una columna de refuerzo a todo galope. Una carga al machete inolvidable.

Las muchachitas comenzaron a aburrirse e hicieron señas a Cheché. Madame se acercó con otra botella de vino y llenó los vasos. Ramírez la rodeó por la cintura y Cheché se retiró sonriente.

—Déjenme presentarles a las chicas —comenzó a decir, pero los hombres se consumían en otras fiebres.

—Eso no hubiera pasado –dijo Gordillo—, si al general Gómez no se le hubiera ocurrido lo de la carga al machete allá en Yara cuando la guerra grande. Entonces los españoles no los hubieran sorprendido disfrazados.

—En eso tienes razón –dijo Morales, el policía, terminando su trago—, pero la primera carga al machete no fue la de Gómez en Yara, fue la de Valdés en Tumbacuatro dos días antes. La historia ha sido injusta.

—¿Qué Valdés? –preguntó García— ¿Elpidio o aquel otro?

—No, Elpidio no –dijo Ramírez—. Elpidio era un vejigo cuando eso, fue su padre, el coronel Elpidio Valdés.

—Entonces, ¿tenemos dos Elpidio Valdés? –preguntó García.

Las chicas bostezan, se liman las uñas, rectifican su maquillaje, saben que la dueña está contrariada. En mala hora se le ocurrió cerrar el local para una fiesta particular ofrecida a los veteranos, justo ahora que el negocio comienza a levantar.

—¿Dos Valdés? –preguntó Ramírez trinchando un trozo de tamal–. Hubo otro Valdés, allá en Guantánamo. ¿No se acuerdan del que apresó a Martínez Campo cuando la primera guerra y después lo soltó porque lo consideró un recluta inofensivo?

—¿Qué dices, compadre? –dijo el policía— Eso es un disparate, en esa época ya Martínez Campos era oficial. Si era un recluta, no pudo haberse sentado con Maceo en Mangos de Baraguá.

De pronto Gordillo suspira y se hace un profundo silencio.

—¡Ay, compadres! –dice—, no sé ustedes, pero yo no me adapto a vivir en la paz. La guerra era mejor. Todo era más sencillo, el machete por delante y la gritería atrás.

La confesión parece tocar a los demás.

Las muchachitas continúan limándose las uñas, mirándose en los espejitos en espera de la señal.

—A mí me sucede lo mismo –dice Ramírez—, por las noches me despierto y me parece estar en un campamento.

El policía se rasca una oreja con el cabo del tenedor y niega con la cabeza.

—Hace dos años –dice—, cuando los negros de Estenoz se sublevaron volví a ensillar y por mucho machete que les dimos a esos malagradecidos no sentí lo mismo. Aquello no fue serio, hasta me dio pena con el difunto Martí. Pero no podíamos hacer otra cosa… Después los americanos iban a pensar que ni siquiera éramos capaces de controlar una cumbancha de negros. Si todavía estuviéramos en guerra…

—Una guerra de verdad –suspira García—, nada de negros alebrestados, una guerra como las de antes.

—Daría cualquier cosa… —dice Ramírez y se limpia los bigotes después de un largo trago—, daría cualquier cosa por estar de nuevo preso en un cepo. Cuando uno está encadenado porque metió la pata, te duelen las muñecas, los tobillos y el espinazo, pero te sientes más hombre, más útil.

—A mí me encantaba que los jefes me trataran mal –confiesa Morales—, un jefe con mano de hierro te hacía sentir más seguro. A veces hacía las cosas mal para que el capitán Lebredo me pegara cuatro gritos o me diera un vergajazo. Esos sí eran gritos.

—He conocido a muchos veteranos –dice Gordillo—a todos nos pasa… dicen que en Presidente todavía toma café en una jícara.

Cheché anima a sus chicas. Echa a andar un fonógrafo y las muchachas se ponen a bailar entre ellas. La música es picante. Las niñas jacarandosas bailan junto a la estatua de la Libertad o la República.

Entra guabina / por la puerta de la cocina…

Ramírez, antiguo cargador, mira bailar a las mujeres. Las muchachas bailan como si protagonizaran una pantomima puesta en escena cientos de veces. Madame Cheché sentada en una banqueta marca el ritmo con sus tacones.

—Antes las mujeres eran diferentes –dice mirando a las chicas—, ahora me puedo acostar con esas cuatro y sé lo que va a pasar. ¿Saben por qué? Porque son blancas y una blanca, ni la más puta, sorprende a nadie. Lo mío son las negras, las negras libres, ciudadanas de la república, no las mulatas…

Las muchachitas bailan semejantes a muñecas de cuerda.

—Recuerdo que en una ocasión –continúa Ramírez melancólico—, entramos a Chivirico del Rosario con la gente del coronel Valdés y nos estaban esperando para una fiesta. Allí conocí a una negra que era una fiera. Qué mujer, que manera de menearse, no como estas muñequitas. Me pegó la mejor gonorrea de toda mi vida. Pero yo contento y saben por qué.

Todos se encogen de hombros.

─Porque aquella mujer deseaba lo mismo que yo y el coronel Valdés ─remata con el tono de quien posee conocimientos supremos─: la independencia de Cuba.

—¿Cuál de los Valdés? –pregunta García y él también mira con nostalgia a las cuatro mujeres.

—Parecen americanas –dice Gordillo—. Ahora todas las mujeres imitan a las americanas.

American biuti –murmura Ramírez.

—Si no hubiera sido por los americanos –dice el policía—, todavía estuviéramos enredados con los españoles. Pudiéramos hasta alargar la guerra de mutuo acuerdo.

—Sí, señor –dice Gordillo—, mejor hubiera sido aliarnos a los españoles y sacar a los americanos y luego seguir nuestra bronca tranquilos. Ustedes saben que había pelea para rato.

—Los españoles –vuelve a suspirar García—, esos sí eran enemigos.

Cheché coloca otro disco y anima a las chicas a palmadas. Una música de indudable sello norteamericano invade el salón. Las chicas bailan, ríen, aún no les va del todo con los nuevos ritmos. Las chicas se han olvidado de los guerreros.

—¿Saben cuál fue el momento más humillante de mí vida? –pregunta Ramírez jugueteando a ensartar un suculento trozo de tamal.

El silencio de los otros presupone que saben de qué momento se trata. Ni siquiera tienen que decirlo.

—El momento más humillante de mi vida no fue cuando entregamos las armas y nos licenciaron —confiesa y logra ensartar el trozo de tamal—. El momento más humillante de mi vida fue cuando un médico americano me inyectó en la nalga.

Los otros se encogen aterrorizados.

—Tienes razón –dice Gordillo—, es preferible darse un balazo en la frente como hizo el general García.

—¿Cuál de los García? –pregunta García.

Las chicas alegres. Los aires de moda.

—Con España nos iba mejor, amigos –dice Ramírez—, con esa gente nos entendíamos bien, no se trataba de extraños, estuvieron por aquí tanto tiempo que a veces se les echa de menos.

—Uno le daba un tajazo a un Español y de veras lo disfrutaba –dice Gordillo.

—Esta cicatriz me la hizo en el 98 un galleguito de la Coruña acabado de llegar –dice el policía subiéndose la manga de la guayabera y enseñando una costura por encima de la piel.

—Buena cicatriz –observa García—, pero en el 98 no vinieron reclutas de la Coruña.

—Es mi cicatriz y me la hizo un español –dice Morales bajándose la manga.

Y todos exhiben a los ojos de las señoritas algún fragmento escoriado de sus cuerpos como trofeos de guerra. Huellas de balazos, heridas, cuchilladas, puñetazos.

—Pero cicatrices, lo que se dice cicatrices –dice Gordillo— tenía Maceo. Ese sí era el rey de las cicatrices. Y quien dice marcas, dice batallas. ¡Qué par de timbales tenía aquel mulato!

—¿Cuál de los Maceo? –pregunta García.

—Caballeros –dice Ramírez—, propongo un brindis por Maceo y los españoles.

Las cuatro copas se alzan y Madame Cheché coloca otra botella encima de la mesa. Las muchachas bailan y ríen.

Chocan los cristales. El vino devuelve los espíritus guerreros adormilados por unos minutos.

—Señores, amigos –dice el policía iluminado, tragos aparte—, ¿saben qué pienso?

—Dinos –dice Gordillo—, a lo mejor es algo de lo que ya hemos hablado con otros veteranos.

—Señores –dice el policía poniéndose de pie—, quiero que sepan que la culpa de nuestras desgracias la tienen los americanos. Si ellos no hubieran traído aquel dichoso barco a La Habana o si nosotros hubiéramos tenido los ojos bien abiertos y Martí no hubiera caído en Dos Ríos.

Y habla y habla, habla el policía y las chicas bailan, bailan al ritmo de los aires de moda y el policía habla y habla y se deshace en argumentos en contra de los americanos que los han privado de toda decencia. Y cuando mira a sus compañeros estos se han dormido y yacen acodados entre copas, platos con trozos de tamales y masas de cerdo fritas y Morales, policía en la actualidad, el único de los cuatro que va armado, saca su revólver Colt de reglamento y dispara contra la Libertad o la República, de utilería, propiedad del teatro Martí, justo debajo del mismo casco, arruinando la expresión de matrona clásica. Los hombres despiertan de pronto y el baile de las muchachitas se congela y Cheché se lleva las manos a la boca y Morales, el policía, permanece con el revólver en la mano y sólo se escucha el sonido del fonógrafo en el salón de El Bohío Libertador, la música americana, culpable, como las inyecciones. Este de Morales, ha sido, si no de gracia, al menos un disparo graciosos, primordial.