Renato Leduc y la huella de López Velarde

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Mito y verdad, vida y obra convirtieron a Leduc en un icono de humor, leyenda, transgresión y desfachatez que asustaba a incautos y pudibundos, y complacía a aquellos que sabían apreciar la ruptura de límites gastada por un hombre longilíneo, desfajado y rejoneador impermeable al patetismo. Desde sus recorridos con las tropas de la Revolución hasta su itinerario como miembro de una asociación mundial de periodistas; desde su experiencia del arrabal hasta la del palacio; desde sus vínculos con obreros y campesinos hasta su amistad con Lara, Frida Kahlo o el torero “Dominguín”, no dejaba de sorprenderle la admiración de la multitud por su obra ni de entusiasmarle el ejercicio de la provocación (incluso a costa de la poesía), ya fuera por medio de la risa, la altisonancia o la crítica al poder instituido. Por eso, un poco antes de morir se sorprendía ante Monsiváis: “no sé qué carajos hago en el Olimpo”. Era de tal índole que, por ejemplo, en un solemne foro de poetas —ya se sabe que abundan— hubiera sido capaz de abrir su charla más o menos así (invento sobre sus huellas): “A todo mundo le entusiasma que Octavio Paz haya escrito un sabio, si algo chocante, tratadito sobre la chingada, cuando es mucho más importante, y está por hacerse, un ensayo sobre, por ejemplo, las nalgas, harto más divertidas que la chingada, creo yo; y en lo que se refiere a usos, tanto o más flexibles que aquélla. Y si no que lo digan estas frases: lo trae de nalgas; escribe con las nalgas; estoy hasta las nalgas; ¡qué ricas nalgas!; está en un lío de nalgas; ya dio las nalgas; no es más que un ofrece-las-nalgas; es nada menos que la otra nalga del licenciado; se siente muy nalga; me daba hasta las nalgas, pero ahora me ha de llegar como al hombro; o, finalmente, en este mundo, amigo, sólo hay dos cosas: las nalgas, y lo demás…” Claro que la filosofía de las nalgas nunca ha sido bien vista; por eso, un día Leduc le dijo a un censor, diccionario en mano, “mire usted, nalga es cada una de las dos porciones carnosas situadas donde termina la espalda…”, en un intento por documentar el linaje del vocablo. En Leduc el chiste opaca los procedimientos: fusión de géneros cultos y populares; rima obscena y bilingüe; alejandrinos de pie quebrado, versolibrismo. El sarcasmo oculta la lírica; la risa, todo viso de seriedad; el juego alivia la melancolía. Ése es el temple de su primer libro, El aula, etc… (1929), imprescindible para entender la poesía de aquella década, y una contraparte festiva de las solemnidades contemporáneas. A pesar de la advertencia incluida (“No haremos obra perdurable. No / tenemos de la mosca la voluntad tenaz” [1929]), nunca, ni siquiera hoy, han faltado críticos que le reprochen su “falta de seriedad” y disciplina, sus “salidas de tono” o su aplomo antipoético. Pero, con todo y los pleitos tras bambalinas en torno a su inclusión, ya en Poesía en movimiento (1966) el autor empezó a ser aceptado dentro del canon, sin olvidar los esfuerzos anteriores de Maples Arce o Monsiváis. Así, parecería que a nadie asustan ya los versos de las Oceánidas a Prometeo, preso esta vez por robar los secretos del placer sexual, en el durante años prohibido, oculto o vergonzante Prometeo sifilítico (traducido al portugués en 2008):

 

Desdichado titán, hemos venido

veloces desde el fondo del océano

para tenderte una piadosa mano

en el momento en que te ves jodido.

 

 

Relátanos por qué quiso el Cronida

tenerte así, con la cabeza erguida,

con los brazos en cruz y ¡oh, cruel tirano!

con un falo metido por el ano.

 

Ni estas resonancias del Arcipres te de Hita:

 

O como el jubiloso campanero

que con igual fervor mueve el badajo

en la boda, el bautizo y el postrero

instante en que nos vamos al carajo.

 

Ni finalmente éstas:

 

Esto mismo afirmaba don Pepe Marroquín:

no me las den morenas, no valen un comín,

sólo llegan las rubias, en amor, hasta el fin…

Aquél, ávido busca las carnes de canela,

aquél busca las negras, y el otro se desvela

por una flaca y triste y llamada Manoela…

 

A propósito de rubias y morenas, decía un profesor que en otras épocas el prototipo de hembra fogosa era exactamente contrario al de Leduc, de modo que un día le pregunté a Federico Álvarez, en su clase de teoría literaria, en qué zona de las temperaturas eróticas nos hallamos cuando una morena se tiñe de rubia, o viceversa. Luego de un instante de enjundia meditativa, respondió: “¡Ah, eso es la posmodernidad…!”

No temía, Leduc, el escándalo; pero sí, y mucho, la seriedad, porque era de la estirpe de Rabelais cuando éste decía, refiriéndose a los enemigos de la risa, aquellos hipócritas, aguafiestas y melancólicos: “¡Atrás, mastines, fuera de la cantera, lejos de mi sol, frailuchos, idos al diablo!…” Y así, nuestro autor no sólo se divertía con la altisonancia y el albur, sino aun con cándidos alardes farmacológicos:

 

El triste lamentar de Nemoroso

que a Salicio le cuenta sus pesares

Garcilaso me manda y no dilato

en pensar que el autor de estos cantares

no pudo a Nemoroso dar reposo

porque un Salicio no es salicilato.

 

Siempre en guasa, hasta la Virgen de Guadalupe posó en sus páginas como una dulce y vigorosa diva, lo que no dejó de costarle una quema de libros allá por tiempos de Miguel Alemán (¿venganza contra el antirreeleccionismo que él y Piñó Sandoval gastaban por entonces?):

 

Anhelantes de sed y de impotencia

en turbias fuentes beberemos ciencia…

¿para qué…?

Si el caramelo que mi boca chupe

será siempre tu nombre: Guadalupe…

 

Insobornable ante lo solemne, Leduc amplió la crítica que ejercía en sus columnas diaristas al ámbito de los versos, si bien los Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario no forman parte de lo mejor de su escritura:

 

Algo a cada cual nos da la vida…

Tu marido es cornudo y millonario,

a mí nada me dio… pero eres mía

cual grato complemento a mi salario.

 

Si con reparos, no dejó de colarse a la poesía llamada seria, pese a aquella rotunda declaración: “escribir en serio es fácil. El chiste es hacerlo en pitorreo (…) yo admiro más a un ciclista acróbata que a uno que sea campeón de carretera”. No sólo publicó Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario, justificándose en que fueron hechos a fin de que se viera su aptitud para ese tipo de poesía, sino que en realidad estaba enamorado al escribirlos y versaba a tono de los Veinte poemas de amor y una canción deses perada —muy de moda entre universitarios de la segunda mitad de los veinte—, todo sin descuidar el toque humorístico:

 

Tal vez la quise mucho, pero tal vez la quiero.

Esta frase te ofrezco, cuyo único pero

es que la dijo antes un autor extranjero.

 

Con Leduc estamos ante el México posrevolucionario, donde empieza a despuntar la generación de Frida Kahlo y se abrirán paso, después, mujeres como María Félix (también amiga del poeta). Al mismo tiempo, estamos ante un país que ya en 1918 había decepcionado a López Velarde en su esperanza política y de cambio social. Es el país de la nueva repartición de la riqueza y de su renovada concentración; el país machista y misógino, violento y conservador; al mismo tiempo que aquel que requiere abrirse, aunque sea un poco, ante las necesidades de su propio mercado y el empuje de nacientes generaciones ilustradas. El país de licenciados y oratorias, que Leduc rechaza, pese a ser amigo de Miguel Alemán y Adolfo López Mateos desde la edad preparatoriana. Por cierto, se ha hablado de misoginia y homofobia en Leduc. ¿Cómo explicar entonces sus vínculos con mujeres de todo estilo, o el verdadero afecto y amistad que le tuvieron Leonora Carrington, María Félix o la pintora Aurora Reyes (sólo por mencionar amigas de toda la vida)?; ¿o su amistad con Monsiváis y su reconocimiento a Novo o, en fin, su admiración por Proust? Nadie va a negar sus bromas y exabruptos (espíritu provocador), pero parece haber tenido mayor pluralismo que los defensores de una corrección político-cultural muy de hoy que se cree ahistórica e impoluta, y a veces no es más que otra forma de intolerancia y rigidez o, peor, bandera para escalar posiciones y hacerse con prerrogativas a menudo excluyentes.

Es Leduc un poeta adverso al modernismo y su romanticismo tardío, y tampoco se apega al posmodernismo de López Velarde: comparte con el poeta de Jerez un tono jovial e inclusivo, escéptico e irónico; pero en Leduc la calle y el arrabal, la ilustración francesa de origen paterno, el andar citadino, el baile de salón, la chocarrería popular inundan los sistemas poéticos provenientes de la cultura letrada, y no menos el catolicismo que se les asocia; va en contra de óleos beatíficos y princesas guiñol, faunos de jardinería o metafísicas de seminario. Y, más allá de la poesía, se opone a un México que resulta hostil a quien carezca de ánimo para acomodarse a la corrupción y sus circuitos de ineficiencia. El México racista e intolerante, reacio al diálogo y el respeto a la diferencia. El México de la alegría corporativista que Huerta y el estridentismo aplauden y Leduc observa de soslayo y a distancia, y que nos mantiene atados a la herencia de un intermediarismo caciquil propio de la nobleza indígena, argamasa entre el invasor y los macehuales, y hoy entre el capital y el paisanaje.

Leduc no se resigna, pero tampoco se flagela; ríe, critica, es solidario, amplía el espacio de la cantina y el burdel hasta las esferas de la poesía y la diplomacia: como escribió Iduarte (citando a Bassols), pese a ser un bohemio incurable, era el primero en llegar a su oficina —la pagaduría de Hacienda en París— para que todos tuvieran su cheque a tiempo, en aquellos años de ascenso fascista y todavía unos meses luego de la ocupación alemana (antes de irse a Bruselas y más tarde emprender la retirada a Lisboa). También era capaz de frenar las riñas más violentas e incluso convertir en amigos a fatuos púgiles de cuadrilátero escolar.

Se trata de una jovialidad igualatoria que viene de lejos, de la herencia paterna y el relativismo milenario y campesino en scorzo rabelesiano, pero también de la vida en vecindad y la noción abierta del otro, por más diverso que fuera; de la tropa y el baile, de la fiesta y el aula, de la guerra y la oficina, de Tlaxcala y París (madre y abuelo). La antisolemnidad de El aula… brillará en Breve glosa al Libro de buen amor, con cierta burla de la poesía pu – ra (que el autor conocía bien), y en – lazará los barrios urbanos con la risa medieval, luego de un intermedio reluctante (Algunos poemas…) y otro obsceno (Prometeo…). Por último vendrían las XV fabulillas… y los Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles.

 

[Ramón López Velarde: poeta de sol y de sombra], el ensayo de Leduc que aquí publicamos, es una conferencia dada en Columbia University en noviembre de 1941. El poeta había llegado a Nueva York un par de meses antes en compañía de Leonora Carrington, huyendo de la situación precaria y peligrosa que cundía en Europa. La historia ha sido contada, pero recordemos que la pareja se había casado en Lisboa como solución ante la dificultad para actualizar la visa de la pintora y la lentitud de los arreglos para embarcarse (Leduc incluso había escrito a Miguel Alemán, entonces secretario de Gobernación, para tratar de ayudarla, mas la respuesta nunca llegó). No del todo a disgusto pese a la circunstancia, vivieron unos meses en Nueva York y finalmente llegaron a México, donde el poeta iba a iniciarse en el oficio de periodista, que hasta entonces sólo había ejercido de forma incidental. Habían sido recibidos en Manhattan por Andrés Iduarte, muy ligado a esa universidad y organizador de encuentros entre hispanohablantes y la comunidad local. Ambos mexicanos se conocían desde los veinte, y cuando Iduarte se marchó a España sostuvieron correspondencia para, más tarde, encontrarse en París. En sus Semblanzas Iduarte dedica una a Leduc y menciona la conferencia, extraviada por décadas entre los papeles de este último, admirador del jerezano, a quien se refería como su maestro. La huella de López Velarde es clara en la “Oda a la ciudad” y en otros poemas (“¿Quién no insinuó a su prima con violetas / u otra flor, esperanzas tan concretas / cual dormir una noche entre sus tetas?”), pero, además, en 1921 Leduc estuvo inscrito en Literatura Castellana, materia que el poeta de Jerez empezó a impartir ese año (murió al poco, no en noviembre, como recordaba Leduc, si no en junio, y no era el único en impartirla). La carrera universitaria de ambos sólo pudo cruzarse en 1921. Leduc ingresó a las aulas de la Preparatoria en 1911, como oyente, a una clase de matemáticas, pero sus estudios formales de bachillerato van de 1919 a 1925 (andanzas, trabajo, primer matrimonio y dificultades económicas hicieron que de 1923 a 1925 aprobara materias rezagadas); y cerró su trayectoria en octubre de 1936, a casi dos años de vivir en Francia (luego de pasar de la carrera de Economía a Derecho sin concluirla). López Velarde recibió su primer nombramiento en la Nacional Preparatoria con el “2º Curso de Literatura” en 1914. Y las únicas dos materias de literatura cursadas por Leduc son de 1921 (hay otras de lengua castellana, además de latín, italiano, inglés y francés, pero no de literatura). La clase de López Velarde cuyo título figura en el certificado de Leduc se inicia en marzo y termina en junio, con su muerte, de manera que hay sólo cuatro meses para el encuentro. (Inimaginable que Leduc hubiera ido de oyente a alguna clase previa del zacatecano, con los deberes y distracciones que tenía de sobra; de hecho, la mayor parte del tiempo parece haber estado inscrito en la Preparatoria Libre, modalidad creada entre 1917 y 1918 para resistir la política carrancista en torno a la Universidad e inicio de una lucha que desembocaría en la autonomía diez años más tarde.)

Además de lo que sugiere la conferencia, una declaración de Leduc señala aquel contacto: “mire usted, López Velarde fue mi maestro de literatura, y López Velarde decía que le debía mucho a Aguascalientes, que él se sentía de allá, porque allí hizo su bachillerato…” Sin embargo, hasta ahora es difícil probarlo: tanto en la modalidad libre como en la convencional había dos cursos de lengua y uno de literatura castellanas, más uno de literatura “General”, pero no he hallado a Leduc en las actas de exámenes ni en las listas de inscripción de Castellana, como figura en su certificado, mientras que en el papeleo de López Velarde un día se escribe Lengua y Literatura Castellana como una sola materia y otro como dos distintas, e incluso como Literatura Española (así la recordaba Villaurrutia, que, a sus 15 años y habiendo leído Zozobra, en compañía de Novo se asomaba por ahí para esperar a la salida de clase al profesor). Habría posibilitado el encuentro una transferencia súbita del jerezano de la Facultad de Altos Estudios a la Nacional Preparatoria, debida a dos causas: grupos saturados para esa materia en la Preparatoria, y cero alumnos en Literatura Mexicana e Hispano-Americana, que tenía asignada en Altos Estudios. En su conferencia Leduc dice que las clases de López Velarde eran aburridas, según “la mayoría de sus jóvenes alumnos”. ¿No concordaba o no había sido testigo?

Por entonces, el autor jerezano gozaba ya de cierta fama gracias a La sangre devota (1916) y Zozobra (1919); y su temprano éxito había llegado incluso a convertirlo en objeto de parodia en la revista estudiantil San-Ev-Ank (1918), fundada y dirigida por Luis Enrique Erro (y redactada en parte por algunos de quienes iban a ser los Contemporáneos):

 

Como los oradores pueblerinos

a vosotras, también, gatas eclécticas,

gala de mis destinos,

llegan mis estrofas irrevocables.

 

Usáis de la paciencia a cada paso,

gatas anónimas y es cuando el “niño”

con desprecio cursi pide un pedazo

de salchicha o un beefsteak a la parrilla

en bisoño pambazo…

 

De modo que Leduc pudo haber visto en persona a López Velarde sabiendo ya de sus libros, y haberlo oído en charla casual (no sólo en clase), pero el magisterio sería una combinación de la breve experiencia escolar, el im pacto de la muerte de un profesor joven y famoso (sin siquiera concluir el curso), y la inmediata aparición en la revista El Maestro de “La Suave Pa tria” (más próxima a su temperamento que las dos primeras obras): “Oda a la ciudad”, de El aula…, muestra una temprana lectura del poema y, pese a lo dicho, habría sido el primero de su autor leído por Leduc. La experiencia de contacto, incluso precaria, se habría tornado relevante.

Leduc no escribía crítica literaria y seguramente no pensó en publicar la conferencia, de la que se conservan dos versiones, una inconclusa y con introducción alusiva al contexto político y de guerra. Agradecemos a su hija Patricia la autorización para publicar la versión acabada. El autor suprimió aquella página inicial; nosotros añadimos palabras suyas a manera de título.

 

 

 

Ramón López Velarde: poeta del sol y la sombra

Renato Leduc

 

Un día —no recuerdo ya si claro o brumoso—, un día del melancólico mes de noviembre del año 1921, los personajes más eminentes de la vieja Universidad de México vistieron traje de luto para acompañar al cementerio los despojos de un joven catedrático de entre ellos que acababa de morir, angustiosamente, en el seno de la santa madre iglesia.

El catedrático difunto, que en vida se llamó Ramón López Velarde, había nacido treinta y tres años antes —en 1888— en el corazón de la República Mexicana, en un pueblecito del Estado de Zacatecas, llamado Jerez, famoso en todos aquellos contornos por la opulencia de sus rosales y por la hermosura cándida y fuerte de sus mujeres.

El catedrático difunto había nacido y había crecido en la paz, mitad campesina, mitad pequeño-burguesa de que disfrutaba en México la clase media provinciana de fines del siglo pasado y principios del presente.

Hijo de una familia honesta, católica y tradicionalista; robusto de cuerpo y limpio y, en apariencia, un tanto simple de espíritu —en alguno de sus poemas declara que era entonces “un seminarista sin rima y sin olfato…”; robusto de cuerpo y limpio de corazón, Ramón López Velarde llegó a la adolescencia con el alma henchida ya por los gérmenes que más tarde, fermentando, habían de dar tan peculiar aroma a su poesía; llegó a la pubertad con el alma henchida de insondables dudas metafísicas y de graves crepúsculos cuaresmales y con la carne atenazada por impetuosas urgencias varoniles.

“Eres un lampo —dice a una de sus amadas imaginarias—, eres un lampo ante las fauces lóbregas de mi apetito”. Y luego, más concretamente: “Era rapaz —y Agueda que tejía— mansa y perseverante en el sonoro corredor, me causaba / calosfríos ignotos / (Creo que hasta le debo la costumbre –heroicamente insana de hablar solo).”

Y el pobre adolescente, como por lo demás todos los pobres adolescentes de su época, tenía, en efecto, que conformarse con hablar solo o cuando más, con las piedras de la calle, porque la vida del México de aquellos días y, sobre todo, la vida de la provincia mexicana de aquellos días, estrecha, mojigata y asustadiza, no le ofrecía ni podía ofrecerle la amable medicina que, por lo común, calma el género de ardor que padecen los adolescentes; pues sin la aquiescencia parroquial, sin el matrimonio —albur audaz— las decantadas doncellas provincianas, aquellas vírgenes hoscas y suaves, detentoras de “sexos como sañudos escorpiones” eran punto menos que inexpugnable para los jóvenes coetáneos de López Velarde.

Pero mientras la generalidad de sus jóvenes coetáneos, de extracción ordinaria, encontraban con más o menos facilidad el sucedáneo de la medicina susodicha en el alcohol, en el matrimonio prematuro, en la carambola a tres bandas o en los sórdidos lupanares del lugar, la sensibilidad mórbida de Ramón, refrenada por una incurable timidez y por un gratuito sentido de culpabilidad ante el simple deseo, destilaba ya las estrofas quejumbrosas de La sangre devota, su primer libro: “Ser una casta pequeñez…”

O bien:

 

Imaginas acaso

mi amargura impotente…?

 

O la suplicante Epístola a su inolvidable Fuensanta:

 

Yo no sé si estoy triste por el alma

de mis fieles difuntos

o porque nuestros mustios corazones

nunca estarán sobre la tierra junto.

 

O el melancólico frenesí de:

 

Y pensar que pudimos

enlazar nuestras manos

(…)

y pensar que pudimos

en una onda secreta

de embriaguez, deslizarnos

valsando un vals sin fin, por el planeta…

 

Podemos creer que el arte —y con el arte la poesía— es un don de la divinidad; podemos decir que es un resultado o producto de fuerzas físicas, fisiológicas, psicológicas, sociales, económicas o, incluso, metereológicas; podemos afirmar que la poesía es o debe ser la expresión de la razón pura o de la voluntad creadora o bien de los impulsos irreflexivos que bullen en la subconciencia. Puede uno tener sobre la poesía, como sobre todas las cosas de este mundo, una opinión modesta o pretenciosa, pero casi resulta obvio suponer que siendo la poesía una de tantas manifestaciones de la personalidad humana, debe estar, forzosamente tiene que estar influida, entre otras cosas, por las condiciones de vida del individuo, como —perdóneseme lo sobado del símil— la nota musical está condicionada, entre otras cosas, por la calidad del instrumento que la emite.

Y tampoco cabe dudar que, en las voces que el instrumento hombre emite, tiene mucho que ver el funcionamiento normal o irregular de las vísceras, pues no reacciona lo mismo un hombre rebosante de salud que un hombre —poeta o no— que padece un dolor de muelas o que tiene el hígado congestionado.

Ahora bien, resulta que en la primera década de este siglo en que, precisamente, Ramón López Velarde sufría los ineludibles ahogos de la pubertad, la vida de México estaba regida por la mano paternal y ya suficientemente callosa o encallecida del viejo dictador Porfirio Díaz.

El viejo dictador había sido héroe de las guerras de Intervención y Reforma, había militado bajo el presidente Juárez en las filas del Partido Liberal que es tanto como decir que el viejo dictador era, si no precisamente enemigo personal de dios, sí, por lo menos, enemigo jurado de los ministros de dios sobre la Tierra.

Pero es de sabios —reza el refrán— cambiar de opinión y tal vez por eso los dictadores de la América Española han manifestado siempre una pasmosa facilidad para mudar de convicciones o, como dice gráficamente el pueblo de México, para voltear chaqueta.

Por otra parte, los dictadores de la América Española tienen, por lo común, un lado flaco: las mujeres o, si ustedes prefieren, la mujer, que a veces, cuando le da por colaborar con ellos, les resulta mujer fatal. (Parece que el ochenta por ciento de la incontestable fuerza política de Hitler le viene de que en sus decisiones nada tienen que ver las señoras.)

Y así fue como por alguna de las dos razones apuntadas —señoras, cambio de chaqueta—, o por ambas a la vez, el antiguo perseguidor de curas permitió que en las postrimerías de su gobierno los curas, abierta o solapadamente, dirigieran las conciencias de los mexicanos.

Y como el clero católico conoce, desde mucho tiempo antes que el doctor Goebels, los frutos que se recogen de una propaganda eficaz y no desaprovecha en un ápice las oportunidades que se le ofrecen, con la amable complicidad de las distinguidas damas del régimen, aprovechó admirablemente su posición para sembrar, en las ingenuas conciencias que le estaban confiadas, un santo horror al pecado, advirtiendo que el pecado en aquellos días iba desde mirar al soslayo a una mujer hasta murmurar del gobierno y sus satélites.

Y como, además, por aquellos días no se habían descubierto aun las maravillosas propiedades terapéuticas de los arsenicales, el alma cándida y temerosa de los jóvenes católicos de la época oscilaba como un péndulo entre el susodicho santo horror al pecado y al infierno y el horror, no menos santo pero mucho más concreto, a la sífilis y al hospital.

De manera es que conforme aquel adolescente salido del Seminario y nutrido de Biblia y Teología —Ramón López Velarde fue, parece, un estudiante de teología fracasado— se iba haciendo hombre; conforme aquel adolescente que llevaba “un encono de hormigas en las venas voraces” iba acrecentando su “experiencia licenciosa y fúnebre” el conflicto entre su “sangre briosa” y su “conciencia mojada por el hisopo” se iba haciendo más y más dramático y el deseo poderoso pero refrenado o mal satisfecho, le iba volviendo la voz más ronca, más opaca y más entrecortada y desde entonces sus poemas trascienden un erotismo fúnebre, a veces macabro, gemelo del de Baudelaire; y si no, oídlo:

 

No soy más que una nave de parroquia en penuria,

nave en que se celebran eternos funerales…

*

Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma

de todos los voraces ayunos pordioseros

(…)

prosigue descubriendo mi pupila famélica

más panes y más lindas mujeres.

*

Mi única virtud es sentirme desollado

en el templo y en Lacalle, en la alcoba y en el prado.

*

Para volar a ti le dio su vuelo

el Espíritu Santo a mi esqueleto…

 

Y así por el estilo, como un camposanto, toda su poesía está sembrada de estas cruces y estelas funerarias. Toda su poesía está iluminada por la luz cenicienta de los relámpagos que produce el choque continuo de las electricidades contrarias que sacudían dolorosamente a este espíritu raro y tenebroso.

Xavier Villaurrutia, el más atento de sus comentadores y el que indudablemente lo ha entendido mejor, dice de López Velarde: “Bien pronto se dio cuenta de que en su mundo interior se abrazaban en una lucha incesante, en un conflicto evidente, dos vidas enemigas y con ellas, dos aspiraciones extremas que imantándolo con igual fuerza lo ponían fuera de sí. Con una lucidez magnífica comprendió que su vida eran dos vidas. Y esta aguda conciencia, ante la fuerza misma de las vidas opuestas que dentro de él se agitaban, fue lo bastante clara para dejarlas convivir y, por fortuna, no lo llevó a la mutilación de una de ellas a fin de lograr, como lo hizo Amado Nervo, una coherencia simplista y, al fin de cuentas, una serenidad vacía.”

Y más adelante, en su sagaz estudio sobre López Velarde, nos explica Villaurrutia cómo este poeta (que, según confesión propia, nada pudo entender ni sentir sino a través de la mujer), sin renunciar a su religiosidad ni a su erotismo, logró al fin conciliarlos mediante la fórmula dichosa de los paraísos mahometanos, cuando nos refiere que “gasta sus talentos en la lucha —de la Arabia feliz con Galilea”, o cuando declara que es

 

…árabe sin cuitas

que siempre está de vuelta de la cruel continencia

del desierto y que en medio de un júbilo de huríes

las halla a todas bellas y a todas favoritas.

 

Como Góngora, que es sin duda su muy próximo ancestro poético, Ramón López Velarde es poeta de luz y de sombra o, para valernos de un símil de tauromaquia, es poeta de sol y de sombra. Como Góngora, tiene un aspecto claro y soleado. Como un circo taurino, tiene un tendido de sol al alcance de todas las fortunas, que es el que sus imitadores han invadido y han difundido a tal punto que, a estas horas, López Velarde es en México lo que seguramente jamás imaginó ni pretendió ser: un poeta popular. Esta sección accesible y clara de su obra la constituyen particularmente sus cantos fervorosos a la provincia, tema o motivo que, como lo hace notar don Federico de Onís, se extiende a veces hasta abarcar la patria mexicana. López Velarde es ya un poeta popular e, incluso, no ha faltado quien descubra profecías políticas o programas económicos a seguir en ciertos y determinados pasajes de su obra, tales como el famoso dístico de La Suave Patria:

 

El niño dios te escrituró un establo

y tus veneros de petróleo el diablo.

 

Pero seguramente no será esta parte de su obra, en la que los mexicanos hemos querido ver la expresión del alma nacional, la que un día quizá coloque su poesía al lado de la poesía universal, torturada y desoladoramente humana de Baudelaire.

Pero decía yo antes, Ramón López Velarde ofrece también un tendido de sombra al que no entra todo mundo; Ramón López Velarde tiene también una vertiente escarpada, abstrusa y por momentos estrafalaria que lectores poco atentos le perdonan como una humorada y por la que pasan como sobre ascuas. Y a quienes logran penetrar allí, al tendido de sombra, el poeta ofrece un espectáculo bizarro, mitad orgía mitad misa negra de una tenebrosa y singular belleza.

 

En el prólogo de una pequeña edición de las Soledades, Antonio Marichalar, si mal no recuerdo, explica la creación del lenguaje gongorino como la necesidad, en determinadas épocas y en determinados medios, de comunicar o expresar ideas o sentimientos cuya difusión se juzga peligrosa o inconveniente; la necesidad de expresar por medio de metáforas o alegorías más o menos oscuras, aquellas cosas que por decencia, temor u otra consideración análoga, no es permitido llamar por sus nombres. Necesidad en cierto modo semejante a la que ha dado origen así al lenguaje esotérico de ciertas religiones como el argot o jerigonza, caló o slang de los merceros, truhanes, gitanos, pordioseros, gangsters y demás clases peligrosas de la sociedad.

Xavier Villaurrutia, a quien antes cité, se pregunta si la oscuridad de expresión de López Velarde fue voluntad de exactitud o simple deseo de singularizarse; si las metáforas de su poesía son rebuscadas o inevitables.

Tal vez haya lo uno y lo otro. Tal vez para aquel espíritu impregnado de la suntuosa liturgia eclesiástica era corriente e inevitable esa manera, digamos ornamental, de expresar los sentimientos más inconsútiles.

Tal vez ese espíritu que nunca perdió su limpia candidez aldeana empleaba, sin quererlo, el ingenuo y un poco atolondrado truco que todos hemos empleado cuando, adolescentes, intentábamos seducir a la primera novia hablándole de la luna y de las estrellas. Tal vez el horror de López Velarde al lugar común y la metáfora gastada venía sencillamente de que no olvidó nunca aquella breve y aguda lección de Juan Ramón Jiménez que reza: el primero que dijo que las perlas eran lágrimas fue un genio y el último que lo repite es un idiota. O tal vez, como ocurre frecuentemente, no se trata en este caso tanto de la oscuridad del artista cuanto de la miopía o descuido de los espectadores, pues resulta que muchos de sus adjetivos —que según algunos de sus panegiristas tendrían “coroza y vela verde en un auto de fe”— resultan, examinados de cerca, de una pasmosa precisión. Por ejemplo: estamos acostumbrados a oír decir de la humanidad —con inicial mayúscula o minúscula— que es buena, mala, feliz, desdichada, perecedera, inmortal, divina y, hasta humana; pero de pronto abrimos un libro de López Velarde y nos encontramos allí una humanidad giratoria, y este calificativo, para la humanidad, nos parece absurdo pero gracioso, y cerramos los ojos y vemos una multitud de hombrecillos que giran como peonzas o trompos de colores. Y la imagen chusca nos hace sonreír y estamos ya a punto de perdonar al poeta la bizarría de su imaginación, cuando caemos en la cuenta de que la humanidad —con mayúscula o sin ella— ha vivido y vive y está condenada a vivir sobre la faz de la Tierra —planeta doblemente giratorio— y que, por lo tanto, la humanidad podrá corregirse o empeorar, podrá reír o llorar, podrá vivificarse o perecer, pero mientras no cambie de planeta estará condenada a girar por los siglos de los siglos y, por consiguiente, la única calidad o cualidad imprescriptible de la humanidad es su calidad o cualidad giratoria.

El adjetivo, la metáfora, la alegoría velardeana podrán ser rebuscados e inevitables, su poesía podrá ser barroca, ininteligible y aun absurda, pero en todo caso es de una plasticidad casi tangible y de un poder de sugerencia que es muy difícil superar.

Señores y señoras: sé del amor que en este país, los Estados Unidos, se tiene a las estadísticas, incluso a las estadísticas poéticas; el dato preciso, y hubiera querido dar a ustedes pormenores más concretos, más exactos, más precisos acerca de la vida y de la obra de este poeta que es, a no dudarlo, el más fino y el más hondo de los poetas mexicanos del presente siglo. Quisiera decir a ustedes, por ejemplo, el nombre del cura que lo bautizó y la hora exacta de su muerte; quisiera decir a ustedes el tiro de cada una de las ediciones de sus libros y el número de ejemplares vendidos; quisiera decirles la marca y el precio de los amplios sombreros negros que usaba y aunque no estoy seguro de que en Wall Street se cotice el viejo doblón español, quisiera decir a ustedes el equivalente en dólares de los doblones a que alude en su poema dístico a “Tórtola Valencia”, pero desgraciadamente hace años ando rodando por el mundo, desconectado de mi país y el recuerdo de Ramón López Velarde se me ha vuelto un recuerdo rigurosamente poético, esto es, nebuloso, flotante y ya muy deshilvanado.

Sólo puedo decirles que era catedrático de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria de México, que la mayoría de sus jóvenes alumnos se quejaban de que su tono divagado y ausente hacía sus clases muy aburridas. Escribió tres libros de poemas: La sangre devota, Zozobra y El son del corazón, este último publicado después de su muerte. Escribió, además, una serie de pequeños ensayos que publicó con el nombre de Minutero, cuyo tono recuerda, por momentos, a Baltazar Gracián.

Y, coincidencia curiosa, dos de sus poemas llevan por título sendas cifras. Uno de los más inquietantes poemas de Zozobra se llama “Día 13”, día al que él llama “temerosa fecha” y Ramón López Velarde murió el 13 de noviembre. Uno de los poemas de El son del corazón se llama “33” y en él dice: “no tengo miedo de morir —porque probé de todo un poco…” Ahora bien, Ramón López Velarde murió exactamente cuando tenía 33 años y, para fortuna suya y de su poesía, dudo mucho que haya probado de todo un poco.

Nueva York, nov. 1941