Reminiscencias de invierno de impresiones de verano (PARTE II)

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Segunda parte

 

 

Luego, una noche, en medio de una muchedumbre de mujeres perdidas y libertinos, fui detenido por una mujer que se habría paso apresuradamente. Estaba vestida de negro y su sombrero casi cubría su rostro; de hecho, apenas tuve tiempo de verlo, sólo recuerdo la firme mirada de sus ojos. Dijo algo en francés chapurreado que no logré entender, empujó un pedazo de papel en mi mano y apretó el paso. Examiné el papel bajo la luz de la ventana de un café: era un volante cuadrado. Un lado tenía las palabras ‘Crois-tu cela?’ impresas en él. En el otro, también en francés: ‘Yo soy la resurrección y la vida’…etc. –el conocido texto. Esto también, debe admitirlo, resultó extraño. Me explicaron posteriormente que era propaganda católica sonsacando persistentemente y sin descanso por todas partes. Algunas veces distribuyen en las calles estos pedacitos de papel, otras veces folletos con extractos del Nuevo Testamento y la Biblia. Los distribuyen gratuitamente, los ponen en las manos de la gente. Es una propaganda astuta e ingeniosa. Un sacerdote católico puede averiguar y presentarse a la familia de un trabajador pobre. Puede encontrar a un hombre enfermo yaciendo con sus harapos en un húmedo piso, rodeado por niños enloquecidos por el frío y el hambre, con una esposa famélica y a menudo borracha. Él los alimentará a todos, les proporcionará vestidos y calor, tratará al enfermo, le comprará medicina, se hará amigo de la familia y finalmente los convertirá a la fe católica. Algunas veces, sin embargo, una vez que el enfermo ha recuperado su salud, el sacerdote es expulsado con maldiciones y patadas. Él no pierde las esperanzas y sigue con alguien más. Es echado de nuevo, lo aguanta todo y finalmente convierte a alguno.

Pero un ministro anglicano nunca visitaría a un pobre. Los pobres ni siquiera tienen permitido entrar a una iglesia debido a que no tienen dinero para pagar el asiento. Más a menudo porque los hombres y las mujeres de la clase trabajadora y los pobres viven en unión libre pues las bodas son caras. Muchos maridos, por cierto, golpean horriblemente a sus mujeres y las desfiguran hasta casi matarlas; la mayoría de las veces con la ayuda de picos utilizados para romper el carbón. Parecen considerarlos específicamente como instrumentos para golpear. Por lo menos, al describir las peleas familiares, las heridas y los asesinatos, los periódicos siempre mencionan esos picos. Los niños de los pobres, cuando son muy chicos, a menudo salen a las calles, se mezclan con la muchedumbre y al final ya no regresan con sus padres.

Los ministros y obispos anglicanos son ricos y arrogantes, viven en ricas parroquias y diócesis. Son pedantes, muy instruidos y pomposa y seriamente creen en sus sólidas virtudes morales y en su derecho a predicar una moralidad formal y complaciente, engordan y viven para los ricos. Es, sin disimulo, una religión de los ricos. Por lo menos es racional y no se engaña a nadie. Los profesores de religión, que llevan sus convicciones hasta el punto de la necedad, tienen un esparcimiento, si podemos llamarlo así: su trabajo de misioneros. Viajan por todo el mundo, penetran en lo más profundo de África para convertir a los salvajes, y se olvidan de los millones de salvajes de Londres porque no tienen con qué pagarles. Pero los ingleses ricos, y de hecho todos los becerros de oro del país, son extremadamente religiosos, de un modo peculiarmente sombrío y malhumorado. Los poetas ingleses, desde tiempos inmemoriales, han sido proclives a celebrar la belleza de las vicarías pueblerinas, situadas a la sombra de viejos olmos y robles, con sus virtuosas esposas e hijas idealmente bellas, rubias y de ojos azules.

Pero cuando la noche se acaba y el día comienza, el mismo orgullo y sombrío espíritu extiende nuevamente sus señoriales alas sobre la gigantesca ciudad. No se preocupa por lo que sucede en la noche, ni se preocupa por lo que sucede a su alrededor durante el día. Baal reina y no exige obediencia porque está seguro de ella. Tiene una ilimitada confianza en él; despectiva y tranquilamente organiza limosnas sólo para que lo dejen en paz y su confianza no sea perturbada. Baal no cierra los ojos, como hace en París, por ejemplo, a ciertos recelos salvajes y alarmantes hechos de la vida. La pobreza, el sufrimiento, las quejas y el sopor de las masas no le preocupan en lo más mínimo. Despectivamente, deja que esos recelos y ominosos hechos se agolpen en su vida y se sienten en sus escalones para que todos los vean. A diferencia de los parisinos, no hace todo lo posible, si bien cobardemente, para convencerse a sí mismo de la falsedad de los hechos, refuerce su moral y se diga a sí mismo que todo está bien y en calma. No oculta a sus pobres como hacen en París, a menos que perturben e innecesariamente interrumpan su sueño. El parisino gusta enterrar su cabeza en la arena como el avestruz para no ver a sus perseguidores. En París… ¿pero de qué estoy hablando? ¡No estoy en París todavía! ¡Oh, Dios mío!, ¿cuándo aprenderé a ser ordenado?

 

 

ENSAYO SOBRE EL BURGUÉS

 

¿Por qué todos aquí quieren encogerse y arrugarse y hacer ver que sólo son una pequeñez y permanecer lo más desapercibidos posible: ‘No existo, no existo para nada; estoy escondido, siga caminando, por favor, no me tome en cuenta, finja que no me ve: ¡pase de largo, pase de largo!?’

‘Pero ¿de quién me está hablando?’

Del burgués, por supuesto.

‘¡Vamos, él es rey, lo es todo, le tiers état c’est tout, y usted dice que se encoge!’

Claro que lo hace, ¿por qué, si no, se habría escondido detrás del emperador Napoleón? ¿Por qué ha olvidado el excelso lenguaje que le encantaba en la Chambre des députés? ¿Por qué no quiere recordar nada y huye de las reminiscencias del pasado? ¿Por qué sus pensamientos, sus ojos, su charla, delatan su preocupación cada vez que otros se atreven a expresar su deseo por algo en su presencia? ¿Por qué, siempre que se olvida tontamente de sí mismo y expresa un deseo por algo, de repente da un respingo y empieza a negar sus propias palabras: ‘¡Dios del cielo, qué pasa conmigo!’ y durante un buen rato después de eso trata escrupulosamente de enmendar su conducta consciente y obedientemente? ¿Por qué parece decir: ‘Bueno, ahora haré un poco de comercio en mi tienda y, con el favor de Dios, haré otros negocios mañana, e incluso pasado mañana si Dios me lo permite en Su divina gracia… y luego, luego –si pudiera ahorrar un poco … après moi le deluge’ ¿Por qué saca a sus pobres del camino y asegura que no hay ninguno? ¿Por qué se conforma con la información oficial? ¿Por qué se empeña en convencerse de que sus periódicos no reciben sobornos? ¿Por qué está de acuerdo en dar tanto dinero para mantener a los policías espías? ¿Por qué no dice ni una palabra sobre la expedición mexicana? ¿Por qué, en la escena los maridos son nobles y ricos, mientras los amantes son basura, andrajosos, sin trabajo y sin amigos, oficinistas o artistas? ¿Por qué se imagina que todas las esposas sin excepción son fieles hasta el extremo, que el hogar prospera, que el pot-au-feu está cocinándose en el más virtuoso de los fogones y que ningún cuerno desfigura su frente? Sobre los cuernos –se ha decidido de una vez por todas, acordado sin más y dado por hecho, aunque los carruajes de alquiler con las persianas bajadas recorren de arriba abajo los bulevares, aunque el tiempo y el lugar siempre se pueden encontrar para los requerimientos de naturaleza interesante, y aunque las esposas a menudo visten ropas más costosas de lo que el bolsillo de los esposos puede justificar, todo esto ha sido consentido y ratificado, y ¿qué más quiere usted? La respuesta es obvia: de otro modo la gente podría pensar que un estado ideal de cosas no se ha alcanzado aún, que París no es el paraíso en la tierra, que hay algo que aún podría desearse, que, por lo tanto, el burgués mismo no está satisfecho con el estado de cosas que sostiene y que trata de imponer a todos, que el ropaje de la sociedad tiene que remendarse. Por ello el burgués embadurna los hoyos de sus zapatos con tinta, por temor, ¡Dios no lo permita!, a que la gente pueda notarlos. Las esposas, entretanto, chupan caramelos, usan guantes de una clase que provocaría en las señoras de la lejana San Petersburgo un ataque de histeria envidiosa, muestran sus pequeños pies y levantan sus faldas en los bulevares con una gracia sin par en el mundo, ¿Que más se necesita para la dicha perfecta? Se deduce que, dadas las circunstancias existentes, las novelas ya no pueden llevar títulos como, por ejemplo, Mujer, marido y amante, porque no hay, ni puede haber, amantes. Incluso si en París hay tantos como granos de arena en el mar (y tal vez más), no hay de todos modos, y no puede haberlos porque eso ha sido acordado y ratificado, y porque la virtud resplandece en todos lados, así es como debe ser: la virtud relumbrando en todos lados. La vista del gran jardín del Palais Royal en las tardes y hasta las once de la noche bastaría para que todos derramaran una conmovedora lágrima. Innumerables maridos pasean tomados del brazo con sus esposas, sus dulces y bien portados pequeños jugueteando a su lado, una pequeña fuente con sus monótonos chapoteos le recuerdan algo tranquilo y apacible, permanente, imperecedero, heidelbergiano. Y no es como si sólo hubiera una fuente en París tintineando de esa forma; hay muchas pequeñas fuentes en París, y en todos lados es lo mismo y nuestro corazón se regocija al verlas.

París tiene una insaciable sed de virtud. Hoy en día el francés es un hombre serio y confiable, bondadoso a menudo, por eso no entiendo por qué resulta tan temeroso, y tiene tanto miedo a pesar de la gloire militaire que florece en Francia y por la que Jacques Bonhomme paga tanto. Al parisino le encanta comerciar, pero aunque comercia y te despluma en su tienda no te despluma por las ganancias, como en los viejos días, sino en nombre de la virtud, por una necesidad sagrada. Amasar una fortuna y poseer tantas cosas como sea posible se ha convertido en el código moral del parisino, equiparable a la observancia religiosa. Lo mismo sucedía en los viejos días, pero ahora… ahora asume, por decirlo así, una especie de aspecto sacramental. En los viejos días el valor estaba ligado a otras cosas además del dinero, de modo que un hombre sin dinero, pero poseedor de otras cualidades, podía esperar alguna clase de consideración; ahora nada significa. Ahora necesita hacer dinero y adquirir tantas cosas como le sea posible y entonces será capaz de esperar al menos algo de estima, de otro modo no puede esperar tener autoestima, menos la estima de otra gente. El parisino tiene una pobre opinión de sí mismo si siente que sus bolsillos están vacíos, y sostiene esta opinión conscientemente y con gran convicción.

Te está permitido hacer cosas asombrosas sólo si tienes dinero. El pobre Sócrates no es más que un desagradable charlatán, y es estimado, si lo es, sólo en el teatro, porque el burgués todavía gusta de mostrar estimación por la virtud en el teatro. Un hombre extraño, este burgués: proclama abiertamente que la adquisición de dinero es la suprema virtud, un deber humano, y sin embargo le gusta representar sentimientos sobresalientemente nobles. Los franceses tienen una extraordinaria noble apariencia. El hombrecito francés más malo, que te vendería a su propio padre por seis peniques y añadiría algo en el trato sin que se le pida, tiene al mismo tiempo, de hecho al mismo tiempo que está vendiendo a su padre, tan impresionante porte que te deja perplejo. Vas a una tienda a comprar algo y el vendedor menos importante te aplastará con su sorprendente nobleza. Hay muchos vendedores que sirven como modelos del más exquisito refinamiento para nuestro teatro Mikhailovsky. Te sientes abrumado, sientes que de algún modo has ofendido al vendedor. Has llegado, digamos, con la intención de gastar diez francos, y sin embargo te recibe como si fueras el duque de Devonshire. Por alguna razón te sientes terriblemente avergonzado, y quieres asegurarle de inmediato que no eres el duque de Devonshire, sino un mortal cualquiera, un simple viajero, y has llegado a comprar sólo algo de diez francos. Pero el joven, que tiene una afortunada apariencia y una inefable expresión a la vista de la cual estás listo para reconocerte como un desgraciado (pues él tiene tan noble expresión), comienza por extender frente a ti artículos con valor de miles de francos. En un minuto ha desperdigado sus mercancías por todo el mostrador y comprendes todo lo que el pobre hombre va a tener que doblar y envolver otra vez después de que te vayas y que él –este Grandison, este Alcibiades, este Montmorency– tendrá que hacer, ¿Por qué? Porque tú, con tu nada envidiable apariencia, tus vicios y defectos, tus abominables diez francos te has atrevido a entrar y molestar a tan señorial criatura– cuando comprendes todo, de inmediato, ahí mismo, y antes de tener tiempo de alejarte del mostrador, comienzas, quieras o no, a despreciarte al más alto nivel posible. Te arrepientes y maldices tu suerte por no tener más que cien francos en tu bolsillo; los pones en el mostrador con una mirada de imploración solicitando perdón. Pero el artículo que has comprado con tus miserables cien francos es magnánimamente envuelto para ti, se te ha perdonado por las molestias y problemas que has causado en la tienda y te apresuras a salir y desaparecer. Cuando vuelves a tu casa te sientes terriblemente sorprendido de que hayas querido gastar diez francos y hayas acabado gastando cien.

Con qué frecuencia, cuando caminaba por los bulevares o la Rue Vivienne en la que se localizan muchas grandes camiserías, me decía: si tan sólo las damas rusas fueran soltadas aquí y… pero lo que sigue es sabido mejor por los comisionistas y agentes de Orlov, Tambov y otras provincias. En general, los rusos en las tiendas desean presumir que tienen ilimitadas cantidades de dinero. Por otro lado, ¿qué hay que pensar de esa desvergonzada conducta, de las inglesas por ejemplo, que no sólo se muestran perfectamente imperturbables ante el hecho de que algún Adonis o William Tell haya apilado artículos en el mostrador y pongan la tienda de cabeza, sino que –¡horror! – comienzan a discutir por diez francos? Pero William Tell tampoco es tonto. Se vengará sin falta, y por una chalina de 1500 francos le estafará a milady doce mil, y lo hará de tal manera que la dejará completamente satisfecha.

Pero a pesar de esto, el burgués está apasionadamente apegado a la inefable altitud de miras. En el escenario no pone más que gente completamente desinteresada en el dinero. Gustave puede brillar sólo bajo la luz de la altitud de miras y el burgués derramará lágrimas de tierna emoción. Sin la inefable altitud de miras ni siquiera podría dormir tranquilamente. Y en cuanto a coger doce mil francos en lugar de mil quinientos, es su deber: los cogió porque es virtuoso. Robar es perverso y mezquino, para eso son las galeras, el burgués está dispuesto a perdonar mucho, pero no perdonará el robo, aunque tú y tus hijos puedan morir de inanición. Pero si robas por amor a la virtud todo te será perdonado. Quiere decir que tú quieres faire fortune, amasar muchas posesiones, es decir, cumplir un deber natural y humano. En otras palabras, el código legal define claramente el robo por bajas razones, por ejemplo, por un trozo de pan, y el robo en nombre de la virtud. Esto último es completamente seguro, y alentado y organizado sobre una base sumamente sólida.

¿Por qué entonces –vuelvo a mi viejo tema otra vez– el burgués parece nervioso y desasosegado? ¿Qué le provoca toda esa preocupación? ¿Los oradores? ¿Los charlatanes? Pero él puede mandarlos al diablo con una patada. ¿Argumentos de la razón? Pero la razón ha fracasado ante la realidad y, además, la gente racional misma, los filósofos y metafísicos, están ahora comenzando a enseñar que no hay argumentos de pura razón, que la razón pura ni siquiera existe en este mundo, que la lógica abstracta no es aplicable a la humanidad, que hay la razón de John, Peter o Gustave, pero nunca ha habido una razón pura, eso es una ficción sin bases del siglo dieciocho.

¿A quién teme entonces? ¿A los trabajadores? Pero todos los trabajadores, en el fonde de sus corazones, son capitalistas también: su único ideal es convertirse en capitalistas y amasar tantas cosas como sea posible; esa es su naturaleza. La gente no tiene su naturaleza por nada. Requiere siglos de desarrollo y educación. Las características nacionales no pueden ser fácilmente alteradas: no es fácil escapar a siglos de viejos hábitos que se han convertido en parte de nuestra carne y sangre.

¿Los campesinos? Pero los campesinos franceses son capitalistas par excellence, la clase obtusa de capitalistas, es decir, el mejor y más idealmente perfecto tipo de capitalista que pueda uno imaginar. ¿Comunistas? ¿O tal vez socialistas? Pero estos individuos se han comprometido considerablemente en su día, y en el fondo de su corazón el burgués los desprecia profundamente; y, sin embargo, a pesar de su desprecio, les teme. En efecto, esta es la gente a la que teme. ¿Pero por qué tendría que temerles realmente? ¿No predice el abbé Sieyès en su famoso panfleto que el burgués lo será todo? ‘¿Qué es el tercer estado? Nada. ¿Qué debe ser? Todo.’ De todas las palabras expresadas en ese momento las suyas fueron las únicas que se hicieron realidad; las únicas que se sostuvieron. Pero el burgués todavía se rehúsa de alguna forma a creerlas, a pesar del hecho de que todo lo que se dicho después de Sièyes ha colapsado y reventado como una burbuja de jabón.

En efecto, después de él se proclamó el principio de liberté, égalité, fraternité. Estupendo. ¿Qué es liberté? Libertad. ¿Qué libertad? Libertad para todos de hacer cualquier cosa que uno quiera dentro de los límites de la ley. ¿Cuándo puede un hombre hacer lo que quiere? Cuando tiene un millón. ¿La libertad les da a todos un millón? No. ¿Qué es un hombre sin un millón? Un hombre sin un millón no es un hombre que hace lo que quiere, sino un hombre con el que se hace todo lo que se quiere. ¿Y qué sigue? Lo que sigue es que además de libertad también hay igualdad, de hecho, igualdad ante la ley. Sólo hay una cosa que decir sobre esta igualdad frente a la ley: que el modo en que es ahora aplicada permite, más bien fuerza, a los franceses a considerarla un insulto personal.

¿Qué queda del principio? Fraternidad, hermandad. Este es el concepto más curioso y, debe admitirse, constituye el principal escollo en Occidente. El hombre occidental habla de la fraternidad como una de las grandes fuerzas movilizadoras, y no se da cuenta de que la fraternidad no puede lograrse si no existe de hecho. ¿Qué hay que hacer? La fraternidad debe crearse a cualquier costo. Pero resulta que la fraternidad no puede crearse, pues se crea a sí misma, es dada, existe en el carácter. Se encontró, empero, que está ausente en el francés y, en general, en el occidental; lo que se descubrió que existe en su lugar es el principio de individualidad, de aislamiento, de intensa auto preservación, de búsqueda, de autodeterminación dentro de nuestra propia personalidad o identidad, del contraste entre esta personalidad y el resto de la humanidad; y este contraste fue considerado como un principio independiente y separado completamente igual y equivalente en valor a todo lo que existe aparte de él.

Ahora, dicho contraste no produce fraternidad. ¿Por qué? Porque en la fraternidad, la auténtica fraternidad, no es el individuo, la persona, la que debe reclamar su derecho a la igualdad en valor e importancia con el resto, sino que este resto debe aproximarse al individuo, a la persona que hace la reclamación, y debe sin que se le pida reconocer al individuo como su igual en valor y derechos, es decir la igualdad con todo el resto que existe en el mundo. Y más, el individuo que se rebela y reclama debe sacrificar su personalidad y todo él a la sociedad y no sólo no reclamar sus derechos, sino al contrario, entregarlos incondicionalmente a la sociedad. Pero el individuo occidental no está acostumbrado a este tipo de procedimiento: él exige por la fuerza, demanda sus derechos, quiere dividendos. Y, naturalmente, la hermandad no resulta. Existe, por supuesto, la posibilidad de regeneración. Pero dicha regeneración toma miles de años pues ideas de esta clase, en primer lugar, deben engranarse y asimilarse completamente para convertirse en realidad. ¿Cuándo, preguntará usted, debe uno perder su individualidad para ser feliz? ¿Puede la salvación encontrarse en la falta de individualidad? Mi respuesta es no; por el contrario, no sólo no debe uno perder su individualidad, sino que debe, de hecho, convertirse en individuo en un grado más elevado del que se ha dado en Occidente. Entiéndame: un sacrificio voluntario, absolutamente consciente y completamente natural de uno en beneficio de todos, es signo del desarrollo de la personalidad, de su más elevado poder, de la más elevada autoconsciencia y de la más grande libertad de la voluntad del individuo. Entregar voluntariamente su vida por todos, ser crucificado o quemado en la hoguera por el bien de todos es posible sólo en el punto más alto de expansión de la personalidad individual.

Una individualidad fuertemente desarrollada, completamente segura de su derecho a ser una persona y libre del temor por ella misma puede, de hecho, no hacer otra cosa que entregarla para que otros también puedan convertirse en personas igualmente independientes y felices. Esta es una ley de la naturaleza; el hombre tiende, normalmente, hacia ella. Aquí, sin embargo, hay un pelo, uno muy muy delgado, pero si entra en la maquinaria, esta crujirá y se desplomará de inmediato. Es este: no debe haber en este caso el más mínimo motivo de ganancia personal. Por ejemplo, ofrezco sacrificarme por todos; y así es como debe ser: debo sacrificarme completa e irrevocablemente, sin considerar ninguna ganancia, sin pensar en lo más mínimo que estoy aquí, sacrificándome por la sociedad, y la sociedad a cambio tendrá que ofrecérseme toda. Uno debe, de hecho, hacer el sacrificio con la intención de darlo todo, e incluso desear que nada se te dé a cambio y que nadie gaste algo en ti.

Ahora, ¿cómo se logra esto? Ciertamente, esto es como tratar de no pensar en el oso polar. Trate de resolver el problema de no pensar en el oso polar y verá que el maldito animal estará constantemente en sus pensamientos. ¿Qué podemos hacer, entonces? No podemos hacer nada: deberá hacerse a sí misma, la solución debe existir en la naturaleza, debe ser una parte inconsciente del carácter de la raza, lo que es necesario, en breve, es el principio de la hermandad y el amor, necesitamos el amor. El hombre debe instintivamente y por su propia iniciativa ser atraído hacia la hermandad, el compañerismo y la concordia y debe ser atraído a pesar de los inmemoriales sufrimientos de su nación, a pesar de la bárbara brutalidad e ignorancia que ha enraizado en la nación, a pesar del viejo esclavismo y las invasiones extranjeras. La necesidad del fraternal compañerismo debe, de hecho, tener su ser en el carácter del hombre, debe nacer con él o haber adquirido el hábito desde tiempos inmemoriales.

¿En qué consistiría esta fraternidad si se expresara en el lenguaje consciente y racional? En cada individuo particular, sin constreñimiento o ganancia para sí mismo, diciéndole a la sociedad: ‘Somos fuertes sólo cuando estamos unidos, por lo tanto tomen todo de mí si me necesitan, no piensen en mí cuando pasen sus leyes, no se preocupen en lo más mínimo, estoy entregándoles mis derechos, y por favor dispongan de mí como deseen. Es la mayor felicidad para mi sacrificarlo todo a ustedes y de tal manera que ustedes no sufran ninguna pérdida en consecuencia. Me esfumaré y fundiré con la masa completamente uniforme, sólo dejen que la hermandad permanezca y florezca…’

Y la hermandad, a su vez, dirá: ‘Nos estás dando mucho. No tenemos derecho a rechazar lo que nos das, en tanto tú mismo dices que en ello consiste tu felicidad; pero ¿qué podemos hacer desde el momento en que nosotros también nos preocupamos incesantemente por tu felicidad? Tú, también, debes tomar todo de nosotros. Haremos siempre todo lo que podamos para que puedas tener tanta libertad personal e independencia como sea posible. No necesitas ya temer a los enemigos, ya sea hombre o naturaleza. Tienes el apoyo de todos nosotros, nosotros garantizamos tu seguridad y te tendremos en el corazón día y noche porque somos hermanos, somos hermanos de los tuyos y somos muchos y somos fuertes. Por lo tanto, no te preocupes, ten ánimo, no temas nada y confía en nosotros.’

Después de esto no habrá necesidad de repartir las cosas, se distribuirán ellas mismas automáticamente. Amaos los unos a los otros y todas estas cosas te serán dadas. ¡Qué utópico es, realmente! Está basado en sentimientos y carácter y no en la razón. Ciertamente es humillante para la razón, ¿Qué piensa? ¿Es utópico o no?

Pero entonces, ¿qué puede hacer el socialista si el principio de hermandad está ausente en el hombre occidental, el cual reconoce, por el contrario, el principio personal e individual que insiste siempre en el aislamiento y en exigir derechos espada en mano? Debido a que no hay hermandad, él insiste en crearla, en construirla. Para hacer estofado de liebre debes tener primero la liebre. Pero no hay liebre; en otras palabras, ¡no hay ninguna naturaleza capaz de hermandad, que crea en la hermandad o sea atraída por la hermandad! Desesperado, el socialista comienza a hacer y definir la futura hermandad, la mide y sopesa, arroja la carnada del beneficio personal, explica, enseña, le dice a la gente cuánta ventaja cada persona obtendrá de esta hermandad, lo mucho que ganará; determina la utilidad y el costo de cada individuo, y calcula con antelación el balance de las bendiciones de este mundo: cuántas merece cada individuo y cuánto debe contribuir voluntariamente cada individuo a la comunidad a cambio de ellas y a costa de su propia personalidad. ¿Pero cómo puede haber hermandad si es precedida por una distribución de dividendos y la determinación de cuánto ha ganado una persona y cuánto debe hacer?

Sin embargo, se proclamó una fórmula que dice: ‘Uno para todos y todos para uno’. Nada mejor que esto puede idearse, en particular porque la fórmula fue sacada completamente de un bien conocido libro. Pero luego los correligionarios comenzaron a aplicar esta fórmula en la práctica y unos seis meses después se presentó un recurso contra el fundador de la hermandad, Cabet. Los fourieristas, se dice, habían gastado los últimos 900,000 francos de su capital, pero seguían tratando de organizar la hermandad. Los resultados fueron nulos. Por supuesto, es muy tentador vivir de acuerdo con principios puramente racionales, si no fraternales, es decir, vivir bien, cuando todo te es garantizado y nada se te exige además de tu consentimiento y tu trabajo. Pero aquí hay, otra vez, una curiosa paradoja. Al hombre se le ofrece seguridad, se le promete comida y bebida, y trabajo, y a cambio de eso sólo se le pide renunciar a un pequeño grano de su libertad personal por el bien común, sólo un grano, un grano pequeño. Pero el hombre no quiere vivir bajo esas condiciones, encuentra ese pequeño grano demasiado fastidioso. Siente que ha sido puesto en una prisión, pobre desgraciado, y que podría estar mejor por sí mismo, porque entonces tendría total libertad. Y cuando es libre se le golpea y se le niega el trabajo, se muere de hambre y no tiene libertad real. Naturalmente, el socialista es simplemente forzado a abandonarlo y decirle que es un tonto, que no está listo aún, no lo bastante maduro para entender lo que es bueno para él; que una hormiga, una miserable hormiga es más inteligente que él porque todo es tan maravilloso en un hormiguero, todo tan ordenado, nadie tiene hambre y todos felices, todos saben lo que tienen que hacer; de hecho, el hombre tiene mucho que recorrer antes de que pueda tener esperanzas de alcanzar el nivel del hormiguero.

En otras palabras, aunque el socialismo es posible, lo es en todas partes, pero no en Francia.

Y así, en su desesperación final, el socialista proclama: liberté, égalité, fraternité o muerte. Entonces ya no hay más qué decir y el burgués ha salido triunfante.

Y si el burgués es el triunfador significa que la fórmula de Sieyès se ha convertido en verdad literalmente y hasta el último detalle. Y así el burgués lo es todo. ¿Por qué, entonces, es tímido y retraído, qué teme? Todos han caído, nadie ha probado ser capaz de hacerle frente. En los viejos días, en los tiempos de Louis-Philippe, por ejemplo, el burgués no era tan aprehensivo y tímido, y entonces reinaba también.

De hecho, él peleaba, sentía que tenía un enemigo y finalmente lo derrotó en las barricadas de junio con la ayuda de rifles y bayonetas. Pero cuando la batalla finalizó se dio cuenta de pronto de que estaba solo en el mundo, de que no había nadie mejor que él, que él era el ideal y en vez de tratar como hasta entonces de convencer al mundo de que él era el ideal, todo lo que le restó por hacer fue simplemente posar con tranquila dignidad ante los ojos de la humanidad como la última palabra en belleza y perfección humana. Una espinosa situación, diga usted lo que diga. La salvación vino de Napoleón III. Para el burgués fue un regalo de los dioses, la única salida de la dificultad, la única posibilidad disponible en ese tiempo. A partir de ese momento el burgués comenzó a prosperar, pagando mucho por su prosperidad, y comenzó a temer todo justo porque había obtenido todo. Cuando uno ha obtenido todo es sumamente difícil perder cualquier cosa. De donde se deduce, amigos, que el que más teme más prospera. No se rían por favor. Pues ¿qué es un burgués hoy en día?

 

 

CONTINUACIÓN DE LO PRECEDENTE

 

¿Y por qué hay tantos lacayos entre los burgueses, y con tan noble apariencia? Por favor, no me culpen y no exclamen que estoy exagerando o que soy calumnioso o malintencionado. ¿A quién o a qué está dirigida mi mala intención? ¿Por qué soy malintencionado? El hecho es, sencillamente, que hay muchos lacayos. El servilismo se filtra crecientemente en la naturaleza misma del burgués y cada vez más se toma como virtud. Y así es en las presentes circunstancias. Es su consecuencia natural. Pero lo principal, ay, es que la naturaleza misma echa una mano. No es sólo que el burgués tenga una gran propensión innata por espiar, por ejemplo. Yo, de hecho, estoy convencido de que el enorme desarrollo de la policía espía en Francia –y no sólo espionaje ordinario, sino espionaje que es tanto una pericia como una vocación, un arte en sí mismo– se debe al innato servilismo en ese país. El idealmente noble Gustave, siempre y cuando no haya acumulado todavía algunas posesiones, ¿no entregará las cartas de amor de su amante a cambio de diez mil francos y delatará a su amante con su marido? Podría estar exagerando, pero tal vez mis palabras tienen cierta base en la realidad. Al francés le gusta atraer la atención de la autoridad para adularla, y lo hace de un modo completamente desinteresado, sin pensar en alguna recompensa inmediata; lo hace a crédito, a cuenta. Piense, por ejemplo, en todos esos buscadores de empleo cada vez que hay un cambio de régimen, antes tan frecuente en Francia. Piense en todas las triquiñuelas que urdían y que ellos mismos admitían. Piense en uno de los yambos de Barbier en ese sentido. Recuerdo estar en un café ojeando un periódico fechado el 3 de julio. Tenía, noté, un artículo de su corresponsal en Vichy. El emperador estaba residiendo entonces en Vichy; y lo mismo la corte; por supuesto había fiestas hípicas, cabalgatas. El corresponsal describía todo eso. Comienza así: ‘Tenemos muchos excelentes jinetes. Se preguntará, naturalmente, quién es el más brillante de todos. Su Majestad cabalga todos los días asistido por su séquito, etc.’

Se entiende, dejémoslo admirar las brillantes cualidades de su emperador. Es posible tener un gran respeto por su inteligencia, su circunspección, sus grandes cualidades y así sucesivamente. No le puedes decir a ese entusiasta en su cara que es un simulador.

Su réplica sería: ‘Esa es mi convicción’ –y eso es todo– precisamente la respuesta que tendrías de nuestros propios periodistas. Ya ve, está a salvo: tiene una respuesta con que callarte la boca. La libertad de conciencia y de convicción es la primera y principal libertad. Pero en este caso ¿qué respuesta te daría? En este caso él no les presta ninguna atención a las leyes de la realidad, desafía la probabilidad y lo hace intencionalmente. ¿Y por qué, después de todo, lo hace intencionalmente? ¿Seguramente nadie le creerá? El jinete mismo no es probable que lo lea, y aunque lo hiciera, tenemos el insignificante francés que escribió la correspondencia, el periódico que la publicó y el consejo editorial del periódico, son todos ellos realmente tan estúpidos como para no comprender que a su amo y señor no le reditúa el menor provecho a su reputación ser el primer jinete de Francia; que no espera esa reputación a su avanzada edad y que naturalmente se negaría a creerlo si el pueblo tratara de convencerlo de que es el jinete más experto de Francia: ellos dicen que es excepcionalmente inteligente. Hay algo más que considerar aquí: podría ser improbable y ridículo, el soberano mismo podría verlo con disgusto y reírse de eso con desprecio, tal vez, pero luego vería la ciega obediencia, vería la infinita obsecuencia, servil, estúpida e irreal, pero obsecuencia de todos modos, y eso es lo principal. Piénsenlo ustedes: si no estuviera en el espíritu de la nación, si esa vulgar zalamería no fuera considerada completamente posible y ordinaria, enteramente natural e incluso decente, ¿podría un artículo así ser publicado en un periódico de París? ¿En dónde más se podría encontrar impresa esa zalamería si no en Francia? La razón por la que hablo del espíritu de la nación es precisamente porque no es sólo un periódico el que escribe de esa forma, sino casi todos, todos son exactamente iguales, excepto dos o tres que son realmente independientes. Recuerdo una vez estar sentado en el comedor de un hotel, no en Francia en ese momento, en Italia, pero había varios franceses en mi mesa. En esa época todos siempre hablaban de Garibaldi. Fue unos quince días antes de Aspromonte. Naturalmente, la gente hablaba enigmáticamente: algunos se mantenían en silencio pues no querían hacer su significado absolutamente claro, otros sacudían la cabeza. El sentido general de la conversación era que Garibaldi había comenzado una riesgosa, imprudente aventura; pero esa opinión nunca se expresaba explícitamente, porque Garibaldi es un hombre de estatura tan diferente a la de otra gente que lo que en el ordinario podría ser considerado imprudente bien podría en su caso ser razonable. Gradualmente la discusión se dirigió a la personalidad real de Garibaldi. Sus cualidades fueron enumeradas y el veredicto fue favorable para el héroe italiano.

‘Ahora que hay una cualidad en él que me asombra,’ exclamó un francés en voz alta. Era un hombre agradable, de aspecto impresionante, de unos treinta años y con una extraordinaria nobleza de expresión en su rostro que casi era insolente y que te impacta en todos los franceses. ‘Hay una cosa de él que me sorprende más que todas.’

Todos, por supuesto, se voltearon hacia él, con la curiosidad despertada por su afirmación.

La cualidad descubierta en Garibaldi se pretendía que interesara a todos.

‘Durante corto tiempo en 1860 disfrutó de un poder ilimitado en Nápoles. Tuvo en sus manos veinte millones de francos de dinero público. No era responsable ante nadie por esa suma. Podría haberse apropiado de cualquier monto y nadie lo habría responsabilizado. Él no tomó nada y entregó de vuelta al gobierno hasta el último sou. ¡Esto es casi increíble!’

Hasta sus ojos brillaron cuando habló de los veinte millones de francos.

Puede decir usted, por supuesto, todo lo que quiera de Garibaldi, pero poner su nombre al lado de vulgares malversadores de fondos públicos eso, obviamente, sólo un francés lo puede hacer.

¡Y qué inocentemente, que sinceramente lo dijo! Todo, por supuesto, puede perdonarse en aras de la sinceridad, incluso la pérdida de la capacidad de comprensión y la insensibilidad por la conducta genuinamente honorable; pero mientras miraba la cara iluminada por la mención de los veinte millones de francos, el pensamiento llegó involuntariamente a mi cabeza: ‘¿Y que hubiera hecho usted, querido compañero, si hubiera ocupado un puesto público en ese tiempo, en lugar de Garibaldi?’

Usted me dirá que esto, otra vez, es incierto, que todos ellos son casos individuales, que precisamente esa clase de cosas pasan en nuestro propio país y que no dicen nada de todos los franceses. Muy bien, pero de hecho no estoy hablando de todos los franceses. Inexpresable nobleza de carácter existe en todas partes, mientras que tal vez cosas mucho peores han ocurrido en nuestro país. Pero ¿por qué, esta clase de cosas deben convertirse en virtud? ¿Sabe qué? Uno puede ser despreciable dentro de la moral aceptada, pero no perder su sentido del honor; y en Francia la gente honesta es muy numerosa, pero ha perdido completamente su sentido del honor, y por lo tanto actúa despreciablemente y no sabe qué hacer con la virtud. El primero es, por supuesto, más malvado, pero el segundo, diga usted lo que diga, es más despreciable. Esa actitud con la virtud no presagia ningún bien para la nación. Y en cuanto a los casos individuales, no quiero discutir con usted. Incluso la nación no consiste más que de casos individuales, ¿no es así?

Incluso pensé lo siguiente: tal vez estoy equivocado en decir que el burgués trata de achicarse y está constantemente temeroso de algo. Él se achica, es innegable, y está nervioso, pero tomado en conjunto, el burgués medra y prospera. Aunque trata de engañarse a sí mismo y aunque constantemente se dice que todo está bien, eso no interfiere con su autoconfianza externa. No sólo eso, pues incluso interiormente es auto confidente cuando se pone en marcha. Cómo todo esto puede coexistir en él, es un problema, pero de hecho así es. En general, el burgués está lejos de ser estúpido, pero su inteligencia es de algún modo de corto tiempo y trabaja por arrebatos. Tiene muchos conceptos trillados almacenados, como leña para el invierno, e intenta seriamente vivir con ellos por miles de años, excepto, quizás, cuando se pone elocuente. ‘Après moi le déluge’ es empleado a menudo y usado en la práctica frecuentemente.

¡Y qué indiferencia para todo, qué vacío interés de corto plazo! Tuve ocasión en París de visitar a algunas personas cuyas casas tuvieron en mi día una constante corriente de visitantes. Ellas parecían temerosas de iniciar una conversación acerca de algo inusual, algo que no fuera trivial, cualquier tema de interés general, sabe: problemas sociales o políticos o algo. Me pareció en estos casos que no era por miedo a los espías, era sencillamente que la gente ya no sabía qué pensar o cómo hablar de temas más serios.

Entre ellos había gente, sin embargo, que estaba terriblemente interesada en saber qué impresión me había dejado París, lo asombrado que había quedado, aplastado, aniquilado. El francés todavía piensa que puede aplastar y aniquilar moralmente. Éste también, es un gracioso síntoma. Recuerdo, en particular, a un anciano encantador, muy gentil, muy amable, al que le tomé un sincero afecto. Mantenía sus ojos fijos en mi cara al preguntarme mi opinión de París, y se sintió horriblemente herido cuando no expresé ningún entusiasmo particular. Su amable rostro incluso reflejo sufrimiento, literalmente, no estoy exagerando. ¡Oh, querido Monsieur Le M–re! Uno nunca puede convencer a un francés, es decir a un parisino (porque en el fondo todos los franceses son parisinos) de que él no es el hombre más grande del mundo. De hecho, él conoce muy poco del ancho mundo, aparte de París, y tampoco quiere conocerlo. Ese es un rasgo nacional y uno muy característico, además.

Pero el rasgo francés más característico es la elocuencia. Nada extingue su amor por la elocuencia, la cual crece más y más conforme pasan los años, Me encantaría saber cuándo precisamente comenzó en Francia este amor por la elocuencia. Naturalmente, comenzó principalmente en los tiempos de Louis XIV. Es un hecho notable –ciertamente– que todo en Francia comenzó en los tiempos de Louis XIV. Pero todavía más notable es que en toda Europa todo comenzó también en la época de Louis XIV. ¿Y qué es lo que tenía ese rey? ¡No entiendo! Pues no fue realmente superior a cualquier otro de los previos reyes. Excepto, quizás, que él fue el primero en decir l’état c’est moi. Eso tuvo mucho éxito y resonó por toda Europa en ese tiempo. Me imagino que fue esa ocurrencia lo que lo hizo famoso. Se conoció sorprendentemente rápido incluso en Rusia. Un soberano muy nacionalista fue es Louis XIV, del todo en la tradición francesa, y por lo tanto no comprendió por qué el francés se salió de las manos… a finales del siglo pasado, quiero decir. Tuvieron su diversión y sus juegos y regresaron a la vieja tradición; así es como las cosas están conformadas; pero la elocuencia, la elocuencia, oh, ese es un escollo para el parisino. Esta dispuesto a olvidar el país, el país completo, dispuesto a enzarzarse en la más inteligente conversación y ser el más obediente y diligente muchachito, pero la elocuencia, la elocuencia, no la puede olvidar incluso ahora. Gime y suspira ante la elocuencia; recuerda a Thiers, Guizot, Odilon Barrot. ‘Ah, murmura para él mismo, ¡qué elocuencia había entonces!’ Y comienza a pensar. Napoleón III lo entendió, cayó en la cuenta de que Jacques Bonhomme no debía pensar y poco a poco trajo de nuevo la elocuencia. Seis diputados liberales son mantenidos con este fin en la Asamblea Legislativa, seis permanentes, inmutables, realmente liberales, de la clase que no podría ser sobornada si alguien lo intentara. Pero igual, son sólo seis de ellos; eran seis, son seis, y siempre serán seis. No necesita usted preocuparse, nunca habrá más, pero tampoco habrá menos. Parece muy astuto a primera vista. En la práctica, no obstante, es muy simple y se realiza mediante el suffrage universel. Naturalmente, todas las medidas apropiadas se han tomado para prevenir que hablen demasiado, pero les está permitido hablar.

Cada año, en el momento correspondiente, los problemas más importantes del estado son discutidos y el parisino se siente felizmente emocionado. Sabe que habrá elocuencia y está complacido. Sabe naturalmente que no habrá más que elocuencia, que habrá palabras, palabras, palabras y que esas palabras no conducirán absolutamente a nada. Pero esto también lo complace, mucho en realidad. Y él es el primero en encontrarlo extremadamente acertado. Los discursos de algunos de esos seis diputados son particularmente populares. Y el diputado esta siempre dispuesto a hacer discursos para el entretenimiento del público. Por extraño que parezca, él está completamente seguro de que sus discursos no llevarán a nada, y que todo no es más que un chiste, un juego inocente, una mascarada y nada más, y sin embargo habla, habla durante años, habla excelentemente y obtiene mucho placer en ello. Y los otros miembros que lo escuchan se desmayan de placer. ‘¡Qué orador, ese hombre!’, y el presidente y toda Francia se desmaya de placer. El diputado llega al final de su discurso y el tutor de estos simpáticos y bien portados niños se levanta a su turno. Declara solemnemente que el ensayo sobre el tema fijado: ‘El despertar’, ha sido excelentemente preparado y desarrollado por el honorable miembro. ‘Hemos, dice, admirado el talente del honorable orador, sus ideas y la admirable conducta que esas ideas revelan, él nos ha dado, a todos, a todos, un gran placer… Sin embargo, aunque el honorable miembro merece el premio –un libro que lleva la inscripción ‘Por buena conducta y progreso en el estudio’ –a pesar de eso, digo, para razones de orden superior, el discurso del honorable miembro no servirá. Espero que sus señorías coincidan conmigo.’ En ese punto se vuelve a los diputados y le dirige una severa mirada. Los diputados, aún extasiados de placer, de inmediato irrumpen en frenéticos aplausos ante las palabras del tutor, y al mismo tiempo, con emotivo entusiasmo, toman las manos del orador y le agradecen el placer que les ha proporcionado y le ruegan que les dé el mismo liberal placer la próxima vez, con el permiso del tutor. El tutor lo permite generosamente y el autor de ‘El despertar’ se marcha orgulloso de su éxito; los diputados regresan, relamiéndose los labios, al seno de sus familias, y por la noche dan rienda suelta a su deleite caminando por el Palais-Royal con sus esposas del brazo y escuchando el chapoteo de las fuentes, mientras el tutor, después de entregar un informe completo a las autoridades correspondientes, declara a Francia entera que todo está bien.

Algunas veces, sin embargo, cuando algo más importante está en juego y las apuestas son más altas, y más importantes también, el Príncipe Napoleón llega a las asambleas. El Príncipe Napoleón comienza de repente a actuar como parte de la Oposición y asusta a estos jóvenes pupilos. Un solemne silencio desciende al salón. El Príncipe Napoleón juega al liberal, el Príncipe no está de acuerdo con el Gobierno, él piensa que tal y tal medida debe adoptarse. El Príncipe amonesta al gobierno, en otras palabras, se dicen cosas que (se supone) estos simpáticos niños dirían si tan sólo el tutor abandonara el salón durante unos minutos. Dentro de lo razonable, por supuesto. Aun así, la suposición es absurda porque todos estos simpáticos niños han sido tan bien educados que no se moverían ni aunque el tutor los dejara toda la semana. Y así, cuando el discurso del Príncipe Napoleón termina, el tutor se levanta y declara solemnemente que el ensayo sobre el tema ‘El despertar’, ha sido excelentemente preparado y desarrollado por el honorable orador. ‘Hemos admirado el talento, las ideas elocuentemente expresadas y la virtud del generoso príncipe… estamos preparados por otorgarle el premio por la diligencia y progreso en sus estudios, pero …’ y todo lo que sigue, en otras palabras, todo lo que ya se ha dicho antes. Naturalmente, toda la bancada se siente complacida e irrumpe en frenéticos aplausos, el Príncipe es conducido a casa, los virtuosos pupilos se dispersan y abandonan el salón como los niños obedientes que son, y en la noche salen a dar un paseo por el Palais Royal junto con sus esposas y escuchan el agradable chapoteo de las fuentes, etc., etc., etc. En breve, el orden supremo reina.

Nos extraviamos una ocasión en la salle des pas perdus y en lugar de una corte de lo criminal nos encontramos en una corte que trataba casos civiles.

Un abogado de cabello rizado con toga y birrete estaba dando un discurso, esparciendo perlas de elocuencia. El magistrado presidente, los otros jueces, los abogados y el público se sacudían con obvio placer. El silencio era impresionante; caminamos de puntillas. El caso trataba de una herencia; algunos monjes estaban involucrados en el caso. Los monjes están ahora constantemente involucrados en procedimientos legales, principalmente relacionados con herencias. Los más vergonzosos, los más escandalosos acontecimientos eran sacados a la luz del día. Pero el público se mantenía en silencio y muy poco escandalizado; porque los monjes tienen un considerable poder y el burgués es muy dócil. Los benditos padres se han convencido gradualmente de la superioridad de un poco de capital sobre todo lo demás, sobre los sueños y cosas similares, gradualmente convencidos, de hecho, de que un poco de dinero se acompaña de poder. ¿Pues qué hay en la pura elocuencia? La elocuencia por sí misma ya no es suficiente hoy en día. Pero en ello, pienso, están ligeramente equivocados. Por supuesto, un poco de capital es algo doblemente bendecido, pero la elocuencia, también, puede conseguir bastante de un francés. Las esposas generalmente caen bajo el hechizo de los monjes, y mucho más ahora que en cualquier otro momento del pasado. Hay esperanzas de que el burgués siga el mismo camino.

El caso revela cómo durante años los benditos padres han trabajado ingeniosa y científicamente (han desarrollado una ciencia para esta clase de cosas) para presionar moralmente a una adorable y rica señora, cómo la han inducido a vivir en un convento, y cómo la han aterrorizado hasta que se ha enfermado y vuelto histérica, y cómo ellos han hecho todo eso de un modo científicamente gradual. Finalmente, después de haber enfermado y reducido a la mujer a la imbecilidad la persuaden de que ver a sus parientes es un gran pecado a los ojos del Señor, y poco a poco tienen éxito en mantener alejadas sus relaciones. ‘Incluso a su sobrina de quince años, con un alma pura y virgen como de un recién nacido, un ángel de pureza e inocencia, incluso ella no se atreve a entrar a la celda de su adorada tía, quien la ama más que a nadie y quien, como resultado de taimadas maquinaciones, ya no puede tenerla en sus brazos y darle un beso en su frente virginal, donde el ángel blanco de la inocencia tiene su sede’… Y así con la misma tensión; fue maravilloso. El abogado que hacía el discurso se derretía obviamente de alegría al pensar que podía hablar tan bien, el presidente de la corte se derretía también, y lo mismo el público. Los benditos padres perdieron la batalla sólo a cuenta de esta elocuencia. Pero eso no los descorazona, por supuesto, pues por cada batalla que pierden ganan quince.

‘¿Quién es el abogado?’ le pregunte a un joven estudiante, quien era uno de los más fervientes escuchas. Había muchos estudiantes allí y todos ellos muy callados y bien portados.

Me miró con sorpresa.

‘Jules Favre,’ contestó por fin, con tan despectiva lástima que yo naturalmente me sentí avergonzado. Así tuve la oportunidad de conocer a la misma flor de la elocuencia francesa en, se podría decir, sus propias fuentes.

Pero hay un vasto número de estas fuentes. El burgués está infestado de elocuencia. Fuimos una vez al Panthéon para tener una mirada de los grandes hombres. No era el mejor momento para ir y tuvimos que pagar dos francos. Luego un venerable, decrépito, soldado discapacitado cogió las llaves y nos condujo a la capilla de la cripta, En el camino todavía hablaba como un hombre, aunque la ausencia de dientes hacía que balbuceara un poco. Pero en cuanto bajamos a la cripta y nos llevó a la primera tumba inició su sonsonete.

‘Ci-gît Voltaire, Voltaire este gran genio de la amada Francia. Él abolió el prejuicio, venció la ignorancia, lucho contra el ángel de la oscuridad y mantuvo en alto la antorcha de la ilustración. Alcanzó la grandeza con sus tragedias, aunque Francia ya tenía a Corneille.’

Evidentemente estaba repitiendo una lección que se había aprendido de memoria. Alguien había escrito el sermón para él en un pedazo de papel y el la memorizó para el resto de su vida: el placer brillaba en su viejo rostro mientras comenzaba a perorar para nuestro provecho en un estilo muy pomposo.

Ci-git Jean-Jacques Rousseau, continuó en la siguiente tumba, l’homme de la nature et de la vérité!

De pronto quise reír. Un estilo pomposo hace que todo parezca ridículo. Además, era obvio que el pobre hombre, aunque hablaba de nature y verité, no tenía idea de lo que decía.

‘¡Qué extraño!, le dije. ‘De estos dos grandes hombres uno pasó su vida llamando al otro mentiroso y sinvergüenza, y el otro simplemente llamó al primero loco. Y aquí han llegado los dos, casi pegados el uno al otro.’

‘¡Monsieur, Monsieur!’ comenzó el discapacitado soldado. Quería replicar algo, pero no lo hizo y rápidamente nos llevó a otra tumba.

‘Ci-git Lannes, mariscal Lannes’ –volvió a su pomposo estilo– ‘uno de los grandes héroes que Francia, tan tica en héroes, ha tenido. Él no sólo fue un gran mariscal y uno de los más capaces líderes de la tropa además del gran Emperador, sino que disfrutó de una todavía mayor felicidad. Fue amigo…’

‘Por supuesto,’ dije, ansioso por cortar el discurso, fue amigo de Napoleón.’

‘Monsieur,’ me interrumpió el impedido soldado, déjeme hablar.’ Se oyó ofendido.

‘Continue, lo escucho.’

‘Sino que gozó de una todavía mayor felicidad. Fue amigo del gran Emperador. Ningún otro de los otros mariscales tuvo la felicidad de convertirse en amigo del gran hombre. El mariscal Lannes demostró merecer ese gran honor. Mientras yacía moribundo por su país en el campo de batalla…’

‘Sí, una bala de cañón le arrancó ambas piernas.’

‘Monsieur, Monsieur,’ exclamó el soldado casi en lágrimas, ‘déjeme hablar. Tal vez usted sabe todo… Pero déjeme decirlo también.’

El extraño individuo estaba terriblemente ansioso de contar la historia él mismo, aunque nosotros la conocíamos desde antes.

‘Mientras el yacía muriendo por su país,’ comenzó una vez más, ‘en el campo de batalla, el Emperador, con el corazón estrujado y lamentando su gran pérdida…’

‘Fue a decirle adiós,’ dije yo, incapaz de resistirme. Pero de inmediato sentí que no debía haberlo hecho y me invadió el arrepentimiento.

‘Monsieur, Monsieur,’ dijo el acongojado anciano con reproche, mirándome a los ojos y sacudiendo su blanca cabeza. ‘Monsieur, lo sé, estoy seguro de que usted conoce todo esto mejor que yo, tal vez. Pero usted me ha pedido que le mostrara: déjeme hablar entonces. No queda mucho… Entonces el Emperador, con el corazón estrujado y lamentando la gran pérdida (ay, en vano) que él, el ejército y toda Francia había sufrido, se aproximó al lecho del moribundo y con su último adiós calmó los crueles sufrimientos del gran capitán que murió casi en su presencia –‘C’est fini, Monsieur,’ agregó, lanzándome una reprobatoria mirada; y continuó su camino.

‘Y aquí tenemos otra tumba; y aquellos de allá… unos senadores,’ añadió con completa indiferencia e hizo una vaga señal en dirección a otras tumbas cercanas. Había agotado su elocuencia con Voltaire, Jean-Jacques y el mariscal Lannes.

Este fue un ejemplo, del pueblo, por decirlo así, del amor a la elocuencia. Es posible que todos los discursos dichos en la Asamblea Nacional, la Convención y los Clubes en los que la nación había participado casi directamente y en la cual había sido educada, ¿es posible, repito que sólo haya dejado una huella: el amor a la elocuencia por la elocuencia misma?

 

 

BRIBRI Y MA BICHE

 

¿Y qué hay de los cónyuges? Los cónyuges prosperan y florecen. De paso, ¿por qué, podría usted preguntar, escribo ‘cónyuges’ en vez de esposas? Estilo sublime, queridos señores, por eso. El burgués, cada vez que recurre al estilo sublime, dice siempre ‘mon épouse’. Y aunque otras clases simplemente dicen ma femme –mi esposa– como en todas partes, es mejor seguir el espíritu nacional de la mayoría y usar el sublime estilo del habla. Es más característico. Además, hay otros nombres también. Cuando el burgués se siente sentimental o quiere serle infiel a su esposa la llama Ma Biche. Por otro lado, la amorosa esposa en un acceso de refinado coqueteo llama a su querido burgués Bribri, para deleite del burgués.

Bribri y Ma Biche siempre han tenido éxito, pero ahora más que nunca. Es entendido (tácitamente), por supuesto, que Ma Biche y Bribri deben en nuestros difíciles tiempos, servir como modelos de virtud social, armonía y estado feliz, y como reproche al odioso sinsentido de las absurdas trampas comunistas; pero aparte de eso, Bribri, maritalmente hablando, se hace más agradable año con año. Él entiende que no puede retener a su Biche, sea lo que sea que diga o haga, que la parisina está hecha para tener un amante, y que el marido no puede esquivar un par de cuernos. Él debe mantenerse callado mientras sus ahorros sean todavía magros y sus posesiones reducidas. Sin embargo, una vez que tiene ambas, Bribri se vuelve más exigente en todos sentidos, porque entonces él es mirado con mucho respeto. Él comienza a considerar a Gustav bajo una diferente luz también, en particular si éste no es más que un pelagatos y no tiene sino unas cuantas posesiones.

En general, un parisino que tiene poco dinero y quiere casarse busca una mujer que también tenga poco dinero. No sólo eso, sino que primero revisan sus cuentas mutuamente, y si descubren que sus francos y posesiones son iguales, se unen. Esto sucede en todas partes también; pero aquí la ley de la igualdad de los bolsillos se ha desarrollado como una práctica peculiar. Por ejemplo, si una muchacha tiene un sou más que el pretendiente a ella nunca se le permitirá casarse con él y se buscará un mejor bribri. Además, las uniones por amor se han vuelto crecientemente imposibles y son consideradas casi indecentes. La costumbre racional, la cual invariablemente exige la igualdad de los bolsillos y el matrimonio de las fortunas es roto rara vez; más rara vez, quiero pensar, que en ninguna otra parte. El burgués ha organizado el dinero de su mujer excelentemente bien para su propio beneficio. Por eso, precisamente, es que él está dispuesto a cerrar los ojos ante las escapadas de su Biche y no percibe varias cosas desagradables, pues de otro modo, en caso de desacuerdo entre ellos, el asunto de la dote podría asomar su fea cabeza. Asimismo, si a su esposa le da por seguir la moda más allá de sus medios, Bribri puede tomar nota pero no expresar ninguna objeción; su esposa puede pedirle menos para sus vestidos. Así es más fácil tratar con Ma Biche. De cualquier modo, ya que los matrimonios son en su mayor parte matrimonios de fortuna y se presta poca atención a la afección mutua, Bribri está dispuesto a dejar que sus miradas se desvíen de su propia mujer. Por lo tanto es mejor no interferirse mutuamente. De esta forma reina la armonía en el hogar, y las gustadas palabras, Bribri y Ma Biche, son dichos con más frecuencia por las amorosas parejas.

En realidad, para ser francos, Bribi, incluso aquí, ha tenido éxito en asegurar su propia posición. El policía siempre está a su disposición. Esa es la ley, de la cual él mismo es autor. Si a lo malo se añade lo peor y encuentra al par de amantes en flagrant délit, él podría incluso matarlos sin tener que responder por sus acciones. Ma Biche lo sabe y lo aprueba.

Un largo periodo de protección y vigilancia ha reducido a Ma Biche a un estado mental en el que no se queja ni sueña, como en ciertos otros bárbaros y ridículos países en los que reciben, por ejemplo, educación universitaria, pertenecen a clubes y se convierten en miembros del parlamento. Ella prefiere llevar una etérea existencia de canario, por decirlo así. Ella es engalanada con finas ropas y guantes y llevada a pasear, baila, saborea dulces deliciosos, superficialmente es recibida como reina y los hombres están, superficialmente, a sus pies. Esta forma de relación ha sido elaborada con un alto grado de éxito y decoro. En breve, se observan las reglas de la caballerosidad, y ¿qué más puede pedir? Ella no será privada de su Gustave. Tampoco desea que su vida tenga un propósito noble y virtuoso, etc. Ella es realmente tan capitalista y mezquina como su esposo. Cuando los años de canario se terminan, esto es, cuando Ma Biche ya no puede engañarse con ser un canario, cuando la posibilidad de un nuevo Gustave se hace totalmente absurda incluso para la más ferviente y autosatisfecha imaginación, de inmediato sufre una rápida y desagradable transformación. Se acaban la delicadeza, la finura, la timidez. Se convierte en una esposa malhumorada y en un ratón de iglesia que ayuda a su esposo a acumular dinero. Una especie de cinismo la atrapa; cansancio, malevolencia, instintos vulgares, vida sin sentido, plática cínica se convierten de pronto en su apariencia. Algunas incluso se hacen desaseadas. Por supuesto, no es éste siempre el caso, hay otros fenómenos más reconfortantes también; relaciones sociales parecidas pueden ser percibidas en otras partes –por supuesto– pero… en Francia todo esto es más natural, más genuino, más espontáneo, más completo, más nacional. Aquí está la fuente y el embrión de esa forma burguesa de sociedad que ahora reina en todo el mundo, en imitación general de la gran nación.

Ciertamente, en la superficie Ma Biche es reina. Es difícil imaginar la exquisita amabilidad que la rodea, la insistente atención que se le presta en todas partes, en la sociedad y en la calle. El refinamiento es sorprendente, pero algunas veces tan sensiblero que para un alma honesta resulta insoportable. La obvia farsa lo deja seco. Pero Ma Biche es una gran pícara… y eso es lo que ella quiere… siempre consigue lo que quiere y siempre preferirá los medios tortuosos a los francos y honestos: los resultados, piensa, son más seguros y la divierten más. Y para Ma Biche la intriga y la diversión lo es todo; de eso se trata. Y luego, mire el modo en que se viste, la forma en que camina por la calle. Ma Biche es afectada, nada natural, pero eso es justamente lo que cautiva a la gente, especialmente a aquella displicente o depravada que ha perdido el gusto por la frescura y la belleza natural. Ma Biche tiene una personalidad subdesarrollada; tiene el cerebro y corazón de un pájaro, pero, por otro lado, es perversa, tiene el secreto de innumerables trucos e instrumentos que te subyugan y hacen que la sigas como una picante novedad. Pero de hecho rara vez es bella. Hay incluso algo malvado en su rostro. Pero no importa, su cara es fluida y alegre y posee en un alto grado el secreto de falsificar el carácter y los sentimientos. Quizá lo que te gusta de ella no es que ella logre el carácter mediante la falsificación, sino que te fascina el proceso de alcanzarlo mediante la falsificación, su arte te fascina.

Al parisino en su mayor parte no le preocupa si es verdadero amor o una buena falsificación. Él tal vez prefiere la falsificación. Una especie de visión oriental de la mujer está ganando aceptación en París. La camelia está cada vez más de moda. ‘Toma el dinero y engáñame lo mejor que puedas: dame una imitación del amor, en otras palabras’: eso es lo que se requiere de una camelia. Muy poco más es requerido de una mujer, por lo menos eso es todo lo que se le pide y hay por lo tanto una tácita indulgencia para Gustave. Además el burgués sabe que en su vejez su Biche participará completamente de su interés y con mucho celo lo ayudará a amasar su fortuna. Incluso de joven lo ayudará mucho. En ocasiones ella lleva el negocio, atraerá a los clientes y será de hecho su mano derecha, su principal empleado. Y bajo esas circunstancias, él le perdonará su Gustave.

En las calles la mujer goza de inviolabilidad. Nadie la ofenderá y siempre se le dará el derecho de paso. Mientras que en Rusia cualquier mujer que no sea muy vieja no puede dar un paso en la calle sin que alguien –un soldado o un libertino– se asome bajo su sombrero e intente presentarse.

Sin embargo, a pesar de la posibilidad de Gustave, la forma ordinaria, ritual, de relación entre Bribri y su Biche es encantadora y a menudo ingenua. En general casi todos los extranjeros son incomparablemente más ingenuos que los rusos. Eso me impactó de inmediato. Es difícil explicarlo con precisión: es algo que uno mismo debe notar. Le russe est sceptique et moqueur, dice el francés de nosotros, y es cierto. Nosotros somos grandes cínicos y apreciamos menos nuestro patrimonio nacional, no nos gusta incluso, como sea, no tenemos ningún respeto por él ni lo entendemos; nos entrometemos en los asuntos europeos y tomamos a la humanidad entera como nuestro campo sin que pertenezcamos a ninguna nación, y, por lo tanto, adoptamos una actitud más fría, ante todo, como si desempeñáramos un deber, y, ciertamente, somos más desapegados.

Pero estoy divagando. Bribri es muy ingenuo algunas veces. Cuando camina alrededor de las fuentes, por ejemplo, puede comenzar a explicarle a su Biche la razón por la cual sube el chorro, le explica las leyes de la naturaleza, hace desfilar frente a ella su orgullo por la belleza del Bois de Bolougne, las aguas iluminadas, el juego de las grandes eaux en Versailles, los triunfos del Emperador Napoleón y la gloire militaire; se deleita con la curiosidad y placer de ella y él se siente muy complacido.

La más pícara Biche es lealmente tierna con su esposo, y su ternura es real y no fingida, a pesar de los cuernos de su marido. No pretendo, por supuesto, ser capaz de quitar el techo de las casas, como el diablo de Le Sage. Digo las cosas que me impresionaron, las cosas que observé. Ma Biche le puede decir a usted: ‘Mon mari n’a pas encore vu la mer,’ y su voz revela un sincera e ingenua simpatía por él. Quiere decir que su marido no ha estado en Brest o Boulogne o algún lado para ver el mar.

Debe usted saber que el burgués tiene serías necesidades que se convierten en un hábito burgués en general. Por ejemplo, aparte de su necesidad de hacer dinero y su necesidad de elocuencia, el burgués tiene otras dos necesidades, dos necesidades más legítimas, santificadas por la costumbre y que él adopta con extrema seriedad, con una casi patética actitud.

La primera es ver el mar: voir la mer. El parisino algunas veces vive y trabaja en París toda su vida y no ve el mar. ¿Por qué habría de verlo? Tiene, sin saberlo, un fuerte, apasionado deseo por él, pospone el viaje año tras año porque sus negocios no lo dejan, se lamenta, y su esposa comparte sinceramente su pena. Hay, por lo general, una buena dosis de sentimentalismo en esto, y tengo gran respeto por él. Al final logra encontrar tiempo y dinero, y parte a ver el mar por algunos días. A su regreso cuenta sus impresiones en extasiado y florido estilo a su esposa, sus parientes y sus amigos, y durante toda su vida atesora el recuerdo de haber visto el mar.

Otra necesidad, fuerte y legítima, del burgués es se rouler dans l´herbe. El hecho es que tan pronto el burgués deja la ciudad le gusta, e incluso lo considera un deber, echarse sobre la hierba un rato; lo hace con dignidad y la sensación de que así comulga con la nature, y le complace en particular que alguien lo vea. En general, el parisino fuera de la ciudad considera su deber mostrarse versátil, relajado, incluso atrevido para parecer natural y cercano a la naturaleza. Por lo demás, el parisino se permite tener esas dos necesidades –voir la mer y se rouler dans l’herbe–cuando ha adquirido cierta riqueza, es decir sólo cuando ha ganado el respeto para sí mismo, se siente orgulloso y se considera a sí mismo un ser humano. Se rouler dans l’herbe puede ser diez, veinte veces más dulce cuando tiene lugar en su propia tierra, comprada con su propio trabajo. Hablando en general, al retirarse, el burgués gusta de comprar un pedazo de tierra en alguna parte, adquirir una casa, un jardín, su propia cerca, sus pollos, su vaca. Ni importa si es a una escala microscópica, el burgués es pueril, conmovedoramente deleitado: ‘mon arbre, mon mur,’ se repite a sí mismo y a todos sus invitados y nunca deja de repetírselo toda la vida. Es cuando se vuelve más dulce que nunca se rouler dans l’herbe. Para cumplir ese deber siempre tiene un jardín frente a su casa. Alguien me habló una vez de un burgués que no podía logar que el pasto creciera en el lugar asignado como jardín. Intentó hacerlo crecer, lo regaba, puso pasto comprado en otro lado, pero el suelo era arenoso y no tuvo éxito, nada pegó. La suerte quiso que tuviera ese tipo de suelo frente a su casa. Luego, parece, compró pasto artificial; fue a París por él, regresó con un rollo de cerca de dos metros de diámetro, y lo extendía por las tardes para satisfacer su legítima necesidad de tirarse en el pasto aun a costa de auto engañarse. A la primera descarga de placer por la adquisición de una propiedad el burgués es capaz de hacer eso, de modo que no resulta improbable.

Pero déjenme decir un par de palabras sobre Gustave. Gustave es, por supuesto, similar al burgués, esto es, es empleado, comerciante, funcionario, homme de lettres, oficial. Gustave es el mismo Bribri sólo que no casado. Pero eso no importa, lo que importa es lo que Gustave pretende ser, lo que enmascara con su apariencia actual y su disfraz. El Gustave ideal cambia con el tiempo y siempre es representado en el teatro con el aspecto que le es familiar a la sociedad. El francés es particularmente adepto al teatro de variedades, pero aún más aficionado al melodrama. El modesto teatro de variedades es la única forma de arte que es imposible trasplantar a otro suelo; sólo puede vivir en el lugar de su nacimiento, París. Al burgués le fascina, pero no lo satisface completamente. No puede dejar de considerarlo pura trivialidad. A él le gusta lo sublime, quiere lo más elevado, el sentimiento; y el melodrama lo contiene. El parisino no puede vivir sin melodrama. El melodrama no morirá mientras el burgués viva.

Es interesante señalar que el teatro de variedad está cambiando también. Es todavía alegre y muy divertido como siempre lo ha sido, pero actualmente un nuevo elemento se está colando en él: el sermón moral. Al burgués le gusta sermonearse a sí mismo y a su Biche, y considera su deber hacerlo en todo momento.

Además, el burgués gobierna ahora autocráticamente, él es la fuerza; y los pequeños pergeñadores que escriben variedades y melodrama son siempre lacayos sin poder. Por ello el burgués siempre triunfa ahora, incluso cuando se pone en ridículo, al final siempre se le dice que todo está bien. Presumiblemente, esta información conforta al burgués. El pusilánime que no está seguro de su éxito en cualquier cosa que emprende, siente una aguda necesidad de autoengañarse, de darse valor y consuelo. Incluso comienza a creer en los augurios felices. Eso es precisamente lo que pasa aquí. Pero el melodrama presenta excelsos personajes y excelsos modelos; carece de humor; en su lugar se tiene el triunfo conmovedor de todo lo que Bribi ama y admira. Lo que más quiere es la paz pública y el derecho a ahorrar dinero para tener una casa segura. Ese el espíritu en el que los melodramas están escritos ahora. Y ese es el espíritu en el que Gustave es presentado. Gustave es la medida de lo que el burgués considera el ideal de la inefable altura de miras.

Anteriormente, hace mucho tiempo, se suponía que Gustave era una especie de poeta, artista, un no reconocido y oprimido genio que sufría persecución e injusticias. Libraba una lucha encomiable y todo terminaba cuando la Vicecomtesse, quien estaba secretamente enamorada de él, y a quien trataba con despectiva indiferencia, lo unía con su pupila Cécile, quien nunca había tenido dinero antes, pero quien de pronto descubría que tenía una inmensa cantidad de dinero. Como regla, Gustave se rebelaba y desdeñaba su dinero. Pero entonces su obra era coronada por el éxito en una exhibición. Tres divertidos lores ingleses inmediatamente llegaban a su piso y cada uno le ofrecía cien mil francos por su próximo cuadro. Gustave se reía de ellos y declaraba con amargura que los hombres eran bribones indignos de su pincel, y que él no ofrecía arte superior, arte sagrado, a la profanación de los pigmeos que no habían notado hasta ahora lo grande que era él. Pero la vizcondesa irrumpía y declaraba que Cécile estaba muriendo de amor por él y por lo tanto él debía pintar los cuadros. En ese punto Gustave caía en la cuenta de que la vicecondesa, su antigua enemiga, cuyas maquinaciones habían impedido que alguna de sus obras fuera aceptada en las exposiciones, lo amaba en secreto; y se vengaba de él simplemente por celos. Naturalmente, Gustave de inmediato tomaba el dinero de los tres lores, después de recetarles otra vez un discurso, lo que les proporcionaba gran placer, corría a ver a Cécile, aceptaba su dinero y perdonaba a la vicecondesa, quien partía para su casa de campo; él se casaba debidamente, se acostumbraba a los niños, al chaleco de franela, al Bonnet de coton y por las noches paseaba con su Biche alrededor de las encantadoras fuentes, cuyos tranquilos chapoteos le recordaban, por supuesto la permanencia, estabilidad y serenidad de su terrenal felicidad.

Algunas veces sucede que Gustave no es un empleado, sino algún oprimido y pisoteado huérfano quien en el fondo de su corazón alberga nobles sentimientos. De pronto descubre que no es un huérfano, sino el hijo legítimo de Rothschild. Recibe millones. Pero orgullosa y despectivamente Gustave rechaza esos millones. ¿Por qué? Porque la elocuencia lo exige. En este punto estalla Madame Beaupré, quien lo ama, pero está casada con un banquero de quien él es un empleado. Declara que Cécile está a punto de morir de amor por él y que debe ir a salvarla. Gustave adivina que madame Beaupré lo ama, toma los millones y después de insultar a todos con un lenguaje de lo más soez porque la humanidad no tiene el gusto de él por la inefable altura de miras, va con Cécile y se une a ella. La esposa del banquero parte para su casa de campo. Beaupré resulta triunfador porque su mujer, después de haber estado al borde de la perdición, se mantuvo pura e inmaculada, y Gustave se dispone a tener niños y pasea por las noches alrededor de las encantadoras fuentes cuyos tranquilos chapoteos le recordaban etc. etc.

Actualmente la inefable altura de miras es representada con mayor frecuencia por un oficial del ejército o un zapador o alguien la mayoría de las veces en uniforme militar con el galón de la Legión de Honor ‘adquirido a costa de su sangre’. Ese galón, por cierto, es horrible. El portador de él se vuelve tan engreído que difícilmente se puede uno reunir con él, o sentarse en el mismo carruaje, o cerca de él en el teatro o verlo en un restaurante. Casi te escupe, se pavonea frente a ti descaradamente, bufa tanto que resopla y se atraganta que acabas por sentir náuseas, tienes un cólico bilioso y se ven obligados a llamar a un médico. Pero a los franceses les gusta.

Es notable también el hecho de que en el escenario se le presta ahora mucha atención a Monsieur Beaupré, mucho más, cuando menos, que antes. Beaupré ha hecho, por supuesto, mucho dinero y adquirido infinidad de cosas. Es simple y directo y un poco ridículo por sus hábitos burgueses y el hecho de ser un esposo, pero es amable, honesto, magnánimo y de inefable altura de miras en el acto en el que más debe sufrir por la sospecha de que su Biche le es infiel. Pero a pesar de todo él, magnánimamente, decide perdonarla. Ella resulta ser, por supuesto, pura como una paloma: todo fue una broma de su parte, y aunque fue atraída por Gustave, para Bribri, con su gran magnanimidad, es más preciosa que para nadie más. Cécile, como siempre, no tiene dinero, pero sólo en el primer acto; después resulta que tiene un millón. Gustave es orgulloso y despectivamente virtuoso como siempre, sólo que se pavonea más porque es un oficial. Las cosas que le son más entrañables en el mundo son su cruz, adquirida a costa de su sangre, y ‘l’épée de mon père.’ De la espada de su padre habla en todas partes, constante e irrelevantemente; ni siquiera se entiende el porqué; jura y escupe, pero todos lo tratan con respecto, mientras el público llora y aplaude (llora literalmente). Él, por supuesto, no tiene un centavo: esto es sine qua non. Madame Beaupré está enamorada de él, por supuesto; lo mismo Cécile, pero él no intuye nada. Su amor hace que Cécile gema y gruña durante los cinco actos.

Al final comienza a nevar, o algo así. Cécile quiere tirarse por la ventana. Pero dos disparos se oyen bajo la ventana y todos se congregan; Gustave entra lentamente y con su mano vendada. El galón obtenido a costa de su sangre resplandece en su abrigo. El maldiciente seductor de Cécile ha sido castigado. Gustave olvida que Cécile lo ama y todo por las artimañas de Madame Beaupré. Pero Madame Beaupré está pálida y asustada, y Gustave adivina su amor por él. Sin embargo, se oye otro disparo. Es Beaupré suicidándose por desesperación. Madame Beaupré lanza un grito y corre hacia la puerta, pero en ese momento entra Beaupré con un zorro o algo que acaba de matar. Ma Biche ha recibido su lección y nunca la olvidará. Se aferra a Bribri, quien todo lo perdona.

Pero inesperadamente Cécile recibe un millón y Gustave vuelve a rebelarse. Él no quiere casarse. Gustave hace un escándalo, Gustave usa malas palabras. Es esencial que Gustave diga palabrotas y desprecie un millón, de otra forma el burgués jamás lo perdonaría; no habría la suficiente altitud de miras. Por favor, no piense que el burgués es inconsistente consigo mismo. No se preocupe: el millón no evitará a la feliz pareja, es inevitable, y al final aparecerá como una recompensa a la virtud. El burgués nunca será infiel a sí mismo. Al final Gustave tomará el millón y a Cécile, y luego vendrá la inevitable fuente, el gorro de algodón, el chapoteo del agua, etc. etc. De esa forma hay mucho sentimiento e inefable altitud de miras para el adinerado, el triunfante Beaupré, aplastando a todos con su familiar virtud, y, sobre todo, el millón que aparece como Némesis, como ley de la naturaleza, al cual todo el honor, la gloria y la adoración, etc. etc.

Bribri y su Biche salen del teatro completamente satisfechos, tranquilos y reconfortados. Gustave los acompaña y furtivamente besa la mano de la Biche del otro hombre mientras la ayuda a subir al carruaje de alquiler. Todo como debe ser.