La cibernética ¿mexicana por nacimiento?

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Para: Adolfo Castañón, Elsa Puente y Gabriel Zaid
In Memoriam: José Luis Martínez

 

Alfonso Reyes, Arturo Rosenblueth, Manuel Sandoval Vallarta, Norbert Wiener y El Colegio Nacional en la conversación de las ciencias y las humanidades.

 

Si acaso no hay discusión acerca de la contribución sustantiva en la creación de la cibernética por parte de Norbert Wiener y Arturo Rosenblueth, permítanme lectora o lector, iniciar la gozosa discusión acerca del lugar de nacimiento de esta novedosa ciencia, que se ha vuelto un prefijo obligado en los más diversos sentidos: ciber-cultura, ciber-café, ciber-sexo, ciber-delito. Me temo que en el habla común se ha perdido de vista el sustantivo a costa de usarlo reiteradamente como prefijo y mero adjetivo ambiguo.

El libro Cibernética de Wiener está con justa razón dedicado a un mexicano; el doctor Arturo Rosenblueth, de quien expresa en dicha dedicatoria ser sucompañero en la ciencia por muchos años”. A Norbert Wiener y Arturo Rosenblueth los unía una larga y colaborativa amistad. Misma que fue madurando a lo largo de la década de los años cuarenta. Wiener y Rosenblueth se conocieron en un seminario sobre el método científico convocado por el Dr. Rosenblueth en la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard. En dicho seminario participaba Wiener, junto con otros miembros como él de la comunidad académica del vecino Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Entre aquellos participantes destacaba otro mexicano del MIT, el físico Manuel Sandoval Vallarta, colaborador en la formulación de la teoría de la radiación cósmica con Georges Lemaître. Curiosamente fue Sandoval Vallarta quien invitó originalmente a Norbert Wiener a participar en el seminario de Rosenblueth en Harvard. Esto es, Wiener y Rosenblueth se conocieron gracias a la invitación del mexicano Sandoval Vallarta.

El joven doctor Sandoval Vallarta ganó la beca Guggenheim en 1927, lo que le permitió hacer una estancia en la Universidad de Berlín, donde fue alumno de Einstein, Max Planck y Erwin Schrödinger. En 1943 Sandoval ya era profesor de física, en el MIT había estudiado ingeniería y obtuvo su doctorado en Física en 1924.

En 1944, Arturo Rosenblueth recibió una invitación para regresar a México. El Dr. Ignacio Chávez pensó en él al crearse, por su visión e iniciativa, el Instituto Nacional de Cardiología (INC). La invitación consistía en hacerse cargo del Departamento de Fisiología, en la naciente institución. Se inicia de esta manera una nueva etapa en el trabajo de los dos científicos, al convencer a sus respectivas instituciones (INC-MIT) de patrocinar durante un lustro la continuación de sus trabajos de investigación, mediante estancias alternadas de Wiener en la ciudad de México y de Rosenblueth en Cambridge, Mass.

Su trabajo en equipo consistía en aplicar técnicas matemáticas para el estudio de los procesos neurofisiológicos y otros procesos análogos. Con su investigación encontraron la existencia de una larga serie de metáforas, sobre las que advierte Alfonso Reyes: “¡Física, guárdate de la metafísica! Y, en el caso, guárdate de la metáfora, que es, oh cibernética, tu pecado de nacimiento.”[1] Metáforas, analogías e isomorfismos, entre el sistema nervioso humano, las computadoras digitales y los diversos mecanismos de comunicación y control en los más diversos dispositivos electromecánicos o servomecanismos. Supieron ver, asimismo, que estos nuevos conceptos de comunicación y control involucraban una nueva interpretación del hombre, y del conocimiento que el hombre tiene del universo, así como de la conformación y funcionamiento de las diversas sociedades que conforman la especie humana.

En el verano de 1946, Wiener realizó un viaje a Francia para asistir a un congreso de matemáticas sobre “Análisis Armónico” en la Universidad de Nancy. Durante su paso por París conoció casualmente a un curioso editor y librero de origen huichol y de apellido Freymann, dueño de la empresa editorial Hermann et Cie. El mexicano huichol nayarita Freymann tenía una pequeña y misteriosa librería frente a la Sorbona. Este editor fue, en palabras de Wiener, “uno de los hombres más interesantes que jamás haya conocido”. Era de ascendencia paterna judío alemán y por la materna huichol. Freymann fue un singular mexicano que había llegado por primera vez a París como agregado cultural en la embajada de México. Fue precisamente este singular personaje radicado en París, quien convenció a Wiener de escribir sus ideas y publicarlas, precisamente bajo el sello editorial de la empresa fundada por su suegro y continuada por él y su  esposa en París.

Al regresar de Francia, con la promesa y compromiso de escribir lo que sería su obra maestra: Cibernética, de la comunicación y control en el animal y la máquina. Wiener pasó por unas semanas a Boston en los Estados Unidos, donde residía con su familia, a fin de preparar su próxima estancia semestral en México, que él pensaba aprovechar para por fin terminar de redactar su libro.

En esta ocasión lo acompañaron a la ciudad de México, su esposa y sus hijas Barbara y Margaret. Por esta particular situación familiar decidió rentar un departamento en un edificio recién construido en los terrenos del antiguo hipódromo de la colonia “Condesa”. En este lugar compartían un agradable roof garden con otra pareja de científicos norteamericanos, colegas en el Instituto de Cardiología. Desde ese sitio podían ver con frecuencia las nieves del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl. Fue en este lugar, “bajo los volcanes”, que Wiener terminó de redactar el libro que le había prometido a Freymann y que con el paso del tiempo llegaría a significar para su autor, un anhelo de tantos escritores, la cancelación de sus deudas y penurias. El libro no se convirtió al principio en un gran éxito de ventas pues su lectura estaba dirigida a un público en realidad muy reducido, dado lo técnico e intrincado de los argumentos presentados. Sin embargo, ese libro, como escribió Reyes de una forma premonitoria, revela que la Cibernética “parece inaugurar un nuevo pensamiento científico”. Y es sin duda en la actualidad uno de los referentes obligados de la cultura contemporánea.

Para reunir y aumentar esta serie de enigmáticas “coincidencias exactas” entre México y la gestación de la cibernética, cabe señalar que la introducción a la primera edición de este libro fue signada por Norbert Wiener en el Instituto Nacional de Cardiología de la ciudad de México en noviembre de 1947.

En el segundo volumen de su autobiografía Soy un matemático, Wiener declara su aprecio por nuestra tierra y su gente al declarar con emoción que: “jamás podré ver a México como un país verdaderamente extranjero.”[2] La cibernética es entonces, mexicana por nacimiento, que es precisamente lo que queremos demostrar.

Alfonso Reyes reconoce la gran inteligencia y aportaciones del matemático norteamericano. También menciona la simpatía que tiene Norbert Wiener por la gente, la historia y la cultura de México con estas palabras:

 

“Se ha dicho de él que es un petrel de las tempestades matemáticas y que sabe hablar inteligentemente sobre cualquier asunto, caso raro entre los hombres de ciencia […] El doctor Wiener es casi vecino de México, pasa entre nosotros buena parte del año, trabaja al lado de nuestros sabios, como Manuel Sandoval Vallarta, y ha dedicado su obra a Arturo Rosenblueth, su compañero de jornadas científicas.”[3]

 

Norbert Wiener es mencionado por Alfonso Reyes en cinco ocasiones en tres obras distintas en los siguientes: artículos (en redondas), libros (en cursiva), tomos (en romano) y número de página (en arábigos): Del juego a la economía (Margínala segunda serie, XXII, 232); El hombre y sus inventos (Margínala segunda serie, XXII, 242, 244); De la educación y la cultura (Rumbo a Goethe, XXVI, 222, 223); También don José Luis Martínez cita a Wiener en la sección titulada: “Las ciencias” en la Introducción al tomo XXII, p.11, de las Obras completas.

 

El primo “Manuelito” y la conversación de las ciencias 

Es menester mencionar, entre las muchas amistades de don Alfonso, a Manuel Sandoval Vallarta, el destacado científico jalisciense, que más que un amigo fue para Alfonso Reyes una presencia familiar cercana, y digo familiar, porque descubrieron que eran primos segundos. Se reunían tanto en la ciudad de México como, algunos fines de semana, en Cuernavaca, de manera particular durante la década de los años cincuenta. La última década de vida de don Alfonso.

Prueba de ello es que Manuel Sandoval Vallarta es el nombre que aparece con mayor frecuencia en el índice onomástico del tomo VII de su Diario (1951-1959), con 353 referencias indexadas, Sandoval tiene más citas en el Diario, que su esposa, hijo, nietos, hermanos o sobrinos juntos.

La amistad se inicia probablemente a partir del 15 de mayo de 1943, cuando ambos, Reyes y Sandoval, son designados y participan como miembros en la ceremonia de fundación de El Colegio Nacional. Curiosamente, por el orden alfabético en que se acomodan los asientos en las reuniones del Consejo, les tocó sentarse cerca cada mes los siguientes quince años, de febrero a noviembre. En medio de los dos le tocaba sentarse a Diego Rivera, que no siempre asistía a las reuniones.

Manuel Sandoval Vallarta se doctoró en Física el año de 1924 en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Luego continuó sus estudios en Alemania (1927-1929). “Sandoval tuvo el raro privilegio de conocer a los artífices de las teorías cuántica y relativista y de aprenderlas directamente de ellos. En Berlín y luego en Leipzig, cursó relatividad con Einstein, teoría electromagnética con Max Planck y tomó cursos con Schöroedinger, Von Laue y Heisenberg, entre otros.”[4]

El físico Sandoval Vallarta fue un importante colaborador para postular junto con su maestro Georges Lemaître (1894-1966) la Teoría de la radiación cósmica derivada de sus investigaciones en el MIT. Monseñor Lemaître fue quien formuló también el revolucionario concepto del Big Bang y la expansión del universo, postulados que fueron verificados tiempo después por Edwin Hubble (1889-1953) mediante observaciones astronómicas.

Manuel Sandoval Vallarta era diez años menor que Alfonso Reyes y desde el principio se estableció una suerte de discipulado, primero fue de parte del más joven hacia el más viejo, aunque con el paso del tiempo, dado el interés de don Alfonso en entender y criticar los adelantos científicos, así como los riesgos que conlleva su uso político militar, también funcionó en el sentido inverso.

Fruto de ese interés y quizá también de las charlas con su primo “Manuelito” son los siguientes botones de la breve muestra de textos, de entre todos los que fueron incluidos por don José Luis Martínez en el tomo XXII de las Obras completas. Señalo el título, año y página: La radio naciente (1948, 42); El petit lever del biólogo (1948, 32); En torno a la notación matemática (1950, 99); Cosas del tiempo (1950, 125); Alberto Magno (s/f, 180); Del juego a la economía (1952,  232); Se anuncia un nuevo reinado (1952, 237); El hombre y sus inventos (1952, 241); Sistema métrico universal (1952, 252); Lo que el tiempo encoge (1955, 521); Einstein (1955, 555); A vueltas con el infinito (1955, 609); Divagación de la rueda (1955, 616); La pólvora en infiernitos (1956, 618); La teoría de la información (1956, 623); Más sobre la Teoría de la Información, (1956, 625); Lope y Pavlov (1956, 633); La divulgación de Newton (1956, 640); Satélites hechizos (1957, 752); Las dimensiones del espacio (1958, 759); Olfato y gusto (1959, 823); Martí a la luz de la nueva Física (1958, 854).

La identificación de estos artículos y de otros muchos en diversos tomos la fui realizando, al principio un poco al azar, como una especie de curiosidad lectora surgida por una antigua conversación sostenida en diferentes momentos con el ingeniero Gabriel Zaid, durante la etapa más importante de mi formación personal, en el inolvidable par de décadas, que tuve el grato privilegio de trabajar bajo su dirección para El Colegio Nacional y la Academia Mexicana de la Lengua. Después fui encontrando nuevos textos por las charlas esporádicas en los diversos viajes de ida y vuelta a Cuernavaca donde obtuve la vasta orientación de don José Luis Martínez primero, y después en posteriores conversaciones, en diversos lugares, de Adolfo Castañón y Javier Garciadiego Esta curiosidad inicial ha tenido como resultado más de noventa textos que han sido seleccionados a la fecha: ensayos, artículos, reseñas y poemas que bien podrían conformar la “Visión” de Alfonso Reyes de las ciencias exactas, naturales, sociales y humanas. Esto es, sus ideas de la ciencia y del saber hacer científico.

En algunas ocasiones Alfonso Reyes gustaba de bromear diciendo, sin comprometer a su interlocutor, ni comprometerse con ninguno de sus paisanos de uno y otro lado, que él era, sin lugar a duda, el jalisciense más ilustre nacido en el próspero Monterrey.

Durante la década de los años cincuenta, Alfonso Reyes y Manuel Sandoval Vallarta se reunían a merendar y conversar de ciencias y humanidades, pues no hay forma de ser científico sin ser humanista, ni se puede ser humanista siendo ajeno a los avances de la ciencia, los desarrollos tecnológicos y sus consecuencias sociales. Con frecuencia se reunían a merendar los lunes por la tarde noche en la Capilla, o durante diversos fines de semana en su muy querida Cuernavaca.

Sus reuniones giraban alrededor de los asuntos administrativos y gestiones pendientes en El Colegio Nacional, pero terminado el deber institucional, gustaban de conversar largamente hasta altas horas de la noche sobre novedades técnicas y científicas. Hablaban sobre el papel de la ciencia ante el poder creciente de los políticos y los militares y, sobre todo, les preocupaba de sobre manera dilucidar la responsabilidad moral del científico ante el uso político militar de la ciencia y la tecnología que se había revelado durante la Segunda Guerra Mundial.[5]

El lunes 16 de enero de 1950, Reyes anota en su Diario: “Magnífica conferencia de Wiener en El Colegio Nacional sobre el tiempo de Newton y el tiempo de Bergson.”[6] Norbert Wiener (1894-1964), el matemático estadounidense creador de la Cibernética, dictó un par de conferencias en México el 16 y 18 de enero de 1950, por invitación de Manuel Sandoval Vallarta y Arturo Rosenblueth, ambos miembros de El Colegio Nacional. El doctor Rosenblueth, fue postulado para su ingreso a la institución por Alfonso Reyes, Manuel Sandoval y el médico Ignacio González Guzmán.

En las frecuentes conversaciones que sostuvieron Reyes y Sandoval en El Colegio Nacional, la Capilla Alfonsina y en los muchos viajes que realizaron juntos a Cuernavaca para pasar el fin de semana, los primos Alfonso Reyes Ochoa y Manuel Sandoval Vallarta se fueron convirtiendo mutuamente en un par de amigos íntimos, ocupados como probos humanistas, en pensar y formular los caminos de la paz para la humanidad.

Alfonso y Manuel vivieron los antecedentes, los hechos y las consecuencias devastadoras de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Reyes en el servicio exterior mexicano, primero, y después, como presidente fundador en El Colegio de México. Sandoval Vallarta lo hizo desde la docencia y la investigación en el MIT, aunque también fue testigo del horror bélico, dada su cercanía con Vannebar Bush, quien en 1941 fue nombrado, por el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, como el primer director de la Office of Scientific Research and Development. Siendo desde esta posición director en jefe del Proyecto Manhattan. Esto es, el encargado de seleccionar, reclutar y concentrar en Nuevo México, con el mayor sigilo posible, a una comunidad de miles de científicos y técnicos altamente calificados para cumplir con el diseño y construcción de la primera bomba atómica.
Bush actuó como una figura clave en el surgimiento del trípode que vincula el poder político y el poder militar, con el poder científico y el desarrollo tecnológico derivado de la investigación especializada en el desarrollo de armas de exterminio masivo para la industria de la muerte. El complejo militar industrial es el núcleo duro del capitalismo global ecocida, que articula bajo el poder económico, al poder político, el poder militar y el poder científico. El complejo económico político militar industrial o la “megamáquina” vislumbrada por Lewis Mumford.
Ante esta nueva dimensión del poder del capital, sobre el poder político y este a su vez sobre el complejo militar industrial, nuestros sabios polímatas reflexionaban en la responsabilidad moral de los científicos y los intelectuales ante estas nuevas e inéditas dimensiones del poder científico. Ya no sólo para contribuir al bienestar de la humanidad, sino también en sentido contrario, para advertir del riesgo de su propio auto exterminio. Estos dos sabios mexicanos sabían muy bien que la mejor manera de ser provechosamente nacionales era siendo generosa y apasionadamente universales, como lo fueron a lo largo de sus fecundas vidas.

 

[1] Reyes, Alfonso “El hombre y sus inventos” (1952, XXII, 241).

[2] N. Wiener. Soy un matemático. Conacyt. México. 1982 p. 304

[3] Reyes, Alfonso, “Los inventos del hombre” en: Obras completas XXII, FCE, México, 1989, p. 242

[4] Azuela, Luz Fernanda, Manuel Sandoval Vallarta y la responsabilidad del hombre de ciencia,

https://www.ensayistas.org/critica/generales/C-H/mexico/sandoval.htm Consultado el 3 de mayo de 2021.

[5] Azuela, Luz Fernanda, Ibid

[6] Reyes, Diario VI, p. 334