Viendo la masa crecer

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A casi sesenta años de su publicación en alemán (Claassen Verlag, Hamburgo 1960), Masa y poder, la obra más importante de Elias Canetti, tiene el raro privilegio de ser una lectura reveladora no sólo acerca del pasado, sino también de la actualidad más candente, y de ofrecer a la vez la amarga y palpable prueba del fracaso de todo intento intelectual por erigirse en referencia histórica de progreso cuando emprende el estudio de los comportamientos de los hombres (y de las mujeres) o de los vaivenes de los grandes organismos sociales con el propósito de evitar que se repitan las grandes tragedias de la Humanidad.

Las catástrofes políticas del siglo XX se convirtieron para Canetti no sólo en un tema de investigación, sino casi en una obsesión tan personal como su ingenua lucha intelectual contra la muerte. Concebida no sólo como un diagnóstico de las patologías de masas, sino también como posible método terapéutico, Masa y poder parece, a la vista de los últimos y nuevos acontecimientos y de los movimientos masivos que empiezan a gestarse en todo el mundo, el manual de cabecera de los oscuros poderes responsables de aquellos experimentos de ingeniería social que, en fecha todavía reciente, acabaron en catástrofe.

La metodología seguida por Canetti es—o debería ser—conocida: el autor, un profundo estudioso de los mitos, recurre a todo su saber sobre rituales (bélicos, danzarios, religiosos, los que tienen como fin inmediato el consumo o la diversión) con tal de adentrarse de manera algo más sistemática en los orígenes de todo engrudo social en sus respectivos contextos. El miedo ancestral del individuo—en tanto individuo—al contacto con lo extraño, se revierte en una fusión con el grupo que, si bien por una parte le ofrece protección, también exime, por la otra, de todo sentido de la responsabilidad personal. A estas alturas, ya todos sabemos que, tras el jolgorio, resulta imposible pedir cuentas individuales por la mugre que queda dispersa sobre el ágora. Dice Canetti al inicio de Masa y poder:

 

Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. […] Todas las distancias que el hombre ha creado a su alrededor han surgido de ese temor a ser tocado. […] Esta aversión al contacto no nos abandona tampoco cuando nos mezclamos entre la gente. […] Sólo inmerso en la masa puede el hombre redimirse de este temor al contacto. Se trata de la única situación en la que este temor se convierte en su contrario. [1]

 

La aversión se torna ansia de fusión; el miedo se vuelve, en su momento extremo, agresividad, y en sus ratos de menores cotas de histeria, deviene enjanación, placentera sugestión colectiva. La terrible conclusión de una lectura atenta de Masa y poder, en contraste o diálogo con algunos notables ensayos del presente, es que los hombres apenas han sabido sacar auténtico provecho de los periodos de libertad individual y que éstos, como en un perverso círculo vicioso, parecen constituir sólo el tiempo de cocción de una catarsis abocada a la histeria generalizada de una masa que da vivas a la imposición de nuevas cadenas.

En un reciente ensayo, el profesor e historiador alemán Volker Reinhardt detectaba una serie de síntomas que apuntan a un retroceso de los comportamientos sociales, un retroceso que bien podría servir de transparente a una nueva lectura de la gran obra de Canetti. Son siete los síntomas expuestos por Reinhardt: 1) el descrédito de la ciencia; 2) el retorno de los oráculos; 3) la naturalidad de lo sobrenatural; 4) el regreso de la picota pública; 5) el placer de la autohumillación en el ágora; 6) el poder de lo ritualizado y 7) la fe en el núcleo de la familia y en los colectivos garantes de una identidad.[2]

En todos esos casos interviene la masa, y en todos se pone de manifiesto un aprovechamiento malsano por parte de ciertas instancias de los poderes fácticos (gobiernos, partidos, asociaciones, iglesias, academias, aparatos legislativos y prensa) en aras de una desintegración—deliberada o no—de las normas de convivencia que costaron siglos y sangre para afianzarse.

De nada le ha servido a la genética, por ejemplo, haber demostrado con datos precisos que no existe una abstracción tan perversa como la de la «pureza racial»: por todas partes vemos incrementarse la popularidad de movimientos de masas que defienden el ideario de una supuesta supremacía e intentan protegerse de una «catastrófica» Umvolkung (etnomorfosis o re-etnización: un término del nacionalsocialismo que fue usado en un doble sentido: como legitimación del exterminio de los judíos y como programa de colonización de los territorios ocupados). De nada parecen haber valido los esfuerzos por conseguir sistemas penales más humanos como los que disfrutamos hoy en Europa: la masa sugestionada, comprensiblemente decepcionada por decenios de corrupción en las prácticas y los discursos públicos—una corrupción, dicho sea de paso, de la que ella misma ha participado y de la que, en cierto modo, se ha beneficiado—, llega a reclamar, en un estado casi de éxtasis, la reintroducción de la pena de muerte, tal vez en la ingenua creencia de que con ello se daría solución a corto plazo a problemas que los propios integrantes de la masa, cuando les correspondió actuar como individuos y ciudadanos adultos, no supieron o no quisieron (por apatía o cobardía cívica) ayudar a resolver; como si ese recrudecimiento legal que invocan no fuera a volverse contra ellos mismos.

Según Reinhardt, la segunda consecuencia lógica de ese descrédito de la ciencia y del pensamiento ilustrado es el aumento de una confianza ciega en oráculos de toda clase (segundo síntoma). Dice Reinhardt:

 

El esoterismo en todas sus formas imaginables vive un frenético momento de auge: quiromantes, adivinos con bolas de cristal o astrólogos pueden apenas satisfacer la demanda que los asedia. Que la naturaleza está sujeta a leyes naturales y, en cierto modo, implacables—verdad que Galileo les cantó a los teólogos en su momento—no es algo obvio para la mayoría de la gente, pues eso la rebaja a la condición de objeto de oscuros poderes anónimos y la despoja del sitial de honor que le prometió la Biblia como cima de la Creación […] Antes, para tales dispensas estaban los santos de ambos sexos […], hoy amplían esa oferta chamanes de toda calaña, bawalawos y sacerdotes del vudú, brujas autocoronadas como tal.

 

«La muta [la jauría] consiste en un grupo de hombres excitados que nada desean con mayor vehemencia que ser más», dice Canetti en el capítulo de su ensayo que introduce la relación de las iglesias con la masa (pág. 89). La era digital ha traído nuevos espacios de comunión que, si bien parecen en un principio dar sitio a la diversidad y canalizarla, muestran cada día más su verdadero rostro uniformado: uno de ellos es la de ser púlpito de toda suerte de nuevos predicadores con un público muy específico y moldes de comportamiento ritualizado bastante similares. Facebook es uno de esos foros públicos en los que cualquier «pontífice» puede diseñar a discresión su listado de feligreses, y si bien los discursos difieren muchas veces de forma diametral, están todos condicionados por los mismos moldes prestablecidos de bautismo, celebración, lamento, mutuo arropamiento y excomunión, con sus opciones de Me gusta, Me entristece, Me irrita o Me divierte y sus posibilidades de borrar al que no se someta al ritual o cuestione los discursos marcados por el «muro pontífice» de cada profile. En el fondo, Facebook no es más que un gran juego de mesa en el que cualquiera puede hacer uso de las peores prácticas políticas, con sus mecanismos de reclutamiento y captación de votos, y también con sus estrategias de demonización y exclusión.

Un retorno de la fe en lo sobrenatural es el tercer síntoma determinado por Volker Reinhardt. Zombies, vampiros y brujas pueblan librerías, videotecas y ludotecas; muchos discursos políticos en torno a fenómenos concretos y con causas bien palpables—fenómenos como el terrorismo, las olas migratorias, la violencia social—rayan a veces en lo sobrenatural, ofrecen explicaciones acientíficas o descaradamente falsas sobre los mismos y, sorprendentemente, calan con fuerza en las multitudes. Y con ello llegamos al cuarto síntoma: la vuelta de la picota pública y el placer con el que las masas asisten y participan de nuevas decapitaciones que ponen a temblar, cuando no derogan, todas las instancias de la ley. En su nuevo y magnífico ensayo Lenguaje de adultos. Su desaparición de la política y la cultura (Fischer Verlag, 2017) el filósofo austríaco Robert Pfaller aborda con lucidez este complejo tema. A Pfaller le interesa sobre todo la peligrosa manipulación subyacente a la imposición en el lenguaje de una political correctness que, lejos de resolver problemas concretos, va socavando el lenguaje con el que los problemas reales de la sociedad contemporánea podrían verbalizarse, en un primer paso para ser identificados y, posteriormente, resueltos. Dice Pfaller:

Como bien apunta Laura Kipnis, en este caso, una postura en cierta variante del feminismo radical enemigo de la sexualidad, tal como fue preconizado por autoras como Andrea Dworkin y Catherine McKinnon, ha pasado a ser mainstream. Según ese criterio, bajo las condiciones del patriarcado no parece haber, por principio, relaciones heterosexuales consentidas y de común acuerdo con las mujeres involucradas, ya que cualquier exhortación a unas relaciones eróticas heterosexuales constituiría un caso de acoso o incluso de violación.

Y según ese criterio, toda inculpación tendría, automáticamente, la razón. No habría ya un proceso regulado con ministerio fiscal y abogados de la defensa, con presentación de pruebas, interrogatorio de testigos e inculpados, etc.; tampoco habría medidas para mantener en pie la presunción de inocencia de los inculpados mientras dure el proceso y proteger a estos del mobbing. Las sensibles políticas de moralización del espacio público, siempre concebidas con vistas a la inclusión, se muestran en este aspecto de un modo desconsideradamente exclusivo y brutal en el trato con aquellos a los que se les reprocha haber herido determinadas sensibilidades: y lo hacen cueste lo que cueste, en cierto modo de forma sumaria, cercana a una ley marcial, convirtiendo a los inculpados en no-personas.[3]

 

El libro de Pfaller abunda en ejemplos ilustrativos concretos, como el que sigue:

 

Cada vez son más los estudiantes, muy especialmente en las universidades de élite, que se sienten acosados sexualmente, o incluso violados, ya sea por el personal docente o por otros estudiantes. Cualquier cosa que ocurra o acabe de un modo contrario a los deseos de alguien, o toda relación que pueda considerarse a posteriori como fallida o que, tras una aprobación previa, se juzgó luego como preferiblemente descartable, se ve sometido ahora a la sospecha de haber sido una violación. Una estudiante de la renombrada universidad neoyorquina Columbia, estuvo en 2013 varios días arrastrando por todo el campus, con un efecto grande en los medios, una colchoneta, todo con el propósito de conseguir que un compañero de estudios, al que ella culpaba de haberla violado en una colchoneta similar, fuera expulsado de esa universidad. Aunque el estudiante en cuestión fue absuelto de esos cargos por un gremio universitario y no se llegó a ningún proceso judicial, el joven fue expulsado del centro de estudios. Con el aplauso de Hillary Clinton y Marina Abramovic por la acción de la estudiante que lo acusaba, la existencia civil del joven quedó destruida por mucho tiempo (pág. 53).

 

En este resugir de los cadalsos públicos y de la atracción irresistible que ejercen sobre la masa juegan un papel fundamental, una vez más, los nuevos medios de comunicación y las redes sociales. Al respecto apunta Reinhardt:

 

En la actualidad, la picota pública ha reaparecido en su variante digital. Los huevos podridos que antes se lanzaban a la cabeza del pobre pecador cuando estaba en la picota, han dejado sitio a los más groseros insultos en forma digitalizada, al shitstorm como forma democratizada de satisfacer venganzas personales, un privilegio antes sólo reservado al verdugo.

 

A ello se asocia el quinto síntoma diagnosticado por Reinhardt: el placer en la autohumillación y su exigencia como expiación extralegal. Con el incremento de los linchamientos públicos reaparece también un ritual que, como nos recuerda el ensayista alemán, era muy común en la Ginebra de Calvino: los mea culpa previos a las ejecuciones. La televisión se ha llenado hasta la náusea de tales rituales (y no sólo las televisiones privadas); la sentimentalización de graves problemas sociales ha venido a sustituir a la lucha pacífica organizada y bien argumentada para abolir injusticias. Existen incluso realities como Zuhause im Glück o Der Trödeltrupp[4] en los que personas abandonadas a su suerte por el desmontaje deliberado del sistema social reciben (on air) una combinación de ayuda terapéutica y financiera que tiene lugar no ya por ser un derecho constitucional, sino por haberles tocado en suerte, con lo cual las empresas que patrocinan tales programas vienen a sustituir a la Providencia divina.

Y esto nos conduce a los dos últimos síntomas recogidos por Reinhardt en su ensayo: la creciente ritualización de masas y el resurgir de las búsquedas identitarias. La necesidad de fundirse con la masa, el punto de partida de Canetti en su magna obra, halla su más reciente manifestación en la alarmante y vertiginosa aparición de nuevos rituales y en un apremio por articular nuevos discursos identitarios en torno a una nación, una minoría, un pasado supuestamente glorioso o, incluso, una minusvalía. Por todas partes brotan, como setas envenenadas, nuevos mini-partidos, mini-asociaciones patrióticas o gremiales, mini-comités de afectados por algo. Se trata, por una parte, de respuestas espontáneas al fracaso—o a la mala intención o gestión—de la clase política; pero cada vez más sus discursos y procederes son instrumentalizados por la misma clase política que generó la desatención que les dio origen. Cada vez más frecuentemente sus representantes son invitados a la mesa donde se reparte el poder (y no precisamente un poder liberador).

Algunos de estos nuevos «comensales» creen haberse ganado la invitación al banquete por sus méritos en una lucha a la que, a decir verdad, se han sumado a última hora sin hacer demasiados sacrificios. Uno de los momentos cumbres de Masa y poder está, a mi juicio, en el subcapítulo titulado «Sobre la psicología del comer». Allí Canetti establece un paralelismo entre el tradicional ritual de la comida en familia, con amigos o a solas, y el uso que de ese ritual realiza cualquier entidad poderosa, incluido, entre otros, el poder de los padres sobre los propios hijos. (La privación de alimento, como sabemos, es uno de los castigos más terribles y habituales aplicados por cualquier poder.)

Hay, sin duda, risas de optimismo y satisfacción en estos nuevos banquetes preparatorios de la era que se avecina. Pero valdría la pena reflexionar sobre si no se trata más bien de una invitación simbólica que en absoluto pretende reparar las muchas injusticias acumuladas, sino sobornar a un aliado para la concreción de otras nuevas. En relación con esto, vale la pena citar in extenso una parábola del autor nacido en Rutschuck en 1905:

En sus orígenes, la risa contenía seguramente la alegría por un botín o un alimento que a uno le parecía asegurado. […] Tan sólo el hombre aprendió a reemplazar el proceso entero de la incorporación [de alimento] por un acto simbólico. Los movimientos que parten del diafragma y son característicos de la risa, al parecer reemplazan, resumiéndolos, una serie de movimientos peristálticos del vientre.

Entre los animales sólo la hiena emite un sonido que de veras se aproxima a nuestra risa. Se la puede provocar artificialmente presentándole a una hiena cautiva algo para que lo devore y retirándoselo súbitamente antes de que haya tenido tiempo de servirse. No es ocioso recordar el hecho de que el alimento de la hiena en libertad consiste en carroñas; uno puede imaginarse cuán a menudo mucho de lo que deseaba le es arrebatado ante sus propios ojos (pág. 220).

 

Mientras vemos la masa crecer, los representantes de esas nuevas complicidades con los poderes fácticos—complicidades derivadas del oportunismo, la ambición, la ignorancia, el candor o el humano apetito—deberían ser conscientes de que el suflé que ahora se recalienta e hincha en el horno de las sociedades contemporáneas trae una parte envenenada, y que la indigestión será para todos.

[1] Todas las citas de este texto han sido tomadas de la edición de Masa y poder publicada por Muchnik Editores, en traducción de Horst Vogel (Barcelona, 1977). Aquí: págs. 9-10.

[2] «Die Vergangenheit kehrt zurück»; en: Neue Zürcher Zeitung, martes 5 de diciembre de 2017.

[3] Pfaller, Robert, Erwachsenensprache. Über ihr Verschwinden aus Politik und Kultur, Fráncfort del Meno, Fischer Verlag, pág. 54 (la traducción es de José Aníbal Campos)

[4] El principio aplicado en Zuhause im Glück [Hogar feliz] (canal RTL) es la reparación completa, en tiempo récord, de la vivienda de una familia con determinados problemas financieros o sociales. Der Trödeltrupp [La tropa del mercadillo] (canal RTL 2) consiste en la visita a personas con acuciantes dificultades financieras a las que, indirectamente—y en la misma medida en que se las «ayuda» a ganar algo de dinero con los cacharros que tienen por casa y a los que no dan ningún uso concreto—, se las culpabiliza de su situación.