Agua

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El golpe de su cuerpo contra el agua.

Los sonidos atenuados por la vibración del líquido en sus oídos. Y ese resplandor titilante ante sus ojos: los rayos del sol refractados al atravesar un medio más denso que el aire.

Y la sensación, cómoda, de hundirse.

Ahora no hay dolor. Sólo ese adormecimiento y esa presión sobre los pulmones que, en otras circunstancias, sería angustiante.

Pero no en este momento. El disparo, certero si no hubiera sido accidental, hace que este momento sea un alivio.

De manera casi instintiva, deja que su cuerpo se pliegue sobre sí mismo: los brazos y las piernas ascienden impulsados por el movimiento en dirección contraria. Y poco a poco va entrelazándolos hasta adoptar la misma posición del momento en que todo tuvo su origen.

Allá arriba, en ese mundo que no le pertenece más, se perfilan tres siluetas, temblorosas y distorsionadas por las vibraciones del agua. Supone que un grupo de curiosos. O tal vez entre ellos esté el tirador.

No tiene ya manera de saberlo. Se da cuenta que ése será el último enigma de su existencia: quién y por qué motivo le disparó.

Ese enigma le despierta una certeza: ninguna de las personas a las que conoció a lo largo de su vida tenía motivos para matarlo. Jamás le hizo daño a nadie. No un daño auténtico, de esos que dejan cicatrices y rencores vitalicios: las pequeñas envidias laborales y vecinales no cuentan, como tampoco los golpes accidentales durante el juego, el trabajo o las tareas domésticas; ni los pisotones a sus parejas en las clases de baile.

Sólo estaba ahí, recargado en la baranda del puente mirando el río correr mientras la tarde moría. Claro, en sentido metafórico. De manera literal, él es el único que muere ahora.

Y de pronto ese golpe en el pecho, tan potente que lo hizo caer del puente. Luego, las aguas tiñéndose con su sangre. Y la sensación de que toda su vida se iba por ese pequeño agujero.

La luz cada vez más lejana. Y su cuerpo aovillado, como seguramente debió estar al inicio de toda esta historia: un pequeño bollo frágil, indefenso, flotando en un líquido tibio, como estas aguas cálidas de mitad del verano.

Sabe que eso no es un recuerdo, sino apenas una conjetura, tal vez la última. Porque a nadie le es permitido recordar el momento inaugural de la existencia.

Pero es muy probable que haya sido similar a esto: flotar, hundirse y salir del líquido.

¿Lloró entonces? Por supuesto. No hay otra manera de hacer funcionar los pulmones, de llenarlos de aire por vez primera para que la propia existencia comience.

La luz, cada vez más tenue, le permite todavía ver el hilo de su sangre que se extiende desde su pecho hacia la superficie. Como si fuera un nuevo cordón umbilical con una función contraria a la del primero: este cordón lo despoja de la fuerza necesaria para mantenerse con vida.

A final de cuentas, cualquier vida pende siempre de un hilo. Ahora lo tiene muy claro. Ahora, en medio de esta oscuridad creciente, todo parece tan claro.

La presión sobre sus pulmones es cada vez mayor. Es muy poca la luz a esta profundidad. Tal vez, sea momento de llorar, de abrir la boca y aspirar toda el agua que pueda para salir de aquí.