Caballo de hielo

707

R. miró el reloj encima del mostrador del lobby. La mañana era un contar de tiempo vacío.

La pizarra de uno de los ascensores indicaba que el aparato bajaba. R. sintió una leve excitación.

La puerta se abrió y, en lugar del señor Hartman, apareció la doctora Lash acompañada de Maggie, su poodle. Sin dar tiempo a que su dueña maniobrase hacia la salida, y a que R. y la mujer se saludasen, la perra se abalanzó sobre el portero. R. sacó una galleta del bolsillo de su chaqueta y Maggie se hizo del bizcocho de un mordisco. Maggie, al igual al resto de los perros del edificio, enloquecía al ver al trabajador. Se trataba de una inversión a mediano plazo. El gesto exponía a los dueños a su empresa e influencia. Mientras las mascotas comían, estos le contaban cosas. Además del rendimiento que suponía el sutil compromiso, en forma de aguinaldo navideño o regalías de Año Nuevo, a R. le gustaba saber de la vida de los otros.

De ellos atesoraba una pequeña enciclopedia de datos y curiosidades de uso intransferible.

Como valor añadido a la regalía del bizcocho, y sin perder de vista los ascensores, R. le aconsejó a la doctora que se anudara bien la bufanda otoñal.

Otra vez alguien bajaba. 

R. contó los pisos, la respiración en vilo, presa de la misma emoción contenida. La puerta se abrió y, en lugar del señor Hartman, apareció una recia anciana. R. saludó a la señora Libman. La mujer, como muchas de las ancianas del edificio, era viuda. Viuda y tacaña, y su disgusto por los empleados era notorio. Por eso R. era cauteloso en el trato. Sólo durante las noches la señora, desde su cubil atestado de antiguallas, se transformaba en una criatura temerosa y vulnerable. De ahí sus frecuentes excursiones al hospital asistida por paramédicos.

El nuevo portero a cargo del teléfono y las cámaras estaba en su puesto detrás de la repisa. La anciana le entregó un sobre destinado a la gerencia del inmueble. Iba a marcharse cuando le llamó la atención el magazín de la Universidad de Brodkin. La señora Libman lo hojeó y volvió a dejarlo en su lugar con una sonrisa de desdén. 

R. escuchó a su colega decirle que había estudiado una maestría en educación en Brodkin.

─¿Y qué haces aquí? ─preguntó la señora Libman.

El graduado de máster se deshizo en disculpas. Llevaba poco tiempo en el país. Tocaba sostener a la familia… R. podía adivinar cómo se sentía en ese instante. Su esfuerzo por empatizar con la viuda había fracasado sin remedio. R. se alegró. Así aprendería. No importaba que estudiaran nada en ninguna parte.

Abrió la puerta del ascensor que daba al garaje y la viuda bajó por el Mercedes. Luego R. regresó a su posición reglamentaria entre los elevadores y el mostrador. 

Al acecho.

A través del cristal de una de las puertas del lobby R. vio aparecer, en lugar del señor Hartman, a su vecino Freed. Le dio los buenos días y el residente respondió con un seco monosílabo. El hombre se dirigió hacia la repisa. 

Sin dejar de prestar atención a los ascensores, R. se acercó disimuladamente. ¿Qué necesidad apremiaba a Freed a esa hora de la mañana? 

El hombre arqueó sus cejas encanecidas y espesas que acentuaban su aspecto fúnebre. R pudo percibir en el estómago el sobrecogimiento de su colega. Un halo siniestro le seguía adonde quiera que fuese. Los Freed habían perdido a su hija hacía menos de un año. Demasiado joven e inocente tal vez. Un itinerario terrible: cáncer, quimioterapia, radiaciones, jalonó su viaje al cementerio. 

A R. no le gustaba entrar al apartamento. La habitación de la muchacha permanecía como si todavía viviese. Los libros. La laptop. Los zapatos altos delante de la cama. Un decorado espeluznante. El colofón de la escenografía era la madre sentada delante del ordenador mirando fotos de su hija la mayor parte del tiempo. 

Freed le entregó un libro al empleado. Lo había escrito su hija. Caballo de hielo, leyó R. No sabía que la difunta escribiera libros. Los residentes tenían tiempo para todo. 

El viejo indicó que su sobrino vendría a recogerlo antes del mediodía. El nuevo portero tomó nota y Freed buscó la calle por la puerta que daba al parqueo.

Otros residentes bajaron y subieron. 

R. se movía y saludaba. Daba consejos a los que salían a la calle. Su empresa de amortización lenta no descansaba. Repartía bizcochos entre los perros. Se lavaba las manos. Y justo a la hora de su receso mañanero, el señor Hartman hizo su entrada en el drama que era la vida de R. 

Hartman era un hombre en declive, delgado, de rostro alargado y marchito y cabello teñido. Su expresión de soberbia delataba a alguien que se había reprimido y disculpado poco, a un transeúnte que se aferraba a sus rituales de solitario sin ataduras. 

Hartman había regresado de un viaje a Europa con sus dos novias: la Sueca y la Pantera. Ni la una ni la otra se llamaban así. Eran los nombres con los que R. las había bautizado. La Sueca era rubia y tenía un apellido impronunciable que a R. le sonaba sueco. La Pantera era una angolana de imponente belleza. En su primera visita nocturna al edificio, antes de Hartman despacharla en un taxi, se había tendido sobre una de las mesas del lobby. La mujer, imitando a un felino, levantaba sus piernas y lanzaba provocadores zarpazos en dirección a R. Hartman reía igual de borracho o drogado. Vaya pantera, se dijo R. 

Seguro Hartman le contaría del viaje. Algo fascinante sobre las dos mujeres si estaba de humor. Sin darle los buenos días, preguntó por sus cigarrillos. 

Administrarle cigarrillos a Hartman era otra de las empresas de R. Una asociación que, más allá del alcance comercial, lo llenaba de secreto orgullo. El residente era incapaz de hacer muy pocas cosas por sí mismo. Y en términos de fumar dependía totalmente del portero. A su vez R. disfrutaba controlar el vicio de Hartman. El acto en compañía derribaba, por unos instantes, las barreras que los distanciaban. R. lo consideraba un privilegio. De los que se defienden con garras y dentelladas, aunque delante de los trabajadores admitiera la opinión de que Hartman llevaba una vida miserable.

R. le pidió que lo siguiera. Salieron al parqueo. El portero le entregó el primer cigarrillo del día luego acercó la fosforera. Las manos de Hartman temblaban. 

De pie, frente al muro que separaba la plazoleta del callejón, fumaban en silencio. El portero miraba con regocijo las copas de los árboles que superaban la pared. El otoño vibraba en el color de las hojas. Los hombres aspiraban el humo, ensimismados, entregados a la banal liturgia. 

A diferencia de otros regresos, Hartman se mantenía callado. El portero miró de reojo la ropa y los zapatos del residente. Le gustaban. En varias ocasiones le había obsequiado alguna que otra prenda que él aceptaba, sin saber si lo hacía por deshacerse de cosas viejas o por reciprocidad y simpatía. La incertidumbre solía torturarlo. Vestido con la ropa de Hartman posaba largo frente al espejo para asegurarse de que camisas y pantalones heredados le iban mejor que al dueño. Sin embargo, el uso se reducía a la exhibición privada. R. era incapaz de salir a la calle, o de presentarse en el edificio, disfrazado del residente. 

Hartman suspiró tras expeler una espesa bocanada. 

El silencio que comenzaba a ser embarazoso.  

─¿Qué tal el viaje? ─preguntó R.  

─Viajar a Europa no es lo que era antes, los aeropuertos le destrozan los nervios a cualquiera ─respondió el otro con desgano. 

El fastidio preciso para que R. comprendiera que no deseaba hablar de su viaje y mucho menos de sus chicas.

Entonces R. reparó en que Hartman tenía una venda en la parte posterior de la cabeza. Sin poder evitarlo asoció la gasa a algún episodio con la Sueca o la Pantera. O con ambas. No sería la primera vez. A Kate, la novia anterior, se le prohibió la entrada al inmueble luego de propinarle un golpe en la frente con una escultura y darse a la fuga. El hombre quedó tendido e inconsciente en medio de un charco de sangre. Hartman jamás la acusó. Después del artístico nocaut siguieron viéndose y viajando por un tiempo. De Kate sólo quedaba una cicatriz. 

A veces, antes de dormir, R. recreaba el percance que había culminado con Hartman noqueado en la alfombra. Aunque para Kate su novio también había sido una inversión, las elucubraciones de R. casi siempre se relacionaban con pasajes oscuros y violentos. Como seguro lo sería la nueva venda. Quizás a Hartman le gustaba que sus novias le pegaran en la cabeza. ¿Por qué no? “Ni viajar ni las mujeres son lo que eran”, se dijo R. que, a falta de aventuras, les guardaba, a las mujeres, un enorme e incomprensible recelo.

Una bolsa de nailon recorrió el parqueo arrastrada por el viento. ¿Qué tiempo tardaría el desecho en llegar al mar? Era el tipo de cosas que cada vez preocupaba a más y a más gente sin que nada cambiase, pensó R., mientras seguía con la vista el movimiento caótico del envoltorio a ras del suelo. 

Fue la irrupción de la basura lo que dio un giro inesperado al suceso de compartir el cigarrillo de esa mañana.

─Anoche vi un documental sobre la posibilidad de que exista un planeta con condiciones de vida semejantes a la Tierra ─dijo Hartman y se llevó el cigarrillo a los labios estriados, resecos. 

R. lo imitó. Sendas fumaradas nublaron la danza del envoltorio. 

─Cualquier día tendremos que pedir permiso a la basura para respirar ─dijo R. mostrando interés por un tema que, sabía, inquietaba a Hartman. Abordarlo de manera natural certificaba su empresa y extendía el placer de fumar en compañía de su cliente. 

¿Pero solo era su cliente? 

Hartman asintió. El humo apuntó esta vez hacia la copa de los árboles. Es lindo el otoño, pensó, y se abrió un poco el sobretodo para que entrara el aire frío de la mañana.

─Si ese planeta apareciera, el problema sería cómo trasladarnos hacia allá. Por ahora es imposible. 

¿Qué diablos sucedía? ¿De qué hablaba? ¿Serían los efectos del golpe en la cabeza? 

─Sí, señor, sería un gran problema ─dijo R. como si hablasen de un evento que sucedería la próxima semana. 

Hartman tenía el don de sugestionarlo. O quizás era el talento natural de R. para fingir empatía en las circunstancias y momentos necesarios. Por ejemplo, este en que fumaban y charlaban distendidos, sin importar que el cliente tuviese mejores días.

Hartman se llevó la mano a la cabeza y se frotó con los dedos alrededor de la venda. 

El portero caló de su cigarrillo y el residente miró la imagen impresa en la cajetilla que R. sostenía. El rostro de un hombre denotaba que sufría alguna, o varias, calamidades irreversibles. Sin remordimiento alguno ellos les hacían a sus cuerpos lo mismo que al planeta.

─¿Recuerdas aquellos vaqueros felices que anunciaban los cigarrillos? 

R. lo observó extrañado. Las manos comenzaban a sudarle. Una comezón se apoderó de sus palmas. Eran los inevitables efectos que la nicotina provocaba en él. Siempre exacerbados cuando fumaba con Hartman. R. sonrió desconcertado. 

─No sabías si te daban más deseos de montar a caballo que de fumarte la cajetilla entera. 

Una tos seca se apoderó de Hartman. Tosió varias veces y, sin comprender por qué, R asoció sus palabras con el libro de la hija de Freed. R. se vio cabalgando a lomo de un caballo de hielo con destino hacia su propia muerte. La visión lo estremeció.

─Nada nos detiene, ni esa porquería impresa en la cajetilla ─logró decir tras el ataque de tos.

R. detalló la fotografía: la boca podrida, los ojos dislocados, la mano como una garra sosteniendo el pitillo a medio consumir, el color de la piel, la mueca enloquecida. Se preguntó si el desgraciado seguiría con vida o no. 

─Es el colmo del sadismo vender algo etiquetado de esa manera ─continuó Hartman─. Del sadismo o de la hipocresía. 

El portero se rascó las palmas contra el borde trasero del uniforme. ¿Sadismo era cuando te gustaba sufrir o cuando disfrutabas machacando a otro? Siempre lo olvidaba. 

Dieron varias caladas. 

Las manos de R. no cesaban de sudar. La nicotina trabajaba despacio, metódicamente. Los había extrañado, pero ahí estaban de vuelta los efectos. El corazón comenzó a latirle exaltado. Entonces sucedió lo inevitable: la euforia se apoderó de su cuerpo y vino al rescate de la mañana. Necesitaba de una escapada así. No importaba que el señor Hartman lo hubiese estropeado con sus observaciones. 

El envoltorio pasó frente a ellos llevado y traído por un pequeño remolino.

R. miró su reloj. Era hora de regresar a su puesto. Iba a despedirse de Hartman cuando por primera vez una idea, de la que no tendría que avergonzarse, se abrió paso, avasalladora, desde lo profundo de su mente. 

─Michael, si mañana aparece una convocatoria para seleccionar personas destinadas a poblar ese planeta ─lo tuteó sin poder evitar que la voz le temblase─, nosotros seríamos los mejores candidatos. Solteros, sin arrastre familiar, saludables. Empezaríamos una vida de cero, nos ligaríamos a cualquier mujer sin necesidad de arrojar basura ni al agua ni al aire. ¿Cierto? 

Hartman sonrió con la ocurrencia. Si eso sucede, ¿cómo viajarías? Te tocaría quedarte en la Tierra y presenciar los últimos días de su lenta muerte ─pensó Hartman en el segundo exacto en que R. se preguntaba para qué necesitarían un inútil como su cliente tan lejos de la Tierra. A este le tocaría quedarse y presenciar su agonía.

─No es nada interesante, se me acaba de ocurrir, debo regresar al trabajo. 

Hartman le entregó unos billetes y algunas monedas. Los necesarios para que la empresa funcionase y mantenerlo atado de aquella extraña manera. Todo estaba bajo control. 

Hartman se dirigió a la calle por la salida del parqueo. 

R. se paró entre los elevadores y el lobby. La de hoy había sido una velada bastante rara para su gusto. Pero plena de significados. Hartman y él. Solos compartiendo un cigarrillo como si acabaran de aterrizar en el parqueo después de un larguísimo vuelo.

Relato perteneciente al libro homónimo publicado por la editorial Casa Vacía, 2025