Desde que habito en relojes pienso en mi infancia. El minutero en el que me siento y desplazo a través de este óvalo que nadie –ni siquiera quienes le estudian– entiende me presenta imágenes del pasado. Avanza. ¿O retrocede? Le veo. Y oigo. Produce el mismo sonido que se replegaba en casa aquellos días donde el silencio era en apariencia total. En apariencia pues se espera que ningún sonido exista con el silencio. Pero aquí existía. Y compartía espacio con varios más, ruidos que recorro como edificios abandonados donde los intersticios ocultan el dolor. Ahí, en ellos, está el murmullo de mis padres discutiendo: a veces abandona su escondite, reconoce el lugar e impone ecos: el eco de una puerta que se cierra con fuerza, el eco de un objeto que se rompe, el eco de mi mamá que llora.
Vivo rodeado de fantasmas, lo que significa que vivo rodeado del silencio. Para neutralizarlo paso la mayor parte del tiempo oyendo música. Poco me enorgullece esta confesión. Una parte de mí desea relacionarse físicamente con las personas y, sin embargo, esa misma parte experimenta horror ante las interacciones sociales. Y la música cumple la función de éstas. Cuando un disco suena creo que hablo con alguien y que alguien me habla a mí. En ese acontecimiento contacto con las personas. Por medio de la música me comunico y, sobre todo, comulgo con otros.
Por mi gusto a la música aprendería a tocar la guitarra. Empecé con una acústica. Estaba dentro de mis posibilidades económicas. Imité en principio a los artistas que me gustaban. Interpretaba o, empleando el término inglés, covereaba sus canciones. Veía algún video, prestaba atención al sonido o, en su defecto, buscaba la tablatura, el medio por excelencia para que gente como yo, sin acceso a una formación seria en la música, aprenda a tocar un instrumento de cuerdas.
Entre cada cambio de traste fallaba. Pulsaba mal la cuerda o quedaba lejos del hueso, lo cual volvía al cover tan bueno como malo, dependiendo la perspectiva con que se valore: eran buenos para alguien que tenía ningún entrenamiento teórico ni, menos aún, el virtuosismo o la intuición de los llamados prodigios, pero eran malos para cualquier estándar de calidad posible. Hubo veces, sin embargo, en las que compartiría la responsabilidad con alguien más. Me reuní en ocasiones con gente para ensayar, vecinos o compañeros de clase. Alguien también tenía una guitarra y sacábamos canciones de dos guitarras, la mayoría de rock. En ese momento el cover dejaba de sonar horriblemente mal o sorprendentemente bien por mi culpa para sonar horriblemente mal o sorprendentemente bien por culpa de dos personas sin experiencia musical. Y diría que la calidad era lo de menos. Importaba acompañarse. Disfrutaba la presencia del otro. Compartía algo con aquella persona. E incluso lo hacía con terceros, ajenos a la interpretación misma: quizá alguien nos viera, se acercara y pidiera que tocáramos cierta canción que le gustaba. Entonces por un instante breve y, sobre todo, intenso mi soledad desaparecía.
No he compuesto música propia. Y dudo hacerlo algún día. Carezco ya no sólo de los materiales –pues ahora ningún trabajo satisface el desarrollo personal– sino sobre todo del tiempo de aprendizaje para componer. Pero eso no quita que lo desee. Ese deseo conjura una obsesión por los covers. Una vida entre fantasmas desarrolló una ternura única por las versiones que algunos artistas hacen de la composición de otro.
David Bowie, por ejemplo, grabó un disco entero de covers que pocos recuerdan. Las personas asocian más a “All Along the Watchtower” con Hendrix que con Dylan, quien admitió que esa canción ya no le pertenecía pues Hendrix la había hecho suya. Palabras similares aparecerían en voz de Trent Reznor años después, cuando Johnny Cash transformó el tono de autoconmisceración de “Hurt”, de Nine Inch Nails, propio de su disco The Downward Spiral, en una pieza de resignación y, no obstante, serenidad. Yo prefiero la versión que Cap n’ Jazz hizo de “Take on Me”, la cual abandona la atmósfera alegre y épica de la original en favor de una atmósfera desesperada, de una desesperación irónica que una persona deprimida experimenta por su vida, por su existencia y por el horror que supone cualquier interacción con los demás –en suma: sensaciones propias de una persona como yo.
En su Unplugged de 1994, Nirvana interpretó más covers que canciones originales. La leyenda cuenta que Cobain se rehusó a tocar las canciones más famosas, entre ellas “Smells Like Teen Spirit”. En cambio, optó por canciones de su primer disco y cerró con “Where Did You Sleep Last Night?”, de Lead Belly, un clásico oscuro para cualquiera aunque más para el público que veía MTV. Si bien Nirvana jamás negó la proveniencia de su música –admitieron que en “Smells Like Teen Spirit” plagiaron a los Pixies, y Novoselic comentó que en Nevermind imitaron todo lo que Hüsker Dü había hecho antes–, el Unplugged recupera una rebeldía del punk, género del que ellos venían y que escapa a la lógica del entretenimiento en el que ellos se habían situado.
A diferencia de otras bandas de grunge que aparentaron virilidad, Cobain y compañía se muestran vulnerables en el Unplugged como cualquier artista y, por qué no, cualquier ser humano haría. Y lo hacen por medio de lo más básico y, paradójicamente, más difícil y ausente de cualquier vínculo personal actual: la conversación. Platican entre y con amigos. Los introducen a su espacio personal. Y conciben las condiciones para abrirse: para charlar. Las canciones abren lo íntimo de sus personas. Descubrimos sus gustos, sus obsesiones, sus placeres y sus miedos. Revelan la profundidad de su ser. Tal gesto resume la postura ética de la banda, donde la fama jamás sería lo más importante, sino la amistad que se traza con los demás, vivos y muertos. Sus covers, como quizá cualquier otro, esconden algo más que una nueva interpretación: son, indirectamente, un tributo a sus influencias artísticas. Una influencia a sí mismo, a su identidad, a sus gustos. Y, también, un diálogo con quienes respeta.
Supongo que por esto las personas reaccionamos mal cuando alguien querido confiesa no gustarle algo que a nosotros nos gusta mucho, cuando no comparte con nosotros el gusto por algo. Asociamos el gusto a nuestra identidad. Y tal vez con justa razón. A fin de cuentas, el arte traza amistades. Fusiona cuerpos ajenos no por medio de la plática o el diálogo sino de las condiciones para éstos. ¿Qué es, entonces, la escenografía del Unplugged, sus canciones, su intención sino abrir y exponer el fondo de sus personas, vincularnos a él y a todo el vértigo que contiene? En la posibilidad de platicar se genera la amistad. Toda plática trasciende el tiempo. Y creo que con nadie sino con un amigo se platica. Nos consuelan en el dolor, en la soledad, en la confusión, en el desgarramiento. Y aprecian todos y cada uno de ellos: aprecian la abertura, la herida por la que ven al interior de nosotros cosas que ni siquiera nosotros conocemos.
En algún punto de su carrera algunos deportistas descubren que no están hechos para la actividad que practican. Abandonan su profesionalización y optan por una vía alterna, más discreta a los reflectores del deporte competitivo. Como ellos, entendí que no podía dedicarme a la música. Un día concluí que no tenía las habilidades que requiere la profesión. Encaminé entonces mis esfuerzos a las palabras. Irónico: aquella persona que escucho poco éstas en su infancia acabó dedicándose a lo que sea que ellas hagan. Y ahora teoriza con ellas sobre la música.
Cristina Rivera Garza hace algo similar. Explica con palabras del mundo musical fenómenos de la literatura. En Los muertos indóciles introduce el término desapropiación, que alude a los préstamos literarios que los autores hacen de otros. En el libro menciona samples y remixeos, expresiones que pertenecen al ámbito del hip hop. Un sample siempre rompe el derecho autoral. Cuestiona toda autoría. Y, como un cover, actualiza el sentido del original a través de esa intervención, corte que se efectúa sobre el cuerpo del original. Así, aparece aquí y allá como un canto extenso y longevo que se entona desde antes que naciera su intérprete. Todo artista que coverea funge de médium para el fantasma que habita del otro lado, en la obra dispuesta a coverearse, a (re)interpretarse. El sample manifiesta otro tipo de cover que, como éste, tributa, homenajea, admira lo que otra persona hizo y regaló. Y ese regalo que ilumina algo en la vida, la sociedad, nosotros mismos, viaja en los circuitos culturales para su nueva reapropiación. Es un collage, recortes a veces significantes, a veces asignificantes, que constituyen el cuerpo social y, por ende, a nosotros.
Hunter S. Thompson llevó a cabo estas prácticas en vida. El periodista y escritor estadounidense ejercitó su escritura por medio de la transcripción de pasajes de sus libros favoritos. ¿Joyce hizo lo mismo? No pero sí realizó el mayor cover de la literatura: ¿o no es el Ulises una reversión de la Odisea? Todo escritor reversiona, reescribe siempre sus libros favoritos: los que dice amar y los que después niega. Años después de la publicación de El ruido y la furia, William Faulkner negaría toda comparación de su novela con el Ulises. En principio, alabó ésta. La consideró una influencia en su escritura. Pero después se distanciaría de dichas palabras. Tal vez restaban mérito a su trabajo, a la imagen que tenía de sí mismo, incluso a su reputación como autor.
Y no obstante el cover también parasita el arte. Conozco bares que solo permiten a las bandas tocar covers, de preferencia que sean de canciones conocidas que siempre suenan en la radio y dan familiaridad al oyente a cambio de vivir en un bucle infinito de tiempo donde las cosas se repiten una y otra y otra vez. Los relojes y las personas se han vuelto un mismo cuerpo. Ese cover, lejos de entablar una amistad con alguien o de exponer la intimidad de quien lo toca, roba todo presente, roba todo tiempo.
Mark Fisher habla de este parasitismo en Los fantasmas de mi vida. Para él, vivimos en un impasse temporal que no captura ni entiende el presente pues quizá no hay presente alguno que capturar: recorremos, una y otra vez, el pasado. A él nos redirigimos: “El problema, no es –dice–, ya no es, la añoranza de llegar al pasado, sino la incapacidad de salir de él”. Nirvana incluso participa en este hecho. Cobain y compañía regurgitaron estilos que ya habían pasado, tal cual ellos confesaban, y representaron el terror axiomático de nuestra realidad: que toda forma de protesta puede cooptarse y venderse como una mercancía más. El punk de Cobain, el punk que lo formó, no era más que un simulacro.
Algunos dicen que el Unplugged es una confesión que Cobain dejó al mundo de su amargura y desencanto total. ¿Una carta de suicidio? Tal vez. Lo cierto es que abre una ironía: mientras Cobain se oponía a vender mercancías que a la gente le gustara, la gente convertiría las canciones de Nirvana en algunos de los covers más tocados en bares. “Smells Like Teen Spirit” es una de las canciones que las bandas pos-Nirvana aprenden al principio. Sin ir más lejos, fue una de las primeras canciones que yo aprendí. Y las veces que la he escuchado en diversos lugares confirma lo que quizá Cobain ya intuía en sus últimos años: la sensación de vivir en un bucle infinito de tiempo, en un Groundhog Day o en un Al filo del mañana del que no salgo –no salimos– y por el cual sufro vértigo casi todos los días.
Conozco lo mismo una y otra vez. Carezco de nuevas experiencias, de emociones como las que experimenté cuando tocaba covers al lado de otros. He perdido la capacidad por sorprenderme de la vida, de pensar que la vida vive y me despierta del letargo y sopor de los días, de la rutina en que me sitúo. Hace tiempo que dejé de sentirme con vida cuando descubro algo nuevo pues lo nuevo desapareció hace tiempo. Vivo en los días y su repetición hasta el infinito, en días repetitivos con actividades repetitivas donde la sorpresa de la infancia, con sus fantasmas y silencios, se ha desvanecido, junto con el mundo mismo, como todo lo sólido en el aire.


























