Para Ana Tomé, siempre
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Corrían de 60 y 5ta. avenida hasta Kasalta, hacían varias paradas para conversar. Bocanera se detenía a mitad de camino, se llevaba las manos a la cintura o los dedos a la frente para secarse el sudor. Su short elástico y su camiseta ceñida al cuerpo no muy dotado movían a risa.
–Prefiero conversar al aire libre, lejos de las paredes, dijo Bocanera. Algún día, si te portas bien, te explico por qué.
–No quiero saber mucho más, precisó Rod, tengo la sensación de que si sé más de ti puedo estar en peligro.
–Soy una persona inofensiva, en nada podría perjudicarte.
–De pronto llegas, te pones a conversar sin parar, no estoy acostumbrado a estas invasiones, argumentó Rod.
–Es cierto, perdona si soy invasivo. Lo único que quiero decirte es que nunca voy a agradecerte lo suficiente el trato que me diste cuando más lo necesitaba.
–No recuerdo haber hecho nada excepcional. Ha pasado tanto tiempo. Intenté mejorar tu situación. Trasmití una versión más justa de los acontecimientos. El mayor Otero hasta me felicitó.
–Nadie me trató como tú, fueron días terribles, te portaste como lo que eres, un tipo generoso.
–Para serte franco, aquel escándalo me sobrepasaba, no lo entendía bien, tenía más miedo que claridad.
–Más a tu favor, no me decapitaste, me escuchaste, escribiste un informe favorable.
–Pensé que te ibas a podrir en la cárcel. Después ya no supe más de
ti.
–Sucedió algo inesperado, comentó Bocanera, el jefe de guardia abrió la celda, eran las cinco de la madrugada, ordenó que me bañara y me vistiera. Uno de los carceleros me proporcionó útiles de baño y ropa de civil. El teniente esperó a que me aseara, me vestí, la ropa encajó bastante bien. Me condujeron a la oficina del fiscal. Aguardaban por mí dos hombres. Insistieron en que no debía considerarme recluso. Pensé que iba a morir, sería mi último viaje en Lada. Pasé justamente por 5ta. avenida. Recorrimos el Malecón, atravesamos el túnel de La Habana, rumbo a las playas del este. Me llevaron hasta una casa de dos pisos en Boca Ciega. Fue una imagen demasiado fuerte: el amanecer, el sonido de las olas, la arena fina de la playa. Entramos a la casa, anunciaron que estaríamos algunas horas allí. Me ofrecieron un desayuno a la carta.
”Durante el desayuno me atreví a preguntarles qué hacía allí. Me explicaron que era una parada en el camino, para recuperar fuerzas. Quise saber adónde me llevaban. Si quieres puedes darte un chapuzón, sugirieron, en el cuarto encontrarás lo necesario. Sumergirme en el agua, dar algunas brazadas, flotar, observar el cielo limpio a esa hora de la mañana, fueron sensaciones inefables. Terminé en una granja de pollos. Cacareé durante todo un año.
Rod y Bocanera se sentaron en uno de los bancos del parque más frondoso de la famosa avenida, amparados por jagüeyes.
–Después del chapuzón de Boca Ciega, abordamos nuevamente el Lada. Me explicaron cuál sería mi vida a partir de ese instante. Se trataba de permanecer una temporada en una granja avícola, trabajando en el cuidado de aves, su alimentación, la correspondiente recolección de huevos.
”Tomamos Vía Blanca, pasamos Santa Cruz del Norte y la Playa de Jibacoa. Subiendo la cuesta de esa parte del recorrido, a la izquierda, hay unas edificaciones techadas, con tractores y arados. Unos metros más adelante, a la derecha, se abre un camino de tierra que conduce a la granja, mi nuevo hogar. Quise saber qué tiempo estaría allí, me respondieron que un año o menos.
”Pregunté por los tuneros. En sus casas, dijeron. ¿Entonces, no hubo juicio?, me atreví a decir. No, no habrá juicio para nadie, concluyeron.
Rod recordó el episodio clave: Diecisiete reclutas tuneros templándose cada noche, bajo la dirección más que experta de Bocanera, en una escuela militar. Por orden del Mayor Otero lo tuvo que visitar, lo interrogó, aunque desde una posición más conciliadora. En el fondo, no entendía por qué aquel muchacho estaba preso. Hablaron largamente, lo escuchó, decidió suavizar las preguntas y las respuestas. Fue elogiado por los oficiales del caso, aquella entrevista era un aporte fundamental a la parte acusatoria. Bocanera por fin se declaraba responsable absoluto de todo lo que había pasado.
–Fue un escándalo total, afirmó Rod. Tú estás vivo de milagro. –Ocurrió algo inesperado, dijo Bocanera. Contrainteligencia militar descubrió que era hijo biológico de un hombre muy poderoso del gobierno.
Ya te iré contando. Ese padre que no conocía para nada me salvó la vida.
–Tres naves de mampostería de más de cincuenta metros, pintadas de blanco, unos ventanales de un extremo a otro cubiertos por lonas verdes. Y allá dentro una peste imborrable a mierda de gallina. Desde entonces mi olfato me castiga. Tengo pesadillas con ese olor, la flema repugnante de esos vientres insaciables, ese picoteo histérico, ese tragar incesante, esos cuerpos gomosos, a toda hora devorando pienso, cagando, poniendo huevos. Llegué a ser experto en aves, me eligieron destacado de mi brigada en muchas ocasiones, aunque en honor a la verdad mis compañeros no solamente me votaban por mi labor avícola.
Bocanera preguntó si le apetecía que contara el lado erótico del gallinero. Rod dijo que no.
–Mi trabajo consistía en limpiar las largas jaulas de los cientos de gallinas que allí se apiñaban. Primero sacaba los soportes metálicos llenos de porquería, pasaba detergente y agua a presión, terminaba desprendiendo con espátula los restos más secos. Continuaba con el cepillado de las jaulas. Ese mismo procedimiento lo aplicaba a los comederos y bebederos.
Un tercer paso era la alimentación, subían de tono los chillidos de aquellos bichos malolientes. Se les daba de comer pienso, a veces, pasta de soya. ”Lo siguiente era limpiar el piso de cemento de toda la nave, con escobillones, frotábamos primero, luego esparcíamos abundante agua y secábamos. Hacia el mediodía terminaba esta parte del trabajo. Paralelamente otra brigada recolectaba los huevos y los clasificaba por tamaño y color. Éramos seis trabajadores. Pronto descubrí a Amir, que sabía latín. ”Por las tardes participaba en un curso de aves para principiantes, impartido por el jefe veterinario de la granja.
”Me ubicaron en un cuartico de mampostería con baño. Tenía cierta privacidad. Resolví una mejor iluminación, un mejor colchón, una pequeña estantería que pude adornar con libros que traje de casa. Debía mostrarle al jefe veterinario cada título, lo acompañaba de una breve explicación. Mucha literatura, nada de política. Conseguí una mesita, que instalé como escritorio y una máquina de escribir que me proporcionaron mis oficiales visitantes.
”Fui advertido que bajo ningún concepto debía explicar por qué estaba allí. Ni procedencia, ni familia, ni tuneros. Entonces organicé un largo cuento donde lo contaba todo sin mencionar nada.
Primer capítulo de la novela Mi último viaje en Lada, publicado por Casa Vacía, Richmond, 2025


























