Las muertes de Rulfo

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La infancia y la vejez de Juan Rulfo (1917-1986) estuvieron enmarcadas por sucesos policiacos.1 Tenía seis años cuando su padre fue asesinado. Este suceso trágico y definitivo en su visión órfica del mundo fue ficcionalizado en dos de sus obras: el cuento “Diles que no me maten”,2 y la novela Pedro Páramo (1955).

Hacia el final de su vida, seis años antes de su muerte, en una conferencia se refirió a la corrupción histórica de los generales del ejército mexicano y, días más tarde, tuvo que afrontar las amenazas del presidente de la república y de los altos mandos de las fuerzas armadas. En 1980 prevalecía una política de Estado represiva, estaba en auge una guerra sucia contra todo disidente del régimen, y dichas amenazas podrían desembocar en la cárcel o en la desaparición forzada; así lo percibieron varios intelectuales, quienes se apresuraron a defender al autor jalisciense desde su prestigio literario y periodístico.

Asesinato del padre

Tengo la característica de eliminarme de la historia —afirmó Rulfo en una plática con estudiantes de la Escuela de Diseño de la UNAM—, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo”;3 no obstante este deslinde, este reconocimiento de su ars poetica, el lector puede identificar en su obra detalles biográficos, históricos, geográficos, toponímicos, etcétera, a veces muy precisos; sin embargo, estos datos están supeditados a un arte narrativo de compleja construcción que prevalece sobre un supuesto principio de realidad. Pese a ello y con las precauciones que requiere este tipo de abordajes, quiero incidir en lo que he planteado en el primer párrafo: la ficcionalización de un hecho biográfico en la obra.

El 6 de junio de 1923, El Informador, un periódico de Guadalajara, publicó la noticia del asesinato del padre de Rulfo, que había sucedido el 2 de ese mes: “Fue asesinado, cerca de una hacienda, antier [sic], el señor Nepomuceno Pérez Rulfo. Un enemigo suyo le disparó un tiro a traición”. Y en el primer párrafo adelanta la causa: “El hecho se registró al salir de la hacienda de San Pedro, de donde la víctima se dirigía a un rancho de su propiedad. Parece que el crimen tuvo su origen en diferencias surgidas a causa de la invasión que hacían algunos animales en terrenos considerados bajo el dominio del Lic. Pérez Jiménez, padre del asesinado”.4 El nombre del asesino era José Guadalupe Nava Palacios.

Veintiocho años después, Rulfo escribe y publica el que yo considero su mejor cuento: “Diles que no me maten”, donde el protagonista, llamado Juvencio Nava, asesina a su compadre Guadalupe Terreros debido a la invasión de los animales de Nava en los pastizales de Terreros. El cuento toma pocos elementos de la historia personal del autor, pero son significativos porque resuenan en los pliegues de una ficción que se distancia de la biografía para realizarse como orbe literario autosuficiente signado por el pathos del protagonista. Empieza in media res, cuando el viejo Juvencio Nava ha sido apresado por soldados a cargo de un hijo de Guadalupe Terreros, que para entonces es coronel del ejército. En una sucesión de analepsis y prolepsis, el protagonista narra el asesinato y el viacrucis que ha padecido desde entonces: “Eso pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de la casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían”.5

La corrupción del sistema de impartición de justicia es un tópico de la literatura mexicana, pero Rulfo no la pone en primer plano sino como telón de fondo de una tragedia donde prevalece la agonía, la angustia insoportable de Juvencio Nava, cuyo terror a la muerte es en el fondo la obcecación pura de vivir: la vida sin más atributos que ser ella misma. Líneas adelante justifica su impunidad: “Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron muy lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo”.6 Aparte de la venalidad de los jueces y de la impunidad que a Nava le dan las circunstancias, este párrafo es significativo porque María Vizcaíno, la madre de Rulfo, muere en noviembre de 1927; y el niño Juan Rulfo y sus tres hermanos quedan en la total orfandad.

Al final, en una suerte de ajuste de cuentas de transferencia psico-literaria, el hijo de Guadalupe Terreros, escudado en su grado militar, hace justicia por su propia mano y ordena que fusilen a Juvencio Nava. En contraste, el asesino del padre de Rulfo, según la crónica de El Informador, “se pasea tranquilamente sin ser molestado en lo más mínimo”.7 Las simetrías y asimetrías entre realidad y ficción muestran un sistema de justicia fallido en toda la cadena de actores, situaciones y consecuencias. Nos queda la impresión de que el sufrimiento de los seres humanos proviene de la injusticia, en este caso la injusticia es la savia de la historia y de la vida (de la vida de Rulfo) y es el muro contra el que se estrella la dignidad y la conciencia.

El otro pasaje donde Rulfo parece aludir al asesinato de su padre es en el fragmento 12 de Pedro Páramo, en el que la madre del joven Pedro se dirige, aún de madrugada, a despertarlo:

Se levantó despacio y vio la cara de una mujer recostada contra el marco de la puerta, oscurecida todavía por la noche, sollozando.

¿Por qué lloras, mamá? —preguntó, pues en cuanto puso los pies en el suelo reconoció el rostro de su madre.

Tu padre ha muerto —le dijo.

[…]

Han matado a tu padre.

¿Y a ti quién te mató, madre?8

¿Juan Rulfo se entera así del asesinato de su padre? Si en el plano de la realidad no fue así, tal vez quiso imaginarlo de este modo para sí mismo en el plano de la ficción literaria. La última línea ha presentado cierta controversia, pues resulta inverosímil que un niño le pregunte a su madre quién la ha matado, y se infiere que todo el pasaje es recordado por Pedro Páramo adulto (narrado en tercera persona, una rememoración en forma de monodiálogo)9 y, cuando la madre pasa del “ha muerto” al “han matado”, hay una transición drástica del pasado al presente, por eso el viejo Pedro Páramo hace para sí mismo esa pregunta sin respuesta: “¿Y a ti quién te mató, madre?”.10

María Vizcaíno muere cuando Juan Rulfo tiene diez años y él no se entera de las razones de la muerte de su madre, pues no pudo estar en el sepelio: desde hacía medio año estaba internado con su hermano Severiano en el colegio Luis Silva de Guadalajara y “no tuvieron permiso” para ir al entierro.11 Quizá por ello, en una correlación semántica respecto del deceso del padre, no escribe “¿por qué has muerto?” sino “¿quién te mató?” Y la pregunta queda abierta, dolorosamente abierta, para el personaje y para el autor.

Y del mismo modo que en “Diles que no me maten”, en un simbólico ajuste de cuentas psico-literario por parte del autor, Dorotea le cuenta a Juan Preciado que “Pedro Páramo causó tal mortandad después que le mataron a su padre, que se dice casi acabó con los asistentes a la boda en la cual don Lucas Páramo iba a fungir de padrino. […] Y como nunca se supo de dónde había salido la bala que le pegó a él, Pedro Páramo arrasó parejo”.12 “Arrasó”, esta palabra lo define, el páramo es una extensión de tierra árida, arrasada; así terminaron el pueblo de Comala y la hacienda de la Media Luna: arrasadas y convertidas en páramo debido a la tiranía autocrática y rencorosa del cacique. Pedro Páramo: la piedra del arrase, la piedra en el territorio arrasado. La última cláusula de la novela, que describe la muerte del hacendado, es emblemática a este respecto: “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.13

La persistencia de la muerte

Los cuentos de El Llano en llamas, la novela Pedro Páramo, la novela decimonónica El gallo de oro (que se cataloga de manera habitual como guion de cine), “El hijo del desaliento” y “La vida no es muy seria en sus cosas” (esos fragmentos de novela que en realidad son cuentos) e incluso el poema cinematográfico “La fórmula secreta” muestran pasajes e historias donde, desde el punto de vista temático, los hilos que engarzan la trama son la injusticia, el abuso de poder, el Estado de excepción, la orfandad, la venganza, la muerte absurda y el asesinato. En todos los textos la muerte es una presencia constante, a veces sólo gravita en la atmósfera, a veces su presencia es ominosa, y no pocas veces se exhibe lacerante, con su carga extrema de terror y de violencia; pero debo precisar que la trama escabrosa de la muerte está cohesionada por afilados hilos de ironía,14 por detalles de humor a veces pícaro y cínico, que produce, en el lector, el efecto de un distanciamiento a la vez cómplice y desapacible.

Sara Poot Herrera ha señalado, por ejemplo, que en la mayoría de los cuentos “alguien mata o es matado por alguien” y realiza un levantamiento exhaustivo de las diversas formas de muerte, cuya constante radica en que “ni se juzga ni se castiga, y si se castiga se mata”.15 En efecto, en 13 de los 17 cuentos del volumen definitivo suceden uno o varios asesinatos cometidos por uno o varios asesinos; entre éstos, en cuatro el narrador (mediante la estrategia narrativa del monodiálogo) es el asesino: “El Llano en llamas”, “La cuesta de las comadres”, “Talpa” (aquí narra un asesino indirecto) y “Anacleto Morones”; asimismo, en tres el asesino narra de manera fragmentaria su crimen: “El hombre”, “Diles que no me maten” y “En la madrugada”, en este caso el narrador en tercera persona emplea los recursos del diálogo, el monólogo o el monodiálogo rememorativo. La presencia ubicua de la muerte en el lenguaje estricto y en lo narrado es tan opresiva y abrumadora que Poot Herrera empieza su ensayo con una frase lapidaria: “Si no hubiera muertos no existiría El Llano en llamas”.16

El cuento que concentra la mayor violencia es el que da título al libro: los falsos revolucionarios del Llano Grande destruyen pueblos, violan mujeres, asesinan; carecen del mínimo asomo moral, actúan como psicópatas, gozan haciendo el mal y evadiendo la ley: la muerte es para ellos una fiesta. Y llevan su euforia piromaniaca y homicida hasta la muerte de sí mismos: la fuerza represora del Estado los persigue y los extermina. El narrador, uno de los pocos bandidos que sobreviven a la matanza, cumple una condena en la cárcel por varios delitos, entre ellos el de “robar muchachas” (que, por desgracia, en esa época era un delito menor), pero no lo castigan por el asesinato directo de muchas personas ni por haber incendiado pueblos y haciendas ni por el descarrilamiento de un tren que iba repleto de gente. El narrador es un asesino impune y sin culpa, e incluso se siente orgulloso de que su hijo —cuya madre fue raptada y violada por él— haya heredado su vocación por el mal: “Era igualito a mí y con algo de maldad en la mirada. Algo de eso tenía que haber sacado de su padre”.17

El hombre” es el único cuento que tiene rasgos explícitos que lo emparientan con la narrativa policiaca. En la primera parte, “el perseguido” (quien ha asesinado a tres personas, entre ellas a un hijo de “el perseguidor”) huye por el monte, trata de cruzar un río de meandros engañosos y es rastreado por “el perseguidor” (otro asesino que ha matado a un hermano de “el perseguido”). En un mundo rural donde el estado de derecho parece no existir, los protagonistas escalan la venganza, los mueve sólo la furia homicida. El perseguidor es una suerte de detective que adivina los pasos, las decisiones y los errores del asesino a partir de los signos que éste va sembrando en su huida; y sabe al final dónde esperar para matarlo. La segunda parte es el monólogo del borreguero-testigo que denuncia el asesinato de “el perseguido” ante un “licenciado” que participa sólo como interlocutor fantasma. Este licenciado, a juzgar por las interpelaciones del denunciante —al que le “gusta matar matones”, según sus propias palabras—, intenta culpar al borreguero de ser “encubridor” del asesino y lo amenaza con encarcelarlo. El cuento concluye con otro giro en la cadena de iniquidades (tan común, por lo demás, en los juzgados mexicanos, donde el sistema de justicia es en realidad una intrincada máquina generadora de injusticias), pues el juez asume que un testigo, una persona inocente, es cómplice de un asesino.

Respecto de la novela, parafraseo el enunciado de Poot Herrera: si no hubiera muertos no existiría Pedro Páramo. Desde el punto de vista atemporal del constructo literario (es decir desde la simultaneidad del espacio-tiempo y la no linealidad narrativa), cuando Juan Preciado le dice a Dorotea la Cuarraca: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”,18 el lector no lo sabe pero está ante personajes que hablan desde la región de la muerte y, hacia el fragmento 36, descubrirá que todos están muertos. Pero si nos basamos en una perspectiva diacrónica y social, y articulamos la historia que ha desembocado en un mundo postapocalíptico, veremos que el terrateniente Pedro Páramo construye su fortuna con base en el engaño, la injusticia, el abuso de poder, el asesinato y la impunidad. Cuando Fulgor Sedano, administrador de la hacienda, desea ser justo ante las atrocidades que planea el joven Pedro, éste le da una lección de dictador en germen:

La semana venidera irás con el Aldrete. Y le dices que recorra el lienzo. Ha invadido tierras de la Media Luna.

Él hizo bien sus mediciones. A mí me consta.

Pues dile que se equivocó. Que estuvo mal calculado. Derrumba los lienzos si es preciso.

¿Y las leyes?

¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros.19

El cacique de la Media Luna se erige en señor de horca y cuchillo, impone su ley, crea un territorio de excepción dentro del Estado, él es la ley y el castigo que prescribe la ley, e incluso —semejante al príncipe de Salina en El gatopardo de Lampedusa— manipula las circunstancias y logra que tanto el movimiento revolucionario como el cristero obren en su favor. Y cuando el pueblo de Comala, merced a un equívoco originado por la megalomanía del hacendado, hace una gran fiesta a raíz de la muerte de Susana San Juan —esposa entonces, pero siempre el amor imposible de Pedro Páramo—, éste anuncia con encono: “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”.20 Y cumple su amenaza.

En sus últimos años, convertido en “un rencor vivo”,21 y casi petrificado en su equipal, verá despoblarse Comala y la Media Luna. Una mañana, transido por el recuerdo obsesivo y cotidiano de Susana San Juan, Pedro muere asesinado por uno de sus hijos no reconocidos. Años después, cuando Juan Preciado llega a Comala, descubre poco a poco que la mayoría de las personas que encuentra en las calles son en realidad ánimas en pena (los murmullos) y muere de miedo en la plaza del pueblo. Pedro Páramo, el hombre que idealiza a una mujer y es víctima de un amor invencible e irrealizable, se vuelve un oficiante de la muerte y, al final, es el cacique de un mundo habitado sólo por los muertos. “Pedro Páramo —comenta con acierto Vital— trataba a Susana como trataba a la tierra: destruía a todo aquel que hubiera podido disputársela”.22

El contexto narrativo de algunos cuentos y de Pedro Páramo corresponde a dos movimientos armados: la Revolución mexicana y la Cristiada; el niño Rulfo y sus familiares vivieron la violencia homicida enmarcada por ambas guerras. Este periodo de incertidumbre, donde cualquiera podía ser asesinado de un momento a otro, ¿habrá calado hondo en la sensibilidad de Rulfo y por eso las diversas formas de la muerte cohesionan la trama de su obra? Es imposible dar una respuesta a esta pregunta, lo cierto es que no hay lector que no se asombre, que no padezca un extraño desasosiego, ante la obsesiva e irónica metamorfosis de la muerte en cada página de la obra rulfista.

La amenaza del presidente

En un homenaje póstumo en memoria del escritor y político Marcelo Quiroga Santa Cruz, asesinado por los militares golpistas que habían tomado el poder en Bolivia, Rulfo narró que en cierta ocasión el líder boliviano le preguntó “cuál sería la solución para evitar tantos golpes de Estado en su patria”. El autor de “La fórmula secreta” toma como ejemplo la historia de México y, fiel a su ironía desencantada, al humor socarrón propio de un campesino, le da “una respuesta lógica: La única medida, le dije, es matar a todos los generales, y a quienes sobrevivan enriqueciéndolos o corrompiéndolos. Desde la época del gral. [Álvaro] Obregón, cuando se inició el descabezadero, él formuló una frase famosa: No hay general que resista un cañonazo de 50 mil pesos. Claro que ahora se los dan por millones; pero los tienen quietos mediante la corrupción”.23

Este homenaje fue celebrado en el auditorio Justo Sierra de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) el 17 de noviembre de 1980, fue difundido de manera sintética por la Deutsche Presse-Agentur (Agencia Alemana de Prensa, DPA) y tuvo repercusiones inmediatas en las altas esferas del poder político y militar, pues el escritor mexicano más traducido y famoso aseveraba que el sistema político mantenía a los generales “quietos mediante la corrupción”.

Tres días después, el 20, en una ceremonia realizada en el Campo Militar General Álvaro Obregón, encabezada por el presidente de la república, éste habló “con voz de enojo”: “Si fácil es la calumnia, fácil la difamación, enérgica debe ser la protesta… Como comandante supremo del ejército nacional y las fuerzas armadas, como presidente de la república, […] protesto contra toda calumnia y fácil difamación […] Ningún soldado de la república es corrupto […] El presidente de la república desecha la difamación y la calumnia”.24 En esa época los mexicanos sabían leer entre líneas el lenguaje velado de los políticos y los enterados supieron que el presidente —acompañado de su gabinete, de la prensa y ante “unos dos mil militares en formación”— se refería a Rulfo, el escritor menos polémico, menos mediático, pero muy importante porque era ya el símbolo del gran escritor que no escribe.

Hay que precisar que el 20 de noviembre se celebra el día de la Revolución mexicana y de manera habitual se festeja con una ceremonia castrense y un gran desfile cívico-deportivo-militar; es entonces razonable conjeturar que el presidente y los altos jerarcas de las fuerzas armadas se sintieran con el deber de desagraviar al ejército. Y para que no hubiera dudas, “tres horas más tarde, la oficina de prensa de la presidencia de la república entregaba a los reporteros […] copias de lo dicho por Rulfo, en la versión periodística [abreviada] de la DPA”.25 El texto completo aparecerá en el semanario Proceso el 24 de noviembre, pero sin duda el gobierno tuvo acceso al discurso de Rulfo el mismo día del homenaje a Quiroga Santa Cruz, pues en casi todas las facultades de la UNAM había agentes encubiertos de Gobernación.

Por si no fuera suficiente, mientras se desarrollaba el desfile cívico-militar frente al Palacio Nacional, el secretario de la Defensa Nacional y el jefe del Estado Mayor presidencial condenaron, en declaraciones a la prensa, las palabras de Rulfo.26 Alberto Vital comenta que “no había proporción alguna entre la crítica, por lo demás justa en términos históricos, de un artista y estudioso en un espacio de educación superior, y la respuesta abusiva de un hombre que contaba con un ejército y una peligrosísima policía política bajo su mando”.27 Cabe recordar que el ejército reprimía de manera sistemática y con violencia los movimientos sociales, y tenía pésima reputación desde la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

Lo paradójico de esta condena contra el autor de “Diles que no me maten” consiste en que siete semanas antes, el 30 de septiembre, el gobierno había realizado, en el Palacio de Bellas Artes, un Homenaje Nacional a Juan Rulfo, con la presencia del presidente de la república (hay fotos donde están juntos), y la publicación de un libro de lujo y de gran formato que incluye cien fotografías de Rulfo y textos de Fernando Benítez, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska.28 Lo que entonces fue celebración y reconocimiento para el gran escritor se convirtió, poco después, en una velada amenaza de muerte por parte del Estado.

En esa época estaba en marcha la guerra sucia, que consistía en reprimir movimientos sociales, en secuestrar, torturar y asesinar a los disidentes políticos en cárceles clandestinas y en cuarteles militares, en coartar la libertad de expresión y en mantener una amenaza constante contra quien disintiera del régimen. Esta política de Estado infringió de manera tan extrema los derechos humanos que en 2002 se creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado para investigar los crímenes de Estado ocurridos entre las décadas de 1960 a 1980; años más tarde, en 2021, se creó la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidas de 1965 a 1990. En ese contexto de terror político, Rulfo supuso que el gobierno quería desaparecerlo: “me van a matar”, así lo comentó a algunos amigos, quienes gestionaron un encuentro entre él y el presidente para conciliar puntos de vista.29

Rulfo vio en el presidente de la república la sombra de un Pedro Páramo vengativo y déspota y, para salvaguardar su vida y la de su familia, se vio en la necesidad de aclarar “tan desagradable confusión”: el semanario Proceso publicó unas declaraciones donde Rulfo hace un deslinde: afirma que sus palabras fueron desvirtuadas, que habló sólo de la purga de generales posterior a la Revolución mexicana y que, por otra parte, se refirió sólo a las presentes dictaduras militares de América del Sur.30 Esta aclaración, esta forma humillante de negar sus propias palabras, es una disculpa pública, un sometimiento; y a pesar de su encuentro “amistoso” con el presidente, Vital afirma que “los meses siguientes fueron de inmensa angustia para el escritor, pues a él y a su familia se les vigiló sin discreción a las afueras de la casa de Felipe Villanueva, con la falta de tacto y la insolencia con la que suelen comportarse los agentes policiacos”.31

Rulfo era consciente de que la imagen ominosa y patriarcal de Pedro Páramo había sido una constante política en la historia de México, encarnada en el tlatoani, el cacique, el encomendero, el virrey, el hacendado, el caudillo, el general golpista, el empresario político, el político convertido en empresario, el presidente constitucional: un tirano de mil caras, incluso con la cara de estadista democrático. En este contexto, Pedro Páramo se inscribe, mutatis mutandis, en la novela del tirano latinoamericano, inaugurada quizá por Amalia (1851) de José Mármol, seguida por Tirano Banderas (1926) de Valle Inclán, pasando por El señor presidente (1946) de Asturias, Yo el supremo (1974) de Roa Bastos, El otoño del patriarca (1975) de García Márquez, Maten al león (1977) de Jorge Ibargüengoitia, El recurso del método (1978) de Carpentier, Noticias del imperio (1987) de Fernando del Paso y La fiesta del chivo (2000) de Vargas Llosa, entre muchas otras. Rulfo había dejado de escribir literatura desde los tiempos en que se publicó Pedro Páramo y ya no necesitaba escribir sobre la amenaza traumática proveniente de un poder impune, déspota e impermeable a la ironía, ya había escrito esa novela y, en noviembre de 1980, era un profeta que corría el peligro de sucumbir a su propia profecía literaria.

1 Este artículo fue escrito para la obra Retratos hablados: biblioteca de las literaturas policiacas en México (siglos XIX-XXI), coordinado por Iván Farías, Cathy Fourez, Coralie Pressacco, Juan José Rodríguez, José Salvador Ruiz Méndez, Nahum Torres, Gabriel Trujillo Muñoz y Gabriela Valenzuela Navarrete (en edición).

2 Publicado por primera vez en América. Revista Antológica, núm. 66, México, agosto, 1951, pp. 125-130. Integrado luego en la primera edición de El Llano en llamas. México: Fondo de Cultura Económica, 1953, pp. 76-98.

3 Juan Rulfo, “El desafío de la creación”, en Revista de la Universidad de México, vol. XXXV, núms. 2-3, México: UNAM, octubre-noviembre, 1980, p. 16. En otras conversaciones, Rulfo afirmó lo contrario. Es normal, no hay escritor que no se contradiga: es una forma de saludable autocrítica que un autor debe ejercer a lo largo de su carrera literaria.

4 Anónimo, “Fue asesinado, cerca de una hacienda, antier, el señor Nepomuceno Pérez Rulfo”, El Informador: Diario Independiente, Guadalajara, 6 de junio, 1923, p. 1.

5 Cito la edición de Françoise Perus: Juan Rulfo, El Llano en llamas. Madrid: Cátedra, 2017, p. 190.

6 Ibid., p. 191.

7 Artículo citado, p. 8.

8 Cito la edición de José Carlos González Boixo: Juan Rulfo, Pedro Páramo. Madrid: Cátedra, 2002, pp. 85-86.

9 Monodiálogo (monólogo + diálogo). Retomo el término que Françoise Perus resignifica al analizar la obra del jalisciense. Cf. Juan Rulfo, el arte de narrar. México: UNAM / RM, 2012, n. 73, p. 102. También en su “Introducción” a El Llano en llamas, op. cit., pp. 49-54.

10 En la película reciente basada en la novela, el joven Pedro Páramo dice esa última frase y, en efecto, se oye muy falsa. La escena habría logrado verosimilitud si la frase tuviera la voz (y la imagen) del viejo Pedro Páramo. Véase Rodrigo Prieto (director), Pedro Páramo. Guion: Mateo Gil. México: Redrum Productions / Woo Films / Netflix, 2024, min. 17:19.

11 Alberto Vital, Noticias sobre Juan Rulfo. 1784-2003. México: RM, 2005, p. 41.

12 Pedro Páramo, op. cit., fr. 42, p. 136.

13 Ibid., fr. 69, p. 178.

14 Vital analiza, por ejemplo, “el asesinato lúdico” desde el punto de vista de la argumentación: “El asesinato lúdico llega a esa meta: la de no tener que explicar ni justificar lo más tremendo”. Véase Alberto Vital, Los argumentos de los asesinos. Mecanismos de justificación en la obra de Juan Rulfo. México: UNAM, 2017, p. 87.

15 Sara Poot Herrera, “Narradores asesinos en El Llano en llamas”, en Tierra Adentro, núm. 106, México, octubre-noviembre, 2000, pp. 53 y 57.

16 Ibid., p. 53.

17 El Llano en llamas, op. cit., p. 187.

18 Pedro Páramo, op. cit., fr. 1, p. 65.

19 Ibid., fr. 22, p. 100.

20 Ibid., fr. 65, p. 171.

21 Ibid., fr. 2, p. 68.

22 Vital, Los argumentos de los asesinos, p. 70.

23 [Juan Rulfo], “Discurso de Rulfo en el homenaje a Quiroga Santa Cruz”, en Rulfo en Proceso. México: Proceso, 1981, p. 88; las cursivas son mías.

24 Elías Chávez, “Los generales se quejan de Rulfo, y el presidente de la república: ‘Ningún soldado es corrupto’”, en ibid., pp. 84-85.

25 Ibid., p. 85.

26 Ibid., pp. 85-86.

27 Vital, Noticias sobre Juan Rulfo, p. 188.

28 INBA, Juan Rulfo. Homenaje nacional. México: Instituto Nacional de Bellas Artes / Secretaría de Educación Pública, 1980.

29 Roberto García Bonilla, Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo. México: Conaculta, 2008, pp. 259-260.

30 Armando Ponce, “Juan Rulfo: ‘no cabe la protesta’”, Rulfo en Proceso. México: Proceso, 1981, pp. 91-93.

31 Vital, Noticias sobre Juan Rulfo, p. 188.