Gilbert Torres, Cuando el miedo se vaya. Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. Colección La Maleta de Hemingway, 2025. 60 p.
Resulta curioso observar que, pese a la importancia que tiene en el escenario de la producción de la cultura y las artes en nuestro país desde la irrupción de la modernidad, Guadalajara está subrepresentada como lugar reconocible en nuestra imaginación literaria, aunque sea solo como signo efímero de identidad colectiva.
No me refiero a su utilización como escenario ficcional, pues de ello hay múltiples ejemplos. Están desde lecciones inaugurales como Clemencia, de Ignacio Manuel Altamirano; María Luisa, de Mariano Azuela, y Flor de juegos antiguos, de Agustín Yáñez, hasta ejemplos más recientes como La dama de la gardenia de Dante Medina, El general Hilachas, de José Madrigal Mora; Apenas era miércoles, de Martha Cerda, o Muerte súbita, de Álvaro Enrigue. Sin embargo, en muchos de estos casos, sus tramas son tradicionales, se centran en personajes pintorescos y episodios traumáticos como las explosiones del 22 de abril, o se instalan frente a una decoración impostada en la que se perderían sus propios habitantes. Me refiero, por el contrario, a la representación de la ciudad como entorno vivo, palpitante y respirable que está más allá de la escenografía y que deja en el lector la sensación de que los personajes desarrollan con fluidez y verosimilitud la trama de sus vidas ficticias y, al hacerlo, le transfieren un tono vital a su entorno.
Algunas obras locales importantes que despiertan esa evocación se ubican precisamente fuera de la capital, como Al filo del agua, en el que se respira el petricor y los murmullos enlutados de las mujeres de Yahualica; La Feria, el poético rompecabezas con que Juan José Arreola retrata la vida, entre moderna y tradicional, de Zapotlán el Grande, o incluso el vivo entorno fantasmal de la imaginaria Comala en Pedro Páramo. En esta competencia ficticia por la representación, es como si las provincias interiores se burlaran de nuestro propio centralismo restregándonos en el rostro estas obras literarias para recordarnos nuestra sempiterna condición desdibujada y segundona, en la que todos estamos sujetos a una voluntad centralista mayor. (Algo sucedió en la década de los noventa, y aún antes, que cambió un poco esta narrativa en otras disciplinas artísticas, pero eso es otra historia). Algunos gestos breves retratan ese desdén. Emmanuel Carballo, en tono de reclamo, se preguntaba una y otra vez quién iba a escribir la gran novela de Guadalajara, teniendo como referente tal vez a La región más transparente o, yéndonos más lejos, a Manhattan transfer. El poeta Ricardo Yáñez, por su parte, señalaba que «Guadalajara no tiene un Cuarteto de Alejandría«. Y, en cierto modo, tenían razón, porque ¿dónde está representado el retrato de una ciudad como la nuestra, que hace rato se abrió a la modernidad, en el acto de romperse en fragmentos mientras su centro se multiplica y desplaza estrepitosamente, engullendo como un monstruo hambriento las periferias de su alrededor?
Sin embargo, quizá el error de Carballo y Yáñez está en creer que podía existir una gran novela con una ciudad en el papel protagónico. Esas obras singulares no dependen solo de la sensibilidad artística de sus autores: son el resultado de conectar y recrear ficcionalmente momentos históricos y de cambio en los que la ciudad y sus habitantes, los personajes y la representación urbana, se amalgaman alrededor de un centro en crisis que está a punto de estallar. Y, si es cierta esta ausencia de la gran novela tapatía, el tiempo para escribirla ya nos alcanzó y nos pasó de largo: Guadalajara ya no tiene un centro reconocible desde hace muchos años.
Afortunadamente, algunos narradores recientes escriben en y sobre Guadalajara fuera de este marco. Han abandonado la idea de recrear una imagen total, ni siquiera continua, de esta ciudad como una entidad única y coherente. En cambio, imaginan lugares reconocibles de manera subjetiva, alterna, histórica o ficcionada, construyendo así un espacio literario que funciona como centro particular, sin hacer preguntas ni pedir permiso. Es el caso de algunas novelas de Antonio Ortuño como El buscador de cabezas, Olinka o La armada invencible. Ortuño tiene la sensibilidad para ubicar a los personajes en un ambiente que respiran como propio y el olfato para armar un escenario inequívocamente tapatío a partir de la investigación histórica y el instinto periodístico. A la pregunta delicada de si los narradores más jóvenes tienen una experiencia de la ciudad que les alcance para escribir una novela, Ortuño respondería que sí, pero que no están interesados en escribir esa gran novela como summa de la comprensión del alma tapatía. Igual actitud encontramos en otros autores, como José Israel Carranza, que en varios cuentos retrata muy bien el ambiente de Guadalajara sin, en apariencia, proponérselo, o la narrativa de Hiram Ruvalcaba, heredera orgullosa y directa del imaginario de Rulfo y Arreola que, como los escritores de su generación, escribe sin preguntarse si el Sur es o no un centro literario. Practicantes de la literatura y el periodismo, su abordaje de la ciudad es un pretexto para construir un lugar con atmósfera en la que respiran sus personajes. De este modo, lo vívido del espacio lo vuelve un sitio identificable que no opaca, sino que arropa, el desarrollo de los temas, ya sean la violencia, la vida cotidiana, la frustración adolescente, los periplos de la identidad o los avatares de una crisis existencial.
La novela Cuando el miedo se vaya de Gilbert Torres se inscribe en esta tradición. Su trama explora la vida de un hombre joven atrapado en la espiral de la mediocridad, paralizado por el miedo, la desidia y la inacción. Se desarrolla en una ciudad anónima y en sus lugares comunes, no en el sentido de los clichés, sino en el de los espacios habitables compartidos, tanto externos como, sobre todo, internos. Presenta como escenario una ciudad distópica y fragmentada en zonas estancas que operan bajo la lógica de control y vigilancia panóptica propia de las prisiones y las sociedades disciplinarias que Michel Foucault describió en sus estudios de biopolítica.
La novela se concentra en Edy Asueto, un hombre de treinta y ocho años que vive encerrado en el minúsculo departamento familiar de la Zona B, en una ciudad violenta e insegura. Aunque tiene una profesión, no trabaja y depende de su madre y de su hermano Roque. Pasa sus días entre videojuegos, siestas prolongadas, fantasías onanistas y compras en línea, observado por una voz interior que asume el carácter de otro personaje, quien le reprocha constantemente su pasiva y cínica irresponsabilidad. Varios incidentes que suceden siempre en el límite o en las afueras de su departamento le producen una confusa atracción que lo confronta con su identidad sexual. Estos eventos articulan la trama y revelan fisuras largamente reprimidas en su orientación, su proyecto de vida y su estado mental.
El autor no nombra la ciudad, ni se refiere a calles, monumentos o marcas urbanas distinguibles. Podría ser esta ciudad, o podría ser Tijuana o la Ciudad de México. No hay una descripción física o topográfica, pero, para un lector local como yo, la evocación de Guadalajara es casi automático; por ello, elijo el escenario tapatío como hipótesis de trabajo. Para mí, esta ciudad imaginaria, fragmentada, insegura y clasista es Guadalajara. Sin duda, puedo estar equivocado, pero, a partir de mi vivencia urbana, reconozco indicios de esta ciudad en su construcción. Por ejemplo, nuestra manía genética por ubicarnos en un territorio escindido en dos partes, que tiene como línea liminar la calzada Independencia, marca que no solo define el espacio, sino que asigna una clase: en Guadalajara se nace y se vive de la calzada para acá o de la calzada para allá, divididas las clases, más que por el Norte y el Sur, por el Oriente y el Poniente. Como bien sabemos, nuestra percepción del espacio es sui generis. Aquí la rosa de los vientos no funciona para orientarse en una mancha urbana cada vez más extensa. Utilizamos categorías idiosincrásicas que solo nosotros entendemos: subir e ir hacia arriba o bajar e ir hacia abajo siempre toma como referente el río de San Juan de Dios, esa corriente de agua invisible e infecta que fue intubada como indicador de modernidad y crecimiento. Desgraciada o afortunadamente, el GPS permite ahora cruzar por los segmentos del vasto territorio metropolitano de manera impersonal, más efectiva y menos eficiente, en una movilidad como la que realiza el personaje, aséptica, descafeinada, sin paisaje.
Otro signo tapatío reconocible es el clima de violencia e inseguridad que, aunque común al país, parece representado como si fuera solo cosa nuestra. Esto sucede, entre otros motivos, porque el universo espacial de la novela se concentra en un minúsculo departamento, pero se desarrolla aludiendo en todo momento a los riesgos y peligros que se ubican allá afuera, en la vasta extensión en que se ha dividido la ciudad y, sobre todo, entre los peligrosos límites de sus zonas. Esta obsesiva ansiedad paranoide se puede rastrear en Guadalajara desde hace décadas, pionera como es de la cultura de los cárteles y el narco. El autor, al ubicarla como un problema de inseguridad general y no mencionar al crimen organizado o la corrupción como sus fuentes, abona al talante distópico y atemporal de la narración.
Por último, un signo más abstracto, que tampoco se nombra pero que la cotidianidad de los personajes evoca, es el periodo de confinamiento de la pandemia, el cual pende sobre sus cabezas como si fuera un reiterado episodio de estrés postraumático que se revive continuamente y que modula los pensamientos claustrofóbicos y la ansiedad procrastinadora del personaje principal.
Puedo asociar estos rasgos claramente como base empírica del tratamiento que el autor hace de las zonas en que se segmenta la ciudad; de las jerarquías clasistas que conforma cada zona; con el clima de inseguridad al que parece que nos hemos acostumbrado desde hace tiempo; con las secuelas conductuales y mentales de la vida confinada en la pandemia; incluso, con los giros del lenguaje coloquial con que el protagonista se dirige a su madre.
En todo caso, la sensación de pánico o peligro con que se retrata de manera oblicua el ambiente urbano es una extensión de la densidad opresiva y asfixiante del pequeño departamento donde ocurre la mayor parte de la historia. La narración avanza aludiendo a la ciudad, pero eludiendo su descripción, una estrategia elíptica que es correlato de la oscura ambigüedad con la que se retrata al protagonista. Está escrita en tercera persona con falsos saltos de voz narrativa que, al mismo tiempo que permiten crear una esquizoide presencia espectral, nos hacen también dudar de la presencia real del resto de los personajes. Este abordaje narrativo está puesto al servicio de una historia de terror psicológico, que abreva tanto de la distopía como del mito del doble literario, cuyo tema recurrente es la imposibilidad de alcanzar una identidad funcional.
El cierre es abierto y pesimista, una fantasía sedimentada en la alienación del personaje, un regreso al paraíso perdido donde, si se tiene suerte y se aspira a una vida privilegiada, reina la satisfacción hedonista de los deseos infantiles y se desvanecen los límites mentales y geográficos. Es también el retorno narcisista a la seguridad del útero, que se anticipa desde el epígrafe y se recrea a lo largo de la novela: A veces cierro los ojos e imagino que vuelvo a ser pequeño, tan pequeño que a nadie le importa mi existencia; ni a mi madre y ni siquiera a mí mismo. Mi verdadero sueño en la vida es que me dejen en paz. En la última escena, la angustia y el terror parecen desvanecerse cuando Edy y su alter ego se reconocen, se reconcilian y se deciden a entablar un diálogo cordial, como en la partida de tute en la escena final de Viridiana, de Buñuel. Cuando el miedo se ha ido, las personas que nos perturban desaparecen, las necesidades económicas cotidianas se resuelven por arte de magia y nos disponemos a experimentar el flujo de los acontecimientos vitales obedeciendo atentamente los ritmos parpadeantes de las pantallas. El resultado parece loable y seguro, pero sigue siendo pesimista: ese mundo es ahora un poco más real, más tranquilo y controlable; sin embargo, permanece igual de violento e ilusorio.
Gilbert Torres) Cuando el miedo se vaya. Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. Colección La Maleta de Hemingway, 2025. 60 p.























