Juan Antonio Masoliver, el reincidente

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Durante mucho tiempo Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) fue más conocido por sus reseñas en La Vanguardia que por su poesía, pese a lo que diga el anónimo redactor de la cuarta de forros de Retiro lo escrito. “Poeta de reconocido prestigio”, asienta, y no es improbable, puesto que el prestigio a menudo es mucho más un galardón secreto que una virtud pública. Debió comenzar a publicar en Acantilado para que al fin sus libros de poesía figuraran, casi en igualdad de condiciones, entre los de prosa, señaladamente Poesía reunida en 1999. No obstante, como si no bastase el renombre del sello que lo acogía y, como si fuera Masoliver un debutante, tuvo que incluir el volumen una presentación de Andrés Sánchez Robayna, cuya firma entre los lectores de poesía gozaba ya desde entonces de notable influencia.

Juan Antonio Masoliver Ródenas posee una abundante bibliografía, que creció sobre todo al abandonar éste Inglaterra. Desde Retiro lo escrito, pasando por Beatriz Miami, La sombra del triángulo y El ciego en la ventana, entre otros, hasta Desde mi celda; luego, desde Vertedero de Otaca hasta La plenitud del vacío, ambos conjuntos (prosa y poesía, en este orden) participan de constantes en sus páginas y en el tiempo, particularmente uno: el humor. Menos prominente en sus libros de poesía, de todos modos el lector que haya incursionado en las páginas masoliverianas sabe que, cuando aparece, escapa inevitablemente la sonrisa. Estos versos, por ejemplo, de La plenitud del vacío: “Mi vecino se ha enamorado/ de una mujer muy dulce y atractiva./ Ciego como es,/ sin duda se ha enamorado de su dulzura./(…) / ‘Tienes una mujer muy dulce’, le digo/ para solidarizarme,/ y me guiña su ojo ciego./ ‘Sí, y muy atractiva’.”

Atenuado el humor, como decía, resaltan el amor y la memoria, la libido y el escarnio, la soledad y la muerte. No sería osado afirmar que algunos enigmas planteados en su obra anterior a 2016 podrían vislumbrar una respuesta en las páginas de Desde mi celda. Concluidas ese año, el volumen que alberga sus memorias necesariamente inconclusas fue publicado tres años después. Desde mi celda ––bautizadas de ese modo porque, según el propio autor, equiparan su quietud, tras los muchos lustros de docencia en Londres, al retiro de Gustavo Adolfo Bécquer, así sólo resida en El Masnou–– se remonta a su más lejana infancia. Para los efectos de estas líneas, esa “lejana infancia” quiere decir aquí once años, edad en la cual Masoliver comenzó a redactar sus primeros poemas.

La plenitud del vacío es una reunión de poemas que, sin respiro alguno, se extiende hasta las ciento cuarenta y tantas páginas. Breves ––y brevísimos algunos––, los textos que aquí se ofrecen a la comprensión del lector son ajenos a todo tipo de malabarismos. Ya en la página 16 se lee lo que bien pudiera ser una declaración de principios: “Y entonces, en una noche/ sin amanecer, en la pesadilla/ de las palabras que invento/ con la osadía de los poetas audaces,/ decido escribir/ lo que pasa en la calle:/ la carroza de los muertos,/ de los que lloran el fin/ de la poesía de la esencia/ y que, con la soga en la mano,/ buscan el árbol más doloroso/ del invierno”. Aunque parezcan distantes los días de Antonio Machado, “lo que pasa en la calle” ––traducción poética de “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”–– pertenece al breviario que Juan de Mairena se permitía enseñar en su lecciones de Retórica.

La memoria y la muerte encauzan o delimitan los subtemas y las variaciones contenidos en La plenitud del vacío. Su resonancia en esas páginas confirma la gravedad y la ligereza con las que el bardo enfrenta la escritura, cosa que no ha dejado de hacer desde sus primer libros. Quien dice memoria también pronuncia olvido, y quien invoca la muerte lo hace por apego o desapego a la vida. Escrito o concluido desde su condición octogenaria, es probable que el oxímoron que encierra La plenitud del vacío sea el único modo que, durante un largo trayecto, el autor rumió para asir pasado y presente ante la inminencia de su pérdida, “un espejo de engaños” finalmente. Sin que el poeta sea religioso, o al menos eso parece, acude a una considerable imaginería de procedencia cristiana para dar cuenta de su lugar en el mundo: madero, cruz, clavos, Dimas, Gólgota, calvario, resurrección, Nazareno, Sábado de Gloria…

El lector que se acerque por primera vez a la poesía de Masoliver debe saber que no hay presunción de formas ni temas que apelen a nuevas sensibilidades ni complacencia frente a hipotéticas inestabilidades artísticas. Hallará, sí, antiguos temas que han tocado el arte y la poesía ––el amor, la muerte, el cuerpo, el sexo…–– abordados desde el magisterio de un hombre que escribió su primer libro de poesía entre los 38 y los 43 años. Vertedero de Otaca, pues tal es el título, no se publicaría sino hasta 1999 en Poesía reunida, primer recuento de una obra poética que ya rozaba en ese momento las 400 páginas. Por estos datos se deduce que estamos ante un poeta tardío. La precisión no es gratuita porque quiere recalcar que, cuando apareció El jardín aciago en 1986, Masoliver era ya un poeta con una experiencia vital y literaria de impronta nada desdeñable, sobre todo cuando se observa retrospectivamente.

La plenitud del vacío, reitero, se ocupa tanto de los asuntos que nos han colmado de felicidad como de los que nos han quitado el sueño. En su universo de raigambre onírica caben la madre en su papel de refugio originario y terminal, el sufrimiento expresado a través del llanto (“los lagrimales secos” que se reiteran), etc. El hablante le reclama a la madre simultáneamente, en unos versos que lo pintan de cuerpo entero, que lo haya dejado nacer como que lo haya abandonado en este mundo: “No quiero nacer./ No quiero conocerme./ Madre, no me abandones,/ no me dejes solo/ a la puerta de este mundo desolado”. Entre la autobiografía y la ficción, no eligió: Masoliver optó por conservar esa ambigüedad hasta que publicó en 2019 Desde mi celda. Estas memorias no deberían ser leídas, por más que el talante lúdico del autor seduzca a los lectores, como ficción.

En La plenitud del vacío, la preocupación esencial de Masoliver, además de la muerte, es la memoria como acumulación y como pérdida: “Todo lo que me fue concedido/ en estos versos/ me ha sido arrebatado,/ y ya sólo me queda/ abandonarme a esta última palabra”. Puesto que su poesía ha sido construida mediante planos en donde se mezclan lo onírico, los recuerdos y la nominación de lo inmediato, la memoria se convierte en el instrumento que rige el poema. En Vertedero de Otaca, su primer libro, más que humorístico, corrosivo, aparecen versos como estos: “sólo desde/ la vida se conoce la muerte”. Vivir, podría ponerse en otra tesitura, implica la misión de apuntar mentalmente cada instante encaminado hacia un final. Diríase que por eso, con ánimo atribulado, se permite un trazo escatológico: “edifico un afecto/ para cubrirlo de heces”. “La poesía ––escribió Octavio Paz––, que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de la desesperación”.

Desde el primer poema, una especie de profesión de fe, en Vertedero de Otaca, el yo lírico describe una situación familiar: “Y por mi padre lloro/ (yo lloro por mi padre en las esquinas de mi casa)”, pero también “Ahora lloro/ porque suelo llorar en mis poemas”. Muchos años después, en La plenitud del vacío ocurre lo mismo: “buscaba una razón/ para llorar/ y la encontraba siempre/ en mis poemas”. A decir verdad, en los poemas de Masoliver no hay motivos para llorar, como no hay llanto en las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. Llorar supone la pérdida de la compostura. Así no sea a moco tendido, los sollozos alteran la respiración y la visión. Masoliver, quizá para ponerse a salvo (¿de qué?), asegura que llora. Nunca sucede así. Del mismo modo que el agnóstico confeso en Desde mi celda, no puede ser más falso en La plenitud del vacío. ¿Será, en todo caso, que en el umbral de la muerte el poeta ha modificado su perspectiva sobre Dios?

El sujeto que enuncia en Vertedero de Otaca siente a veces debilidad por la estridencia: “Llega la navidad como un escupitajo”, se lee en el poema de apertura. Para el rito cristiano, la navidad es un motivo de concordia y convivencia puesto que en esa fecha se celebra el nacimiento de Jesús. Pero al hablante en el poema no sólo le merece desdén sino franco desprecio. La navidad, de esta manera, es sometida a una desacralización en tanto hito de un procedimiento ritual. Enseguida vendrá su degradación para metamorfosearla en lo que, gracias a la sociedad de consumo, muchas otras manifestaciones del mismo orden han devenido: una mera rutina.

La dosis de barroquismo en Vertedero de Otaca debió ser advertida como lastre y luego desterrada, porque en La plenitud del vacío casi nada hay de prolijo. El adjetivo castigado y la versificación, irregular aunque proclive a los versos de arte menor, aunadas ambas características a la brevedad de los poemas, dan como resultado composiciones de tránsito ligero y sin embargo de calado harto profundo. Entre Vertedero de Otaca y La plenitud del vacío transcurrieron cuarenta años, un tiempo que revela cómo el universo de Masoliver ha sido edificado al amparo de unas cuantas obsesiones. Sólo debe agregarse que este tiempo, antes que volverlo laxo y ampuloso, lo tornó reflexivo y contenido.

Sería un despropósito suponer que La plenitud del vacío es una despedida: “Tú serás mi último recuerdo,/ el que permaneció en la memoria/ más allá de la muerte”. Si lo fuera, querría decir que la vitalidad que desborda los libros de Masoliver se ha replegado o que, en efecto, ha sobrevenido su renuncia a la escritura. En cualquier otro escritor esto sería creíble, no cuando se está frente a la astucia de Masoliver. En muchos sentidos, el autor de Paraíso a ciegas es un reincidente: cuando publicó El ciego en la ventana deslizó que sería su último libro. No ocurrió así y, desde mi perspectiva, ni siquiera importa. Los caminos de la creación adolecen de lógica: en ocasiones soportan volúmenes tras volúmenes y, en otras, mientras tanto, destinan autores al altar de Bartleby. Un libro, después de todo, aun sin proponérselo, se convierte en testamento por obra y gracia de la muerte, que es intempestiva.

En Poesía reunida, Masoliver se curó en salud. Una “Nota de autor” anunciaba que los poemas carecen de título porque desean subrayar su carácter de “obra en proceso”. En 2022, los poemas de La plenitud del vacío reiteran esa circunstancia. La malicia obligaría a mirarlos no sólo como obras en proceso sino inacabadas. Bien vistos, sin embargo, concederemos que Masoliver se ha conducido con la sagacidad de siempre. Una obra nunca se concluye, sólo se abandona, decía Paul Valéry. Se abandona por cansancio o por el deber impostergable con la muerte.

 

Juan Antonio Masoliver Ródenas, La plenitud del vacío, Acantilado, Barcelona, 2022, 144 pp.