Durante meses mi amigo estuvo diciendo que estrenaríamos casa porque ya estaba harto de ese departamento diminuto, en el quinto piso. Pero el tiempo pasaba y no sucedía nada, hasta hoy. Lo vi empacar su ropa en varias maletas, guardó sus libros y sus partituras en distintas cajas.
Atrás iban a quedar las madrugadas de poco descanso, en las que él se quejaba por el ruido que hacían los vecinos de arriba, los de al lado y también los de abajo a todas horas, sobre todo cuando se ponía a practicar su música. Era como si lo castigaran por tocar las melodías que componía a altas horas de la noche. Cuando interrumpían su sueño, él se ponía a golpear la pared con sus puños y los vecinos hacían más ruido que lo desconcentraba durante las horas que dedicaba a sus composiciones. No lo culpo, por eso a veces me trataba como si no me quisiera, como si sólo me tuviera de adorno, como si yo fuera un cuerpo sin sentimientos. Me aguantaba porque disfrutaba cuando se ponía frente a mí y sus dedos comenzaban a tocarme, aunque casi siempre lo hiciera para descargar su ira, sus frustraciones o tristezas.
Además, cómo no iba a comprenderlo si me había rescatado del olvido. Durante años estuve esperando a que alguien me llevara a un nuevo hogar para olvidar la sensación de abandono en que me encontraba. Él me rescató a pesar de mi aspecto descuidado y anticuado que hacía juego con los muebles viejos y sucios que convivían conmigo. Ojalá pudiera expresarle mis sentimientos, pero no puedo. La música es nuestro único lenguaje. Y, aunque intentara enojarme con él, ¿qué podría hacer yo? Él tomaba las decisiones y no tenía otra opción más que dejar que las cosas sucedieran. Era mi manera de agradecimiento. Aparte, yo estaba seguro de que él iba a cambiar, a diferencia de los anteriores que me habían llevado a sus casas y terminaban regresándome al olvido.
Los encargados de la mudanza llegaron temprano, eran tres individuos: dos corpulentos, aunque chaparros; el otro alto y muy delgado. Primero se llevaron los sillones, luego la mesa con las sillas, también el refri que dejó de emitir ronquidos que solían hacer eco en el pequeño departamento. En seguida siguieron las cajoneras, la base de la cama y el colchón donde veía a mi amigo acostarse con personas distintas cada vez que se embriagaba. A veces, me obligaba a ser parte de su preámbulo musical para seducir a sus conquistas, luego se olvidaba de mí y me relegaba a escuchar los gemidos y palabras sucias que a él le excitaban.
Fueron por mí al final de la mudanza. El flaco se me acercó con sigilo, como si dudara de que fuera capaz de moverme. Tocó partes de mí al azar, como si quisiera comprobar que yo aún funcionaba; hizo una mueca y escupió al suelo, luego colocó sobre mí un cobertor y, encima de la tela gruesa, un forro de plástico. No era un día caluroso, pero empecé a sentir que sudaba, aunque fuera incapaz de transpirar como los demás.
“Con cuidado, porque está viejo,” mi compañero decía a cada rato. Empecé a sentir que me empujaban. Uno de los sujetos dijo: “lo levantamos a la cuenta de tres y tú, Flaco, colocas el patín por debajo”. Lo intentaron una vez, dos veces y no pudieron. Mi amigo se acercó y les ofreció ayuda. Al tercer intento, sentí que, por unos segundos, mis patas no tocaban el piso y luego me apoyaron sobre una pequeña superficie plana con la cual mi base hizo contacto, seguro era el patín del que hablaban. “Flaco: pásate al frente y ve guiándolo”. Las voces de los corpulentos venían de ambos lados, justo cuando empecé a sentir un impulso persistente.
Mientras empujaban con fuerza, mis patas no hacían contacto con nada, sólo parte de mi base hacía contacto con la superficie del patín. De pronto me sentí como un ave que volaba por los aires, como aquellas que llegué a ver a por la ventana cuando me quedaba solo en el departamento. El movimiento me obligaba a balancearme levemente a todos lados. Las manos me sujetaban con fuerza cada vez que mi cuerpo se iba más hacia la izquierda o hacia la derecha.
“La bajada de las escaleras va a estar cabrona,” escuché decir al flaco que iba adelante. “Mejor nosotros nos pasamos al frente, ahí es donde va a caer el peso y tú, flaco, vente de este lado”. Escuché que mi amigo repetía una y otra vez que me trataran con cuidado porque estaba viejo. Pocas veces lo oí hablar así, sólo se comunicaba conmigo a través de la música y, cuando no le salían bien sus composiciones, me pateaba o me manoseaba como si quisiera romperme, como si yo tuviera la culpa. Pero durante la mudanza su tono era de preocupación. Estaba seguro de que me quería.
Bajamos el primer peldaño, luego otro. Escuchaba muy cerca los jadeos de los chaparros corpulentos cada vez que mi peso chocaba con otro escalón. Luego un breve descanso y me giraron. Me tambaleé un poco y las manos me sostuvieron hasta que recuperé el equilibrio. Tomaron aire y volvieron a tirar y empujar, dependiendo de sus posiciones. La bajada la sentía más abrupta, un choque en todo mi cuerpo cada vez que descendíamos otro escalón. Una vibración y un eco ligero resonaba en mis entrañas. “Está re pesado,” escuché decir a uno.
Sus jadeos no paraban y la vibración de mi cuerpo era más acentuada conforme continuábamos con el descenso. Fue entonces que escuché un grito de uno de los chaparros que sostenían mi peso por delante. “Ay cabrón, creo que me dio un calambre”. “No mames, güey, cómo se te ocurre. Flaco, bájate a ayudarme porque este cabrón ya no puede con el peso. Patrón, ¿nos podría echar la mano, por favor?” La voz de mi amigo se movió y ocupó el sitio donde estaba antes el flaco y les recalcó que tuvieran cuidado conmigo. Su voz gruesa y áspera sonó con mucha seriedad. Me convencí de que, en nuestra nueva casa, su personalidad se suavizaría. Iba a poder descansar mejor, se dedicaría a su música y entonces me mostraría el cariño que se ha guardado todo este tiempo.
Mientras hacían el cambio los de la mudanza, el patín sobre el que reposaba mi peso tronó y sentí unos trancazos en todo el cuerpo cada vez que chocaba con un escalón. Volví a sentir que volaba y ninguna mano cercana pudo sostenerme. Escuché el ruido sobre las escaleras, luego un último golpazo me hizo tronar. “Les dije que tuvieran cuidado, puta madre”. No supe identificar si la voz de mi amigo contenía enojo, preocupación o resignación.
Por eso me duele todo el cuerpo. No siento las patas ni los pedales. Algo me dice que mi estructura se partió y mi base se enchuecó. Percibo que mi interior está roto, espero se hayan salvado las cuerdas. Unas manos aceleradas me quitan el cobertor y el plástico que me estaban sofocando. Reconozco los dedos que tocan mis teclas. Ya no emito los sonidos que antes coqueteaban con las paredes, ahora sólo produzco ruidos que raspan el aire. “Me lleva la chingada, mandarlo a arreglar me va a salir más caro que comprarme otro de segunda mano” y me patea como lo hacía cuando se enojaba, lo cual me resulta más doloroso que la caída.
Me he quedado sin voz y mi amigo ya no va a poder tocar su música en mí. Quisiera llorar, pero no puedo. Quisiera tener manos para abrazarlo y consolar su frustración. Sólo me queda imaginar que llora por mí.


























