Meneses o los áridos paisajes del alma

1606

[Murió Alejandro Meneses entre el 2 y el 3 de julio de 2005. Tras los veinte años que han transcurrido desde entonces, aún no tenemos una certeza. Es lo de menos. Tampoco sabemos a ciencia cierta el año de su nacimiento. Doy por bueno, sin embargo, 1959 porque fue la fecha que él mismo me proporcionó para asentarla en la contraportada de Días extraños. Un escritor no se construye por las circunstancias de este calibre sino por la solidez de su escritura. Lo que le deparen los años venideros será obra de la crítica que ejerzan desde ahora sus lectores.

Entre 2004 y 2005 escribí tres textos sobre el autor. El primero, del cual rescato aquí sólo un fragmento, fue publicado mientras aún vivía. Los otros dos (una nota a propósito de Tan lejos, tan cerca, y una especie de responso) aparecieron en caracteres de imprenta tras su muerte. Reproduzco la nota completa, cuyo título encabeza ahora el conjunto, y un par de segmentos del segundo.]

I

Jocoso, desencantado, rumiando la hiel y los filosos vocablos de las calles mexicanas, seducido por la ironía y el sarcasmo, con un lenguaje “más cercano al silencio que a la palabra” —como lo advierte el texto de la cuarta de forros que acompaña a Vidas lejanas (ABZ, 2003)—, el mundano narrador que ahora desvela a Alejandro Meneses parece haberse alejado de su antigua voz narrativa. “Nada más natural”, respondería el sentido común: entre Días extraños (Universidad Autónoma de Puebla, 1987) y Ángela y los ciegos (Cal y Arena, 2000) median poco más de diez años. En ese lapso —uno sigue suponiendo—, Meneses habría comprendido que la explosiva mezcla de Amilamia y Lolita que hay en ese personaje ubicuo, inaprensible —“Consejera de dios y del maligno” que induce a la lectura del libro como una sola historia: Ángela, Ángela Adónica—, ameritaba un narrador de voz menos tersa ante las sinuosidades del idioma y menos extraviado en las contemplaciones. (Escribo esto sin dejar de pensar en Ese oscuro objeto del deseo, de Buñuel. Ahí, para ilustrar un temperamento, Ángela Molina y Carole Bouquet le dan vida al personaje —a ratos dócil, a ratos caprichoso— que le hace perder la cabeza a Mathieu, encarnado por Fernando Rey.) Para tantos gatos, borracheras, pedos y chunga, lo más conveniente era una voz áspera, maledicente casi.

Digo “parece haberse alejado” porque la lectura, la reordenación —legítima; moderna, sin duda—, de su propia obra sugiere, de entrada, la confección de una antología personal. La Casa vacía (Lunarena, 2004) cumple con esta expectativa y, al mismo tiempo, sabiéndolo o no Meneses, abulta la cantidad de libros que confirman la sentencia de Paul Valéry: las obras no se concluyen; se abandonan. Puede leerse como antología personal porque, según se sabe, es un volumen destinado a las salas de lectura del CONAFE. (A propósito, el incierto lector merecía una edición menos “egocéntrica”, por decirlo de alguna manera. La tipografía, que debiera seducir por su limpieza y elegancia al curioso que aspira a la condición de lector, no acaba aquí de tener patines ni se decide a ser un palo seco. La portada, sosa, busca rendirle más pleitesía al autor que al contenido. Pero nada comparado con el disparate mayor, ¡jolines!: el mexicanísimo Alejandro Meneses, según Lunarena, deslizó fútbol. ¡Sí, señor: en la colonia Santa María de los Niños Ojetes ya se escuchaba fútbol!)

La Casa vacía es, en efecto, la ordenación de un conjunto de relatos (y de dedicatorias) que establecen, de manera natural, nuevas correspondencias entre ellos como con los lectores. Al replantearse el orden de los relatos, calladas las fechas y la procedencia, se sugiere una obra que, desde su gestación, ha optado por la revisión constante de sí misma. Vale decir: por el movimiento. Así, la voz narrativa se matiza, se enriquece. “El barco de cristal” y “Cuando sueñes, sueña con eso”, por ejemplo, habían sido “abandonados” en 1987 pero nunca fueron perdidos de vista. Más de quince años después, como tesoros que celosamente se resguardan bajo siete llaves o que, al cabo del tiempo, se pulen para redescubrir en ellos lo inacabado de la forma, se incluyen en Casa vacía.

Con fortuna, con mano diestra —no en balde Meneses cuenta ya con veinte años de oficio—, tales relatos han sufrido las consecuencias de la duda y de la reflexión. Las suyas no son narraciones “para caer —como diría José Vasconcelos de su Ulises criollo— en manos de inocentes”. Adrede buscan la malicia y la inteligencia del lector. Por lo demás, tengo la ligera sospecha de que “El barco de cristal” se ha convertido en una suerte de punto cardinal de su narrativa: Alejandro lo consciente, lo pasea, lo recalca. Al lado de “Cuando sueñes, sueña con eso”, de modo inevitable me conduce hasta el lejano 1987. Mejor. 1986, año en el que tuve en las manos los originales de Días extraños y antes de que Meneses adquiriera la consabida condición de autor.

II

Las muchas interrogantes que suscita Bartleby, aquel personaje que nos legara Herman Melville para ilustrar la fascinación contemporánea por la indolencia, la nada o, en términos más realistas, la resistencia frente al capitalismo, contrastan con el estupor que ocasiona la obra cuyo punto final no lo provoca la postergación sino la muerte. Enrique Vila-Matas ha escrito un inquietante libro sobre los escritores aquellos que han optado por el “preferiría no hacerlo”, la escueta respuesta de Bartleby ante la orden o la sugerencia. La considerable nómina que Vila-Matas redondeó, poblada y provisional como todo lo que se halla en movimiento, genera más incertidumbre que asideros ante los vericuetos de la voluntad.

No menos vasta, no menos impotente, la conjetura que aflora frente al intempestivo cese de la escritura tropieza con un azaroso rompecabezas en el que las piezas a menudo no encuentran acomodo. De ahí la proliferación de “obras completas” en las cuales abundan las notas de la tintorería que el distraído acumuló entre sus papeles o los apuntes indescifrables con los que el curioso se ayudó en sus frecuentes visitas al mercado. De ahí también las leyendas negras, las anécdotas felices y, ¿por qué no?, empleos y voluminosas tesis. Nos queda un consuelo: los epistolarios. Vastos y nutricios como el de Kafka; quejumbrosos y angustiados como el de Scott Fitzgerald; chismosos y banales como los hay muchos, tendrán una paulatina o drástica desaparición. Internet nos ha privado, o nos privará en el futuro, de lo sustancial y del exceso. 

Tan lejos, tan cerca —el último libro de Alejandro Meneses–– es un oblicuo camino de preparación hacia la muerte. No otra cosa sugieren las historias que ocurren en sus páginas dominadas por ésta: muerte física y muerte simbólica. Los personajes, unos, habrán de perder la vida; otros, desconsolados, habrán de renunciar a sus expectativas. Uno viaja para morir en tierra ajena; otro ––el de “La bella vida”–– encandila sus ganas de vivir mientras se solaza en la presencia de una mujer-niña y la ausencia, ida ella, que le transmite ese instrumento falsamente consolador que es el teléfono. Ambos, con elemental perspicacia, descubren al fin que la antigua savia del vigor se abisma. “Meditar en la muerte por adelantado —escribió Michel de Montaigne— es meditar por adelantado en la libertad, y quien aprende a morir ha desaprendido a servir”.

Justamente por esa condición de lo imprevisto, Tan lejos, tan cerca, como casi todos libros de Meneses —casa aparte merece Ángela y los ciegos—, es un espacio de confluencias momentáneas, de acomodos pasajeros. Sus relatos se agrupan como las personas lo hacen en la estancia de una casa: dominan ahí sus habitantes, que se nutren o se desperezan con la llegada de los visitantes, y enseguida también se desplazan y reaparecen en lares diferentes. Por la misma razón, sin duda, la existencia de Vidas lejanas y Casa vacía. Ahí han llegado relatos procedentes de Días extraños y de Ángela y los ciegos. Por la misma razón, sin duda, “La vocación del soldado” se incorpora en Tan lejos, tan cerca, mientras “Cosas veredes” y “La bella vida” arriban desde lugares mucho más pasajeros: antes se detuvieron en De claro en claro y en De párvulas bocas, respectivamente.

Cuando advertí la inestabilidad que sufrían los relatos de Meneses, supuse que había un secreto motivo extraliterario que lo obligaba a ese proceder. Mejor dicho: supuse que la motivación desconocida para mí le permitía realizar con sus textos una divertida trashumancia que terminó por imponerse como una razón más o menos estética. ¿Quiere esto decir que sus libros son arbitrarias colecciones de relatos? De ninguna manera. Su unidad —la unidad de su obra, o eso que nos empeñamos en llamar unidad— está garantizada por su anclaje en ciertos temas (la soledad, la infancia, la familia) y por la tensa manera de construir su fraseo, muy evidente sobre todo en los relatos de los últimos tiempos. Creo, por eso, que cada libro suyo —si no es abusar de la imagen— es una simple estancia —un peldaño, ¿hacia dónde?— que se satura y provoca escenas hilarantes o, en su defecto, ya liberada del exceso, da paso a los susurros.

“Cosas veredes”, el relato más acabado y más extenso de Tan lejos, tan cerca, está desprovisto de toda compasión y de toda esperanza. Quijano, el personaje, es un estoico cuyo temple casi se derrumba en el último momento para rendirse ante la complicidad instantánea que encarna Sánchez y Díaz de Barriga, el taxista que lo acompañará en sus andanzas por un Madrid dispuesto a mostrarse apenas en bares y tapas: en pago, él se convertirá en el  heredero de una abultada tarjeta financiada por el crimen. Si lo desea, con ese dinero Sánchez y Díaz de Barriga podrá ir en busca de su particular Barataria en algún lugar de América, el sitio del que Quijano pudo salir para encontrarse con la muerte.

En Alejandro Meneses había un temple de antiguo y auténtico poeta: sabía contar y cantar. No ha de extrañar, entonces, que en su escritura domine la primera persona ni que esos textos sean apenas la extensión de su propia voz, su afortunada modulación, y que las escenas, las atmósferas, encarnen áridos paisajes del alma. Secas y crudas las palabras, como si hubiesen sido contaminas por el polvo de los llanos, hay en Tan lejos, tan cerca un algo próximo imantado por el fragmento o el poema en prosa. “Luna árabe”, por ejemplo, me parece un poema, un grito asordinado, que mucho recuerda a las piezas de Aloysius Bertrand y al Rimbaud de los “Desiertos del amor”.

III

Hay en los títulos que Alejandro Meneses eligió para sus libros un algo que delata su incomodidad en esta vida. De Días extraños a Casa vacía uno se desplaza por un terreno en el que la condición humana parece fascinada por todo aquello que corroe —con más o menos sutileza— el tiempo: la soledad, las mentiras… La sincopada música de los relatos que Meneses escribiera en los noventa sólo dosifica la descomposición: las relaciones mal avenidas, el vómito, el polvo. Ángela y los ciegos es el terrible escenario de ese personaje que aconseja a Dios como al maligno y que tiene “la capacidad de permanecer ausente del mundo”. Vidas lejanas insiste en los fragmentos vitales cuya proximidad con el abismo conoce el sujeto y, sabiendo incluso que no habrá retorno, se encamina hacia él sin resistencia.

En algún punto escribí que Alejandro Meneses había sustituido una “debilucha” voz narrativa por una “áspera, maledicente casi”. Me corrijo: debí haber escrito “tersa”. Esa tersura con la que está escrito “Cuando sueñes, sueña con eso” no logra ocultar, sin embargo, el deterioro que ha inoculado ya la duda. Después, como si el precario equilibrio que mantenía su escritura siempre en movimiento le hubiese desfondado el alma, Alejandro Meneses comprendió que debía construir un universo narrativo desencantado y, en algunas de sus páginas, carnavalesco. ¿Qué otra cosa son, si no, “Sedaine ha muerto” y ciertos episodios más de Ángela y los ciegos? Meneses pudo haber suscrito, muy de buena gana, aquel pasaje de Una temporada en el infierno, de Rimbaud: “Una noche senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga. —Y la injurié.”

***

Cuando Alejandro Meneses leyó La carne contigua, de Ernesto Mejía Sánchez, no pudo ocultar su turbación. (Aquí el lector, sin más pruebas que mi dicho, deberá confiar en el testimonio de quien fue, a lo largo de los años, un interlocutor discrepante y aquiescente a la vez.) Por lo visto, la perturbadora idea del incesto lo rondaba desde mucho tiempo atrás. Los primos incestuosos, sometidos al deseo desde los tempranos juegos infantiles, descubren que, para ellos, no hay drama sin festín. En Ángela y los ciegos se encuentran convencidos de que la lluvia de la niñez no los abandonó nunca. Su pertinaz presencia les anuncia que la vida, sin concesión alguna, es un cabaret en el cual todas las metamorfosis son posibles. Mientras más pronto sucedan, mejor.

La nerudiana Ángela Adónica —divina sólo en la eufonía del nombre— es también Amilamia —la de Fuentes— y es Lolita, es Aura —Fuentes otra vez— y es la Helena que arremete contra los hombres cuando intuye el rapto. Ángela es una aparición y es la manera brutal de asentar los pies sobre un barco creyendo que se está ya en tierra firme. Es abuela, madre, tía y hermana. Meneses construyó sobre estas figuras su universo narrativo. Dentro de la familia sostienen techos que están a punto del derrumbe, urden traiciones, arrojan los bártulos de la cocina y se tornan el deleite de los ciegos…

Los hombres —abuelos de los abuelos, padres, hijos—, en cambio, constituyen una genealogía de buenos para nada. Simulan que participan en el mundo de la producción aunque prefieran, en realidad, permanecer en desvencijadas carpinterías mientras llega la hora de entregarse a la verdadera vida: heredarán cuadernos en los cuales describen viajes que nunca ocurrieron. Todo un monumento a la pereza que toleran —resguardan, más bien— las mujeres y sus devaneos.

Por eso en Ángela y los ciegos el atarantado narrador puede decir, al ser expulsado de la interioridad femenina: “Y se quedaron solas. Como siempre, sin mí.”