Marco Antonio Campos y el Diccionario de López Velarde

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Hasta donde llegan nuestras noticias, de los investigadores mexicanos que han hecho aportaciones significativas al conocimiento de la vida y la obra de Ramón López Velarde, solamente uno se mantiene activo en el estudio de nuestro autor: Marco Antonio Campos. A finales de 2020, el poeta, ensayista y traductor nacido en la capital del país en 1949 dio a conocer el más reciente de sus proyectos, un diccionario de asuntos biográficos y literarios relacionados con el poeta de Jerez. El libro, que lleva el número 13 de la serie Cátedra Universitaria de la Coordinación de Humanidades de la UNAM, tiene una doble dedicatoria: a uno de esos conocedores, Gabriel Zaid, y al más importante editor contemporáneo de la poesía velardiana, el sevillano Alfonso García Morales.

Campos ha sido un incansable estudioso del tema desde sus años juveniles, primero como aprendiz de literatura, después como maestro y editor, y por último como promotor de nuestra poesía en multitud de foros mexicanos e internacionales. Como sabemos por sus crónicas, nunca ha dejado de tener los ojos puestos en Zacatecas. Fue para el gobierno de ese estado que el notable editor José de Jesús Sampedro creó a principios de siglo una colección de libros que llevaba el nombre del jerezano, la cual por desgracia, con el fin del sexenio en que fue concebida, vio su cierre definitivo. Marco Antonio Campos fue el agente determinante en la configuración de los títulos de la serie, firmando uno de ellos, armando personalmente otros dos y solicitando alguno más. Cinco títulos alcanzaron a salir de esa Biblioteca de Ramón López Velarde, como fue bautizada la colección, todos ellos del máximo interés y actualmente inconseguibles en su formato impreso, excepto el primero ellos, La lumbre inmóvil, la selección que hizo Campos de los textos de José Emilio Pacheco sobre el poeta de “La suave Patria”, que apareció con un epílogo suyo; publicado originalmente en 2003, el libro fue relanzado en 2018, con todo y su epílogo, por la editorial ERA.

El segundo título, al que volveré un poco más abajo, apareció dos años después: se llama El tigre incendiado (2005) y reúne las principales aportaciones del propio Marco Antonio Campos al estudio de nuestro tema. De Emmanuel Carballo es el tercero: Ramón López Velarde en Guadalajara (2006), una recuperación de la presencia del poeta jerezano en las publicaciones de aquella ciudad, que incluye los textos mismos tomados de las viejas publicaciones donde primero vieron la luz.

Campos es el encargado del cuarto de la serie, Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos (2008), una reunión de los ensayos que dedicaron a su común maestro los escritores de ese grupo (Villaurrutia, Gorostiza, Cuesta, Pellicer etc.), que se acompañó de un prólogo de Evodio Escalante. El quinto y último (hasta donde sabemos) fue La edad vulnerable (2010), de Sofía Ramírez, libro que recoge el paso del poeta por la ciudad de Aguascalientes.

Desde su trabajo como director de la colección Poemas y Ensayos de la Coordinación de Humanidades de la UNAM, no ha dejado Campos de alentar el trabajo de otros sobre los más diversos temas poéticos. Desde ese lugar, su contribución más reciente al mundo velardiano es Obra poética (verso y prosa) de Alfonso García Morales, volumen aparecido en 2016. Y en esa misma serie universitaria se hubiera publicado La provincia inmutable. Estudios sobre la poesía de Ramón López Velarde, el espléndido estudio de Martha Canfield desconocido en México (aunque no por Campos), si la investigadora uruguaya hubiera aceptado publicarlo en las condiciones en que se dio a conocer en Italia en 1981.

Precisamente en la nota con que abre El tigre incendiado, su propio libro sobre López Velarde, el segundo título de la colección zacatecana lamentablemente truncada, Campos dice que su gusto por la poesía del jerezano empezó a los 19 años y nunca ha dejado de crecer. Para él, la obra de ningún poeta mexicano “es más secreta” que la suya “y en sus mejores instantes, en prosa o en poesía, hay una luz que nos deslumbra y una sombra que no logramos aclarar o develar”. Aquel libro abría con una crónica de Jerez de Zacatecas y echaba luego un vistazo a “La suave Patria”, El minutero y Don de febrero y otras crónicas. Más adelante, abordaba la crítica literaria de nuestro poeta y reunía por último la visión que tenía López Velarde del poeta Othón, y las que tenían de él Tablada, Torri y José Emilio Pacheco. El libro cierra con un poema de su autoría: “Frente a una casa jerezana”.

Con motivo de la llegada al año 1988, cuando se conmemoraron los cien años del nacimiento de López Velarde, hace ahora 33 años, precisamente los que vivió el poeta, apareció un libro coordinado por Emmanuel Carballo con lo más importante dicho por la crítica a lo largo del siglo: Visiones y versiones (López Velarde y sus críticos, 1914-1987, INBA, 1989). Como el índice de aquel volumen concluye con un ensayo de Campos (el dedicado a la visión que tenía Torri de López Velarde), se nos antoja pensar que, para aquel tiempo y esa generación, el benjamín de los estudios velardianos era nuestro amigo, quien se ha convertido con el paso del tiempo en una suerte de decano de quienes vinimos después.

Su más reciente proyecto sobre el poeta de Jerez es la consecuencia de muchos años de trabajo y dedicación y por eso tiene algo de conclusivo. En un puñado de páginas, Campos resume sus intereses organizándolos de manera alfabética, en una lista que cumple las necesidades generales del lector que se acerca por vez primera a la materia y conserva al mismo tiempo un sesgo felizmente personal. Como cuenta él mismo en la primera página de su diccionario, fue a partir de su descubrimiento del Alfabeto pirandelliano de Leonardo Sciascia (en México lo publicó El Milagro en 1997) que tuvo la idea de hacer algo semejante con López Velarde. Algo llama nuestra atención una vez que lo hemos leído: aunque no alcanza las 150 páginas, el volumen contiene tal cantidad de información procesada a lo largo del tiempo que resulta notablemente denso.

De ese modo, su Diccionario lopezvelardeano cumple con la expectativa de ofrecer información sobre los temas esenciales y por eso forman parte de su índice asuntos previsibles como Águeda, Baudelaire, flâneur, Fuensanta, Jerez, Margarita Quijano, poeta nacional, Zacatecas, y a la vez se interna por laderas novedosas como Acuña, carácter, Chile, gramática, paloma, Quijote, reloj, toros, Virginia.

Aun cuando deba someterse al orden alfabético, Campos se las arregla para colocar algunas palabras en lugares estratégicos y ofrecer de ese modo, a quienes pasamos en orden las páginas de su libro, una sensación de secuencia cronológica. Empieza por la palabra abogado, lo que le permite presentar al padre del poeta, quien obtuvo ese título, y comentar a partir de su figura cosas como de dónde provino el apellido Velarde, que no era propiamente el de la familia, y otros asuntos relacionados con los orígenes. En el otro extremo del libro, Campos cierra su diccionario con zalagarda, esto es “una emboscada dispuesta para tomar descuidado al enemigo y dar sobre él sin que recele”, como define castizamente el diccionario y bien podemos definir la trampa inesperada y prematura que tendió la muerte al poeta.

Campos nos hace notar que el debatido asunto de la influencia de Baudelaire en López Velarde, y la convicción de la crítica, expuesta por cierto con buenos argumentos, de que una manera poética presente en López Velarde es la de Jules Laforgue, no corresponden a las apenas tres o cuatro menciones al primero y a la ausencia absoluta del nombre del segundo en el volumen de varios cientos de páginas de su obra reunida. En el caso de Laforgue es llamativo el silencio de López Velarde sobre todo si recordamos la insistencia con que se refieren a su influencia (la misma, por cierto, que también alcanzó a T. S. Eliot), con razonamientos perfectos, Octavio Paz, Allen W. Phillips o José Luis Martínez.

Atendiendo a las pruebas con que contamos, Campos contradice lo que afirman los críticos respecto a que la casa familiar de los López Velarde en Jerez estuvo en la Plaza de Armas, y expone su convicción de que más bien estuvo en la calle de la Parroquia, para lo cual se apoya en lo que muestra el contraste entre las fotos y el paso del tiempo sobre la ciudad.

Por otro lado, explica que se ha empañado el motivo de la muerte de Fuensanta: si fue una nefritis, como dice el acta de defunción, firmada por el hermano del poeta, o una tuberculosis como los lectores han tendido a pensar a partir del poema “Hoy como nunca…”, o un problema del corazón, como terminó contando aquel mismo hermano médico, Jesús López Velarde, en una entrevista de 1971.

Respecto a cómo era la biblioteca personal de López Velarde, Campos alude al tema explicando que ninguno de sus amigos o conocidos dijo ni media palabra al respecto, con la salvedad de Maples Arce cuyo testimonio procede a citar: el poeta estridentista contó en sus memorias que visitó alguna vez a Ramón en “su pequeño estudio” en el departamento de la Avenida Jalisco, donde era difícil moverse en el espacio que quedaba libre entre el escritorio y “la abundancia de libros”.

A diferencia de lo que nos ocurre a nosotros, parece simpatizar Marco Antonio Campos con las supuestas bromas y las evidentes inexactitudes con que Neruda se refirió a López Velarde, a quien el chileno por lo visto admiraba sinceramente, pero que, unas y otras, excentricidades sin objeto aparente, no nos parece que hayan hecho nada en favor de nuestro poeta.

Como es comprensible, el autor del Diccionario lopezvelardeano se extiende con especial interés en dos asuntos que ha trabajado con anterioridad: lo que significaba para el poeta de Zacatecas la obra de Manuel José Othón, a quien Campos dedicó un pequeño volumen (El San Luis de Manuel José Othon y el Jerez de López Velarde, Dosfilos, 1998) y la relación que López Velarde mantuvo con Saturnino Herrán. Con respecto a Herrán, se cuida de incluir el episodio del amigo poeta tratando de hacer algo por su viuda, quien se vio en pésimas condiciones económicas a la muerte de su marido. Según unas cartas desconocidas hasta junio de 2015, cuando Campos las dio a conocer (a partir del rescate de su amigo Luis Alberto Navarro), poniéndolas en perspectiva y contexto en una entrega del suplemento cultural del periódico La Jornada, López Velarde intentó colocar algunos de los cuadros de Herrán para enriquecer la colección de un museo regional del estado de Jalisco que estaba en proceso de ser creado, pero el dinero previsto para ese proyecto terminó destinándose a otro y la propuesta por eso no salió adelante. (Salvo por el interés del poeta zacatecano por el pintor aguascalentense, como nos recuerda Campos, nada interesaron las artes plásticas a López Velarde.)

Imposible comentar todo lo que nos llama la atención, como el significado singular que dio el poeta a la palabra criollo de acuerdo con la literatura en boga por esos días, la escena infantil que da cuenta de la existencia de una plaza de toros en Jerez o el reloj que desgajaba las ocho, igual que en el poema inspirado por María Nevares, y que en casa de la anciana estaba detenido precisamente a esa hora, como anotó al menos uno de los periodistas que la visitaron al final de su vida.

El libro, que incluye una “bibliografía esencial”, carece de un necesario índice de entradas alfabéticas, pero nosotros hemos confeccionado uno a modo en la última página del ejemplar generosamente autografiado por su autor, con el propósito de satisfacer nuestro interés de ver estampados en un solo sitio los 48 temas recogidos en el conjunto y poder volver al libro, todas las veces que sea necesario, con mayor facilidad.

El prólogo del Diccionario lopezvelardeano concluye con una doble afirmación: el poeta de Zozobra es el más personal de los que conforman nuestra literatura, por un lado; por el otro, su poesía ilumina el destino todo de la poesía mexicana. La vitalidad del entusiasmo y el interés público y privado que provoca a cien años de su fallecimiento, confirman que Campos tiene razón.

 

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Este texto es un adelanto del libro La majestad de lo mínimo. Ensayos sobre Ramón López Velarde (Bonilla Artigas Editores), de próxima aparición.

Marco Antonio Campos, Diccionario lopezvelardeano, serie Cátedra Universitaria, Coordinación de Humanidades, número 13, UNAM, México, 2020.