Apagón y Pausa

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Ahí estábamos, unos pocos, en penumbras, ante la pantalla de noticias, perdida la figura humana bajo el cúmulo de vestiduras.

“Nuestras emisiones se reducirán de tres minutos a dos”, advirtió la locutora. “La dieta se acotará a cultivos que requieran poca luz y a especies de agua fría”.

Restricción, optimización, reciclado, seguían siendo palabras inevitables.

La temperatura, en constante descenso, auguraba un invierno con marcas cercanas a -60°.

Bajo las antiparras las lágrimas se congelaban. Me apuré por llegar a mi sitio, pegado al invernáculo 321. Arrebujado en el montón de cobijas, aprovechando el remanente de luz y tibieza que fugaba a través de la cortina plástica, esperé la distribución de raciones. A mi derecha el viejo Gaspar se revolvió en su montículo de trapos.

—¿Novedades? —preguntó.

—Lo de siempre.

—Estuve pensando —dijo en voz casi inaudible—. En el principio luz y tinieblas estaban confundidas. El Creador las separó, haciendo la noche y el día.

Le tomó un par de minutos recobrar el aliento.

—Al saber que lo dieron por muerto, ofendido, restableció la mezcla original.

El de la izquierda, un tal Rulo, soltó una risita rasposa.

—No, muchachos. Qué dios ni ocho cuartos. Es el poder. Cuando todos estemos del otro lado hará que vuelva el sol.

Delira, pensé.

—El sol sigue ahí. —concluyó—. Lo tienen amordazado.

Busqué el casi olvidado disco, apenas distinguible de la oscuridad glacial por cierto matiz rojizo. Las estrellas, en cambio, titilaban con renovada insistencia, y en la perspectiva de la calle ascendía la luna, plateando el perfil de los edificios muertos.

Al comienzo había vivido el apagón animado de un jubiloso espíritu ácrata, sumándome al saqueo y alborotando al calor de las fogatas.

Vaciadas las despensas, supermercados y depósitos, aquellas bandas alegres se tornarían ferozmente depredadoras, asaltando las casas y echando a los fuegos muebles, puertas, libros y maderamen de pisos y techos.

Rumores de asesinato y canibalismo me harían buscar el resguardo de los invernáculos, gusanos fantasmales que avanzaban sobre avenidas y parques.

 

*

    Sin detener la marcha el hombre del furgón arrojó la bolsa de alimentos. En el mismo vehículo viajaban hacia la usina de reciclado quienes fueran hallados muertos y los que cayeron abatidos por los guardias.

La bolsa llegó helada. La arropé entre las cobijas.

—Volví a soñar comida caliente —dijo Gaspar—. Lentejas con panceta.

—Ayer fueron tallarines con albóndigas —recordé.

El viejo soñaba platos populares, de fonda.

—Ojalá tuviera yo un sueño de esos —dijo Rulo.

Mi vida se reducía a unos pocos trazos. Casi todo el tiempo yacía sepultado en el colchón, en espera de la ración única. Por no pensar memorizaba listas. De futbolistas, presidentes, películas, cantores, animales, actrices, marcas de golosinas, países.

—Conocí unos muchachos —dijo Rulo—. De la gloriosa Jotapé.

Está loco, pensé.

 

*

    Gaspar no se movió, el furgón se detuvo, la linterna buscó el bulto. Con movimientos precisos el repartidor lo subió al vehículo.

Enseguida, como si hubiese aguardado al acecho, irrumpió una sombra.

—Se ha desocupado, veo.

Voz de mujer. Ya éramos sólo voces. Las vestimentas a que obligaba la glaciación nos habían hurtado cuerpos y rostros.

—Tengo la tarjeta. Dijeron que buscara lugar. Vengo del Parque Saavedra.

—¿Cómo va todo allí?

—De terror. Ya no queda comida. Ni leña. Están desenterrando raíces. He visto matar por una caja de fósforos.

En su mano enguantada brilló un revólver niquelado.

—Guarde eso, muchacha. Somos gente amiga.

—Gente amiga intentó matarme. Me llamo Rosa.

Se escurrió bajo las cobijas, en contorsiones de topo.

—Mañana, en la pantalla —susurró Rulo—. Estarán los muchachos.

 

*

    Se presentaron.

—Bocha.

—Tula.

Uno, casco de motociclista; el otro pasamontañas y antiparras de aviador.

—Esos colchones son pasaje a la muerte —dijo Bocha.

— Apenas dejan uno libre alguien lo ocupa —acotó Tula.

—Papeles cazamoscas. Eso son —precisó Bocha barriendo con un ademán el tendal de refugiados al amparo de las cortinas de plástico.

—En la Bombonera han construido una nueva planta de reciclado. Eso dicen.

—Y otra más grande en el Monumental.

La añosa rivalidad persistía en el nuevo orden.

—Es preciso salir ya.

—¿Hay geografía de escape? —preguntó Rulo.

—El Delta. Un camino largo y peligroso. Pero todavía poco vigilado —dijo Bocha.

—Vendrá Tamara. La encargada del criadero de ranas. Tiene reservados treinta kilos de bichos para el viaje —agregó Tula.

—¿Armas?

—Tiene. Ha disparado sobre pescadores furtivos.

—¿Podremos sumar a Rosa?

—¿Es de fiar?

—Creo que sí. Parece resuelta.

—A último momento. Si se rehúsa habrá que silenciarla. —dijo Bocha.

Repartió unas ampolletas de cristal.

—Cianuro. Nunca se sabe. Es lo que están agregando a las raciones. Los tiempos se aceleran.

 

*

    Rosa sabía lo mismo que nosotros, o lo imaginaba. Protegidos por las sombras de la luna nueva partimos.

—Veinte años atrás —dijo Tula— les hubiese dado guerra. Hoy quisiera hacerme invisible.

—Mejor todavía —dijo Rosa— ser inmaterial. Soltar este traperío, el cuerpo apestoso, la bolsa de putas ranas.

—Hablamos de morir ¿es eso?

Recapitulé. En pocas semanas había conocido el anarquismo tumultuario, después la falsa protección de un socialismo regimentado y finalmente, sintiendo la tensión del camino bajo los pasos, cierta iluminación taoísta.

Nos tendíamos a descansar y el camino se detenía a esperarnos, con lealtad de perro. Al reanudar la marcha nos seguía o se adelantaba abriendo el rumbo.

 

*

    Ayudados por la luna ya creciente cruzamos un río helado, pusimos pie en la primera isla, la atravesamos. En la tercera encontramos una cabaña ruinosa. La linterna alumbró viejas latas de conserva, un calentador Bram-metal, bidones con querosén, utensilios y herramientas oxidadas.

Vueltos a ser primitivos, recolectábamos. Carpinchos, nísperos, palomas y unas pétreas manzanas salvajes.

Apiñados en torno de un fuego mísero que cuidábamos con devoción, perdimos cuenta de los días.

 

*

    Nos despertó una claridad turbia, recortada por el cuadrado de la ventana.

—Está volviendo —susurró Tamara, tímidamente, como si temiera engañarse.

La luz crecía, incontenible. Con el correr de las horas el mundo revivió en fulgores y tibieza. Comenzó el deshielo. No me alegré. Comprendía que en la ciudad acababa de morir el último de los condenados. Y que pronto vendrían por nosotros. Imaginé las chimeneas de las usinas de reciclado humeando furiosamente. Pero no era momento de decirlo.

Nos quitamos antiparras, pasamontañas, bufandas, cascos y gorros.

Los hombres, uno gordo y colorado, otro más bien flacos y amarillo, gris y rugoso el tercero, todos de barbas hirsutas y ojos atrapados en zarzales de arrugas, resultaron ser tres desconocidos; Tamara, una desconcertante jovencita de expresión malévola, y Rosa una anciana de vivos ojos azules. Me asomé al espejo partido que colgaba de un clavo y que hasta entonces había evitado. Tampoco ese era yo.

La luz nos había convertido en seis extraños.

 

*****

 

En pausa

 

—No entiendo –dijo el gordo.

—No se trata de entender –dijo el alto.

—Ya no –dijo el viejo.

—Mi casa —volvió a decir la mujer.

El de lentes no dijo nada. Pensaba.

Tampoco yo dije nada. Prefería no pensar.

El viejo nos semblanteó a uno por uno.

—Seis —dijo—. Seis sobrevivientes.

—No diga sobrevivientes —objetó el de lentes—. Puede que los otros no estén muertos. Solamente aquietados. En pausa.

Y enlazó en un ademán las figuras inmóviles del tipo del mostrador, el mozo y el de la mesa.

—Seis por ahora. Seguramente habrá más, escondidos por ahí —especuló el viejo—. Hay dos clases de gente. Los que se guardan y los que salen. Eso aprendí en la guerra.

    Tenía razón el viejo. Yo era de los que al oír un tiro corren a mirar. Dos horas antes, cuando el repentino silencio hizo que temiera haber quedado sordo, había ganado la calle.

Al primero que vi fue al diariero, en la silla de siempre, los ojos abiertos como si hubiesen alcanzado a ver algo extraordinario. La radio, a su lado, dejaba oír el crepitar de la estática. En la parada tres personas hacían fila. Reconocí entre ellas a Susy, la gordita del 5° C.  Esperaban un 203 que no llegaría. Había chocado la columna del semáforo media cuadra antes. A través del parabrisas astillado se vislumbraba la calva del chofer, volcada sobre el volante.

Entré al supermercado. El vigilador, de sonrisa congelada, permanecía firme en la puerta, y las cajeras en sus puestos. La rubita simpática aún sostenía una tarjeta de banco y la cliente el bolígrafo, suspendido a cinco centímetros del tique.

En los pasillos algunos empuñaban la barra del carrito. Me recordaron las esculturas hiperrealistas de Hanson. En el museo que las tuviese se haría imposible distinguir entre obras y visitantes.  Una mujer se disponía a cargar el tarro de café elegido media hora antes.  Eran la humanidad copiada en poliéster. El silencio aturdía.

A las tres cuadras, en la esquina de Boyacá, encontré a ese tipo alto, en posición de vigía. Tenía un libro apretado contra el pecho.

—Parece que somos dos —dijo.

Se inclinaba al hablar como si temiese que las palabras, al pasar de largo por encima de mi cabeza, se perdieran en el silencio.

—Si hay dos podrá haber tres —contesté, por decir algo.

Echamos a andar. Una mujer de expresión atontada zigzagueaba a la deriva.

—Me llamo Delia Mendizábal. Tengo cuatro años. Vivo en Condarco 2715 piso primero, departamento B —recitó en una vocecita sin inflexiones.

Al viejo lo encontramos en un banco de la plaza, matando tranquilamente el tiempo; y al de lentes ocupado en tomar fotos. Se sobresaltó al percibir que nos movíamos. El gordo salió de un zaguán al oírnos.

—Pensé que yo era el único —dijo a modo de disculpa.

Después de vagar unas cuadras entre figuras inanimadas habíamos recalado en ese café. El dueño estrujaba un repasador, fija la mirada en algo que ya no estaba. El cigarrillo del único cliente, consumido entre los dedos, había dejado una línea entrecortada de ceniza. El mozo, sorprendido a mitad de camino entre el mostrador y la mesa, sostenía la bandeja con el café frío y un vaso de agua.

El viejo, ignorándolos, trajo vermut, un sifón, vasos y, para la mujer, una chocolatada.

—Soda nomás —dijo el alto. Y puso sobre la mesa el libro, una Biblia muy trajinada —. La necesitaremos para orientarnos.

—¿Estarán de verdad muertos? —dijo el gordo.

El de anteojos agitó una mano en el intento de borrar la frase.

—Parecen más bien en estado de catalepsia.

—¿Podrán revivir? — insistió el gordo.

—Quizá sí, quizá no —y activó el celular—. Veamos.

Nos hizo ver fotos. Gente detenida en la calle, asomada a ventanas, en posturas dislocadas dentro de autos chocados, uno caído con la bicicleta entre las piernas. Y un perro.

—Este también quedó clavado en el momento. Temo que el fenómeno haya afectado a animales y plantas. A todo lo que vive. También a los microorganismos. Al fin y al cabo somos un conglomerado de mil billones de bacterias.

 De pronto, en un giro del punto de vista, tuve la clara percepción de que los muertos éramos nosotros. Pero no quise decirlo. Tal vez porque a mí mismo me asustó saberlo.

El viejo se había quitado la boina y miraba el interior como si buscara algo.

—Es el fin del mundo —dijo—. Estuve ahí antes. La guerra enseña muchas cosas.

—Todo final anuncia un nuevo comienzo —sentenció el alto—. Después del día séptimo retorna el primero. Una y otra vez, infinitamente. El creador es lo único eterno.

—El fin del mundo —concluyó el viejo— ocurre todo el tiempo, en todas partes. Esta vez pegó con más fuerza, eso es todo.

Dejamos el bar, caminamos por calles pobladas de estatuas polícromas. Ya no me sorprendía el estado de anestesia emocional en que había caído. Las cosas comenzaron a parecerme naturales, ordenadas, menos absurdas. El estar muertos al fin es placentero. Nos hace inmortales, libres de angustias y conflictos.

La mujer, entre lágrimas, insistía.

—Mi casa.

Le sonreí. Una Gretel de cuarenta años, perdida en el bosque.

Se tomó de mi mano, confiada.

En un puesto de diarios conseguí una guía de calles. Su casa quedaba a veinte cuadras.

Llegamos a Condarco. En aquella dirección sólo había un mercadito, con chinos y clientes congelados en el instante. Entonces supe que no habría puerta de salida y que la distancia a recorrer sería inmensamente mayor a la indicada en cualquier mapa.

Y hacia allá fuimos.

*****