Sirena nadando mar adentro

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Anita tenía tres años y hablaba de una manera bastante peculiar. Utilizaba palabras bizarras para denominar las cosas y construía el esqueleto de las oraciones desde lógicas desordenadas. Lo más gracioso era su incapacidad para distinguir el yo del tú, el tú del ella. Al principio, yo le soltaba continuamente, Anita, ¿cómo tú te llamas? Y, como si se tratara de una frase hecha cuya sustancia significó algo esencial durante muchísimo tiempo, pero luego de tanto uso y desgaste terminaría no significando nada, –nada, sin dudas, para una niña pequeña que comienza a hablar–, ella me decía mordiendo los sonidos graciosamente: Ana García. Acto seguido le preguntaba, ¿y quién quiere a su tía?, y Anita, medio turbada por no tener las certezas que más tarde inventamos sobre el sentido cerrado del lenguaje, me gritaba: ¡Tú!

Por esa misma época estaba obsesionada con las sirenas. Familiares de aquí y de allá se aparecían en la casita de Marianao a hacer la visita con sus respectivas sirenas: de trapo, dibujadas en cartulina marrón y coloreadas con temperas de las que no pintan, bellísimas muñecas de Disney acabadas en una cola tornasol que, si se les apretaba el botón en forma de concha atornillado al pecho, cantaban con voz humana canciones del mar, melodías atribuidas por la industria del espectáculo a un mundo que es básicamente silencioso. El mar, un silencio anterior a la palabra, cierto arcaísmo encargado de ponernos los pies en la tierra suave del litoral. Anita vivía, de algún modo, en ese tiempo y en ese lugar. La cogía con alguna de las muñecas que le regalaban, no tenía que ser la mejor confeccionada, no tenía que cantar ni mover la cola escamada en tornasoles; agarraba una y dormía con ella, se bañaban juntas, la peinaba, vestía, le daba de comer.

Ese día yo había llegado con varias cervezas adelantadas. Le grité a Danay, desde la acera, que me tirara la llave de la reja que necesitaba subir y seguir tomando allá arriba. Rodrigo y yo acabábamos de cortar de una forma demasiado triste. Me había agarrado por el pelo y me había dicho que era una puta de las malas, de las bajitas, de las cochinas, que si yo quería, si yo era mujercita, volviera a llamar al personaje ese de la facultad. ¡Al punto ese, llámalo si tú quieres! Rodrigo nunca gritaba, hablaba en voz baja y con una serenidad de otra era. Cuando se alteraba, cerraba los ojos y se largaba a algún sitio profundo, a no sé cuántas millas por debajo del nivel del mar, en medio del océano sin ruidos ni peso, y allí se estaba a siglos de distancia de mí. Yo pensaba, siempre, que iba a romper a llorar de uno a otro momento, pero nada de eso, Rodrigo no lloraba, se incorporaba de a poco, como quien despierta de un sueño de muchas horas, y me clavaba la vista por primera vez. ¡Lárgate!, me había dicho con la misma mansedumbre.

Subí tan rápido como me dieron las piernas. La escalera me pareció, mientras avanzaba, un territorio demasiado inhóspito, amarillento, sucio. Abracé a Danay cuando llegué al tercer piso, le di un beso en la mejilla y me dejé caer sobre la butaca pequeña del salón. Le pedí que me trajera cualquier cosa, lo que tuviera por ahí guardado, que no me encontraba bien. Yo te lo advertí, me soltó y salió caminando hacia la cocina diciendo que no con la cabeza y secándose las manos húmedas con una toalla. ¡Salte de ahí, muchacha! Danay se la pasaba repitiendo, cual pitonisa drogada que ha visto en las ruinas del futuro los indicios de la desgracia ajena, frases cortas y enigmáticas encaminadas a abortar misión. Quería que la gente reaccionara, aunque no sabía exactamente a qué. El corredor de su mente se iluminaba en algún punto arbitrario de los viajes emprendidos a los confines del otro, y las señales se le aparecían con una claridad sobrecogedora. Sin embargo, Danay cargaba con la desdicha del olvido inmediato, de manera que intentaba pasar la palabra como mejor podía, como se entregan los fósiles sin nombre y sin memoria a los hijos no nacidos con la esperanza de que un día recuerden por uno.

Me trajo una botella de Añejo Especial que estaba a punto de terminarse. Con esa destreza que tenía en las manos para desenredar nudos, la destapó de una y se sirvió un trago generoso. ¡Danay!, protesté, el chorrito pa’ los Santos. No obstante, Danay hacía mucho tiempo que se saltaba ese paso, curtida en el convencimiento de que se le debían demasiados favores, favores que ahora mismo no podía calibrar, y que a lo mejor no calibraría jamás, pero que a ella se le iban acumulando en alguna región del cuerpo y, como un presagio, se saldrían de ahí, más temprano que tarde, y le harían responder por la irreverencia de querer salvar lo que no debe ser salvado. Deja eso, dijo alcanzándome la botella, échaselo tú, anda. A esa hora, después de varias cervezas y de discutir con Rodrigo, yo sabía que no debía correr nuevos riesgos, de manera que ejecuté el ritual con la disciplina de los conversos de último minuto: con solemnidad excesiva, imaginando que me las jugaba todas en el acto de aceptar lo desconocido como se aceptan las verdades de fe. Derramé el líquido café y pedí en silencio que Rodrigo regresara, por favor, que regrese, que me llame, y estuve a punto de decirlo en voz alta, aunque en realidad sólo me acomodé mejor en el asiento aquel y deslicé la vista por sobre las formas aleatorias que el ron dibujaba en el suelo con un capricho mineral. Formas perfectas que bien podrían haber desembocado en el mar fijo de todos los tiempos en donde Rodrigo se sumergía cuando se encabronaba conmigo.

Danay me observaba desde el sofá con la convicción del rescate estampada en el rostro. Pensando, quizás, que por esta vez alguna otra fuerza haría el trabajo del que ella se había apropiado desde hacía no sé cuántos años ya, o no pensando propiamente, sino reparando en el automatismo con que su cuerpo respondía a los llamados de auxilio y reconociendo, en esas respuestas fuera de control, el castigo que representaba para ella la conciencia de la inevitabilidad del destino que estaba por llegar, y la inevitabilidad, también, del destino que estaba por escaparse a pesar de las esperanzas que la gente seguía depositando en los intervalos. ¡Eso no puede ser, cariño, ese hombre no es para ti! ¡Así que ya tú sabes: a dar una patá en el piso! De cierto modo yo lo sabía, que Rodrigo no era para mí, pero había muchos otros modos, otras disposiciones en las que Rodrigo, de no haber nacido el día equivocado, a la misma imposible distancia hacia la que orbitaba cada vez que entraba en los trances aquellos, cuando me apretaba por el cuello y, de tantísima ira ciega, comenzaba a asfixiarme con unos ademanes ceremoniosos absolutamente apacibles y efectivos, otras variantes, digo, en las que sí que era para mí, en el sentido de una pertenencia primaria, esencial, externa a cualquier estúpida circunstancia y a las señales que esa circunstancia, como un animal enfermo y contagioso, insistiera en segregar por ahí. ¡Cállate! A ver qué carajos sabes tú de nada, le dije. Suéltalo ya, sácate a Rodrigo de la boca. Danay empezó a reírse y se dio otro buche del Especial, me dijo que yo estaba loca, pero dentro de mi locura, latiendo como una vena de la sien, una partícula con el peso excesivo de todo mi organismo halaba en sentido contrario del abismo.

¡Sí, Danay, muy bien, lo que tú quieras, nomás no me atormentes con tus presentimientos! Yo estoy hablando de otra cosa, algo que tiene que ver con gente real, y con necesitar y con dolerse. Apoyé las dos piernas en el brazo del butacón e intenté acostarme en el espacio ínfimo del asiento, traté de hundirme entre tanto pliegue angosto y no dejar rendija para el aire enrarecido del apartamento. Me hubiera gustado que el televisor estuviese apagado y que la olla de presión de Danay no sonase como un tren de vapor partiendo en dos mitades el sol rojizo del atardecer, que hubiese oscurecido, que no fuera el día que era sino otro cualquiera de varios años atrás.

Cuando la niña entró a la sala me incorporé de prisa y escondí el vaso debajo de la butaca. Anita andaba a una velocidad diferente, la velocidad de la infancia que no puede compararse con nada que no se halle dentro de su misma longitud de onda. En ese territorio, a los tres años, iba atravesando universos concéntricos sin darse por enterada de que, para el resto de nosotros, existía un adentro y un afuera, una separación básica e inviolable que fijaba, con exactitud milimétrica, lo que es de lo que no, el yo del tú, el amor de las predicciones. Llevaba consigo una sirena, la tomaba de su manita de tela y la muñeca colgaba de sí misma como una ahorcada que todavía no sabe que está muerta. La apretaba muy fuerte y la agitaba al hablar con su madre. Yo las escuchaba conversar y me sentía separada de ellas de una forma física, un rechazo instintivo que provenía de mi incapacidad para reconocer que la vida es un mecanismo diseñado para fabricar normalidad a pesar de los pesares. Un dispositivo basado en el olvido, en la regeneración celular, en el día después. Me molestaba que Danay, con sus muchos pequeños gestos, rituales deliberados que insistían en automatizar el principio de la huida hacia adelante, quisiera sacarme del aislamiento de mi dolor como si esa fuera una tarea noble. Le dijo a Anita, tras recogerle el cabello en una cola, que fuera a saludar a su tía. La niña se acercó hasta donde yo estaba y se quedó viéndome en silencio. A diferencia de su madre, Anita no tenía una misión que cumplir, la curiosidad que manifestaba todo el tiempo era un acto reflejo al estímulo que suponía el estar en el mundo. Aprendía inventando lo que ya había sido inventado, y lo que no sería inventado jamás puesto que el aprendizaje, a la larga, no es más que un paulatino proceso de renuncia a las ideas propias. Con ella yo tenía una posibilidad y eso me proporcionaba cierta paz. Le pregunté que quién era esa que llevaba de la mano. Una sirena, me respondió. ¿Y cómo se llama esa sirena? Sirena. Había comenzado a hablar hacía poco, de ahí que intuyera el poder arcano de la palabra, su capacidad real para nombrar de cero. El habla de los niños es una lucha contra el desgaste del lenguaje y el mundo averiado que han recibido en herencia. ¡Está muy linda Sirena! ¿Quién te la compró? La sirena vive en el mar, Sirena quiero yo mar. Un impulso de rectificación me sobrevino al instante, sin embargo, lo deseché nomás percibirlo porque no supe con precisión cuánto estaba mal y en qué sentido, o si debía, a esas alturas, interponer entre nosotras la barrera del error. A fin de cuentas, pensé, la niña se movía en sentido contrario a Danay, desbaratando con años de anticipación las certezas que su madre construía –se empeñaba en construir a tientas– desde la desesperación de la adultez. Entiendo, le contesté. ¿Te gustaría ir a la playa? Anita asintió con la cabeza, varias veces asintió para que el viaje, de darse, pudiera suceder de nuevo. Tal vez vayamos este fin de semana, nos largamos las tres a Guanabo o a Santa María y nos quedamos la tarde entera dentro del agua salada. Va y tenemos la suerte de ver alguna sirena. ¿Qué es Guanabo?, me interrumpió. Pues una playa, tú sabes, un sitio lleno de agua y arena, la antesala de algo, de más agua supongo. La sirena vive en mar, volvió a decir. Sí, es cierto, en el mar, repetí y cerré los ojos para ver a Rodrigo extraño de mí, un desconocido que me susurraba, encelado, puta cochina y me empujaba contra la pared de la habitación, me empujaba de sí y de la posibilidad de callarle la boca a un par de equivocados que insistían en que lo nuestro no iba a ninguna parte, que yo había perdido la cabeza definitivamente. La cabeza o lo que fuera, algo extraviado para siempre.

Danay se acercó a donde estábamos, nos miró a cada una con una compasión personalizada, y luego anunció que la comida estaba lista. No gustas el pescado, dijo Anita. Danay respiró hondo, un suspiro en el que se apretaban sabe Dios cuántas ganas postergadas de gritar, de quedarse quieta y no intervenir en el curso de las cosas que estaban torcidas, que ella sabía estaban desbaratándose, aunque no tuviera más constancia que la de su propio estado de alerta, la agarró por el brazo y se dirigieron al baño. Antes de entrar a la cocina volteó y me dijo que no tomara más, que iba a terminar formando la vomitera de siempre y que ella no estaba pa’ cargar conmigo pal policlínico a esa hora. De eso nada mi vida. Además, quiero que pruebes el pescado que me trajeron de Cortés. ¿Y todavía queda gente viva en Cortés?, le solté. Danay me miró con desprecio y siguió para el baño a lavarle las manos a su hija.

La mesa estaba montada con prolijidad, servilletas y todo, cuchillo a la derecha, tenedor a la izquierda. Los platos iguales recreando la liturgia de la comunidad, los vasos desbaratándola, dejando en claro que cada una andaba por su cuenta: el de Anita tenía pegadas calcomanía de peces de colores, el de Danay era una taza gigante que, supuse, le habían regalado por el día de las madres, el mío era pequeño, de cristal grueso, un vaso diseñado para beber whiskey. El olor de la comida me produjo una revoltura inmediata, hice una arcada y me aguanté la boca no fuera que. ¡Danay, asere, no me va a pasar ni esto por la garganta! ¡Yo no quiero comer, quiero salir a por Rodrigo, rastrearlo por las entrañas de Centro Habana y arrancárselo de cuajo, ¿me entiendes?, encontrarlo y jurarle que nunca volveré a fijarme en hombre alguno, mujer alguna, arrodillarme y besarle sus manos grandes y perfectas! Comenzaba a hacerse de noche y afuera del apartamento se encendieron las luces de la ciudad. Yo había deseado eso, pero ahora, de pronto, la noche también me fue ajena, igual de indiferente y milenaria que las muchas veces, anteriores a mi nacimiento, en que había oscurecido a la gente que sufría, a la que era feliz, a la que esperaba y a la que buscaba. La noche como un cascarón vacío incapaz de ser nueva o cercana para nadie. A mi lado, Anita intentaba darle el pescado a su sirena de trapo, pero la muñeca no nada y la carne sin masticar ensuciaba el rostro de Sirena de un tono blanco-grasa. Aquello era un tiradero de los buenos, una mezcla de arroz, pescado, tomates, agua dulce y la persistencia de la niña en la mitología del juguete, un no ver sino a través del convencimiento y el deseo. Vamos Sirena, come papa. Con la boca llena y el ceño fruncido, seguía volteando cucharada tras cucharada sobre el cuerpo de tela de la muñeca, a la espera de que en cualquier momento aquello despertara a sus tres años humanos y se acabara todo de un bocado. Miré a Danay que seguía comiendo como si tal cosa, concentrada en su plato, que a esa hora se me figuró un péndulo para hipnosis de esos que salen en las películas y gracias a los cuales la gente localiza el origen de sus traumas. Buscando entre los restos de comida a saber qué disposiciones o respuestas, qué toma de consciencia sobre lo que no podría detenerse ya. Pobre Danay, pensé, siempre temprano, hurgando en los acontecimientos tres capas más adentro, y luego otras tres, sin poder deslizarse por la superficie y asistir a la narración horizontal de las cosas; a la espera, pues, de que un paso cualquiera le otorgue al fin la razón que imagina tener.

Anita, ¿quieres que te cuente un secreto?, le dije entonces a la niña calando de reojo a Danay, con la intención de que la pregunta fuera, además de una distracción, un cable a tierra por el que mi amiga pudiese regresar a nosotras. Anita hizo que sí con énfasis, se tomó un buche grande de agua y dejó de alimentar a Sirena. Verás, continué, cuenta la leyenda que todas las niñas de tres años que coman pescado los jueves están destinadas a convertirse en sirenas a medianoche. Y te juro que es cierto, una vecinita mía se comió ella sola un pargo entero y por la madrugada se transformó, así sin más. Anita, concentrada, me prestaba una atención excesiva. Su atención en mí y en mi mentira, un interés centrípeto que me arrastraba, también a mí, al interior de la historia. Como si el embuste hubiese servido para caer en cuenta del sitio real que habitábamos quise parar, pero ya no supe cómo devolverla al continuum del que formaba parte, a su casa, a su madre. Ese día, esa noche, definitivamente. Luego nadan al mar profundo y se pierden de vista en el agua oscura de los peces abisales, eso es allá abajo, Anita, lejos lejísimo. La niña no estaba impresionada, por el contrario, de algún modo inexplicable parecía serena ante la posibilidad, demasiado precoz, de abandonarlo todo y ser alguien nuevo. Volteó a Danay y le dijo ¿Y yo vas mamá? Pero me adelanté, enrachada de protagonismo y actuando medio que por reflejo, y le expliqué: Pos va a ser que no, Anita, este es un viaje que hay que hacer en soledad. El mar y tú, que es el mar y yo, ¿me entiendes? Pero vas a ser una sirena, piensa en eso. Sería algo increíble, ¿no crees?, con tu cola y tus escamas, y la posibilidad de conocer por ti misma la barriga del océano.

De la nada, Danay dio un puñetazo en la mesa y empujó el plato sin acabar contra la fuente de arroz. Sentí, entonces, el aguijonazo de los ojos de Rodrigo taladrándome desde un cuerpo ajeno. Unos ojos que habían atravesado muchas vidas, y muchos años, para llegar hasta donde yo estaba y mostrarme la distancia que persistiría sin importar qué. Me dio miedo haberme ido de rosca y le dije, conjurando la desgracia, que era un juego nomás, Danay, por favor, es un cuento para que se coma el pescado. Sin embargo, y aún en silencio, Danay siguió viéndome con aquella intensidad prestada que yo no podía asociar con ella, pero tampoco ignorar puesto que se manifestaba con la misma contundencia con que antes lo hiciera el golpe de la loza contra el vidrio templado de la fuente. Más que rabia parecía desesperación, la ansiedad de quien, a la distancia, se empeña en seguir los pasos de alguien y averiguar a dónde se dirige mientras masculla, implorando, que ese alguien se detenga. No obstante, yo no podía ayudarla a encontrar lo que sea que buscara. Me incorporé en la silla del comedor y me di otro trago de ron, el último poco que restaba en el vaso, antes de voltear a la niña y observarla con la boca llena y los cachetes inflados de pescado. Anita me sonrió y siguió comiendo. Al rato Danay empezó a recoger la vajilla y a llevarla para la cocina. Estás borracha, me dijo en una de esas, tal vez sí debas llamar a Rodrigo o irte para tu casa y meterte en la ducha. Te voy a dar dinero para que cojas un taxi.

Eran las ocho y pico según el reloj de la sala. Calculé que restaban poco menos de cuatro horas para la transformación y un frío húmedo se me coló por la columna vertebral. Traté de enfocarme en otra cosa, en Rodrigo, que es siempre demasiada otra cosa: me gustaba repasar el día en que nos conocimos cuando necesitaba un poco de sosiego; a la distancia, y cada que miraba hacia atrás, era como si le agregara veladuras de tiempo a una fotografía demasiado vieja que ya no era mía sino de aquellos desconocidos, un hombre y una mujer que se gastan su cuota de pasión en las primeras noches y luego acomodan los restos, lo mejor que pueden, entre los días que están por venir. Pero no alcanzaba, yo sabía. Danay le dijo a la niña que se despidiera de su tía, que se iba, y a pesar de las protestas de Anita, la hizo darme un beso ensalivado con restos de pescado que olía a agua de mar estancada. Tú te quiero. Yo sé, besito a Sirena, mi amor, y le quité el cabello de la cara y se lo acomodé detrás de las orejas. Quise abrazar a Danay, pero me rompió el gesto con suavidad y metió en mi bolsillo un billete de veinte. Mientras lo hacía me susurró sin mirarme: ten cuidado por ahí que está oscuro y tú andas sola.

No le dije, como me vino a la cabeza en ese instante, que las tres estábamos solas. Me despedí repitiendo que era un juego. Una fantasía, Danay, sólo eso, nada va a pasar. ¿Te queda cambio para una botella baratica? Ella, sin chistar, se trasteó los bolsillos y me puso sus últimos dólares en la mano para que me fuera de una vez. Con la mano con la que recibí el dinero estrujado, y sin soltarlo, le dije adiós al aire. A las nueve menos cuarto ya había bajado la escalera inhóspita de su apartamento y me dirigía al Malecón.

Por el camino, sentada en la guagua, pensé en Danay y en lo que estaba condenada a ver y luego a olvidar, sabiendo que nunca se olvida como si no se hubiera visto. Algo queda, o todo. Eso es lo peor, me dije, y abrí la ventanilla para que el olor a salitre se fuera conmigo hasta Centro Habana.