En la estación de trenes

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[Raúl Dorra fue un escritor nacido en Argentina, pero la mitad de su existencia la pasó en México, donde escribió la mayor parte de su obra. A Puebla llegó a los 39 años, pues nació en 1937, y murió en 2019. Fue profesor en la Universidad Autónoma de Puebla, institución que también se convirtió en su casa editora desde 1976.

En la estación de trenes” es el segundo capítulo de La pasión, los trabajos y las horas de Damián, que originalmente publicó Premià Editora en el lejano 1979. Se sabe que Dorra llegó a México con la novela ya escrita porque en Córdoba, ciudad en la que el autor realizó sus estudios universitarios y ejerció la docencia, obtuvo un pequeño premio literario. Tan sigiloso fue aquel galardón que no ha propiciado sino émulos: la UAP editó en 2024 el tercer tomo de la Obra reunida, en cuyas páginas se encuentra La pasión, los trabajos y las horas de Damián, además de La canción de Eleonora, pero su comercialización se ha realizado, aunque parezca increíble, en tranvía de mulitas. Al publicar este capítulo, La Santa Crítica pretende efectuar el acompañamiento que la novela no tuvo ni –parece—tiene hasta el momento.]

Esto se cuenta de ti, Damián; conjeturas convoca y análisis sin término: azares –¿aparentes?– lleváronte a una plaza; fue allí que te enteraste (ah, por qué vías) de la inminencia de una calamidad y de tal calamidad llegaste a conocer apenas eso, su inminencia, mas también conociste que aquella desdichada multitud ya no podría mitigar tu incertidumbre. Decidiste abrirte camino hacia la claridad de las calles vacías, batallar, abandonar el teatro del delirio. (Difícil resultaría, ciertamente, la relación de aquello que Damián debió vencer para alejarse, los pasadizos que tuvo que forzar, los valladares que se le interpusieron. Mas, por fortuna, se puede presumir que imaginarlo es fácil. Se sabe ya: su urgencia era hacer algo, llegar hasta Leonora y hablarle de su urgencia, hablarle hasta el final. Debió alejarse, entonces. Intentar pasadizos, trasponer los hirvientes valladares. “Tengo que hablar con Leonora y prevenirle”, se dice que dijo y es menester subrayar esta frase con la evocación de su imagen: sudoroso, contraídos los puños y las vísceras, a punto de rugir o de llorar. Ha quedado, también, una última descripción de la plaza. Acaso consignarla sería derivar por dolidas redundancias.)

Ahora Damián está hacia un costado de la plaza, al fin de la batalla, tratando de acomodar sus ropas con quebrados movimientos, mirándose y tocándose como quien necesita reconocerse una vez que ha vadeado la tormenta, como quien realiza el inventario de su propia persona, con apresuramiento temeroso, a fin de comprobar si ese rescate lo devolvía intacto. Pero no estaba intacto. Desde luego, algo había dejado para siempre o algo para siempre se había incorporado a su existencia y era inútil ya, y era desolador, mirar a sus espaldas. Había que caminar sin volverse, había que situarse por delante de aquellas voces ciegas que sólo la distancia apagaría.

Caminó, pues. Ya la distancia comenzaba a disolver aquellas redes cuando se detuvo en plena calle, desarmado. ¿Pero prevenirla de qué? ¿Diciéndole qué cosas? Estaba solo ahora, ante la inmensidad, en el umbral de los naufragios. Estabas solo, Damián, y a lo lejos, intocada, rodeada y requerida por el vértigo, fulguraba la imagen de Leonora. Leonora, se repitió Damián, esta sed en los brotes de la angustia, estas telas que se abren en silencio, estas huellas voraces en la noche, estos grandes latidos solitarios. Instaurarte en la carne, Leonora, en la presencia, avanzar sobre el río de los miedos, descender sombra a sombra, encontrarte por fin, respirar pulsaciones de tu sangre, temblar ante tus ojos germinados y tenerte ya intacta sobre mí, los dos, Leonora, la palabra nosotros, nosotros bajo el sol o en el abismo o girando entre restos de un naufragio pero los dos, nosotros dos, Leonora.

Y persiguió su imagen como quien se aventura por la niebla. La imaginó hacia el fondo de algunas de esas calles, esperándolo, preparando los ritos del encuentro, o al fondo de una casa solitaria, en un parque con árboles sedosos, en un íntimo parque del atardecer al que él llegaría adormecido, con un dolor dulcísimo subiendo de sus pies hasta su frente. Ella tendría algo en los brazos, una muñeca muerta, un ramo de violetas apagadas, algo que Damián despertaría con el roce de sus yemas, y ella tendría los cabellos echados hacia atrás y recogidos con una cinta blanca, y el rostro abierto y fresco, los cabellos mojados, levemente mojados y fragantes. Respiraría la humedad en sus cabellos, la fragancia, el olvido en sus cabellos y habría el sol muriente sobre ambos, Leonora, ese sol esfumándose en las altas estelas del olvido, esos vahos de luz sobre nuestras cabezas solitarias, un sol que se apaga sobre nuestras cabezas pero también esta proximidad radiosa, las hondas avenidas del milagro, esta calle, esta casa, estos umbrales. Él llegaría hasta Leonora y le hablaría, le diría que juntos era dulce afrontar cualquier acecho y en todo caso sucumbir. Ella también, Leonora, transida y silenciosa, desandaría entonces las cuestas de la sed, la herida y la distancia, ella también nublada por un tiempo de sombras cruzando los pantanos: habría ese momento, le hablaría. ¿Y cómo hablar con ella, sin embargo, cómo decir: Leonora, vengo de tantas muertes no importa si a morir? ¡Cómo, Damián, ah, cómo? ¿No pensaría acaso que todas sus palabras eran sólo una astucia miserable para estar frente a ella y no sería cierto, también, no lo sería?

Y sufriste, Damián, pero recuérdalo: no estás solo, en verdad, no lo estuviste: alguien te ve, te vio, para siempre está viéndote; alguien sigue los trazos de tu suerte.

Tornaste a caminar. Anduvo y dobló y tomó por una calle ajena a los estrépitos, una calle desierta bajo la indiferencia de un sol de media tarde. No le hablaré –decidió–; no lo haré hasta tener, por lo menos, ciertos datos confiables. Por un momento, en la liviandad de esa calle ensimismada, vivió la sensación de que el peligro se esfumaba. Encontró –incluso sin sorpresa– que era ahora posible serenarse, reorganizar el mundo trayéndole a sus cauces más silentes, que había aquel prodigio de reversibilidad en el que todo recuperaba su espacio sin esfuerzo. Ya no era inevitable que la ácida saliva quemara por su pecho, ya podía aflojarse y caminar como quien se va hundiendo en el reposo. El sol depositaba entre sus hombros un escozor molesto pero el mismo escozor lo reintegraba a la preciosa, exacta dimensión de todo lo viviente. Caía sobre él sin pasión, era un sol que cumplía su rito cotidiano y cruzaba allá arriba envuelto entre los pétalos tejidos por su luz; la dorada certeza, lo invariable. Seguiría el camino. Ese camino lo llevaría tal vez hasta algún sitio –lo comprobaría seguramente a poco de avanzar pues aún no se orientaba– donde pudiera tomar sensatamente un ómnibus urbano, iniciar el regreso a la pensión, tenderse allí, dormir allí una siesta para despertar ya definitivamente instalado en la existencia que le era familiar.

Oyó a lo lejos una voz. La calle era larga y terminaba al parecer sobre unas vías o quizás sobre un río; no se alcanzaba a ver ni la sombra de un árbol, sólo veredas irregulares, mudas, y las puertas cerradas. Si hubiera habido algún árbol, algún alero de tejas, Damián se habría detenido a gozar del beneficio de su sombra, con seguridad lo habría hecho pues ya no había apuro y el sol, después de todo, volvíase agobiante. Podría haber permanecido algún momento descansando –habría con seguridad permanecido– mientras reproducía mentalmente la ciudad y reconocía el terreno al que el capricho de ciertas circunstancias –aciagas por un tiempo y ahora inofensivas– lo había conducido. La voz (la voz que oyera) venía desde el aire y se mezclaba ahora con un rumor mecánico como si ella bajara de un avión. Era imposible descifrar, siquiera adivinar, lo que estaba diciendo. Allí, a la sombra, no hubiera resultado difícil reubicarse (con un esfuerzo, claro; Damián no pudo ser ingenuo hasta ese punto) pero saber lo que esa voz decía realmente era imposible. ¿Por qué cruzaba el aire perturbándolo? ¿Por qué quebraba así su limpidez? Ah. Bastó entonces que en una de esas casas una puerta se abriera con violencia, bastó que dos mujeres salieran discutiendo atropelladamente para que Damián sintiese que toda su existencia se hundía de regreso en el peligro.

Las mujeres pasaron junto al héroe. Estaban nerviosas, demasiado nerviosas para aceptar las pausas de atención que el diálogo requiere. No dialogaban, pues: hablaba cada una sin parar; cruzaron la calzada y entraron en un auto que estaba allí de pronto, aguardándolas, al menos aceptando la irrupción como si para eso lo hubieran construido. Antes del golpe de la puerta del coche, Damián oyó que mencionaban –ambas– la estación de trenes. La mención se había rodeado de palabras y gestos apremiosos, expuestos con desorden pero que debían de apuntar –que sin duda apuntaban– a un sentido preciso que compartían no sólo esas mujeres sino también otras personas. El coche arrancó, aceleró, cruzó una bocacalle con grandes bocinazos y aunque tomó una dirección que más bien parecía alejarlo de la estación de trenes, Damián sintió que ese lugar era ahora un destino irrenunciable, inmediato. La otra voz, la que traía el aire, alejábase ya, siempre mezclada con el rumor mecánico. Damián hizo el rápido intento de buscarla con los ojos pero el sol lo cegó; al bajar la cabeza, sin embargo, creyó ver sobre la inmensa pared de un edificio la sombra de un helicóptero del que pendía un bulto. (¿Un bulto? El sol te cegó, Damián; te hizo ver una sombra solamente. ¡Ah, si aquel sol no te hubiera cegado!)

Varias cuadras antes de llegar a la estación había ya apretadas hileras de coches detenidos. Estaban estacionados con evidente apremio, muchos de ellos atravesados y con sus defensas aplastadas sobre una abolladura del que estaba adelante; en verdad no eran pocos los que estaban abiertos y hasta algunos seguían con el motor en marcha y las llaves balanceándose: permanecían ahí, abandonados, se dice, por hombres o mujeres que habrían presentido que jamás volverían a ocuparlos. La estación de trenes era una construcción enorme, pesada, planeada por algún arquitecto cuidadoso de la comodidad pero que había soslayado toda preocupación por el buen gusto. Como siempre, tenía todos los accesos abiertos –sus accesos eran innumerables; se trataba de un edificio tal vez excesivamente cómodo, con capacidad para absorber un movimiento considerablemente superior al que podía presentar aun en sus días de mayor ajetreo– pero la gente se empecinaba en usar únicamente la puerta principal de modo que el desplazamiento por esa franja –aunque bastante espaciosa– era sobremanera trabajoso y lleno de fricciones. La gente discutía, se empujaba, se irritaba hasta llegar a las manos emprendiendo escenas de pugilato que el mismo apretujamiento disolvía enseguida. Damián tuvo un primer impulso de entrar por otra puerta, de rodear, por ejemplo, brevemente el edificio y buscar una de esas entradas más angostas que conducían directamente a la sala central, a la zona donde se requerían informes y se compraban los boletos. No reunió, empero, el valor suficiente: había avanzado una veintena (quizás una treintena: es un detalle opaco, casi indigno, pero las generaciones sabrán por qué se han empeñado en este cálculo que aún es un motivo de fracasos) de metros cuando se detuvo. ¿Dudó? Ninguno hubiera dicho que dudara. Por el contrario, giró súbitamente y se encaminó contra la turbulencia decidido a encontrar un espacio entre esos cuerpos, avergonzado, es cierto, pero simultáneamente confortado por ese acto de prudencia. (Parece razonable: ¿cómo podía él, apresurado, ingenuo, ser emboscado por la tentación de internarse en alguna de aquellas estrechas aberturas? Algo debían de representar para que la gente las rechazara, era indudable. ¿Y cómo podía arriesgar de ese modo el mensaje, la clave, aquello que buscaba llagado de deseo y de esperanza, cómo podía sobre todo arriesgar así a Leonora para quien recogería una consigna que luego llevaría como un ave candente entre sus manos, las palabras que abrirían el camino, que le harían posible llamarla y prevenirle y esperar juntos –nosotros, esa palabra inmensa– con los ojos abiertos al destino? Desde tu perspectiva, Damián, parece razonable: irías hacia ella; junto a ella como héroe morirías si el morir se impusiera.)

Ya dentro de la estación, el movimiento volvióse todavía más difícil porque la gente colmaba los salones, las galerías, los andenes, los mínimos rincones; muchos de ellos habíanse subido por los postes metálicos y perseveraban apretujándose sobre los carteles publicitarios o los letreros indicadores de la entrada y salida de los trenes. En general, se hubiera dicho que todos sucumbían a idénticas premuras, a ansiedades unánimes; pero vista esa gente de más cerca podía comprobarse que en no infrecuentes casos dividíanse en grupos, que había esas parcelas recortadas por un lenguaje propio, por ciertas contraseñas, por un humor diverso. Incongruente resulta, increíble, por cierto, pero en esa desolada confusión (las generaciones lo admiten, a la fecha lo siguen admitiendo) algunos todavía se daban a bromear con torpeza insistente y hacían escuchar sus carcajadas festejando ocurrencias cargadas de malicia, narraciones procaces. En el rincón de los baños alguien había abierto y desplegado una valija de vendedor ambulante y estaba sacando y desparramando máscaras. No eran máscaras en realidad: eran simples cartones o papeles con unas líneas rápidas y algunos agujeros: simulacros de máscaras. Muchos brazos tendiéronse; hubo empujones, forcejeos de poca consecuencia; no era raro –consígnese mejor: siempre ocurría– que en el mismo momento en que alguien conseguía arrebatar alguna máscara y llevársela al rostro otra mano quisiera, a su vez, arrebatarla y hubiese un tironeo que por fuerza era efímero ya que el objeto que armaba la disputa quedaba convertido en inservibles tiras.

La confitería, colmada y desbordante, era un campo de estrago. El personal encargado de su atención habíase rendido a la voracidad de la clientela. Eso habría ocurrido –la retirada del personal, su huida atropellada o sigilosa– en horas ya pretéritas porque los estantes veíanse vacíos por completo, muchos de ellos quitados de su sitio y aunque quedaban hombres hurgando aquí y allá entre esos estantes en busca de comida o de bebida, casi todos usábanlos tan sólo como asiento. En la pared del fondo colgaba un reloj eléctrico cuyas manecillas indicaban las tres y veinticinco. Damián reflexionó, perplejo, en ese vasto engaño que es el tiempo, en la sorpresa o la ilusión, interminables, que depara el misterio de su flujo: ¿cómo podía ser que el arduo itinerario que recorrió su angustia cupiera en el espacio de dos horas o siquiera de tres? Sólo al rato, cuando miró el reloj de nuevo y vio las manecillas sobre los mismos números advirtió –con temor, con alivio– que la máquina se había detenido y que verdaderamente debía de ser mucho más tarde.

Por su parte, los trenes se perpetuaban hundidos en la misma inmovilidad y esa inmovilidad significaba una traición, significaba que los trenes habíanse –ellos también, ellos también– alistado en las filas de la potencia aciaga. Definitivamente inhóspitos, los trenes se situaban en luctuosos confines dejando a aquellos hombres temblar a la intemperie. Eran esperanzas rotas, emblemas de una mudez sin término, motivos de blasfemia. Nadie podía saber nada acerca de ellos, sólo que estaban ahí para ser escupidos o golpeados con piedras y tablones. Se rumoreaba que alguno de ellos había programado la partida, el de las 23:17 –hasta el final anuncian los horarios con precisión ridícula, pensó Damián: ¿por qué, en lugar de las 23:17, no dirán las once y cuarto si después de todo el tren terminará por salir a cualquier hora, si es que sale?–, y que ya en otros se habían producido numerosos accidentes a causa de las fricciones. Otra vez hablábase de muertos. Estos datos eran imposibles de confirmar porque no quedaba en la estación ningún empleado y las oficinas habían sido despojadas aun de esos tableros donde el personal hacía anotaciones de emergencia. Damián aproximose a los andenes en cuyos bordes la gente se sentaba con las piernas colgando hacia las vías; estiró la cabeza y vio varias hileras de trenes prolongándose hasta que la vista los perdía; vio también que esos trenes (mejor debe decirse: más que ver lo dedujo a partir de los primeros, los únicos que él pudo controlar) estaban cerrados y repletos. Eran los trenes que llegaban desde el interior y que ya no podían avanzar y mantenían las salidas clausuradas para evitar mayores descalabros. Llegaba uno y se quedaba inmóvil con los pasajeros golpeando las ventanillas, con desesperación primero y después con iracundia, y llegaba el próximo y debía frenar contra el último vagón del anterior y de ese modo habíase formado una columna que a lo ancho abarcaba cinco pares de vías y a lo largo se prolongaba por una cantidad incalculable de kilómetros. En uno de los trenes –que no podía verse desde la estación– los pasajeros habían conseguido forzar una abertura y por allí fueron saliendo a borbotones, golpeándose, y avanzaban ahora en manifestación agitando los puños vencedores y mostrando las caras florecidas después del largo esfuerzo, tiznadas unas, enharinadas otras, pero todas con grietas de sudor. Eufórico, este grupo venía precedido de una orquesta –instrumentos de viento, numerosos tambores– que atronaba con músicas marciales y acataba las –enérgicas, ampulosas– directivas de un bastonero mayor que avanzaba a la cabeza. El bastonero era identificable desde lejos por su cuerpo robusto, por sus grandes charreteras y la ya desatinada rigidez de movimientos. Marchaba absorbido por el espectáculo que era su propia persona, ignorando a la muchedumbre que se movía detrás suyo desgreñada y bulliciosa, dirigiéndola como quien dirige un ejército de férrea disciplina, seguro de sus fuerzas y sus jefes, tan ostensiblemente bravo que no tenía sino que hacerse presente en la ciudad para que ella se le entregase con diligente sumisión, incluso con júbilo.

Se comprende, Damián, que el azoro te mareara. ¿Qué era aquello: esas gentes ansiosas por llegar, ansiosas por partir? ¿Qué comienzo, qué final ocultaba –o mostraba– el desvío incesante que estabas presenciando? ¿Cómo ordenar los signos de tanta esquividad, cómo leerlos? Y luego (obsérvala, Damián; de nuevo obsérvala) la jirafa. La jirafa enarbolaba su pescuezo por sobre los vagones y miraba desde lo alto, infinitamente mansa, silenciosa, infinitamente ajena. Lo miraba a Damián, te miraba, miraba aquella gente meciendo la cabeza livianísima, desaparecía luego para reaparecer en cualquier tiempo y en un lugar cualquiera, siempre entre los vagones, siempre visible solamente la milagrosa ingravidez de su pescuezo, la tenue placidez de su mirada. No puedo hablar con Leonora –repetíase Damián–; no puedo participarle nada más que desvaríos. ¿Qué va a pensar de mí? Tampoco habías visto rostro alguno que te fuera conocido o al menos tranquilizador, alguien a quien pudieras confiarle tu orfandad. Como en la plaza, volvía a amenazarte aquella espuma restallando en los vastos malecones. Había que adentrarse por esa red de equívocos; había que sumergirse en esa rumorosa, hirviente oscuridad hasta sentir otra respiración al fondo de las aguas, hasta rozar un cuerpo y dar con un latido, compartirlo, guardarlo entre las manos como un cáliz.

Aquí estaba el peligro nuevamente. El peligro encrespaba aquella atmósfera, urdía y dirigía el vendaval, agitaba y quebraba los ramajes. Sólo el peligro había y después nadie, nada. Las ráfagas tan sólo, los tallos arrancados. Nadie, nadie. ¿Pero qué nombre darle a la amenaza? ¿Cómo armar la defensa si nadie conocía al enemigo, si el enemigo era un fantasma ubicuo del que no se sabía por dónde iba a llegar con sus ataques o al menos si por fin iba a atacar o si su plan, acaso, consistía en quedarse agazapado, terrible y fascinante y formidable, confiado en que su presa caería hasta sus pies como una arena rendida nada más que por el miedo? La jirafa sacaba la cabeza por sobre una pared –tal vez un galpón de carga, tal vez una construcción abandonada– y miraba desde el aire, suspendida, columpiándose. Damián consideró la posibilidad de salir de la estación; vaciló imaginando los trabajos que implicaba tal empresa; consideró la posibilidad de que una vez afuera se sintiese más acosado aún, inerme, ya en soledad sin término. Mas también hostigaba su pecho el otro impulso, latía entre las telas de su pecho: Leonora, ya no hay otro camino que aquel que nos reúne, otro cristal no existe sino el que te refleja, ahora yo te busco vadeando la ceniza, ahora en el acoso y sobre todo y para siempre ahora, y correr, buscarla, ahora, afrontar lo que hubiere en el camino, afrontar esas largas avenidas donde no existen puertas, buscar en ciertos túmulos, hundirse en los pantanos incesantes, golpear, buscar y preguntar por ella, llegar hasta una torre y forzar sus almenas y encontrarla, he caminado ciego todo este largo espanto, he atravesado solo toda esta red de túneles, ahora es ya la luz, Leonora, tu presencia, el resto es un detalle despreciable.

Y lo harías, Damián; lo hubieras hecho. Hasta la última gota de tu fuerza. Usarías las armas del arrojo hasta el último filo. Lo hubieras hecho así, ya de seguro, pues ninguna otra cosa ya podías. No lo hiciste. Dejaste tu coraje agazapado. Lo postergaste entonces porque las dos mujeres que viste entrar al coche venían hacia ti, abriéndose camino entre la gente. Venían esta vez acompañadas de un hombre macilento, de amplios lentes oscuros, casi sórdido. Miraban a los ojos de Damián mientras hablaban, iban directamente a él, agitaban los brazos y las voces, venían a salvarlo. (¿Venían hacia ti? ¿No forzabas los hechos, no fraguabas consuelos?) Avanzaban las dos con insólita energía; miraban con sus ojos los ojos de Damián. Damián dio algunos pasos: ¿saludarían ellas?; ¿debía tomar él la iniciativa?; ¿traerían a ese hombre en calidad de experto y el hombre le daría la explicación exacta, evacuaría dudas, haría sugerencias y recomendaciones? De uno o de otro modo debía tomar él –tú, Damián– la iniciativa: saludarlas, dar pie para que entraran en materia. Enérgicas siempre, nerviosas, las mujeres pasaron por su lado abriéndose camino y obligándolo a él mismo a cederles espacio. Fue una nueva derrota pero orgullo es decir que no cejaste. Las seguiste. Trabajos te costó mas las seguiste.

En la puerta de la confitería, dícese, los tres se detuvieron. Damián entendió que el hombre tenía algo que ver con el negocio y que debía quedarse, lo que llenaba de zozobra a las mujeres. Discutieron; ellas se empecinaban en repetirle cosas que el hombre debía de conocer también perfectamente, y hasta mejor quizás que las mujeres, pues cruzaba los dedos de las manos y asentía con suaves y ostensibles cabeceos como quien quiere hacer notar que escucha sólo por virtud de su paciencia, nada más que por no complicar las cosas vanamente, y luego de nerviosos e insistidos acuerdos se separaron y entonces Damián oyó que una de las mujeres le gritaba –ya sin objeto porque el hombre había desaparecido:

Rafael, por Dios, no te retrases, no te equivoques. Ocurrirá a las doce. En punto, ya lo sabes. Otra cosa no pude conocer, también lo sabes, pero todo parecerá menos terrible si lo afrontamos juntos. No quiero imaginar lo que sería si llegas a atrasarte un solo instante. No puedo imaginarlo, Rafael.

Damián sintió frío. Por sobre los vagones miró el cielo: comenzaba a atardecer. La sombra del cuello de la jirafa se proyectaba sobre una locomotora pero la jirafa no estaba visible; desde algún sitio continuaría observándolo todo, haciendo pendular suavemente su pequeña cabeza. Leonora –pensó Damián–; tengo que hablarla. Tengo que decirle lo que acabo de oír. De inmediato. Por teléfono, ahora, para ir previniéndola. Ya mismo, por teléfono. No podía contar con el de la confitería, arrancado de cuajo. Si quería un teléfono tenía que salir, buscar un bar afuera.

Más que el esfuerzo, lo sofocaba la proximidad de la voz de Leonora. La voz aquella que despertaría tocada por la suya. El mensaje que había recibido era un enigma pero con ese enigma podía ya inclinarse sobre ella, rozarle los cabellos, despertarla. Por lo menos se erguía una certeza: la “calamidad” se desataría sobre las doce en punto. Tenía que buscarla, tenía que llegar a la salida, afrontar la espesura que le cerraba el paso; tenía luego que bajar hasta la calle. Correr, correr. Es tu empresa, Damián.

Dramática aventura ha sido ésta, ya se sabe; llaga y furor, muros y sed. Prolijas relaciones la fueron registrando. Un hecho entre los hechos se recuerda: hacia el final, en un intervalo que la agresividad le concediera, Damián vio nuevamente esas espaldas amplias, aquel cabello gris sobre la nuca gruesa que ya viera en la plaza. ¿Sería el mismo hombre? Aquí lo acompañaba también una mujer pero nada podía precisarse en el tumulto. Pudo verlos de atrás, fugazmente, y ahora el hombre rodeaba su cintura con un brazo indeciso como con algún temor de que ella se alejara o se perdiera. Acaso entre ellos dos habríanse operado ciertos cambios y también ciertos cambios con respecto a lo que ellos observaban pero su actitud general era la misma: tenían el aire de observar todo sin apremio, como si hubiesen concurrido a esa estación a causa de algo que de ninguna manera era importante, a informarse por ejemplo del horario de los trenes sólo para tenerlo en cuenta para una eventualidad por ahora imprevisible, o tal vez a constatar algo, como ver la llegada o el despacho de algún bulto del que no eran responsables, o a esperar a alguna persona que llegaría sólo mucho más tarde de modo tal que esa espera se volvía propicia para conocer el movimiento de la estación, tomar algo caliente, quizá trabar momentáneas relaciones con algunos empleados. Damián tuvo la impresión de que avanzaban sin esfuerzos. (Otro es el parecer de las generaciones.) Pero él, en cambio, necesitó recuperar rápidamente sus armas de combate a fin de no ceder el terreno conquistado. Y cuando hubo ganado la puerta principal –cuando hubo perdido de vista a la pareja– se aferró de su marco para tomar aliento, ahora –recién ahora– seguro de resistir. Luego cruzó la vereda; luego bajó a la calle y comenzó a correr. En la primera esquina tomó hacia la derecha y ya a unos pocos metros se encontró con el bar (el bar era sórdido, se dice) y entró sin dilaciones hurgándose los bolsillos en busca de una moneda.

La impresión del comienzo fue más bien la de familiaridad como si ya hubiera estado otra vez en aquel sitio o, mejor aún, como si en lugar de haber entrado en el momento hubiese estado ahí ya desde antes, como si no llegara de la calle en busca del teléfono sino desde un rincón del propio bar, de una de las mesas en la que aún podían verse unos restos de pan, una botella de gaseosa, un par de libros. Llegó o se levantó buscando ese teléfono por los sórdidos rincones penumbrosos. No es menester poner énfasis en lo que sintió Damián al descubrir que ese teléfono estaba siendo usado por un hombre. Debió esperar de pie y a sus espaldas: ¿qué otro remedio había? El hombre estaba inmóvil, apenas inclinado, aprisionando el tubo hasta dejarlo oculto entre su rostro y un hombro levantado hacia adelante; parecía dormido o en actitud de escuchar sin interés y a Damián lo roía la impaciencia. Tosió para que el otro depusiera su pereza pero el otro no se dio por aludido; por el contrario, bostezó levemente y Damián debió toser de nuevo, con una tos más seca, más artificial, abiertamente decidido a que el otro supiera que en realidad no se trataba de una tos sino de una advertencia. Esta vez fue escuchado; el hombre se movió con calma, se puso de perfil: Damián vio el perfil dulce y afilado y los cabellos suaves, y vio un ojo que ardía sobre un fondo de frío: el efecto que el ojo propagaba –fuego en el frío– estaba motivado por el hábil tejido de los párpados y luego reforzado por el alto dibujo de la ceja. Era el Arcángel. (¡Ah! ¿Pero cómo?) El Arcángel se había además enderezado, puso el tubo a distancia de su oído y ahora Damián sintió que a través del aparato llegaban hasta él las ondas de una voz, de una voz femenina, neutra, profesional, como la de una locutora que estuviese transmitiendo un noticiero: informaba –la voz– acerca de una plaza colmada por la gente, de una jirafa que esa gente perseguía hasta el escarnio, de oradores que luchaban por una bocina de hojalata, describía una situación en extremo caótica, referíase luego a una estación de trenes donde los hechos repetíanse con alarmante similitud, escenas de pugilato, imprecaciones, al parecer la ciudad entera estaba siendo ganada por una formidable convulsión y a consecuencia de ello los servicios informativos se habían movilizado para procurar algunos reportajes que se difundirían enseguida, apenas estuvieran debidamente procesados. Damián percibía un tribulicio de voces y de ruidos, rugidos de motor, discursos cercenados, aletazos, crujidos y lamentos. Alguna de esas voces –sobrecogedoramente– parecíase a la suya. Luego hubo un súbito silencio como si la cinta se hubiera detenido y el Arcángel, no obstante, continuaba escuchando. Una voz emergió –tornó a emerger– y era una voz idéntica a la suya, era su voz, ya dudas no cabían. De inmediato el Arcángel volvió a llevar el tubo hasta su oído y levantó su hombro y lo ahuecó tapando el aparato por completo. Aún siguió escuchando durante unos minutos –ahora sólo él, rodeado de quietud– entrecerrando el ojo, moviendo la cabeza en señal de asentimiento, indicando que todos los detalles de la información habían sido perfectamente asimilados. Luego giró; sus dos ojos se abrieron y fueron recorriendo ese local mugriento hasta detenerse sobre Damián, parado ahí, sitiado ahí por la orfandad (cómo te turbaste, entonces; cómo sentiste que el fuego de esos ojos penetraba tus carnes y se quedaba en ellas), al tiempo que acomodaba sus labios para transmitir un mensaje, uno solo, el último:

Una máscara; consígase una máscara.

Vino un nuevo intervalo de silencio que Damián recorrió como un mareo, hasta que el Arcángel agregó, desentendiéndose del tubo que alejaba hacia la horquilla del teléfono, mirándolo ahora, a él, plenamente:

Yo confío en que todo quedó claro. Nada puedo agregar.

(¡Ah! ¿Pero cómo? El Arcángel anunció el Apocalipsis. ¿No es ésta la versión que las generaciones rechazaron y aun vituperaron?)

Cuando el Arcángel desapareció en la calle, Damián se convenció de que al pasar le había dirigido una sonrisa.

Necesitaba tiempo, se entiende, para recuperarse. Las imágenes de la plaza y la estación retornaban en la voz del teléfono como un sueño circular. Se veía a sí mismo forcejeando contra la multitud, se veía hablando, buscando, hablando con esa equívoca mujer que le decía que su ignorancia era propia de un bendito, eran varias secuencias y cada una de ellas retomaba las formas del delirio, la intocable distancia que marcaba la jirafa, veía a dos mujeres avanzando hacia él entre la gente para decirle que a las doce bajará sobre todos lo terrible. La voz del teléfono había pronunciado aquellas frases laberínticas sin conceder recursos; estrago y confusión: eso evocaba. Pero en todo momento y ante todas las cosas, defendiéndolo, esplendía la imagen de Leonora, el nombre de Leonora. Ahora le hablaré; ahora, para siempre. Ahora, desde el fondo, llegaría su voz y el universo resbalaría, manso, hacia la plenitud, habría un tiempo fuera de todo tiempo, habría esa durable, inabarcable gracia, ese viaje, esa hora en que todos los cuidados descienden al olvido entre azucenas y se reclina el rostro sobre –un pecho florido que entero para él solo se guardaba– el seno de ella, la-que-se-oye-Leonora-por-los-ángeles-nombrar/ah-por-ellos-nada-más.

Colocó la moneda en la ranura. ¿Qué número discar? Alargando la mano para buscar el tubo trató de respirar profundamente. Desde el fondo esa voz; llegaría esa voz como un hálito de mares subterráneos, por su oído entraría hasta su sangre y su vida sería la tibieza llenando hasta los vasos más secretos. Tomó el tubo. ¿Qué número discar? La saliva era ácida otra vez, el dolor le cerraba la garganta. Apenas alzó el tubo hasta su oído, y sin que aún discara, llegó a él otra voz, monótona, sin pausas:

Se fue –dijo esa voz–; salió buscando a alguien para darle un mensaje delicado. No te quedes vagando en la ciudad, le repetimos. La ciudad se ha llenado de seres miserables. Ya no me esperen, dijo.

¡Por favor! ¡Más detalles! –gritó, rogó Damián–. Yo debo salvar cosas que son más importantes aun que nuestras vidas. Explíqueme algo más.

Se fue –dijo esa voz–; salió buscando a alguien para darle un mensaje delicado. No te quedes vagando en la ciudad, le repetimos. La ciudad se ha llenado de seres miserables. Ya no me esperen, dijo.

Colgó el tubo, febril. Discaría; era imperioso; posaría su dedo sin importarle el número; movería ese disco de derecha hacia izquierda, varias veces; lo vería volver; sentiría los giros: sería esa ruleta donde apostara todo. Alzó de nuevo el tubo. Demoró todavía unos momentos; vacilaba.

Se fue –escuchó la voz–; salió buscando a alguien para…

Abrió entonces la mano. El tubo resbaló y al instante pendía balanceándose. Algo emitía aún: un rumor, un fraseo continuo y doloroso. Damián dio algunos pasos secándose las gotas de la frente. Se sintió iluminado. Me busca a mí –se dijo–. Ha salido a buscarme llevándome un mensaje delicado. Ella sabe y me busca.

En la calle, el sol caía oblicuamente sobre el asfalto, resbalaba, liviano, sobre todas las cosas, llegaba hasta sus ojos molestándolos. No había nadie; sólo el sol y el silencio y la urgencia en su pecho. A la pensión. Había que llegar como fuera a la pensión porque Leonora lo buscaría ahí, incluso tal vez ya en ese momento estuviera esperándolo. Oyó el ruido del helicóptero. Sobrevolaba la zona. Seguramente pasaba sobre los edificios con su bulto colgante y la sombra barría las terrazas. Leonora habría golpeado –ya– la puerta; alguien habría apartado la luz y habría corrido las pesadas colgaduras y ella habría preguntado por él sin ningún prólogo, habría exigido con invencible –maravillosa– autoridad que la dejasen entrar, que la dejasen esperarlo en su pieza y no le habría importado en absoluto la mueca de la dueña, su mirada corrompida por la malicia, habría –ella, Leonora– exigido sin reparos y estaría esperándolo rodeada del desorden de sus libros. El helicóptero se aproximaba y el motor y la voz comenzaron a llenar toda la tarde. (Otra vez una voz; siempre una voz. Las generaciones no podían relegar la atención de este detalle. Indagaron, discurrieron. De sus vastos análisis se deduce que perseveran a la fecha dos hipótesis. Ellas son las que siguen, a saber: 1) el misterio prefiere las formas recurrentes, y 2) se trata en realidad de una única voz y esta voz es cambiante y es ubicua.) Damián quiso ubicar la dirección del helicóptero para reconocer su sombra al menos sobre algún edificio. Ahora la voz era más nítida: anunciaba una sensacional presentación para esa noche, se dirigía al distinguido público ciudadano tratando de organizar un suspenso que a la exacta medianoche sería reemplazado por la más impresionante revelación, lo cual constituiría un espectáculo jamás visto hasta el presente. Bajaban por el aire unos papeles. Planeaban y a veces el sol los encendía. Damián pensó que eran volantes arrojados desde el helicóptero. Dónde consigo un ómnibus ahora.

Leonora, ello es seguro (¿seguro, Damián?), ya estaría esperándolo. Por lo menos estaría moviéndose hacia la pensión; habría andado las calles y las calles programando la manera de darle ese mensaje; habría decidido lo más simple; frente a la vieja puerta manchada por la herrumbre llamaría con tensa autoridad y la mujer no lo podría creer, la miraría con un asombro turbio, atravesarían los pasillos sin que ninguna de las dos hablara, sólo la luz entre las manos de la mujer y el eco de los pasos contra las altas paredes pero a Leonora no le importaría en absoluto, tenía que esperarlo. El helicóptero estaba distanciándose y, al llegar a la esquina, se topó con los coches: cuadras y cuadras de automóviles vacíos que ya no se disponían en columnas sobre los flancos de la calzada sino que la ocupaban por completo. Incluso las veredas estaban invadidas. Había que treparse, cruzar de un coche a otro y luego a otro, había que golpearse entre los techos para buscar un claro donde fuera posible dar un salto e iniciar enseguida la carrera en busca de carteles que anunciaran la ruta de los ómnibus urbanos. No se veía gente; era el sol y la tarde y esos coches siniestros que nunca marcharían, que permanecerían ahí, atestando las bocacalles, oponiéndose a cualquier desplazamiento, que quedarían entregados para siempre a ese abandono absurdo, a esa quietud estúpida, maligna, que se prolongaría por un tiempo impredecible, hasta eras confinantes con lo eterno, hasta que el polvo de siglos aún no imaginados tapara sus escombros. Damián representábase esa ciudad diezmada y todavía los coches apretados y ciegos, la ciudad convertida en un desierto de escamas silenciosas y los coches vacíos bajo un cielo sin término, la ciudad esfumada por la lluvia, por la arena, reducida a partículas volátiles que el aire elevaría, la ciudad deshaciéndose como una gigantesca mariposa en un pantano y esos coches tenaces todavía sitiándolo, levantando barreras sin objeto, situando esas barreras delante de Leonora, la-que-se-oye-por-los-ángeles-nombrar.

Sufrió mas no cejó. Él es el héroe. Trepó por esos coches herido y humillado y sin embargo invicto. Trepó y saltó; volvió a trepar. Su furia lo apoyaba. Alguien te vio, Damián; seguía tus trabajos, tu agonía. Vio aquel tu último salto, los fuegos de tu aliento, el golpe contra el piso. Te vio luego correr hacia las calles laterales.

Atardecía. La esquina donde esperaba el ómnibus era del todo ajena a su inquietud; parecía quedarse estacionada en el mundo de siempre, en el de antes; parecía dormirse en un descuido que Damián ya no podría recuperar. El sol alumbraba blandamente las terrazas, bajaba por los árboles, se demoraba en el cartel que anunciaba los números de los ómnibus y cada itinerario, y la figura de Damián aferrado a ese letrero era sin duda discordante porque todo estaba hecho de otra cosa –para otra cosa– ahí, y el cielo y el aire tenían una ignota placidez. Era la calma. Flotaba ese abandono soñoliento, esa serena transparencia, esa dulce respiración inalterable, plena. Hacia el fondo se veía la jirafa. Tenía la cabeza y casi el cuello entero ocultos por las ramas de un árbol del que estaría comiendo. Arrancaría las hojas sin esfuerzo, masticaría con lentitud, se tomaría el tiempo, el sabor de las hojas bajaría largamente. Damián evocó las páginas de una enciclopedia que tuvo alguna vez. Recordó una jirafa con la cabeza oculta entre el follaje. Debajo de la imagen había una inscripción, unas frases que ya no recordaba. La jirafa apartó la cabeza del follaje y lo miró. El tiempo se detuvo. Me busca a mí –pensó Damián–. Quiere darme un mensaje delicado.