Los hijos de Borges

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«Knowledge comes, but wisdom lingers, and I linger on the shore,

And the individual withers, and the world is more and more.»

Alfred Tennyson

«El hijo que he engendrado me espera, y no existirá si no voy».

Jorge Luis Borges

 

 

En el número 29 de Variaciones Borges, revista patrocinada por el trashumante Borges Center que radica aún en la Universidad de Pittsburgh, apareció un ensayo de Alan Pauls donde se lee que «ya nadie, ni los críticos más autores –es decir: los menos susceptibles de dejarse fascinar por sus objetos, los que imponen una mirada sobre todo aquello que tocan–, puede escribir sobre Borges sin escribir al menos una frase, un párrafo, un capítulo como Borges». Desestimando la tunante objeción de François Lavoie de que el mismo texto de Pauls era muestra de lo contrario al prescindir de toda claridad o concisión, Kathleen M. Sibbald ripostó que el fenómeno no era ni tan nuevo ni tan singular como sugería Pauls; que en realidad continuaba la tradición latina del imitatio establecida por Dionisio de Halicarnaso, desarrollada por Quintiliano como arte de la mimesis creativa (the art of poiesis through mimesis), y practicada por un sinfín de escritores como el comentario literario que sigue la forma del objeto comentado, una práctica que en la hispanidad se remontaba cuando menos al Arte nuevo de Lope de Vega; y que lo verdaderamente curioso era cómo los autores más críticos se estaban apropiando del contenido proposicional de Borges para escribir sobre Borges.

Yo, mientras tanto, con más dicha que deseo contemplaba a Bea leyendo desnuda el comienzo de “El Aleph”, sentada en la cama e ignorando la cámara en una forma de altivez que llamaría natural si no la supiera ensayada, cuando un tal Alexandre Fournier solicitó mi amistad. En la foto de perfil reconocí la jeta de un antiguo alumno y acepté, no sé bien por qué. Enseguida me escribió:

  • Hola profe!! Hace mucho desde la clase de literatura! Cómo ha estado??

Antes, cuando enseñaba, esa línea de errores efusivos me hubiera irritado; ahora me da igual, hasta me halaga que me recuerden.

  • Es cierto, bastante ha llovido y nevado. Tout va bien. ¿Y tú qué cuentas?

Además de reconocer su lengua materna, el Tout resumía un despido, cuatro años de subempleo, un accidente, dos cirugías y una tragedia familiar, pero eso qué le importaba.

  • Tendría mucho que contar, pues ya vamos a un lustro sin hablar. Su clase de Borges estuvo mi más preferida durante McGill, y quería saber si usted contaba con tiempo para mí. Tal vez durante el fin de semana, y lo invitaría a unas copas.

El curso no había sido de Borges sino una introducción a la literatura medieval-renacentista cuyas clases yo comenzaba como decían que se debía, tocando las glosas y las jarchas, midiendo las Coplas de Manrique, repitiendo que el Cid sería buen vasallo si tuviese buen señor, en fin: siguiendo el programa de estudio cuan rectamente podía. Pero las preguntas lo torcían a callejuelas inesperadas como la himenoplastia en la Celestina o la pederastia en el Lazarillo o lo primero que avivara el intercambio con el grupo. En una de esas, ya lo había olvidado, en relación con Cervantes y oposición al cervantismo alguien citó ideas de Borges como si fueran suyas. De reconocer la fuente pasé a despacharle un cuarto de hora sobre las notas a pie de página en “Pierre Menard, autor del Quijote”, a explicarle por qué de tantas interpretaciones posibles, la burla a los ensayos de Unamuno o Groussac era la menos interesante. Como a la peña más porfiada no le bastó, trasladamos la academia al bar más cercano donde concluimos, horas después y tragos de por medio, que the medium was the message y que las evidentes contradicciones en el texto (evidentes para nosotros que éramos listos hasta borrachos) lo descalificaban como el cuento de un yo autoral en forma de comentario atribuido a un yo narrativo — una crítica ficticia— y lo convertían en la mera mera metaficción donde un yo narrativo batía huevos con el yo autoral —una autocrítica metafísica. Espejo frente a espejo, concepto de autor frente a praxis de crítico, alcohol, juventud y a ver quién la tiene más grande.

  • Le doy contexto: en septiembre, empezaré una maestría, y en mi preparación previa, estoy pensando en estudiar literatura hispana, y también en mejorar mi español escrito. Y bueno pensé en ti, y quería hablarte al tanto.

Agradecí el tuteo y el pensamiento, observé que también yo guardaba en el afecto aquellas clases, que por suerte o desgracia había abandonado la docencia y que, si buscaba un tutor de español, podía recomendarle alguna de mis excolegas que seguían explicando las diferencias entre ser y estar a los muros de la universidad. ¿En qué especialidad era la maestría?

  • Pese a que anticipaste una de mis intenciones, lo que busco está un poco diferente. Sí quiero mejorar mi español escrito, pero no quiero hacerlo de cualquiera forma. Como señalaste en clase, el narrador de “Funes” compara su situación con la del mentado, feliz en su quietud ascendente hacia uno de los atributos de Dios, y la suya propia, infeliz en el peregrinaje descendente del hombre que codicia el tributo intelectual de sus semejantes. Yo tengo un afán de enfrascarme puntualmente en pensamientos más hondos para entender mi alrededor de una manera que confronte las limitaciones de la memoria e incluya los residuos del núcleo mítico.

Tan ingenuo me pareció ese afán, tan arrogante y prolija su revelación, que de inmediato reconocí la culpa y como penitencia le pedí que ahondara.

  • La literatura ha sido un medio por el cual mi visión del mundo cambió. Un ejemplo de ello es cuando en clase explicaste el héroe de las mil caras como una estructura narrativa que reproduce el calendario vital del yo, de utilidad para comprobar por cual etapa marcha uno en la vida. Hubo un punto que me marcó mucho. Te enfocabas en la narrativa, mas también comentaste los arquetipos y el periplo del héroe como almanaque del ego, y el hecho de que el dilema con el padre-abismo se puede reinterpretar, en el sentido mítico que lo abraza Campbell, como el hallazgo de un segundo padre-mentor, como un principio de autoridad escogido por el hijo-aprendiz tras la muerte simbólica del primer padre.

Lo de Campbell y la agenda del ego, no recordaba haberlo dicho, ni siquiera haberlo pensado. Lo de Borges y el segundo padre sí me sonaba. Saqué sus Obras Completas de la biblioteca en el último semestre de pregrado, para un curso de cuento, y las devolví cinco años después, al terminar el doctorado que me abriría de par en par las puertas del desempleo. Como en ese tiempo nadie las reclamó —suerte que entonces creía dictamen— pude renovar el préstamo cada tres semanas sin que mediara separación alguna. Tanto apego le tuve a aquella edición Emecé de 1974, en tapa dura y verde, que estuve a punto de quedármela cuando me gradué, de pagar los doscientos dólares que me hubiera multado la biblioteca por la supuesta pérdida que yo hubiera invocado. Bicoca y hasta inversión hubiera sido, considerando que esos ejemplares valen hoy seis veces más, y ni a ese precio se encuentran. Lo devolví porque, mitad me dije que había llegado la hora de salir al mundo y liberarme de father Borges, mitad porque juzgué de hermano mezquino quitarle al siguiente hijo la oportunidad de hallarlo.

  • Y como eso era el ejemplo casi-perfecto de la circunstancia, luego en mi vida empecé a ver rasgos y etapas de arquetipos y del monomito en las demás personas, cambiando la interpretación de mi alrededor.

Del recuerdo retrocedo al comienzo. Tendría catorce años y fama de polilla cuando un amigo me prestó las Páginas escogidas que editó Casa de las Américas en 1988. Un amigo mayor, economista de profesión y gestor cultural por vocación, quien me recomendaba escritores que yo atentamente leía y rara vez entendía. Joyce, Mann, Pynchon, bestias así, que me extirpaban la creencia de ser buen lector con gran vocabulario. En comparación, la diminuta antología de Borges lucía inofensiva, cosa de pibes. Prologada por el perro de Fernández Retamar, aquellas Páginas encuadraban una mezcla de géneros cuya lectura cumplí, en honor a la verdad, de mala gana. Algunos relatos y ensayos me interesaron, sin ellos cautivarme ni yo comprenderlos demasiado. Los versos apenas los toleré. Por ser poema estando en prosa, Borges y yo llamó la atención de mi ignorancia. Copié y luego plagié en carta para una novia complicada aquello de «Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma, auténticas y sorprendentes noticias de ti misma». Lo recuerdo porque tengo ese libro a mi lado, con esas líneas subrayadas. Aquel amigo sin mujer ni hijos me lo regaló cuando se despidió para siempre. Reza su dedicatoria: «Para que el capital aumente y así me recuerdes, te regalo un producto cuyo consumo frecuente incumple la ley de rendimientos marginales decrecientes». Lo cual es una peculiar manera de plantear que la relectura de Borges no agota el placer que produce, que descubre algo nuevo constantemente, que por muchas unidades de trabajo-tiempo que uno le dedique, su productividad relativa no disminuye.

  • Bueno, estoy divagando un poco. Quiero aprender más sobre mi ser, el mundo y la vida a través del libro, y lo que yo busco es un guía que me conduzca a materia de creación.

Creatio ex materia. Alexandre quería un Aristóteles que lo ayudara a ser magno, a pensar como griego y luchar como bárbaro, a dominar el justo medio. Pobre chico. Como siempre, como todos, habiendo nacido de un padre biológico que no escogió, con suerte había tenido una fuente insuficiente de amor, indiferencia u odio que ya debía sustituir por un modelo menos obvio, por un padre elegido, por un mentor, para comenzar el aprendizaje de un arte cuya maestría le concediera una perspectiva de su temporalidad y lo revelara como ser hacia la muerte (Sein zum Tode). Qué mierda de vida esta.

  • Alguien que pueda aportar de sí para que yo crezca.

De la otra cara de la moneda se ocupa Borges en “Las ruinas circulares”, donde el padre-maestro quiere soñar un hijo-aprendiz e imponerlo a la realidad: de cómo la felicidad compensa la dificultad de enseñar, del hastío y la inquietud, de las inevitables disminuciones del alma que acompañan el proceso. Ahora que lo pienso, así como algunos escritores crean precursores y discípulos que modifican nuestra concepción del pasado y el futuro, otros engendran hijos que dilatan los bordes paternales del presente al heredar la sospecha de que no hay pasado ni futuro, sólo memoria y esperanza. De un lado, el escudo y la espada de nuestra sobrentendida conciencia, del otro, un inconcebible vacío.

  • La maestría es en gestión de negocios.

¿No sería útil si, como en el cine, cuando algo importante estuviera a punto de suceder, escucháramos una melodía que lo indicara? Trompas, flautas, clarinetes, violas y violines, una orquesta que nos anunciara los instantes de revelación que en ocasiones recibimos y no percibimos.

  • Entiendo que esto puede parecer estar saliendo un poco de la nada, pero es algo en lo que voy reflexionando para ya un rato. Cambio al usted en la siguiente frase: sé que usted tiene compañeras todavía en McGill que podrían enseñarme más el español, sin embargo, le sigo admirando y siento que es la justa persona con quien tener un tal emprendimiento. Quiero ser más, diga usted cómo.

Entonces lo vi, norte del Norte en las ruinas del templo, por una causa que sin duda era efecto, yo me creía más y hasta mejor que Alexandre por haber resuelto que un padre no hace a un hijo, más digno por haberme escondido en Borges, mejor por haber dirigido mi energía hacia la abstracción de dialogar con libros. Él buscaba lo que yo juraba haber encontrado en un muerto. Pero mi juventud, quizás mi vida entera, había sido la misma búsqueda ansiosa de otro padre.

Me vi buscándolo en entrenadores de artes marciales y predicadores de fes diversas, en padres de amigos y amigos de mi padre, en profesores universitarios y tutores de grado, en cualquiera que viera algo de valor en mí. Vi a mi padre y, como destellos de noche en el resplandor desierto de su memoria, la serie de isquemias que completó su paso de la ausencia emocional a la mental. Vi la explicación al suicidio de mi abuelo, tendido en las vías donde un ferrocarril le anuló los sesos a destiempo. Vi el curso de cuento y el rencuentro con Borges, el descubrimiento de un logotipo, la elección, tal vez instintiva, de un pensamiento cuya formulación admirable nutría sus interpretaciones. Vi momentos felices, leyendo en la imperial soledad de bibliotecas y bosques, a miles de millas de mi sangre, y también vi que gran parte de esa felicidad provenía de la sensación de estar acompañado, porque en el fondo un padre es alguien capaz de atenuar soledades o ansiedades con el anticipo de lo vivido y la promesa de lo por vivir. Vi una procesión de ciegos releyendo el camino con las manos.

Vi la conferencia de Alberto Manguel en la facultad, y volví a ver que para la audiencia el mayor interés de aquel hombre que tantos libros había escrito, tantos premios ganado, tantas clases impartido, residía en haber conocido a Borges, en haberle leído las noticias de otro siglo. Vi que lo mirábamos buscando sus huellas, como si fuéramos librepensadores musulmanes que han matado a un idólatra, rastreando sus reflejos en él. Y él lo sabía y nos miraba con la resignación de quien reside en otro nivel diegético. Vi la charla de Ricardo Piglia en el departamento, que para nuestra sorpresa se extendió a un pub irlandés donde el invitado siguió hablando en aforismos a pesar de las ginebras. Vi su rostro impasible hacia el final de la noche cuando uno de nosotros, no menos bebido, atrevió que en Respiración Artificial había un error de bulto. Sí, sí, muy buena, dijo Ricardo mientras limpiaba el vidrio de sus gafas redondas con un rectángulo de gamuza, ¿que el autor del Quijote apócrifo que explica Groussac no se llama José sino Jean Martí? Che, prosiguió Ricardo, en la transmisión narrativa de una teoría debe atenderse a quién dice qué y por qué. No, le respondieron, que los dos primeros cuentos que publicó Borges no son los que dice Renzi. Bajando la voz tras una pausa dijo que eso él lo sabía y que, por ende, lo anterior. Vamos, que no llegamos, creo haber murmurado mientras lo observaba limpiando una y otra vez las gafas, como si aquella limpieza minuciosa que se extendió varios minutos más allá de lo razonable pudiese aclarar la duda que había empañado la velada. Vi a Juan Luis Ruiz, un mexicano en una universidad francocanadiense que hacía teoría en inglés sobre la recepción de un argentino en Alemania, explicándome que para Borges, lector de Novalis, todo libro tiene su contralibro, es decir, toda tesis tiene su antítesis y que por eso intentaba saltarse ambas e ir directo a la síntesis no sólo gramatical sino ontológica. Que se trataba de una ontología plana, sin jerarquías, consecuente con el monismo sustancial de Spinoza, quien atribuyera una infinidad de atributos a la sustancia única que formaba las cosas y conformaba nuestra esencia. Que llevada a la narración era cosa de presentarse como otro eslabón de la cadena, el estudioso, el comentarista de una historia (de la literatura), el escriba de un palimpsesto, el crítico que plantea aquellos problemas que resuelve como creador, en la frase de Rodríguez Monegal. Que no era casualidad que su segundo cuento, y el primero que sintéticamente valía, “El acercamiento a Almotásim”, siguiera las tradiciones de Quevedo, Carlyle y Chesterton en un texto que hacía de la crítica un acto de creación y de la creación un artefacto crítico. Que por eso Piglia se había cuidado de reconocerlo como cuento, para no llamar la atención sobre su propio sistema, porque Piglia, lector de Borges, sabía que en la redacción de un acertijo cuya respuesta es el ajedrez, la primera regla es no mentar la palabra ajedrez. Vi a Beatriz Sarlo en un lugar que no puedo recordar diciendo cosas que he olvidado sobre las sutilizas o torpezas expositivas, quién sabe, en los diálogos borgesianos. Vi a François diseccionando la temprana fascinación de Borges por Quevedo como angustia de futuro, porque nadie que no fuera un taimado y angustiado estilista, dijo François, podía afirmar que Quevedo le gustaba. Como mucho, podían admirarse sus formas, y en tal admiración yacía el espejo donde Borges había visto las limitaciones de su herencia si seguía tamizando adjetivos, si extendía el culto de lo verbal y no forjaba símbolos que trascendieran los visos temporales del lenguaje. Vi a Alan replicándole que ese habría sido el Borges anterior a la fama, el que postulaba rasgos y técnicas intrínsecas de la realidad en los clásicos, que el Borges posterior era más ladino aun, el de los años 60, cuando les había pasado el balón a los lectores. Para Borges, dijo Alan editando la cita de Borges, clásico es el libro que los hombres leen con previo fervor y misteriosa lealtad, como si en sus páginas todo fuera deliberado y fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. ¿Entendés?, voseó y voceó Alan, el ciego nos lava las manos; uno escribe y propone, es el tiempo quien elige y dispone. Y a veces, como dice tu Quevedo, siguió Alan subiendo la voz y agitando sus brazos lampiños o depilados, lo firme huye y solamente lo fugitivo permanece y dura.  Me vi terciando, por apaciguar, que era cosa muy sabida, en importante porcentaje, que cuando un escritor habla de otro en verdad está hablando de cómo se ve a sí mismo. Y se callaron. Vi a David venerando un manuscrito de Borges o un billete de lotería en la biblioteca pública de New York. Vi a Jesús repasando con una sonrisa las versiones de Judas en el museo de Valladolid, a José exponiendo lo abominable de la paternidad entre el fragor de Niagara Falls, a María callando en una gruta junto al mar de Rocca Vecchia, y de golpe reviví su milagro secreto y el pago pendiente de mi promesa.

Vi en la pantalla la imagen hipotecada de una chica, quien habiendo terminado “El Aleph” me preguntaba si ahora quería que se pusiera en cuatro patas o bien abierta de piernas para leerme “Emma Zunz”, si usaba otro juguete o si llamaba a un amigo, si lo dejábamos para mañana. La miré hasta reconocer que era Beatrixxx_Vitand@, una de las camgirls que me ayudaba a crear una videoteca total, con las obras de Borges leídas en condiciones fielmente inspiradas en aspectos textuales. Vi el maquillaje lívido de Bea, los surcos del placer en la humillación o el deber en la necesidad, sus pechos despuntando entre los mechones de una peluca rubia platinada y me pregunté cuántas muchachas de suave plata o de furioso oro implicaría la lectura de “Ulrica”, cuánto esfuerzo llevaba empleado en este proyecto al cual ya no le veía la grandeza y sensatez de antes.* A la visión siguió la comprensión de que el mundo nunca había sido como yo lo había visto hasta entonces. Algo elemental, en sí evidente, en mí ausente, se me había escapado todos estos años. Ahora, finalmente, lo veía.

  • ¿Qué le parece?

¿Pero qué hacer con este hijo que se me ofrecía? Consideré excusarme con mi horario y mis ocupaciones, o repasarle el principio teosófico, falazmente atribuido al budismo, de que cuando el alumno está listo, el maestro aparece. O aceptarlo y sugerirle la lectura compartida de ciertos libros, la ejecución de inciertos experimentos mentales, la contemplación de arcanos escenarios espirituales, la ingestión dosificada de mágicas setas, etc. Con cuidado, casi con amor anticipado, pensé en qué decirle, en cómo guiarlo (y adónde), hasta resolver que la respuesta ya estaba en mí, precisa y justamente en mí: en el silencio, en la búsqueda perenne, en la paternidad ausente. La mayor lección que podía darle a Alexandre era ignorarlo, rechazarlo sin palabras y entregarlo a las aguas en el moisés de un propósito. Ofrecerle la implacable oportunidad de engendrar su propio padre.

Y para mí, del otro lado, la lección estaba en el círculo. En detenerme y aceptar el olvido que me desvela. En renunciar a estas tonterías del ingenio, porque la hija que quiero engendrar me espera, y cada frase, cada gesto, cada pensamiento que le escatimo es un derroche del poco tiempo que nos queda.

 

*Funes era incapaz, escribe Borges, de ideas generales, platónicas, y veía cada cosa en la intolerable plenitud de la realidad. Sin embargo, una corriente del neoplatonismo postula que cuando las cosas y las palabras se rebajan a toscas reproducciones de las ideas, las imágenes de las cosas dejan de ser imitaciones imperfectas, copias de copias, y devienen la fuente más grande y sensata de las formas ideales.