El rebaño en la cabeza

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Fotografía de Robert Danieluk

Basta con mirar a la academia,

 ese vasto rebaño de borregos individualistas.

René Girard

 

¿Ha notado que, al cruzar una calle concurrida, siente un repentino impulso de apresurarse y fundirse con la multitud? Ya sea que esté en Rio de Janeiro o Bangkok, Nueva Delhi o Nueva York, su instinto animal le dice que es más seguro aventurarse como parte de un rebaño que por sí mismo. El miedo nos acerca. La evidencia no es sólo anecdótica. Experimentos con neuro imágenes muestran que, cuando estamos en el rebaño, hay un incremento de la actividad en el área del cerebro en la que se procesan el miedo y otras emociones negativas. Mientras solo, uno se puede sentir vulnerable y expuesto, ser parte del rebaño proporciona una clara sensación de protección. En medio de otros, siente en sus entrañas que el riesgo de ser atropellado por un auto es menor porque de algún modo el riesgo se distribuye entre los miembros del grupo. Mientras más sean, menor el riesgo. Hay seguridad en la cantidad. Y mucho más que pura seguridad.

Ser parte del rebaño también se acompaña de una intoxicante sensación de poder: como miembros de la multitud, nos sentimos más fuertes y valientes de lo que somos. Y a veces actuamos en consecuencia. La misma persona que, sola, ‘no lastimaría ni una mosca’ no dudaría en prenderle fuego a una oficina gubernamental o saquear una licorería como parte de una masa enfurecida. El más afable puede, como parte de una turba, hacer en las redes sociales el comentario más ruin. El rebaño puede provocar maravillosas transformaciones en sus miembros, convertir en un instante la prudencia en locura, la precaución en temeridad, el decoro en depravación. Una vez atrapado en la turbulencia, es extremadamente difícil echarse para atrás, participar se vuelve un deber. Los linchamientos, antiguos o modernos, reales o en las redes sociales, presentan esa característica. ‘Un asesinato compartido con muchos otros, no es sólo permitido y carente de riesgo, sino de hecho recomendado, es irresistible para la gran mayoría de los hombres,’ escribió Elias Canetti en Masa y Poder (1960).

El rebaño puede también dar a sus miembros una desproporcionada sensación de valor personal. No importa lo vacía o miserable que sea su existencia individual, pertenecer a cierto grupo los hace sentirse aceptados y reconocidos, incluso respetados. No existe vacío en la vida personal, no importa lo grande que sea que la devoción intensa por la tribu no pueda llenar, ningún trauma que no parezca sanar. Esa es la causa de que cultos y pandillas, organizaciones marginales o sectas tengan un atractivo tan extraordinario: le ofrecen a las alma desorientadas una sensación de plenitud y reconocimiento que ni la familia ni los amigos ni la profesión pueden proporcionar. Una multitud puede ser terapéutica del mismo modo en que una substancia altamente tóxica puede tener poderes curativos.

Pertenecer al rebaño, entonces, engendra una paradójica forma de identidad: se es alguien no a pesar de que se difumine en la multitud, sino por ello. Puede ser un don nadie y su vida ser un cascarón vacío, pero en cuanto ha logrado establecer un significativo contacto con el rebaño, su volcánica, ilimitada vida, se desborda y lo colma con creces. No será capaz de encontrarse a sí mismo en la multitud, pero esa es la menor de sus preocupaciones: ahora es parte de algo más grandioso y elevado que su pobre yo. Su conexión con la vida del rebaño no sólo llena un vacío interior, sino que añade una sensación de propósito a su desorientada existencia. Y conforme más individuos traigan su desorientación al grupo más vivo será. Y tanto más peligroso.

Todas ellas son reacciones instintivas. No importa cuánto las racionalicemos, son el insidioso efecto de la biología en nosotros. ‘En grupo, compartimos con otros animales un sorprendentemente amplio rango de instintos de rebaño,’ observa el economista Michelle Baddeley en su libro Copycats and Contrarians (2018). Así es como hemos sobrevivido después de todo. Una larga historia evolutiva nos ha condicionado al rebaño, como una rápida ojeada a nuestros parientes animales más cercanos puede confirmar. El primatólogo Franz de Waal, quien durante décadas ha estudiado la conducta social y política de los simios, concluye en su libro Mama’s Last Hug (2018) que los primates están ‘hechos para ser sociales’, y lo mismo es válido para nosotros. Vivir en grupos es nuestra ‘principal estrategia de supervivencia’. No todos podemos involucrarnos en cultos, organizaciones marginales o políticas populistas, pero todos estamos enchufados al rebaño. Actuamos en rebaño todo el tiempo, cuando hacemos la guerra como cuando hacemos la paz, cuando celebramos y cuando nos afligimos, cuando trabajamos y cuando estamos de vacaciones. El rebaño no está en algún lugar allá afuera, lo llevamos dentro de nosotros. El rebaño está profundamente asentado en nuestra mente.

Por lo que se refiere a nuestras vidas y nuestra sobrevivencia en el mundo, no es un mal arreglo. Gracias al rebaño en nuestras mentes nos es fácil conectarnos con los demás, comunicarnos y colaborar con ellos y, en general, vivir a gusto unos con otros. Debido a nuestra conducta de rebaño, entonces, tenemos mayor posibilidad de sobrevivir como miembros del grupo que por nuestra cuenta. El problema comienza cuando decidimos usar nuestra mente contra nuestra biología. Como cuando empleamos nuestro pensamiento no pragmáticamente, para hacer nuestra existencia en el mundo más fácil o más confortable en un aspecto u otro, sino contemplativamente, para ver nuestra situación al desnudo desde fuera.

En tal situación, si queremos hacer algún progreso, necesitamos sacar el rebaño fuera de nuestras mentes, con todo lo extremadamente difícil que esa tarea pueda ser. Esta clase de pensamiento radical puede darse sólo en ausencia de la influencia del rebaño en sus numerosas formas: presión social, partidismo político, prejuicios ideológicos, indoctrinación religiosa, modas y tendencias en las redes, mimetismo intelectual o, por lo demás, cualquier otro ismo. Tales factores extraños tienden a extraviarnos, cuando no a cegarnos completamente. Esa es la razón por la que la mayor parte del tiempo no producimos conocimiento nuevo, genuino, sino sólo reciclamos el conocimiento establecido (sancionado, y placentero para el rebaño) en el que nuestra sociedad confía.

¡Y que espléndida visión este reciclaje! Hay algo que bordea lo religioso en la forma en que la sociedad se relaciona con el conocimiento establecido –libros de texto, enciclopedias, academias, archivos, museos– asegurándose, por ende, de que sea tratado con el debido respeto. Nunca cesa de glorificarlo y santificarlo, al punto en que se torna en religión. Y es por una buena razón: el conocimiento establecido de una sociedad es el pegamento que la mantiene unida. De hecho, esta singular mezcla –una combinación de mentiras piadosas, convenientes medias verdades, prejuicios útiles y banalidades auto elogiosas– es lo que le da a la sociedad su específica fisionomía cultural y, en última instancia, su percepción de identidad. Al celebrar su conocimiento implantado, la comunidad se celebra a sí misma. Lo cual, para el sociólogo Émile Durkheim, es la definición misma de religión.

 

El economista John Kenneth Galbraith observa, en La sociedad opulenta (1958), como la articulación del conocimiento dominante (al que él llama ‘sabiduría convencional’) se asemeja a un rito ‘religioso’. Esto es, escribe, un acto de afirmación, como leer en voz alta las Escrituras o ir a la iglesia. En tanto una sociedad no puede vivir y funcionar sin rituales (sagrados o profanos, explícitos o disimulados), este conocimiento arraigado necesita ser celebrado –ritualmente, en voz alta y con la debida reverencia, frente a la comunidad reunida. Desde esta perspectiva, los estudiosos no se reúnen para compartir nuevas perspectivas o innovadoras teorías, sino para ejecutar una especie de misa dominical mediante la cual reafirman su sociedad y se aseguran de que el pegamento social esté en buenas manos. Se reúnen en ‘asociaciones académicas’, escribe Galbraith, ‘para escuchar en refinadas declaraciones lo que ya habían oído antes.’ El propósito del ritual ‘no es trasmitir conocimientos, sino beatificar la instrucción y a los instructores.’ No es sorprendente que, en tales ocasiones, los académicos –acorde con la casta privilegiada que son– luzcan una indumentaria especial, atuendos medievales o una especie de túnicas de hechicero. Piense tan solo en el peculiar uniforme (l’habit vert) y la pequeña espada (l’épée d’académicien) que los miembros de l’Institut de France visten cuando se reúnen para la actuación pública de su sacerdocio. Desgraciado aquel que se atreva a burlarse del pomposo evento.

 

Encuentro muy significativo que la filosofía occidental fuera fundada, como usualmente nos gusta pensar, por un excéntrico disconforme, alguien que se burlaba del rebaño tanto por vocación personal como por método intelectual. Igualmente significativo es que el rebaño lo sentenció a muerte por hacer eso. La historia dual de Sócrates ilustra, como pocas otras, lo que el pensamiento radical típicamente implica: excentricidad y desafío, valor e incluso arrogancia, por un lado, y desconfianza y resistencia, resentimiento y al final venganza, por el otro. Un atrevido acto de inconformidad con las exigencias de la sociedad, seguido prontamente de una sangrienta respuesta social: así es como se comenzó a filosofar en Occidente. Y este trauma de nacimiento nunca ha abandonado realmente a la filosofía: cualquier subsecuente reconstrucción de la osadía socrática reactiva, en una u otra medida la hostilidad social. Cuanto más desafiante es la discrepancia del filósofo, más contundente la respuesta de la sociedad.

Al hablar de los artistas escritores, André Gide observó que:

El valor real de un autor consiste en su fuerza revolucionaria o, con más exactitud, en su calidad de oposición. Un gran artista es por necesidad un ‘inconformista’ y debe nadar contra la corriente de su tiempo

Lo que Gide dijo sobre el ‘gran artista’ es válido también para el gran filósofo, La habilidad para ‘nadar contra la corriente’ debe ser vista como un prerrequisito incondicional para la profesión de pensar. Un pensador no hará ninguna diferencia a menos que vaya contra lo que su sociedad atesora y celebra como conocimiento establecido y exponga la substancial conformidad involucrada, no sólo en su elaboración sino en su preservación y santificación. Esto significa por lo general una abierta confrontación con la casta sacerdotal encargada de preservar el conocimiento establecido, seguido por la marginación del pensador, su excomunión y ostracismo. En la medida en que se las ingenia para hacer todo eso, él habrá sacado al rebaño de su mente e ignorado las demandas que su sociedad, abierta o insidiosamente, impone a su pensamiento. El filósofo podrá estar completamente solo en este momento, cubierto de cicatrices y casi derrotado, sin embargo su pensamiento será más claro y profundo que nunca, pues se ha liberado de la atadura del rebaño.

Eso es lo que ha sucedido durante algunos de los mejores momentos de la historia del pensamiento. La estafeta de discrepante de Sócrates fue pasada a una serie de filósofos inconformes, tan coloridos como temerarios: de Diógenes el cínico a Hipatia, de Spinoza a Kierkegaard, de Nietzsche a Walter Benjamin y Simone Weil. De un modo u otro, abierta o reservadamente, todos ellos se opusieron al pensamiento de rebaño de su tiempo, dejando una huella de herejía intelectual, de ideas audaces y, a menudo, de escándalo social. Lo que hicieron esos personajes ha mantenido vivo el pensamiento en un mundo en el que todo, incluido el pensamiento, tiende a caer en moldes y rutinas y, finalmente, como consecuencia, en atrofia y muerte. Estamos tan hechos, evidentemente, que necesitamos tener una espina en la carne para estar intelectualmente vivos. Los pensadores discrepantes, se complacen en proporcionarnos la necesaria incomodidad.

En su libro On Liberty (1859). John Stuart Mill llega, en cierto punto, a elogiar la excentricidad. Son los ‘excéntricos’, sugiere, quienes mantienen el mundo en movimiento gracias a su generoso suministro de osadas perspectivas, novedosas visiones y nuevas ideas. ‘Precisamente porque la tiranía de la opinión es tal que hace de la excentricidad un reproche, es deseable, para agrietar la tiranía, que la gente sea excéntrica,’ escribe. Cuanto más excéntricos haya, mejor la moral y el estado intelectual del mundo: ‘La excentricidad siempre ha abundado cuando y donde la fuerza de carácter abunda; y la cantidad de excentricidad en una sociedad ha sido, en general, proporcional a la cantidad de genialidad, vigor mental, y coraje moral que contiene.

Es esta redentora ‘excentricidad’ la que los discrepantes poseen en abundancia. La novedad y agudeza de su pensamiento procede en buena medida de su determinación a estar fuera de cualquier grupo, explícita o tácitamente dibuja en la arena su definición de sí mismo. Al estar fuera, los discrepantes no están sólo en buena posición para observar como la manada, la marginación y la exclusión funcionan, sino que no tienen nada que perder articulando y difundiendo sus opiniones heréticas. Son lo que los ‘intelectuales públicos’ idealmente tendrían que ser –inquebrantables ‘críticos de la sociedad’– y que en los hechos muy pocos son. Es la firmeza de su disentimiento, la fuerza de su lenguaje, y la seriedad de su compromiso –su calidad de oposición’, en palabras de Gide– lo que los convierte en tan formidables figuras. Eso, incidentalmente, es también lo que distingue a los genuinos discrepantes de los meros provocadores, para quienes desafiar al establecimiento no es cuestión de deber intelectual y convicción interna, sino sobre todo una forma de búsqueda de atención y compulsión histriónica de distraer.

El peculiar corte de la mente de los discrepantes, su innata desconfianza de toda autoridad o establecimiento, su iconoclasia y separación radical de la sociedad en la cual nacieron, todo conspira para darles acceso a una verdad superior a la que la sociedad puede permitirse escuchar. Los discrepantes no se interesan en modas y tendencias, autoridades o jerarquías, y tiene poca paciencia con los rituales establecidos. Debido a que han cortado sus ligas con la tribu, nada les impide ver las cosas como son. Su disensión no sólo los libera, sino que les da nuevos ojos.

Asombrosamente ilustrado como pudo haberlo sido, la formación filosófica de Spinoza fue completa sólo cuando fue formalmente expulsado de su comunidad. El excepcionalmente duro herem (‘Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito cuando duerma y maldito cuando se levante. Maldito cuando salga y maldito cuando vuelva…’) ayudó al joven Baruch a convertirse en el Spinoza que conocemos hoy. La violenta expulsión de la seguridad de su comunidad a un mundo frío y desconocido equivale a un nuevo nacimiento para los discrepantes. Gracias a ese traumático hecho, ellos llegan a existir plenamente.

 

Sin embargo, no debemos emocionarnos demasiado. Que los discrepantes hayan sido tan valientes, no significa que prevalezcan. Con todo su brío, valentía y éxito ocasional, los discrepantes nunca serán triunfadores. Pueden ganar una batalla o dos, pero no pueden ganar la guerra. En la medida en que nuestros actos más vivaces y espontáneos sucumben tarde o temprano a las pautas y rutinas, es el establecimiento el que prevalece, incluso si algunas veces tiene que hacer retrocesos tácticos o ajustes en el proceso. Como materialización del pensamiento de rebaño sancionado de una comunidad, el establecimiento intelectual es vencedor por default. Su confrontación con los inconformes, empero, es digna de observarse.

Al principio, el establecimiento puede buscar destruir y silenciar a sus contestatarios. No es que no pueda permitirse tolerar la disidencia, sino que, como todo poder organizado, necesita proyectar autoconfianza, firmeza e invencibilidad. De hecho, los rituales de marginalización, exclusión y culpabilización están destinados a reforzar la unión de la comunidad y reunirla alrededor del centro de poder. Expulsando violentamente a los indeseables, el grupo reafirma tanto su pureza como su fortaleza. Los líderes de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam que expulsaron a Spinoza fueron severos por tal razón. Si a pesar de sus esfuerzos, la exclusión fracasara y las voces de la disidencia se siguieran escuchando (desde la ciudad vecina, desde afuera o incluso más allá de la tumba), el establecimiento puede pretender ignorarlo: si no recibe nuestro sello de aprobación carece de valor. Finalmente, si resulta claro que tampoco eso funciona; el establecimiento adopta su más drástica medida, una que rara vez fracasa: acoge el discurso del disconforme y lo convierte en la posición dominante. Si Kierkegaard resulta ser demasiado duro para deshacerse de él o ignorarlo, acaba con él digiriendo su pensamiento en forma de libro de texto y luego lo enseña a estudiantes aburridos. Ningún pensamiento genuino puede aguantar eso. Si no puede suprimir a Nietzsche, puede hacer algo incluso más dañino: convertirlo en materia académica de estudio. Lo que no me mata me hace más ridículo. Que Nietzsche mismo previera ese movimiento no hace el golpe menos letal.

No se puede obviar la ironía: las contestatarios se definen contra el establecimiento, se burlan de él salvajemente, y hacen todo lo que está en su poder para socavarlo. ¿Y qué hace el establecimiento? Lo convierte en un ismo. Rara vez la venganza ha sido más dulce. No acababa de morir Spinoza cuando el spinozismo nació. Si Nietzsche volviera milagrosamente a la vida, moriría otra vez de vergüenza y humillación al ver como ‘problematizamos’ sus ideas en nuestros cursos, seminarios y conferencias sobre Nietzsche. La tesis de habilitación de Walter Benjamin fue considerada insatisfactoria por la universidad de Frankfurt, y le negó el paso a la carrera de profesor. Ahora hay pocas universidades en las que la obra de Benjamin –su tesis de habilitación incluida– no sea objeto de adormecedora ‘problematización’. Mientras estuvo vivo, Emil Cioran libro una guerra despiadada contra las universidades. Consideraba que eran un peligro público: la muerte del espíritu. Los académicos han comenzado a ‘problematizarlo’. El establecimiento siempre gana.

El resultado final de esta vindicativa ‘problematización’ es un producto sumamente procesado, insípido e insalubre: ideas enlatadas. Ideas que alguna vez fueron frescas, silvestres, palpitantes de vida, han sido completamente desangradas, depuradas y esterilizadas; y luego ahogadas, para su conservación, en una espesa salsa de jerga impenetrable. La jerga es el ingrediente clave, el agente trasmutador. Pues es mediante la utilización de la jerga que el rebaño académico finalmente derrota a los discrepantes. Nada puede soportar su corrosión, nada permanece igual. Todo lo que era irreductiblemente personal, animado e incómodo en los escritos de los inconformes es reducido a un impersonal común denominador. La jerga mete a todos en la fila, no discrimina, no hace favoritismos ni muestra piedad. Su igualitarismo es una locura.

Sería erróneo decir que la jerga sólo es un ‘estilo académico’. La jerga no es un estilo: es la muerte del estilo. Es un lento asesinato. Hundida en la jerga y sometida a su corrosivo trabajo, la riqueza estilística de los discrepantes no tiene ninguna oportunidad. Se puede llevar a la boca esta versión enlatada sin que sepa a nada. No importa lo sabroso, delicioso y saludable que los inconformes sean en sí mismos, y lo diferentes que sean entre ellos, ahora saben más o menos igual: a la infalible semejanza del pensamiento procesado. Se pueden buscar algunas huellas de su espíritu original en lo que se ha escrito sobre ellos: artículos arbitrados, actas de congresos, disertaciones doctorales, libros universitarios de texto y lo que sea… y se buscará en vano; todo será insulso.

El sistema los ha tragado, masticado y escupido. Los disconformes son ahora inocuos para el consumo público. Derrotados completamente.

¿Ha notado cómo hoy, en la academia, sentimos el impulso de apresurarnos en masa hacía el centro del rebaño? Temerosos de ser dejados fuera, expuestos y vulnerables, haremos lo que sea con tal de estar donde la manada es más densa. Ya sea que estemos en Londres, Los Angeles, París o Pekín, siempre buscaremos estar en el rebaño académico, como si, para el estudioso, eso fuera lo más natural. Nuestro instinto de supervivencia nos dice que es más seguro caminar con el rebaño y no contra él, mejor estar en su centro que en sus márgenes. Usamos un bonito término para referirnos a eso: ‘networking’. Aunque no engaña a nadie, es una reacción instintiva; la expresión, apenas disimulada, de nuestro impulso de sobrevivir.

Para estar en el centro, donde la mayoría de los recursos parecen concentrarse, haremos cualquier cosa: trabajar en el tema que esté de moda, sin importar que tengamos algo que decir sobre él o no; imitando ciegamente a aquellos que están en una posición de poder o influencia; adoptando la fraseología à la mode y la jerga más reciente sin que importe lo sosa y tonta que sea; evitando arriesgarnos con temas serios y, en general, absteniéndonos de cualquier cosa que nos haga sobresalir y ponga en riesgo nuestra seguridad. En el centro de nuestro corazón, sabemos que para cualquiera que aspire al auténtico conocimiento, este juego político es la receta del fracaso, pero no nos preocupa mucho. ‘La sabiduría popular nos indica que es mejor para nuestra reputación fracasar convencionalmente que tener éxito de manera no convencional,’ observó John Maynard Keynes hace un siglo. Cuando tu principal aspiración es estar en el centro del rebaño, haces lo que sea que las convenciones del rebaño te dicen que hagas, reputación o no.

En su excéntrico himno a la excentricidad, John Stuart Mill dijo sobre su época: ‘Que muy pocos se atrevan a ser excéntricos, es el principal peligro de la época.’ En retrospectiva, sin embargo, la época de Mill parece una de las épocas más anticonformistas. El año 1859, cuando On Liberty fue publicado, fue también cuando On the Origin of Species salió, lo mismo que la Contribución a la crítica de la economía política de Karl Marx. Nietzsche había comenzado sus estudios en Schulpforta el año anterior y estaba listo para hacer su presentación. Kierkegaard había muerto cuatro años antes, y sus ideas comenzaban a tener cierto impacto (El punto de vista de mi obra como autor fue publicado también en 1859). Dostoievski acababa de ser liberado de su compulsorio servicio militar, que vino acompañado con su sentencia de prisión, su brillante carrera literaria frente a él. Si la generación intelectual de Mill estaba en peligro por su falta de disconformes, la nuestra está más allá de la redención.

Nuestro apego al rebaño en los asuntos del pensamiento, como en todo lo demás, es tan penetrante, y nuestro conformismo intelectual tan avanzado, que ni siquiera vemos el problema de Mill. El pensamiento, que supuestamente nos distancia del instinto de supervivencia, se ha hecho indistinguible del rebaño mismo. Perseguimos el conocimiento no para mantener a nuestro rebaño bajo control, sino para satisfacer sus demandas. Y para incrementar nuestro poder sobre los demás.

De hecho, en cuanto está en la naturaleza del poder académico el ser mantenido por medio de una combinación de impiedad y moralismo, nos comportamos de forma abyecta mientras predicamos la virtud. Hostigamiento y grandilocuencia. Firmamos cartas abiertas pidiendo la destitución de alguno de nuestros colegas, planeamos campañas asesinas contra otros en las redes sociales, y sometemos a otros a intensas sesiones de ataques, todo en nombre de la superioridad moral y la nobleza política. Cuanto más bajos nuestros actos, más elevadas nuestras prédicas. No sólo somos una especie de horda. Somos lo que suena imposible: una horda académica.

Estamos seriamente enfermos, y hay poco consuelo en que el padecimiento que sufrimos (gregaritis crónica) parezca haberse convertido en la norma; una enfermedad no es menos seria sólo porque casi todos la padecemos. En Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds (1841), Charles Mackay observa que la gente ‘piensa como el rebaño; enloquece en el rebaño, pero sólo puede recobrar la cordura lentamente y uno por uno.’ Si alguna vez vamos a recobrar nuestro juicio, es esencial que aprendamos a distanciarnos del rebaño. Podemos estar programados para el rebaño, y nuestra sobrevivencia se deba a ello, pero sólo podemos llegar a ser espiritualmente plenos lejos de la masa. La biología y el espíritu pertenecen a diferentes ámbitos.

Irónicamente, lo que necesitamos con mayor urgencia es algo que es difícil conseguir en nuestra época de conformismo compulsivo: un auténtico espíritu contradictor: Es de los impugnadores y disidentes y otros parias que podemos aprender el arte de separarnos del rebaño, y sin embargo son pocos y alejados entre sí. Y, si eso no fuera suficientemente malo, incluso si pudiéramos tenerlos, la cura sería precaria, incierta y temporal. Pues, lo repito, en el gran esquema de las cosas es el establecimiento el que prevalece.

Lo cual es la razón principal para discrepar.

Traducción de Armando Pinto